22.1.13

Obama is on fire





Estados Unidos no es solo un país. Es un negocio. No hay forma de entenderlo sin que intermedie alguna transacción económica. En un sentido menos mercantilista de las cosas, Estados Unidos, aparte de país y de negocio, es un enorme parque de atracciones. Importa escasamente que casi cincuenta millones de personas vivan por debajo del umbral de la pobreza y que casi trece millones estén desempleados. Da lo mismo que la pena de muerte siga en vigor en muchos estados o que la mitad de la población del país tenga fácil acceso a las armas y algunos de los que las manejan arramblen a tiros en espacios cerrados y luego se descerrajen uno en la boca, a modo de epílogo. Esa es la parte gris del negocio, pero los colores no pueden dejar de resplandecer y la música no puede dejar de sonar. La de anoche fue una música festiva, la que los americanos (los de una parte de Norteamérica) flipan con la opulencia del showbusiness y aceptan la puesta de largo de la democracia como un número más de los que ocupan los escenarios de Broadway. Algo de eso, de número teatral, tuvo la investidura de Barack Obama. No hubo ningún francotirador que le volara la cabeza, pero incluso esa locura entraría en las previsiones mediáticas de un país que todo lo traduce a espectáculo. El mismo magnicidio de Kennedy, cincuenta años después, sigue siendo materia narrativa de primer orden. Y yo, que me considero un agradecido espectador, huyo de estos festejos irrelevantes. Me causan un rubor que no escondo. Entiendo las causas, razono la suprema importancia de la coronación del Comandante en Jefe, del Hombre Más Poderoso Del Mundo, uno al que se le perdona (a beneficio de catálogo) que una becaria le practique una fellatio en el Despacho Oval, a la vera del botón del armageddon nuclear. Aquí, a falta de botón final, de becarias procaces o de presidentes salidos, tenemos al agrimensor Rajoy, cruzado contra la negritud de los números, instalado en la ingrata felicidad de liderar un país que no se deja liderar por nadie. Así que anoche, viendo en un zapping volandero, el Let's stay together de Obama y de Michelle, apreciando el nuevo look de la Primera Dama, que su entronizado marido se apresuró a ensalzar con un "Me encanta tu flequillo, amor mío", pensé en la farándula como expresión íntima de la clase política. A todos les encantaría tener la naturalidad de Obama y bailar delante del mundo (ojo, delante del mundo) su pieza favorita o decir cuánto aman a sus esposas y qué afortunados son por nacer en la mejor tierra posible. Eso es América, amables lectores. Es la tierra prometida. No sé si cumplida, pero la prometieron, la vendieron bien cara y todavía hay quien se afana en intentar sacarle provecho y hacer caja.









5 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Los pelos como escarpias de ver tanta felicidad. Nada nos abruma más que la perfección. Y yo, después de todo, no soy más que un ciudadano abrumado por la perfección de nuestros líderes. Abrazos

Alberto Jurado dijo...

Me cansa este sentido del espectáculo. No es que aquí , Emilio, no hagamos esas cosas, sino que tenemos un más alto sentido del decoro y no ponemos a Rajoy bailando con su sra. esposa cuando gana las elcciones. Me daría vergüenza ajena ver a Griñán, el presidente de mi Comunidad, bailando en los salones de San Telmo. Ridículo y patético. O al revés. Buenísima entrada, emilio.


F. Mayo dijo...

Estoy de Obama hasta los obamas, dice una canción horrible que escuché anoche en la radio. Me apunto a la emoción de estar hasta ahí mismo de esta celebracióm impúdica de la gilipollez. Y basta ya de que se le de tanto aire mediático. Entiendo lo que significa, entiendo que estamos colonizados, entiendo muchas cosas, pero tengo voluntad (todavía la tengo) para no dejarme llevar por la paranoia. Soy un ciudadano normal, no especialmente antiyanki, pero me cargan cada vez más, en el corazón, estas demostraciones de poder. Antes nos invadían y nos hacían tragarnos religión e idioma. Ahora nos la cuelan por la televisión, en el cine, en los anuncios. DE Obama hasta los mismos cojones, ya lo he dicho. Un saludo a pesar de todo...

Isabel Huete dijo...

Un país donde los símbolos hacen patria no puede dejar de ser espectáculo permanente. Admiro esa falta de sentido del ridículo y ese saber venderse dejando a todo el mundo boquiabierto, a los defensores y a los detractores. La vieja Europa, tan remilgada ella, en el fondo le encantaría ser hermana gemela del Imperio. Entre Obama y la reina de Inglaterra, me quedo con la señorita Pepis.

Molina de Tirso dijo...

Magnífica expresión de la paradoja. Gracias