No sé si hay variantes softcore de la alta novelística rusa del siglo XIX. Como no tengo tiempo ni ganas de perderme en el corazón del hombre, busco enconadamente (de verdad que anoche le dediqué un buen rato a buscar en las gacetillas culturales una pastillita que me aliviara el destrozo) un libro o un cómic o una película que me cuente, a su modo, sin la hondura de los clásicos, la verdad de la condición humana. Ya meditos en faena, me valdría un documental, una brizna de didáctica, un sencillo resumen de las cosas que pasaron y de cómo acabó todo. Todo ha venido por la visión (musicalmente agotadora) de la última película de Tom Hooper, Los miserables. Salí con ganas de meterme el tocho, ganas que no dismimuyeron cuando cogí una edición antigua, de minúscula y bizarra letra, que ocupaba desde que me mudé un pequeño lugar en la balda más alta del mueble en donde (de momento, hasta que revienten las escuadras) alojo mis libros. Me descorazoné cuando comprendí que necesitaría un mes para llegar a la misma conclusión que ya tenía. Avergonzado por blandir un argumento tan infame (la cultura es la cultura, los clásicos son los clásicos) reinicié la lectura hasta digamos la parte en la que Víctor Hugo relata cómo Jean Valjean entra en la cámara del obispo, que duerme un sueño que, a decir del autor, contempla cielos misteriosos. En esa página 97 de la edición que Orbis publicó en 1982 no había sentido de verdad la punzada de la trascendencia. Estaba contemplando una escena en la que se discernía la naturaleza delictiva (o no) del presidiario Valjean. Lo estaba haciendo en mi cama, entrando con muchísimo gozo en un sueño, quizá menos vivido que el del obispo, pero igual de reparador. A diferencia del creyente, la entrevela del descreído apenas se cuestiona altas razones metafísicas. Pienso en si he pasado un buen día, si ha habido algún momento de especial júbilo en su decurso, si hay algo a lo que deba prestar una atención o un desempeño más intenso en el día venidero o si, en última instancia, he molestado a alguien o alguien me ha molestado a mí. Y razono que está bien perderse así en las brumas del sueño. Limpio en la conciencia, incapaz de desear mal a nadie o convencido (quizá falazmente) de que nadie me desea mal alguno a mí. Por eso le doy tantas vueltas a perderme en el corazón del hombre, en volver a los clásicos, en los que bebí de joven y a los que acudí después, pero con quienes no deseo trato ahora. De acuerdo, soy un cobarde, me he convertido en lo que siempre rechacé, un consumidor de cultura rápida, uno que se pirra por la última peli de Michael Bay y no se molesta en rever (ay) la filmografía completa de Bergman, un desgraciado engolosinado por los blockbusters y por los bestsellers, ya ven, palabras inglesas que, en muy resumidas cuentas, explican el triste destino de la raza humana, encarnada en mí como pequeño (a pesar de mis kilos) icono de su decadencia. Tengo amigos que pensarán que desvarío o que hago una sencilla gracieta bloguera de viernes (hoy que no tengo el cuerpo muy católico y he decidido no irme de bares y refugiarme en la mesa camilla, en el brasero y en lo que echen en el plus) pero sé bien que se equivocan. Que ya no soy el voraz lector de antaño o, en todo caso, lo soy de un modo precario, de poca exigencia, contento con la banalidad, como Nicolas Cage. Soy una especie de Nicolas Cage doméstico. Después de la alta y maciza literatura, allá en mis baldas de más difícil acceso, he bajado a la periferia, al zapping libresco, a olisquear aquí y allá, sin entrar a fondo en nada, como ensimismado en mi abandono, limpio de culpa, consciente de que en cualquier momento, espoleado por quién sabe qué arcana resorte, invisible ahora, volveré a la espesa estepa rusa, al alma de la estepa, a todas esas formidables pinturas de la condición humana. De momento, a la espera del numen, merodeo obras menores, historia de un fuste narrativo menor, grandes éxitos de las estanterías más visitadas del Corte Inglés. Mañana o pasado mañana o la semana que viene, me dejo engolosinar (ay cómo me gusta este verbo) otra vez por las cimas del talento. Espero que este enfangamiento no me afecte. Pido aquí que se me conceda la gracia de la resurrección. A Nicolas Cage, a lo visto, se le resiste. De lo único a lo que me resisto fieramente (como dice mi amigo K.) es a admitir públicamente que me está gustando Paulo Coelho. En esta desnuda evidencia de mis vicios, el amigo avisado, el que me trata y al que confío mis más hondas cuitas, sabrá si hablo en serio o estoy desbarrando. Ni yo a esta altura lo tengo más o menos claro. Ahora, discúlpenme, voy a ver si pillo el argumento de lo que echen en el plus. Total, seguro que no es nada del otro mundo.
