8.2.13

Blancanieves / La hermosa osadía


Una de las consideraciones primordiales sobre las que entablar un diálogo sobre cine es si de verdad conmueve, si accede a donde no suele haber acceso alguno, si raspa allá donde no hay, por lo común, roce. Otra consideración es la de si debe inclinarse a la parte de negocio o atender, en la medida de lo posible, al arte y trascender al modo en que lo hacen, en otras disciplinas de la belleza, otras creaciones. Si es el mercader o el artista el que debe dar cuentas de los éxitos o de los fracasos de ese empeño. Entiende uno que habrá quien se deje guiar por una u otra vía, sin que se penalice ninguna por el hecho de adoptar la contraria. Valen todas las opciones siempre que haya un intercambio enriquecedor. La obviedad teórica, sabida, aparece con frecuencia en los medios a propósito de Blancanieves, la insólita (y a mi entender hermosa) película de Pablo Berges. Se discute más la pertinencia de su producción, la coincidencia con The Artist, con la que comparte menos cosas de las que se piensa, que la calidad que atesora, y es mucha. 

Berges salió dañado cuando la maquinaria hollywoodiense puso en órbita The Artist, la obra de Michel Hazanavicius  Más aún cuando la premiaron como lo hicieron. Perdió una apreciable cantidad de público a la que le aturdiría que dos obras de parecido rango artístico ocupasen su atención en tan breve periodo de tiempo. A los no aturdidos, los que lograron sobreponerse al impacto mediático, se les regaló una obra mayor, un compendio inteligente de los recursos que hicieron del expresionismo alemán uno de los más creativos en la historia del cine, un tributo sensible y compensado al cine como contador de historias. La de Berges es la clásica, la inmarchitable, la que de pequeños escuchábamos embelesados y que después únicamente reconocemos en el ocio infantil y a la que prestamos poca atención o ninguna. No es rebuscada, a pesar de sacarla de su envoltorio habitual. Tampoco moderna. Insisto en que su estado natural es la revelación de la belleza. Blancanieves es, ante todo, por encima de sus muchos méritos técnicos o conceptuales, un película de una hermosura irreprochable. Su revisión de muchos de los tópicos nacionales, mirados a través del cuento inmortal, hace que parezcan universales. He ahí, a fin de cuentas, el cometido del arte. 

Murnau, Dreyer, Griffith, Stroheim, Eisenstein, Pabst: he ahí la voz en la que Berges quiere contarnos la historia de Carmen, la Blancanieves andaluza, pero no abusa de los clásicos: lo que ofrece es un espectáculo grandilocuente, sensible, cruel al modo en que los cuentos infantiles lo son siempre, inclinando la mirada hacia el débil, registrando la España de una época que no siempre nos vendieron con la fidelidad que merecía, toda vez que fueron los servicios de propaganda del régimen los que la filmaron, borrando lo que no procedía, amplificando lo festivo. No se precisa un adiestramiento cultural para ver Blancanieves sin caer en el sopor que alguien me confesó haber tenido. Se ve con absoluta fluidez, no se embarra en filigranas cinéfilas y tiene una banda sonora que apuntala lo que la palabra hablada no dice.

No sabe uno si se ha abierto una veda de mudo en la máquina del cine. El formato requiere un mimo que otros no precisan. Tampoco creo que haga falta abusar de una manera de hacer las cosas que pueda parecer artificiosa, pero que estimula al cinéfilo aburrido, el que disfruta con el expresionismo alemán en la negritud del salón doméstico, convertido mágicamente en un artefacto digno de Wells, que viaja en el tiempo y regresa después a casa. Al día siguiente de ver Blancanieves, programé una noche muda y en blanco y negro. Vi (muy gozosamente) el Nosferatu de Murnau. Me provocó la misma bendita zozobra que cuando la vi por primera vez, en una sala de esas de arte y ensayo, cuando uno iba al cine a aprender más que a disfrutar. Torpe y hambriento que era uno.

5 comentarios:

Manolo Delgado dijo...

Ser torpe y hambriento se me antoja indispensable. Únicamente la indolencia culpable se puede contemplar fuera de estos parámetros de supervivencia.

Francisco Machuca dijo...

