14.2.13

El día de los columpios





Leo en un libro de poesía (Las afueras, Pablo García Casado, DVD Ediciones) una cita de Jardiel Poncela.:"El amor es como los columpios: casi siempre empieza siendo una diversión y casi siempre acaba dando naúseas". Termino el miércoles con Chet Baker. Es el contrapunto perfecto en este preámbulo del gran día. Sí. Mañana (hoy ya) es el día de los enamorados. Todo el día. Festín de mercaderes. Alegría de columpios. Añado yo otra cita a propósito del noble y humano amor: “Sí, ya sé: una historia de amor a primera vista. Es algo que suele ocurrir en los lugares muy mal iluminados” (Eduardo Jordá) Chumy Chúmez, tan grande a veces, dejó dicho que muere más gente de enfermedades venéreas que de amor. 

8.2.13

Blancanieves / La hermosa osadía


Una de las consideraciones primordiales sobre las que entablar un diálogo sobre cine es si de verdad conmueve, si accede a donde no suele haber acceso alguno, si raspa allá donde no hay, por lo común, roce. Otra consideración es la de si debe inclinarse a la parte de negocio o atender, en la medida de lo posible, al arte y trascender al modo en que lo hacen, en otras disciplinas de la belleza, otras creaciones. Si es el mercader o el artista el que debe dar cuentas de los éxitos o de los fracasos de ese empeño. Entiende uno que habrá quien se deje guiar por una u otra vía, sin que se penalice ninguna por el hecho de adoptar la contraria. Valen todas las opciones siempre que haya un intercambio enriquecedor. La obviedad teórica, sabida, aparece con frecuencia en los medios a propósito de Blancanieves, la insólita (y a mi entender hermosa) película de Pablo Berges. Se discute más la pertinencia de su producción, la coincidencia con The Artist, con la que comparte menos cosas de las que se piensa, que la calidad que atesora, y es mucha. 

Berges salió dañado cuando la maquinaria hollywoodiense puso en órbita The Artist, la obra de Michel Hazanavicius  Más aún cuando la premiaron como lo hicieron. Perdió una apreciable cantidad de público a la que le aturdiría que dos obras de parecido rango artístico ocupasen su atención en tan breve periodo de tiempo. A los no aturdidos, los que lograron sobreponerse al impacto mediático, se les regaló una obra mayor, un compendio inteligente de los recursos que hicieron del expresionismo alemán uno de los más creativos en la historia del cine, un tributo sensible y compensado al cine como contador de historias. La de Berges es la clásica, la inmarchitable, la que de pequeños escuchábamos embelesados y que después únicamente reconocemos en el ocio infantil y a la que prestamos poca atención o ninguna. No es rebuscada, a pesar de sacarla de su envoltorio habitual. Tampoco moderna. Insisto en que su estado natural es la revelación de la belleza. Blancanieves es, ante todo, por encima de sus muchos méritos técnicos o conceptuales, un película de una hermosura irreprochable. Su revisión de muchos de los tópicos nacionales, mirados a través del cuento inmortal, hace que parezcan universales. He ahí, a fin de cuentas, el cometido del arte. 

Murnau, Dreyer, Griffith, Stroheim, Eisenstein, Pabst: he ahí la voz en la que Berges quiere contarnos la historia de Carmen, la Blancanieves andaluza, pero no abusa de los clásicos: lo que ofrece es un espectáculo grandilocuente, sensible, cruel al modo en que los cuentos infantiles lo son siempre, inclinando la mirada hacia el débil, registrando la España de una época que no siempre nos vendieron con la fidelidad que merecía, toda vez que fueron los servicios de propaganda del régimen los que la filmaron, borrando lo que no procedía, amplificando lo festivo. No se precisa un adiestramiento cultural para ver Blancanieves sin caer en el sopor que alguien me confesó haber tenido. Se ve con absoluta fluidez, no se embarra en filigranas cinéfilas y tiene una banda sonora que apuntala lo que la palabra hablada no dice.