11.1.13
9.1.13
El Temerario remolcado a dique seco / Bond sublimado
De Skyfall, la última de Bond, de la que me gusta casi todo, me quedo con la parte menos viril, la que no ofrece la violencia al uso o incluso la que no muestra al Bardem portentoso. Es justamente la parte de la trama en la que no existe tal trama y no se añaden elementos narrativos que la hacen avanzar. No sucede casi nada, pero lo que ocurre informa de algo relevante sin cuyo concurso (tal vez) no sería posible comprender lo demás, es decir, las persecuciones, la venganza, toda esa morosa deconstrucción del héroe que Sam Mendes y su equipo de guionistas priman a la hora de contarnos cómo es James Bond en el siglo XXI y hacia dónde camina la franquicia en entregas posteriores. Sucede cuando Bond (un austero y pragmatico Daniel Craig) acude a un museo para que Q, el clásico suminstrador de logística, le ponga al día sobre el nuevo material de derribo. Ahí observamos al héroe entregado a la contemplación del arte, ensimismado, embebecido, consciente (dolidamente consciente) de que como el Ulises del poema de Tennyson que cita M su vida naufraga y se iza en el desastre, se acomoda en el mal y encuentra asideros desde donde pujar de nuevo. El cuadro que observa, El HMS Temeraire remolcado a dique seco, pintado por William Turner, es en realidad una visión paralela de la historia del propio Bond. La gloria de la Marina Británica, el buque a vela insignia del Imperio, es retirado por una máquina de vapor, llevado a los astilleros para que acabe desmembrado. Ese espejo casual, en el que Bond no desea verse, marca el tono gris del film, su vocación épica (siendo a pesar de todo, en apariencia, la película menos épica de la saga)
El Bond íntimo de Mendes es un tipo con unas inquietudes que antes desconocíamos. Del Bond crepuscular de Mendes, el primero inscrito en esta lectura sentimental del espía, me quedo con cierta metafísica barata que, ya puestos, no difiere en demasía de la que uno pueda sacar a relucir en el día a día, sin entrar en honduras. Hermanados ya James Bond y un servidor, engullidos por el abismo, como escribió el poeta Tennyson, corazones heroicos de temple similar, veo la película como un actioner melodramático. Algo parecido a lo que Christopher Nolan ofreció en su trilogía de Batman. Algo parecido a lo que jamás logrará Ethan Hunt o Jason Bourne salvo que, a petición del graderío, vuelven los grandes poetas griegos y se les encomiende reescribir la épica bondiana.
No sé si a la salud del negocio le interesa un Bond introspectivo, pero no tengo ninguna duda sobre la bondad de esta revolucionaria idea a beneficio cinéfilo. En cierto sentido, con Skyfall, la serie de James Bond no incurre en la mecánica previsible de otros blockbusters y airea, privilegiando al iniciado, una especie de tour de force entre el pasado y el presente, entre la orfandad del personaje (ya vislumbrada en Quantum of Solace) y la respondabilidad del oficio que desempeña. Es cierto que el mito ha sido dejado a la deriva, pero lo ha hecho humano, cercano. Le han puesto delante un espejo y le han obligado a mirarse como nunca antes lo hizo. Lo han asesinado y lo han resucitado. La impostada epifanía pop del personaje ha mutado en un melodrama intimista.
