20.1.13

Para quien se ha ido / Pequeña endecha de domingo


 

A lo que no se nos enseña es a comprender la muerte de los demás. No hay una pedagogía del buen morir. Los creyentes la adornan con la figura del paraíso y quienes no creemos, en esa orfandad de lo eterno, nos obstinamos en mimar los recuerdos que los muertos amados nos van dejando. En este asunto de la memoria no aprecio diferencia entre el buen cristiano y el buen ateo. Ninguno exhibe, cuando los suyos se van, credenciales que certifiquen lo mucho que amaron a sus difuntos. Somos filósofos a poco que pensamos en la muerte. De hecho, la filosofía (ya en el Fedon, con la elocuencia funeraria de Sócrates de texto de fondo) hurga en la muerte y cuestiona su naturaleza. No ha dejado de hacerlo desde entonces. En el fondo, toda su Historia es ese diálogo primerizo (el platónico) pero revisado y aumentado durante siglos.

En la muerte de un familiar cercano, en el tanatorio, en las honras fúnebres y luego, en una gris y lluviosa tarde de domingo, en el feísimo cementerio de la Fuensanta, en Córdoba, he pensado en el valor excepcional de los recuerdos y he ido repasando, a lo largo del día, en un tributo íntimo a la memoria de mi tío fallecido, los momentos que compartimos, la felicidad atravesada de navidades y de peroles en el campo, de tardes en el brasero, de bares más tarde, cuando mi edad y mis vicios me inclinaban a frecuentarlos y a beber y a fumar desconsideradamente. He ido escribiendo en mi cabeza esa lista copiosa de instantes que no se han marchado cuando le han metido, al pobre, en su última residencia. No nos enseñan en la escuela a pensar la muerte (aunque hubo unos manuales que se pretendió divulgar en las aulas sin éxito alguno), pero quizá la educación y la cultura que sí que se enseña (y admirablemente, en mi opinión, a pesar de los recortes y de la mala fama que algunos se empeñan en darle) consiga que seamos comprensivos con la muerte y la afrontemos con la conformidad de quien sabe que nada puede hacer para frenarla. Duele hasta lo indecible que la muerte canalla visite nuestra casa y se lleve a quien todavía tiene una vida por delante. Duele que nos roben todos los momentos preciosos del futuro, los que sabemos que sucederán y que la parca puta extirpa a cara de perro, sin paliativos narrativos, a bocajarro. Escribo esto porque hoy he tenido un día terrible despidiendo a quien se ha ido, pero he disfrutado (y mucho) pensando en todo lo que nos dio a los que le tuvimos cerca. Es cierto eso que se dice (amablemente, para el consuelo de los deudos) de que no se ha ido y que está con nosotros para siempre. No sabe uno si habrá un consuelo distinto que el de las palabras y las imágenes atropellándose en la cabeza. Esta noche la mía está ocupada de vida, aunque la familia se haya congregada alrededor de la muerte.

10 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Emilio, comprobamos que tras la muerte late aún, con la fuerza del sentimiento más humano, la vida secreta de las palabras, ahondando en la tierra, a la búsqueda de su raíz profunda. Son palabras mayores las tuyas. Las mías hoy solo te acompañan.

un abrazo.

Adriana Luisa dijo...

Admirable texto, palabras mayores, como escribe Miguel Cobo.
La muerte es el adiós, no hay otra.
Se van los nuestros y nos dejan huérfanos. Tenemos los recuerdos, pero lo doloroso, como explicas maravillosamente, es que nos quitan la posibilidad, nos roban (dices), de que tengamos MAS recuerdos. Y nos privan de ese extra de felicidad que sabemos nuestra. Mi experiencia es desgraciadamente grande. Un abrazo, Emilio. Un abrazo grande.

Jose Luis G. dijo...

Un abrazo y fuerza. Ya con esta entrada les ha dado un último regalo a esa persona.

Enrique dijo...

Un abrazo y a reponerse. El tiempo cura las heridas, pero la escritura las cura a la vez, con parecida eficiencia.

Andrés Casamullot dijo...

Sentido pésame, Emilio.
Tus palabras honran su memoria allá en donde esté.

Jesús Ángel Carrillo Mayorgas dijo...

Soy un cristiano que ama a los suyos igual que habrá ateos que hagan ideńticamente con los suyos también, En eso, señor Calvo de Mora, coincidmos. No ya tanto en la visión religiosa de la vida sino en la relación que esa religión tiene con la forma misma de vivir y en cómo gobierna absolutamente todo su desempeño. He asistido a la muerte de mis padres con la alegría de quien sabe que están con Dios, en ese paraíso que usted nombra. He sentido alivio por esa creencia, cosa que el no creyente, materialista, no puede. Solo por eso ya vale la pena creer. Solo añadirle que yo creo porque soy más feliz haciéndolo que al contrario. en eso so n egoist enrme. Y ahora le dejo, agradecido porque me deje expresarme.
Descase en paz su tio.
Gran blog el suyo.

Jesús Ángel Carrillo Mayorgas dijo...

Perdona los errores en la escritura. No sé cómo corregirlos.

José Luis Martínez Clares dijo...

Por donde pasa la muerte crecen las palabras y, entonces, la vida adquiere una pose como de interrogación retórica. ¿Quién podría llenar todos esos pequeños huecos del pensamiento que ahora tienen forma de pregunta, de justa reclamación, de desafío al diseñador de todo esto? La fuga del tiempo, el pasado siempre tan reciente, la pérdida están hoy prendidos, como nunca, a la tinta. Abrazos, amigo

Manuel Velázquez Ortega dijo...

El buen morir no existe. Todos querríamos vivir para siempre. Insoportablemente vivir para todos los tiempos. No hay dolencia más terible que el saber que todo acabará y el mundo seguirá. Filósofos y poetas lo han adornado o lo han explicado o lo han convertido en materia epifánica, pero yo me quedo con el ansia íntima de quien, en el interior, en el secreto centro, piensa que morir es una pérdida de tiempo. No me tomo a broma tu escrito. Siento la pérdida. Un abrazo.

Anónimo dijo...

La muerte es siempre un zarpazo. No te puede dejar indiferente. Incluso la muerte de quienes no conozco, al escucharla en televisión, en desgraciados telediarios, me produce una sensación de pérdida terrible. He perdido varios familiares, hace tiempo. Los recuerdo a diario.

Ana María Marín