No sabe uno si se ha abierto una veda de mudo en la máquina del cine. El formato requiere un mimo que otros no precisan. Tampoco creo que haga falta abusar de una manera de hacer las cosas que pueda parecer artificiosa, pero que estimula al cinéfilo aburrido, el que disfruta con el expresionismo alemán en la negritud del salón doméstico, convertido mágicamente en un artefacto digno de Wells, que viaja en el tiempo y regresa después a casa. Al día siguiente de ver Blancanieves, programé una noche muda y en blanco y negro. Vi (muy gozosamente) el Nosferatu de Murnau. Me provocó la misma bendita zozobra que cuando la vi por primera vez, en una sala de esas de arte y ensayo, cuando uno iba al cine a aprender más que a disfrutar. Torpe y hambriento que era uno.

7.2.13

Hitchcock / Una oportunidad perdida





En primer lugar, una confesión: descreo de las biografías. Se me hacen menos creíbles que la ficción de la que parecen desviarse. No he leído ninguna que me haya satisfecho enteramente. Tampoco ninguna a la que le haya tomado cierto afecto. Entiendo que las mías son razones que en nada compartirán quienes disfrutan las vidas contadas de los demás, la constatación de un comportamiento que, en una u otra medida, explica con más hondura la obra del biografiado.

Hitchcock no es un biopic al uso. Prescinde del material previsible, de todo lo que podría esperarse. Maneja con sencilla desenvoltura la construcción de un personaje, pero no ahonda, quedándose solo en los tópicos, en el aplomo dramático de Anthony Hopkins y de Helen Mirren, los únicos verdaderamente involucrados en sus papeles, estando los demás planos y huecos, por no decir desinteresados. Gervasi, el director, y McLaughlin (no confundir con el genio de la guitarra), el guionista, se fijan en lo que rodea la filmación de Psicosis, dan unas pinceladitas sobre la tramoya del cine, dibujan al orondo Hitch como un bebedor, un voyeur y un tragaldabas y desaprovechan (ay) esos primorosos vicios, sin los cuales (presumimos) no habría hurgado como hizo en la tormentoso corazón humano, en toda esa delincuente inclinación que lo barniza, con toda esa mórbida fascinación hacia el mal puro. Lo que uno querría, puestos a ver una biografía del gordo, es que le retrataran de verdad. Que le abrieran en canal. Que viésemos la tortura del pornógrafo tímido. Que nos brindasen la oportunidad, largamente acariciada, de asistir a la intimidad del genio. Nada de eso hay en esta pequeña comedia de situación, malamente adornada con un par de apreciables gags, llevada sin esmero hacia la corrección. Porque es correcta hasta el cansancio esta rendición de un fragmento de la vida de Hitchcock. Pensé en El discurso del rey, del afamado Hopper. Me causé una zozobra parecida. Hecha con un desparpajo frío, montada sin entusiasmo, pensada para amenizar tardes en casa, cuando la programen en televisión, pudiendo hasta confundirla con un vulgar telefilm. 

Entonces: ¿es una mala película? No importa que lo sea o no. Aun confiando en que a alguien le haya gustado, no podrá evitar un ramalazo de indiferencia cuando piense en todas las cosas que podrían haber sido dichas (o insinuadas, ay qué hermosa la insinuación y qué poco frecuente hoy en día) y que le han escamoteado. Es que es Hitchcock, el rey del suspense, el emperador del corazón encogido, el gobernador de la isla de lo perverso. Con todo eso podríamos haber vivido una experiencia completa y no, como entenderán, una vivencia pequeña. El ególatra y majestuoso Hitchcock queda, en manos de estos mercaderes, en un personaje ligeramente agradable, al que se le perdona la mala leche (la que se ve de fondo, la que se intuye) por habernos regalado tantas horas de supremo placer. 

Insisto en mi poca querencia hacia las biografías, en mi voluntad de enmarañarme en la ficción antes que en la cuenta de un estado fiable de las cosas, pero si me dejo querer y me siento en la butaca pido, por lo menos, que me emocionen. No hay en Hitchcock emoción. Poco de lo que realmente atrae (la ira de Hitch en la escena de la piscina, su humor en las sesiones del censor) se explota con verdadero talento. La sensación generalizada es la del desaprovechamiento de un material prodigioso. Querría uno que la película se hubiese titulado Alma y que su glotón marido saliese de secundario. En algún momento del metraje, cae uno en la cuenta de que al guionista le ha gustado de repente el papel de la inteligente y sumisa esposa del director, pero que ese giro absoluto en la trama no hubiese hecho caja. Tampoco (a lo visto) lo habrá hecho ésta.