6.1.13
Vindicación festiva de los bares (con coda)
Los bares son uno de los últimos refugios de la alegría que van quedando. Incluso estoy por pensar que no es necesaria la presencia alada de la alegría y que los bares pueden contribuir a la tristeza que antecede a la forja de un poema o a la caligrafía minuciosa de una carta de amor. Yo creo haber escrito alguna en ellos y no me entra en duda alguna que haya manuscrito un buen número de servilletas en las que he ido dejando rastros de aquello que entonces bullera dentro, dicho de una manera periférica. En bares, acodado en la barra o en la cómoda distancia de una mesa, he leído pasajes de la más alta y noble literatura. En ocasiones, dejando a un lado la hondura, he olisqueado libros de baja estopa, crónicas de fantástica serie B, folletínes de una belleza abrumadora. Luego está la errabundia de periódico en periódico. Nada mejor que desayunar con las penurias del banquillo blanco y comprobar, a pie de café, mientras afuera la lluvia cuelga su manta de fraternidad antigua, que Mourinho sigue siendo un tipo despreciable en lo que expresa y admirable en su empeño antológico de ganar por encima de todas las cosas o que la Zarzuela salga a la calle para ganarle al Rey adeptos, adictos y hasta fanáticos. Los bares, en su cálido confort de casa prestada, ofrecen la mullida evidencia de que siempre hay un sitio en donde pasar desapercibido o donde exhibirse tumultuosa o incluso impúdicamente. Es lo que mi amigo K. llama aura. Los bares, no todos, por supuesto, la tienen. No se vende casi nunca, no se manifiesta en tablones junto a los precios de las consumisiones, pero es el aura lo que hace que un bar adquiera ese adorable rango de templo de las palabras o de los silencios, de techo bajo el que cobijarse cuando arrecia el dolor o de lupanar en donde enfangarse de vicios cuando explota la alegría, y la ebriedad (ese vértigo de la sangre) te conforta, te expande, te invita a dejarte llevar por los sentidos. No puedo cerrar esta vindicación festiva de los bares sin hablar del café, sin el que no podría vivir. Lástima, en parte, que las leyes (estrechas, punibles algunas) hayan borrado de ese mapa de la felicidad el humo de la nicotina barriendo el aire, escribiendo voluta a voluta un poema invisible, venenoso (a qué engañarnos) pero fértil y hermoso. Claro, a este final alguien le añadirá su desacuerdo, que entiendo y hasta comparto. Yo solo quería contarles mi devoción sencilla por el negocio, y probablemente no sepa expresarme como debiera y manifestar lo mucho bueno y lo mucho malo que ha habido en sus dominios. Como la vida misma. Anoche, sin ir más lejos, buscando un bar en donde dejarnos caer para librarnos del agobio de la Cabagalta de Reyes, dimos con uno que deparaba una agradable sorpresa. He allí al amigo Manolo Rueda, al que no veía desde hace una barbaridad infame de años (dos semanas y media, corrigió él) y al que todos dimos abrazos, festejando la existencia misma de la amistad, la bendita ocurrencia del azar, que nos regala a veces afectos inesperados.
Coda:
Celebra uno la llegada de los Reyes Magos con parecida ilusión a la que les dispensaba cuando más joven. No somos nunca viejos del todo para levantarnos bien temprano y buscar en el salón, junto al portal de Belén o el árbol, los regalos que han tenido a bien dejarnos mientras dormíamos. Habremos sido buenos, alguien nos habrá querido. No importa la valía del agasajo: a lo que uno aspira es a que alguien nos haya dedicado un poco de su tiempo pensando en qué nos haría felices. A mí, con poco, se me contenta. Aun caprichoso como soy, en días como éste, gano con las caras de los demás, con el efecto que hacen los presentes que yo les elegí. Y ahora me disculpan. Voy a mi tierra a ver qué hay debajo del árbol.