Los cuentos de hadas responden a las eternas preguntas. ¿Cómo es el mundo en realidad? ¿Cómo tengo que vivir mi vida en él? ¿Cómo puedo ser realmente yo?
A pesar de toda nuestra complejidad, somos conflictivos, ambivalentes y estamos llenos de contradicciones, la personalidad humana es indivisible. Una experiencia, sea del tipo que sea, afecta siempre a todos los aspectos de la personalidad al mismo tiempo. Y la personalidad total necesita el apoyo de una fantasía rica, combinada con una conciencia sólida y una comprensión clara de la realidad, para ser capaz de llevar a cabo las tareas que exige la vida cotidiana. Todo ser humano ha olvidado quién es. Se puede llegar a entender el Cosmos, pero jamás el ego; el yo está más distante que cualquier estrella. Todos sufrimos la misma calamidad mental; todos hemos olvidado nuestros nombres. No recordamos quiénes somos realmente. Todo eso que llamamos sentido común y raciocinio, pragmatismo y positivismo, no quiere decir sino que en determinados espacios muertos de nuestra vida olvidamos que hemos olvidado. Todo lo que denominamos espíritu, y arte, y éxtasis, sólo significa que durante un terrible momento recordamos que hemos olvidado.
El sentido más profundo reside en los cuentos de hadas que no me contaron en mi infancia, y que leía por las noches, más que en la realidad que la vida me ha enseñado.

No tienen nada de infantiles, en ellos encontramos la clave de las miserias que asolaban al ser humano desde que el mundo es mundo. El hambre de los campesinos durante la Edad Media podemos conocerla a través de los libros de Historia, pero nunca con la intensidad con que la intuimos a través de cuentos como Pulgarcito o Hansel y Gretel: entonces el campesino enviaba a sus hijos al bosque, para que se los comiesen las alimañas, antes que ver cómo morían de hambre en su casa. ¿Y dónde podemos apreciar mejor la perversidad de los sentimientos humanos que en Piel de asno, con ese rey que se enamora de su hija? En Las habichuelas mágicas se da una lección caballeresca: que hay que matar a los gigantes porque son gigantescos. Es una revuelta contra el orgullo como tal. Porque la rebelión es más antigua que todos los reinos. Contamos con la gran enseñanza de La bella y la bestia, que revela que es necesario amar antes de que el objeto de nuestro amor sea digno de ser amado.

Los cuentos son la voz del pueblo. ¿Cómo podríamos saber de la crueldad del señor feudal, sino a través del personaje del ogro? El ogro es el señor feudal que quitaba vidas y haciendas, que sorbía a sus súbditos la sangre, que se los comían literalmente. Destesto a todos los que han contribuído a escamotear los finales de los cuentos de hadas. Por ejemplo, el final demoledor con que Andersen clausura El patito feo, después de que el protagonista haya descubierto que en realidad es un cisne: "Y entonces se sintió enormemente solo", escribe Andersen. No hay esperanza para el que destaca, rodeado de mediocres: su destino es la soledad. Y pensemos en la terrible alegoría de La bella durmiente, de Perrault, donde nos cuenta cómo la criatura humana fue bendecida con todos los dones al nacer, pero recibió la maldición de la muerte y cómo quizás ésta pueda dulcificarse convirtiéndose en un sueño. Esa niña que estuvo durante cien años dormida, hasta el primer beso de amor. Y nos han robado el final, en el que la madre del Príncipe Azul resulta ser una ogresa caníbal que intenta hacer creer a su hijo que La bella durmiente se ha comido a sus propios vástagos. La vida no es sólo el primer beso de amor: después viene la convivencia con una suegra horrible, que quiere comernos y a nuestros hijos. Una suegra que muy bien podría representar la sociedad represora.

Creo que una de las razones de que los niños se han olvidado de leer cuentos es esta manipulación, que a ellos les suena a moralina y a censura. Porque los niños soy muy inteligentes; luego se vuelven tontos.

Un fuerte abrazo

Francisco Machuca dijo...

Los cuentos de hadas responden a las eternas preguntas. ¿Cómo es el mundo en realidad? ¿Cómo tengo que vivir mi vida en él? ¿Cómo puedo ser realmente yo?
A pesar de toda nuestra complejidad, somos conflictivos, ambivalentes y estamos llenos de contradicciones, la personalidad humana es indivisible. Una experiencia, sea del tipo que sea, afecta siempre a todos los aspectos de la personalidad al mismo tiempo. Y la personalidad total necesita el apoyo de una fantasía rica, combinada con una conciencia sólida y una comprensión clara de la realidad, para ser capaz de llevar a cabo las tareas que exige la vida cotidiana. Todo ser humano ha olvidado quién es. Se puede llegar a entender el Cosmos, pero jamás el ego; el yo está más distante que cualquier estrella. Todos sufrimos la misma calamidad mental; todos hemos olvidado nuestros nombres. No recordamos quiénes somos realmente. Todo eso que llamamos sentido común y raciocinio, pragmatismo y positivismo, no quiere decir sino que en determinados espacios muertos de nuestra vida olvidamos que hemos olvidado. Todo lo que denominamos espíritu, y arte, y éxtasis, sólo significa que durante un terrible momento recordamos que hemos olvidado.
El sentido más profundo reside en los cuentos de hadas que no me contaron en mi infancia, y que leía por las noches, más que en la realidad que la vida me ha enseñado.