6.2.13

La vida no vale nada

Algo sucede
José Agustín Goytisolo, 1966

No llevamos redactando pasquines hasta el alba. Tampoco nos reunimos en extraños cafés, en tu casa, en la mía, durmiendo mal y tomando pastillitas. Hace muchos años que abandonamos la lucha, pero dentro, en lo oscuro, debe andar todavía el que espera la oportunidad y mide con afecto y con devoción sus armas, las que luego terminan en palabras, en papeles confiados al amigo, a la espera de que algún día cuajen y la vida se haga paso y hayamos hecho que el mundo gire sin pegar un tiro.
 
Sigue leyendo en Barra Libre

4.2.13

Argo / Mentiras de la política, verdades del cine




Lo mejor de Argo es su fascinante vocación de mecano. Su mayor virtud es la de hacer que todas las piezas ensamblen de una manera prodigiosa. Que su metraje (dos horas) pase en un suspiro. Que en la butaca se nos olvide la realidad que nos circunda. Uno de los oficios de la ficción es precisamente éste, la supresión de la realidad, la maravillosa sensación de haber salido de este mundo y haber entrado en otro. La bufonada de su argumento (la puesta en escena de una película falsa para rescatar del Irán de Jomeini a unos norteamericanos retenidos en una embajada) podría haber desembocado en una comedia, pero Ben Affleck (más que inspirado) la bordea y se centra en el suspense, en el vértigo de una trama muy hitchcockniana, pero también muy del gusto del mejor Alan J. Pakula. Tampoco renuncia al humor, un humor cínico, que hurga en las tripas del cine como objeto de negocio. Delirante a ratos, cruda en otras, Argo sostiene firmemente la idea de que se puede hacer cine de entretenimiento masivo sin renunciar a unas altas cotas de calidad artística. Lo mejor de Argo es que la sabemos insólita. No se hacen películas como Argo. Toda la artesanía del Hollywood de los setenta y primeros ochenta (De Palma, Scorsese, Spielberg, Lumet, el propio Pakula, Pollack) está primorosamente recuperada en la obra de Affleck. No solo recrea muy fidedignamente el atrezzo de la época o su vestir hortera a nuestros ojos sino que filma como si no hubiesen pasado treinta años. Podría haber sido una cinta producida a poco de estallar el conflicto iraní.

Lejos de ser una función perfecta, Argo se reblandece en su tramo final, cuando el director privilegia un suspenso chusco, como de erotismo barato, oportunista como pocos. Sobran los subrayados políticos (en ocasiones muy tímidos) y brillan los estrictamente cinematográficos: geniales los personajes de John Goodman y Alan Arkin. De lo que dicen y de cómo se comportan se podría sacar material para otro film, no lo duden, pero hay un aroma clásico que rezuma amor por el cine clásico, liberado de texturas modernas, esforzado en ofrecer un espectáculo completo. Affleck, discreto como actor, brilla en los tres films que ha dirigido. Ninguna de sus tentativas frente a las cámaras (salvo Hollywoodland, que le valió el aprecio de la crítica) rivaliza con su oficio detrás de ellas (Adiós, pequeña, adiós y The town, ciudad de ladrones, impecables muestras de cine policiaco con idéntico sesgo clásico).

Contemplada como una lección de Historia, Argo es un artículo enciclopédico malo en el que el autor suprime los datos de interés y revisa únicamente los tópicos, los trazos más evidentes, los que se recitan en un juego de mesa. Ben Affleck prescinde de la política y se deja querer por el material narrativo, que es excelente. Contemplada solo como un producto de ficción (aunque narre unos hechos reales y se impregne, sobre todo al principio, de un maravilloso tono documental) Argo es una lección de cine. Impagable, por fijar en la pantalla durante buena parte del metraje, la querencia de Affleck (y de su excelente guionista Chris Terrio) por la bendita iconografía de la ciencia-ficción de esos años. Se te saltan las lágrimas con el merchandising galáctico que adorna el dormitorio del hijo de Méndez, el personaje de Affleck. Literalmente.