4.1.13
The Jazz Age / The Bryan Ferry Orchestra / En deuda con las raíces
Que el jazz es una fiesta lo confirman discos como éste que el viejo Bryan Ferry, celebrando sus cuarenta años en la industria fonográfica, acaba de poner en órbita. Son piezas del repertorio clásico de Roxy Music y del propio Ferry en solitario arregladas a la manera de los años 20, periodo del que dice sentirse en deuda porque fue el que escuchaba y el que le hizo adquirir la sensibilidad hacia la música que posee. Lo maravilloso de esta aventura es la propia naturaleza que la crea, el regreso a las raíces, la vocación vintage de un genio de la música que, en la edad provecta, no hace como otros de su quinta (Rod Stewart a la cabeza y también más recientemente Tom Jones o Paul McCartney) recreando (sin excesivo entusiasmo) standards del jazz. Lo que Ferry propone es una relectura de su repertorio como si (literalmente) hubiese sido escrito en los violentos y sincopados años 20. Distraído uno en el swing, apenas distingue qué piezas son las que suenan. Ferry desatiende la melodía de las canciones y se afana en hacernos creer que son enteramente nuevas, que en el siglo XXI, a pesar de los gagdets, las aplicaciones de los smartphones, la publicidad viral y el Gangnam Style de las narices, no ha dejado de sentirse en deuda con el pasado, al que (en ocasiones) volvemos para aprovecharnos de él, pero no es ahora el caso. Ferry hace un tributo, uno que ni siquiera prescinde de una calidad de grabación afeada, pensada para que el amable oyente piense que está escuchando un disco de pizarra, uno de esos discos incunables que educaron a nuestros abuelos.
Chet
Fue uno de esos rostros perfectos del precario star system del jazz en
los cincuenta. Luego los excesos levantaron la cartografía exacta del
dolor, que a veces era un chute de heroína en el muslo, una zona
escasamente transitada de agujas, o una temporada en la cárcel para
saldar deudas con la sociedad a la que regalaba el don de la belleza con
su trompeta. Ya saben, cosas de camellos. Chet Baker
está ya hecho polvo en esta fotografía, portada de un disco que llevo
escuchando a trompicones, con entusiasmo, con siempre renovado asombro,
desde anoche. No toca como solía: se ve la pereza, la pérdida de la
jovialidad. Chet, en este último gran concierto, toca triste, pero me da
exactamente lo mismo. Sólo hay que mirar la fotografía, los ojos
perdidos en algún lugar al que no podemos llegar sin contemplar el dolor
en detalle.
2.1.13
El pudor no existe
Anoche mi amigo K. me aconsejó que dejara el blog. Sostuvo la infame teoría que usaba el poeta Rainer María Rilke
para su poesía y quién sabe si para su vida: eso de que todo a lo que
se entregaba se hacía rico, quedando él pobre. Mi pobreza es
circunstancial, en todo caso. La riqueza del blog, una amabilidad
semántica de K., que me aprecia después de tantos años soportándonos y
consultando el oráculo diario de la amistad por ver si encontramos algo
nuevo. Contra pronóstico, el tiempo juega siempre a favor. Cuanto más
días acumula el contador de entradas, ese chivato de las estadísticas
que me dice que han ingresado en el blog más o menos transeúntes
casuales que ayer y que alguno, oh fatum, ha permanecido en un post lo
suficiente como para leerlo, más apego siento por la ocurrencia de
inventar este rincón. Me puede pasar como a un buen amigo (bloguero,
inevitablemente en este caso) que cerró el kiosko al sentirse abrumado
por la necesidad de escribir. Como la bestia que precisa carne todos los
días. Como la novia ninfómana que nunca tuvimos del todo. Como el chute semántico que precisamos para no caer del todo en el abismo. El fiscal, el yanki, tendrá más fuste social, pero el mío, mi abismo es semántico. Son las palabras las que me alejan de él o son las que inclinan mi cuerpo gordo hacia su vértigo y su fiebre.