No tienen nada de infantiles, en ellos encontramos la clave de las miserias que asolaban al ser humano desde que el mundo es mundo. El hambre de los campesinos durante la Edad Media podemos conocerla a través de los libros de Historia, pero nunca con la intensidad con que la intuimos a través de cuentos como Pulgarcito o Hansel y Gretel: entonces el campesino enviaba a sus hijos al bosque, para que se los comiesen las alimañas, antes que ver cómo morían de hambre en su casa. ¿Y dónde podemos apreciar mejor la perversidad de los sentimientos humanos que en Piel de asno, con ese rey que se enamora de su hija? En Las habichuelas mágicas se da una lección caballeresca: que hay que matar a los gigantes porque son gigantescos. Es una revuelta contra el orgullo como tal. Porque la rebelión es más antigua que todos los reinos. Contamos con la gran enseñanza de La bella y la bestia, que revela que es necesario amar antes de que el objeto de nuestro amor sea digno de ser amado.

Los cuentos son la voz del pueblo. ¿Cómo podríamos saber de la crueldad del señor feudal, sino a través del personaje del ogro? El ogro es el señor feudal que quitaba vidas y haciendas, que sorbía a sus súbditos la sangre, que se los comían literalmente. Destesto a todos los que han contribuído a escamotear los finales de los cuentos de hadas. Por ejemplo, el final demoledor con que Andersen clausura El patito feo, después de que el protagonista haya descubierto que en realidad es un cisne: "Y entonces se sintió enormemente solo", escribe Andersen. No hay esperanza para el que destaca, rodeado de mediocres: su destino es la soledad. Y pensemos en la terrible alegoría de La bella durmiente, de Perrault, donde nos cuenta cómo la criatura humana fue bendecida con todos los dones al nacer, pero recibió la maldición de la muerte y cómo quizás ésta pueda dulcificarse convirtiéndose en un sueño. Esa niña que estuvo durante cien años dormida, hasta el primer beso de amor. Y nos han robado el final, en el que la madre del Príncipe Azul resulta ser una ogresa caníbal que intenta hacer creer a su hijo que La bella durmiente se ha comido a sus propios vástagos. La vida no es sólo el primer beso de amor: después viene la convivencia con una suegra horrible, que quiere comernos y a nuestros hijos. Una suegra que muy bien podría representar la sociedad represora.

Creo que una de las razones de que los niños se han olvidado de leer cuentos es esta manipulación, que a ellos les suena a moralina y a censura. Porque los niños soy muy inteligentes; luego se vuelven tontos.

Un fuerte abrazo

alex dijo...

Comparto algunos de tus motivos para amar esta película sin que me llegue al corazón su nublado recuerdo. La vi en septiembre, una noche cálida donostiarra con todo el reparto recibiendo aplausos sin límite. Confieso que yo no aplaudí. Eran tan grandes mis expectativas, tan clara la frontera que delimita a la obra de Berger con la de Hazanavicius, que una vez visto el contenido prefería quedarme con la insinuación de lo que se me va a ofrecer. Sus referencias al expresionismo alemán pecan por exceso sin que en ningún momento sea el director consciente de que la sugerencia implica homenaje y la insistencia, esa escasa sutileza empleada para transmitirnos el mensaje, terminan por abrumar al neófito y aburrir al iniciado. Y es sin duda su virtuosismo técnico lo que más llama la atención de una película que vende su alma a las aparienciencias y olvida que la narración es la que conlleva el mayor peso de poesía. No me aburrió, no me emocionó, no me rozó las tripas ni las vísceras, no me importó su desarrollo ni sus personajes. Decepcionó mis expectativas, ya baqueteadas por el tiempo, y no consiguió interesarme ni impresionarme. Me dio igual. Una lástima porque destrás del celuloide se oculta una pasión verdadera...

manipulador de alimentos dijo...

Estampas curiosas, una mirada diferente, un final desolador.... Hay buen material y hermoso cine en las imágenes de 'Blancanieves' que nos trae Pablo Berger. Aunque no sé si el hecho de que se haya llevado diez Premios Goya en la última edición dice mucho de nuestro cine. Un saludo!!!