31.1.13

Un evangelio pulp

No tengo la seguridad que tiene José Manuel Benítez Ariza en eso de que los que mejor leemos la Biblia somos los ateos. El buen cristiano, metido en faena evangélica, puede ahondar en lo que yo no sabría, perderse en la oscura promiscuidad de sus personajes, en su tenebrosa épica. El buen ateo (las medias tintas en esos asuntos de la fe no son aceptables) accede al texto varonil, percutido de milagros y de venganzas, escrito prodigiosamente, prescindiendo de toda la didáctica, admirando la metáfora como metáfora, contemplando un escenario ajeno, que le entretiene, pero que no le afecta más allá de la constatación de una voluntad narrativa. No tengo la seguridad de mi amigo José Manuel porque quizá no he leído el libro de los libros con el empeño que debiera. Me apunto la empresa.

Borges sostenía que la Biblia era un admirable compendio de literatura fantástica. Distraído en Borges, enmarañado con el peso de los clásicos, a los que uno vuelve de vez en cuando y a los querría volver con mayor ahínco, desatiendo la monumental serie B con la que se ha alimentado mi voluble alma. Desoigo lo pulp. Me pierdo el runrún de la barbarie mediática. Embrutecido, consciente del roto que van dejando los excesos, pero feliz por disfrutarlos. Desavisado se vive mejor. Enfangado. Pedestre. Exento de protocolos. Manumitido de toda trascendencia. A ras de víscera. Respirando sin pensar en el aire.

28.1.13

Cliffhangers, macguffins y wertadas




 No sé si prefiero los cliffhangers a los macguffins. De los primeros, amo esa sensación de cópula interrumpida, de folletín decimonónico, fascicular. De los segundos, amo su vacío absoluto, toda esa evidencia de hueco sobre el que se edifica el mundo. No sé si soy de J.J. Abrams o de Alfred Hitchcock. No sé si me entusiasma más Jack Bauer o Nicholas Brody. Nada distinto a lo que hacían los clásicos. Revisen Los miserables. Es un cliffhanger absoluto.  Esa manera de cerrar un capítulo, esa miel en los labios, esa especie de erotismo metalingüístico. Revisen Lovecraft ahora. Es un macguffin absoluto. Ese miedo ancestral, larvado, del que no sabemos mucho y del que no debemos saber nada más para que todo funcione. No han inventado nada estos geniecillos de la Fox. Ni Hitch fue padre de su propia criatura. Todo están en los griegos. Todo está en la poesía latina. Y quiere Wert jodernos todo eso. Vamos, hombre. Viva Ulises. Viva George Kaplan.

Presumir de alma




1  
K. me advirtió hace tiempo del peligro de la informática: no el previsto, el que sentencia que acabaremos alienados, convertidos en esclavos de un sistema de control tan eficiente y vinculante que no será posible la realidad fuera de su ámbito de influencia. K. ajusta su intuición al malévolo ejemplo que dan los programas de ordenador al incluir en su paquete de opciones la de poder ser desinstalados desde su propia configuración. Algo así como si el ser humano, al modo en que los espías de la Guerra Fría se tragaban una pastilla que los mandaba al otro barrio sin mayor estrépito, pudiese desactivarse pulsando (simplemente) un botón. El problema (insiste K.) es dónde alojar el botón fatídico. Una mera cuestión cartográfica. El suicidio no puede ser producido accidentalmente ni tampoco puede ser obra de un desatino que luego (miradas las pruebas condenatorias de uno mismo, razonada la fiebre y el deseo homicida) quede en nada, en un arrebato de adolescente, en un desquiciamiento súbito. K. añade: "Al menos el ordenador, luego de perpetrar el programicidio, tiene la opción de reinstalar el paquete original, el que venía de fábrica. También podemos acudir al establecimiento más cercano o al portal pirata más a mano y agenciarnos una versión mejorada del software".