A K. le
confío mis cuitas porque se pringa: hay que premiar al tozudo, aunque lo
que nos revele termine por molestarnos. Él escribe unas cositas sueltas
en una moleskine doméstica que guarda en su chaquetón de
invierno y que, en verano, olvida en casa y la desatiende casi por
completo. Así no se pueden hacer las cosas, le suelto mientras apuramos
un café en un bar. Están empezando a caer unas gotas. En Lucena, en mi pueblo de ahora, llueve menos que en Ubrique, un pueblo de antes. A mí me gusta escribir cerca de una ventana desde la que se puede ver la lluvia. Literatura de
Navidad, apuntes sentimentales a pie de cerrar un año muy bueno en
muchas cosas y nefasto, por supuesto, en otras. Muy bueno. Muy nefasto. Letras heridas por el
frío tuteladas en el forro de tela de marca. Recuerdo cuando empecé a
escribir: recuerdo sobre todo la distancia entre el pudor y el deseo de
liberar algún tipo de dolor que me oprimía el pecho. Venció la
liberación de toda posible toxina. El pudor no existe, K. El blog es un
campo nudista, en ese sentido: una especie de territorio libre de
abrigos en el que es posible mostrar todas las miserias de nuestra
caligrafía y, quién sabe, algún posible brinco del genio creativo que
todos llevamos dentro. Rilke murió paupérrimo y eso que la poesía no es
un género al que se entreguen toneladas de material confesable. En un
blog cabe de todo y caso de que tuviésemos todo el tiempo del mundo
podríamos dedicarnos en exclusiva a facturar entradas y a contar el
ritmo de la respiración de los pájaros que se posan en el alféizar de mi
ventana, a renombrar la dicha. Esta tarde la dicha se llama Charlie Parker: Charlie Parker otra vez. Charlie Parker with Strings. No sé si ya estaba muy tocado, pero sopla como un ángel bendito.
Este
Rilke dio con la frase favorita de K. O fue al revés. Nunca encuentra
quien escribe mejor pasión que la retorcer las palabras y encontrar en
el envés de ese agravio el zumo exacto de su significado. Ahí andamos.
En la franquicia del tedio, en el júbilo, en la concurrencia divina de
algunos azares que posibilitan que llame un amigo justo cuando más lo
echábamos en falta o que la realidad no nos aturda en exceso. Suele
hacerlo. Suele noquearnos a gusto con la certidumbre de que no podemos
librarnos de ella. Volvemos, incautos, a la plaza de armas. A la
disciplina de las horas. En esa disciplina estamos todos. Previsibles, programados. El pudor no existe, K. No voy a dejar el blog. No creo que sepa soportar su ausencia, la presencia tangible de las palabras, del traje que las viste. Un blog es un campo nudista, pero es también un vestidor en el que fuésemos abandonando todas las prendas que hemos usado durante nuestra vida. Se podría escribir una biografía a partir de ese inventario textil. Mi vida es lo que visto, pero solo soy yo cuando estoy desnudo. Al escribir, uno se desprende de lo ajeno y queda en lo más acendradamente humano. No acabamos de entender la razón por la que ofende la epidermis. El porqué del pudor. Todos los porqués de la carne. Será la educación religiosa, toda esa lista de pecados. Son los pecados los que no existen, K. En todo caso, los delitos, pero incluso esa viraje jurídico (o sentimental) puede discutirse. Ya ves, palabras. Empezamos bien el año. Salud a todos.
