9.9.17

Mi pequeño sí privado



Cuento entre mis aficiones la de procurar no renunciar a ninguna. Cuando me atiborro de antibióticos, prescindo del alcohol o cuando la alergia me colapsa los pulmones, una vez al año, por mayo, retiro el tabaco hasta ocasión más propicia. Una de las más queridas aficiones, una que no hay médico que rescinda, es la de las palabras.  Prueba uno el sabor de la palabras y ya no desea ningún otro sabor. No hay otro que se le parezca. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera, ingredientes de un plato delicioso o de un brebaje tóxico. Recuerdo mañanas enteras arañando palabras, buscando cuáles convendrían, con cuáles armaría la frase y la dejaría expuesta, creyendo la mentira de que no sería posible limarla más. Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que  un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Está Borges y sus laberintos, la rosa de Milton, los tigres en la noche. Dentro de los diccionarios, en su alambique de placeres, están todas esas cosas, las que sabemos, las que nos esperan. Está Conrad, está Lovecraft, está Cortázar. Son atlas en los que perderse. Cogido anoche uno, comprobado su peso, fascinado por lo que tutelaba, reparé en epistolar. Abrí una página por limpio azar y di con ella. Se me ofreció, no sabe uno bien qué la forzó, no hay tampoco necesidad de entender esa gobernanza oscura. Mantuve epistolar en mi cabeza, pensé en todas las cartas que he enviado, en las que recibí, en que ya nadie escribe cartas, ni siquiera de amor. Yo he escrito muchas, tengo memoria para recordar que he escrito muchísimas cartas. Lo hice por amor a quienes las recibían y por amor a la escritura y también por amor a mí mismo. Hay épocas en las que uno se ama con más vehemencia; otras, según qué nos aqueje, en las que renunciamos a ejercer esa querencia doméstica y nada de lo que hacemos nos parece bien y nada de lo que hacen los demás nos parece bien tampoco. No hay gozo que dure, ni dolor. En el diccionario están las palabras que usó Shakespeare. Debe haber una combinatoria mágica que las arracime y de las que se extraiga una composición que exhale belleza. Todas las palabras de amor lo son porque están calzadas con otras que las completan y mejoran. Si releo este texto y lo escribo de nuevo, elegiré otras palabras, será otro texto, no éste. Quizá por eso no releo lo que escribo. De hacerlo, no lo volcaría, no lo expondría, no daría mi anuencia, mi pequeño sí privado. Ha sido un día largo en exceso. Extraño casi todo el tiempo. Tal vez no haya sido el mejor que pueda recordar, pero he llegado a su finiquito con una sonrisa.

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