2
La ilusión de que las máquinas hayan avanzado más en logros morales que el pobre hombre, perdido en el interesado mapa sentimental que la severa (en lo que quiere) prescripción cristiana ha ido inoculando durante siglos en la sociedad, hace pensar que quizá algún genio de la nanotecnología con suficiente poder de convicción y calado en el tejido mediático (eso es, al cabo, lo más importante) propondrá, en breve, la audacia de que el hombre arribe a este mar de penalidades que es la vida (hoy es lunes, me siento particularmente alicaído, pesimista y poco conciliador) con algún resorte secreto, una función apocalíptica dentro de la tupida red de cables, de poleas y de válvulas que dan entereza física a este alma que dicen que somos. No tengo muy claro eso de que un alma nos navegue por ahí dentro, que pese 21 gramos según cálculos poéticos o de minimalista zen, pero tampoco me importaría tener una que después de abandonar yo este valle de lágrimas (insisto: es un lunes retorcido) saliese de este envase temporal, al que no cuido como debo, qué voy a contarles, y migre por esos mundos de Dios (o del Google, a capricho del lector) en busca de algún nuevo cuerpo joven, fértil y prometedor en el que hospedarse otro capacho de años.

3
Lo de ir al cielo o al infierno lo veo más difícil. Más parejo al runrún de los tiempos es que nos instalen, allá en el futuro, un chismecito en la espalda, un botón remoto que nos permita (en casos muy específicos, en determinadas circunstancias) dar por finiquitado el trayecto, pero las cosas nunca son tan sencillas. A los suicidas, antaño, les negaban el camposanto. Ahora siguen siendo unos apestados, aunque sean éstos otros tiempos y se propague la idea de que el ser humano (el ciudadano) es dueño de su destino y puede controlarlo, censurarlo, acelerarlo y (en el más triste de los casos) interrumpirlo. Material, no obstante, para una buena historia de ciencia-ficción. O para una pastoral de la Santa Madre Iglesia: Teología-ficción. En cómodas entregas fasciculares. No me duelen prendas (qué coño será eso de que te duelan prendas, diría Millás) admitir que una parte mía, una a la que doy de vez en cuando rienda suelta, me pide ser de otro modo, observar con mayor respeto los dogmas y los predicamentos de la fe (sea la que fuese) y presumir de alma, concebirla como una criatura maravillosa por ahí, en mis oscuros adentros; maravillarme de que crezca conmigo y me abandone un día, flotando entre candores celestiales, divisando este camino de espinas en el que nos están haciendo andar. Pero ya digo, todo es matizable. Es lunes y me espera (en nada, en un plisplás) una jornada ciclogenética, por lo menos. Ah, y si el amable lector busca alma en el buscador de imágenes del eficaz google encontrará un batiburrillo new age de escenas cósmicas. No sabemos dibujarla. Será porque no existe o porque, existiendo, no se aviene a que la cartografiemos. En realidad no creo que el hombre haya hecho otra cosa. Buscarla. Dar con la manera de entenderla.


22.1.13

Obama is on fire





Estados Unidos no es solo un país. Es un negocio. No hay forma de entenderlo sin que intermedie alguna transacción económica. En un sentido menos mercantilista de las cosas, Estados Unidos, aparte de país y de negocio, es un enorme parque de atracciones. Importa escasamente que casi cincuenta millones de personas vivan por debajo del umbral de la pobreza y que casi trece millones estén desempleados. Da lo mismo que la pena de muerte siga en vigor en muchos estados o que la mitad de la población del país tenga fácil acceso a las armas y algunos de los que las manejan arramblen a tiros en espacios cerrados y luego se descerrajen uno en la boca, a modo de epílogo. Esa es la parte gris del negocio, pero los colores no pueden dejar de resplandecer y la música no puede dejar de sonar. La de anoche fue una música festiva, la que los americanos (los de una parte de Norteamérica) flipan con la opulencia del showbusiness y aceptan la puesta de largo de la democracia como un número más de los que ocupan los escenarios de Broadway. Algo de eso, de número teatral, tuvo la investidura de Barack Obama. No hubo ningún francotirador que le volara la cabeza, pero incluso esa locura entraría en las previsiones mediáticas de un país que todo lo traduce a espectáculo. El mismo magnicidio de Kennedy, cincuenta años después, sigue siendo materia narrativa de primer orden. Y yo, que me considero un agradecido espectador, huyo de estos festejos irrelevantes. Me causan un rubor que no escondo. Entiendo las causas, razono la suprema importancia de la coronación del Comandante en Jefe, del Hombre Más Poderoso Del Mundo, uno al que se le perdona (a beneficio de catálogo) que una becaria le practique una fellatio en el Despacho Oval, a la vera del botón del armageddon nuclear. Aquí, a falta de botón final, de becarias procaces o de presidentes salidos, tenemos al agrimensor Rajoy, cruzado contra la negritud de los números, instalado en la ingrata felicidad de liderar un país que no se deja liderar por nadie. Así que anoche, viendo en un zapping volandero, el Let's stay together de Obama y de Michelle, apreciando el nuevo look de la Primera Dama, que su entronizado marido se apresuró a ensalzar con un "Me encanta tu flequillo, amor mío", pensé en la farándula como expresión íntima de la clase política. A todos les encantaría tener la naturalidad de Obama y bailar delante del mundo (ojo, delante del mundo) su pieza favorita o decir cuánto aman a sus esposas y qué afortunados son por nacer en la mejor tierra posible. Eso es América, amables lectores. Es la tierra prometida. No sé si cumplida, pero la prometieron, la vendieron bien cara y todavía hay quien se afana en intentar sacarle provecho y hacer caja.