31.12.12
Dos mil doce / Fin
Tengan ustedes una noche antológica, una noche sublime, una a salvo de la pesadumbre, una con colmo de júbilo, una festiva hasta el desmayo, una que no deseen que acabe, pero no caigan en el error de olvidar el mañana gris, el día con todas sus luces, el año que entra con su vértigo y con su fiebre. Hoy, no obstante, desfóndense. Sean felices sin otro dios que les guíe. Miguel Brieva, el autor de la imagen que traigo todos los años, en esta fecha, a mi blog, se lo dice muy claro. El texto no cambia. Los últimos años entran a trompicones, amenazando con llevarse todo por delante. Así que hoy, si pueden, bailen.
30.12.12
Los miserables / Una noche en la ópera
Disfruté Los miserables y deje de hacerlo casi al instante y así varias veces. Todo eso paso en el trayecto del metraje, sin levantarme de la butaca, engolosinado con la brillante puesta en escena, aturdido por el mantra musical, convencido de estar asistiendo a un espectáculo grandioso, pero el corazón desoye a veces los rumores de los sentidos y se planta. Uno asimila Los miserables a poco de que empieza. La entiende y la respeta como obra literaria, se deja untar por la musicalidad de las piezas cantabiles, pero el corazón desoye el entendimiento y el respeto y te dice al oído un basta detrás de otro. De lo que te dan ganas es de leer la novela de Víctor Hugo o de encontrar alguna versión antigua, no cantada, que te restituye el aroma épico de la historia y que te rescinda de la obligación de sentirte conmovido por la majestuosidad de las canciones. Que lo son, no lo duden. Las hay para cada situación y las hay hermosas y las hay perturbadoras, aunque llega un momento en que de verdad que todo se viene abajo y ya no sabe uno (yo al menos no supe) si prestar atención a los efluvios melódicos (la música da la información que las palabras a veces no rinden) o a al agitado subtitulado que te va contando las cosas con el formato clásico, entiéndaseme, frases que dicen cosas, adjetivos que se aplican a un sustantivo y verbos que encienden el alma. Como yo soy un amante de los verbos, de los adjetivos y de las palabras que se inclinan y se estiran y hasta fornican entre ellas para alumbrar palabras nuevas, pedí sin ser escuchado que los intérpretes las declamaran. No entré del todo (si bien el juego no me resultó, contrariamente a lo que pensaba, desagradable) en la fórmula del musical. Solo lo entendí en tramos. Debe ser que me falta educación para eso al modo en que a otros les falta para cosas que yo entiendo, valoro y estimo en grado supremo. A falta de la empatía que este tipo de cine precisa, disfruté (como digo) más de lo que presumía disfrutar. De hecho hubo piezas que me emocionaron. Las otras, las que me parecieron carne de artificio, aditamento innecesario, zapato que no calza con el pie de la trama, las pasé con cierta resignación, a la espera de que un golpe de efecto me hiciera renacer.
Lo malo de querer contentar a todo el mundo es que es posible que no se contente a nadie. Lo malo de tener un Oscar de Hollywood (Tom Hooper, el primerizo Hooper, tiene uno, inmerecido, por El discurso del rey) es que debes convertir un producto mainstream en una delicada obra de arte. Y casi creí que la cinta merecía ese rango cuando contemplé (muy sobrecogido, confieso) el rutilante inicio, la mayúscula puesta en escena del trabajo carcelario del preso Jean Valjean (muy creíble en la piel de un soberbio Hugh Jackman) o cuando Hooper, osado como pocos, se atreve a poner la cámara a ras de piel, devorando al protagonista y extrayendo de él matices profundos de unos papeles que luego, conforme la cinta avanza, descarrilan en el torrente de voces, en toda la maquinaria vocal de la historia, que lo anega y lo impregna todo.El festín melómano diluye el atracón narrativo, lo aplaza, lo acomoda al baile de números de modo quien sale afectada es la crónica limpia de los hechos. Hooper encorseta en demasía la función: se conjura a hacer un gran musical, pero deja de lado la sencilla entrega de una película. Quizá lo que falle sea el formato en sí. Los miserables la adorarán los apasionados del musical, y éste lo es de forma arrebatadora. Saldrán decepcionados quienes (como yo) no tengan a ese género como favorito o incluso (sigue siendo mi caso) lo aborrezcan y no sepan entrar en materia y se distraigan a poco que el protagonista, en mitad de una refriega de disparos o en una cama donde yace un moribundo, afina la voz y canta. Toda esa infatigable vocación operística, que en el teatro puede ser maravillosa, queda ambigua en el cine, en la pantalla grande. Lo extraordinario de la función teatral es su calidez. Perdido eso en la sala de cine, nos queda una ópera grandilocuente, que avanza como una locomotora, arrasando la perplejidad del espectador, arrumbándolo a un lugar muy pequeño desde donde observa una historia muy grande contada con unos instrumentos maravillosos, a saber, excelente música, maravillosos actores y (sobre todo) kilométrica pasta. Con todo, a pesar de las raspaduras en la epidermis, pensando en que quizá no vuelva a verla nunca, ha merecido la pena pagar los cinco euros y medio (era miércoles, día del pobre) por ver a Javert, a Valjean, a Fantine, a Cosette, a Marius y a todos esos personajes inmortales. Lo son, no lo duden. Me quedo con Grease, aunque tenía catorce o quince años y no estaba tan contaminado como estoy hoy. Danny Zucko y Sandy Olsson también son inmortales en mi corazón.
29.12.12
Somos cookies
El griego es una mierda y la filosofía es otra. Las humanidades no son las que levantan un país. Por eso las leyes del Ministerio están eliminando todo lo que arruine esa visión competitiva y pragmática que hará de España un pilar de la sociedad del futuro, pero va a ser una sociedad castrada si le quitamos el griego o la filosofía, si le damos importancia al inglés sin que la tenga la bendita lengua castellana, si en los planes de estudio explicamos la mecánica cuántica y no explicamos el valor de las palabras y la naturaleza poética del progreso, si arruinamos la idea de educar para la ciudadanía y jaleamos, pagado con dinero público, la enseñanza evangélica en las escuelas. No sé si entender la métrica latina crea empleo, pero lo que es seguro es que no lo destruye. Tampoco si leer en voz alta a Góngora en Secundaria podrá competir con una lectura dramatizada de Cincuenta sombras de Grey. Se desdeña, a golpe de boletín oficial del Estado, la formación del espíritu. En el mejor de los casos, la organización del currículum invita a los alumnos, en secundaria, en bachillerato, a que estudien clásicas o Historia o Filosofia, pero la invitación viene ya envenenada, untada de todas las urgencias laborales del mercado. A lo que no se han atrevido es a meter en el Plan de Estudios una asignatura que se llame Mercado. Que les enseñe a los muchachos (paso de protocolos lingüísticos) a competir. Porque somos contribuyentes, competidores y, en última instancia, ciudadanos. Personas lo somos cada vez menos. En números nos están convirtiendo. Servimos a estadísticas. Ni siquiera aspiramos a ser palabras. En el número, en su fronda abstracta, molestamos menos. Valemos para hacer estudios de mercado. Somos cookies. En el fondo, somos cookies y no tenemos ni puñetera idea de quién fue Parménides. Más al fondo: ¿Quién soy yo, como maestro, quién es Wert, como ministro, para quitar de la cabeza al adolescente que veinte minutos de Los Simpsons son mejores que toda la historia de Roma? ¿Cómo va a competir la escuela con el emule?