20.1.13

Para quien se ha ido / Pequeña endecha de domingo


 

A lo que no se nos enseña es a comprender la muerte de los demás. No hay una pedagogía del buen morir. Los creyentes la adornan con la figura del paraíso y quienes no creemos, en esa orfandad de lo eterno, nos obstinamos en mimar los recuerdos que los muertos amados nos van dejando. En este asunto de la memoria no aprecio diferencia entre el buen cristiano y el buen ateo. Ninguno exhibe, cuando los suyos se van, credenciales que certifiquen lo mucho que amaron a sus difuntos. Somos filósofos a poco que pensamos en la muerte. De hecho, la filosofía (ya en el Fedon, con la elocuencia funeraria de Sócrates de texto de fondo) hurga en la muerte y cuestiona su naturaleza. No ha dejado de hacerlo desde entonces. En el fondo, toda su Historia es ese diálogo primerizo (el platónico) pero revisado y aumentado durante siglos.

En la muerte de un familiar cercano, en el tanatorio, en las honras fúnebres y luego, en una gris y lluviosa tarde de domingo, en el feísimo cementerio de la Fuensanta, en Córdoba, he pensado en el valor excepcional de los recuerdos y he ido repasando, a lo largo del día, en un tributo íntimo a la memoria de mi tío fallecido, los momentos que compartimos, la felicidad atravesada de navidades y de peroles en el campo, de tardes en el brasero, de bares más tarde, cuando mi edad y mis vicios me inclinaban a frecuentarlos y a beber y a fumar desconsideradamente. He ido escribiendo en mi cabeza esa lista copiosa de instantes que no se han marchado cuando le han metido, al pobre, en su última residencia. No nos enseñan en la escuela a pensar la muerte (aunque hubo unos manuales que se pretendió divulgar en las aulas sin éxito alguno), pero quizá la educación y la cultura que sí que se enseña (y admirablemente, en mi opinión, a pesar de los recortes y de la mala fama que algunos se empeñan en darle) consiga que seamos comprensivos con la muerte y la afrontemos con la conformidad de quien sabe que nada puede hacer para frenarla. Duele hasta lo indecible que la muerte canalla visite nuestra casa y se lleve a quien todavía tiene una vida por delante. Duele que nos roben todos los momentos preciosos del futuro, los que sabemos que sucederán y que la parca puta extirpa a cara de perro, sin paliativos narrativos, a bocajarro. Escribo esto porque hoy he tenido un día terrible despidiendo a quien se ha ido, pero he disfrutado (y mucho) pensando en todo lo que nos dio a los que le tuvimos cerca. Es cierto eso que se dice (amablemente, para el consuelo de los deudos) de que no se ha ido y que está con nosotros para siempre. No sabe uno si habrá un consuelo distinto que el de las palabras y las imágenes atropellándose en la cabeza. Esta noche la mía está ocupada de vida, aunque la familia se haya congregada alrededor de la muerte.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...