27.12.12
Dos mil doce / Uno
I
No creo que nunca haya formulado grandes planes para el año venidero cuando el saliente iba cerrando. Cree uno en las cosas irrelevantes y sobre ellas construye la épica de las grandes. Suele pasar que las altas esperanzas (a la manera dickensiana) las va arruinando el azar, la incompetencia de quien las fragua o la suma de una serie de catastróficas desdichas que, en muchas ocasiones, las provocamos nosotros mismos. Yo mismo peco de no no ser el constante que debiera y flaqueo a la primera de cambio. Hay días en que me armo de júbilo y confío en mis posibilidades y días en donde enfermo de pesimismo, miro de frente al porvenir, calibro pros y contras y me dejo llevar sin que esa inercia cobarde afecte a mi trato con los demás o a mi quehacer diario, en el trabajo, en casa. La conciencia, caso de que alguna subsista por ahí dentro, es la que luego cobra sus peajes.
II
Paso gran parte de la noche purgando el disco duro de mi ordenador. Constato que de una forma inexplicable se parece en demasiadas cosas a mí, a quien lo ha ido llenando o vaciando, según qué circunstancias.Recreo en mi cabeza la nómina escandalosa de asuntos que compartimos los dos. Razono que el disco duro me tiene a mí para que lo encauce y ordene e imagino una parte de alivio en su pequeño corazón de máquina, pero ¿a quién tengo yo para que me afine y purgue? ¿En quién deposito la confianza de que ese acto piadoso me libere de cogitaciones inoportunas, me desarme de iras innecesarias y me conforte finalmente? El alma se multiplica y echa ancla en el paisaje al que accede. Las baldas del armario que tengo a la espalda tienen una perfecta biografía de mis cuarenta y seis años. Son ellas, con toda la historia que tutelan, con los cuentos de Borges, con los blues del delta, con los poemas de Valente, con las canciones del Sinatra de Reprise, con los libros infantiles y juveniles con los que mis hijos han ido creciendo y creciéndose, las que me cuentan como persona. Quizá ni yo mismo me explique como ellas lo hacen. Ni lo intento. Invito a mis amigos a casa y les dejo mirar las estanterías. Lo que no saben, está a su disposición; lo que conocen, se consolida a medida que miran, cómplicemente, los tomos apilados, toda esa evidencia absoluta de lo que uno ha estado haciendo. Incluso está lo que uno nunca ha hecho. Somos lo que tenemos, pero sobre todo somos lo que no tenemos.
III
He leído muy poca poesía en dos mil doce. He visto muy poco cine en dos mil doce. De esa flaca memoria del año se salva el jazz. Creo que no podría dejar de escucharlo. Hay días en los que no se posee tiempo para perderse en un libro o para sentarse en una butaca y ver una película. Días que aplastan más que otra cosa. Días que van persiguiéndose sin que podamos frenarlos. No todos son así, afortunadamente. Los hay mansos y dóciles, de los que se dejan. Días para leer un libro en una sentada o dos películas en otra. Para pasear sin prisa, admirando las cosas que nunca miramos con atención. Para no hacer nada. Y qué bendición eso de no hacer nada y, encima, saberlo, paladearlo, apreciarlo como un don. Perderse en la periferia de las cosas. Mirarlas sin que nos obligue a nada la aprehensión de sus gestos, toda esa topología incansable con que la realidad nos reclama sus mimos.
III
He leído muy poca poesía en dos mil doce. He visto muy poco cine en dos mil doce. De esa flaca memoria del año se salva el jazz. Creo que no podría dejar de escucharlo. Hay días en los que no se posee tiempo para perderse en un libro o para sentarse en una butaca y ver una película. Días que aplastan más que otra cosa. Días que van persiguiéndose sin que podamos frenarlos. No todos son así, afortunadamente. Los hay mansos y dóciles, de los que se dejan. Días para leer un libro en una sentada o dos películas en otra. Para pasear sin prisa, admirando las cosas que nunca miramos con atención. Para no hacer nada. Y qué bendición eso de no hacer nada y, encima, saberlo, paladearlo, apreciarlo como un don. Perderse en la periferia de las cosas. Mirarlas sin que nos obligue a nada la aprehensión de sus gestos, toda esa topología incansable con que la realidad nos reclama sus mimos.
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