2.1.13

El pudor no existe

Anoche mi amigo K. me aconsejó que dejara el blog. Sostuvo la infame teoría que usaba el poeta Rainer María Rilke para su poesía y quién sabe si para su vida: eso de que todo a lo que se entregaba se hacía rico, quedando él pobre. Mi pobreza es circunstancial, en todo caso. La riqueza del blog, una amabilidad semántica de K., que me aprecia después de tantos años soportándonos y consultando el oráculo diario de la amistad por ver si encontramos algo nuevo. Contra pronóstico, el tiempo juega siempre a favor. Cuanto más días acumula el contador de entradas, ese chivato de las estadísticas que me dice que han ingresado en el blog más o menos transeúntes casuales que ayer y que alguno, oh fatum, ha permanecido en un post lo suficiente como para leerlo, más apego siento por la ocurrencia de inventar este rincón. Me puede pasar como a un buen amigo (bloguero, inevitablemente en este caso) que cerró el kiosko al sentirse abrumado por la necesidad de escribir. Como la bestia que precisa carne todos los días. Como la novia ninfómana que nunca tuvimos del todo. Como el chute semántico que precisamos para no caer del todo en el abismo. El fiscal, el yanki, tendrá más fuste social, pero el mío, mi abismo es semántico. Son las palabras las que me alejan de él o son las que inclinan mi cuerpo gordo hacia su vértigo y su fiebre. 

A K. le confío mis cuitas porque se pringa: hay que premiar al tozudo, aunque lo que nos revele termine por molestarnos. Él escribe unas cositas sueltas en una moleskine doméstica que guarda en su chaquetón de invierno y que, en verano, olvida en casa y la desatiende casi por completo. Así no se pueden hacer las cosas, le suelto mientras apuramos un café en un bar. Están empezando a caer unas gotas. En Lucena, en mi pueblo de ahora, llueve menos que en Ubrique, un pueblo de antes. A mí me gusta escribir cerca de una ventana desde la que se puede ver la lluvia. Literatura de Navidad, apuntes sentimentales a pie de cerrar un año muy bueno en muchas cosas y nefasto, por supuesto, en otras. Muy bueno. Muy nefasto. Letras heridas por el frío tuteladas en el forro de tela de marca. Recuerdo cuando empecé a escribir: recuerdo sobre todo la distancia entre el pudor y el deseo de liberar algún tipo de dolor que me oprimía el pecho. Venció la liberación de toda posible toxina. El pudor no existe, K. El blog es un campo nudista, en ese sentido: una especie de territorio libre de abrigos en el que es posible mostrar todas las miserias de nuestra caligrafía y, quién sabe, algún posible brinco del genio creativo que todos llevamos dentro. Rilke murió paupérrimo y eso que la poesía no es un género al que se entreguen toneladas de material confesable. En un blog cabe de todo y caso de que tuviésemos todo el tiempo del mundo podríamos dedicarnos en exclusiva a facturar entradas y a contar el ritmo de la respiración de los pájaros que se posan en el alféizar de mi ventana, a renombrar la dicha. Esta tarde la dicha se llama Charlie Parker: Charlie Parker otra vez. Charlie Parker with Strings. No sé si ya estaba muy tocado, pero sopla como un ángel bendito.

Este Rilke dio con la frase favorita de K. O fue al revés. Nunca encuentra quien escribe mejor pasión que la retorcer las palabras y encontrar en el envés de ese agravio el zumo exacto de su significado. Ahí andamos. En la franquicia del tedio, en el júbilo, en la concurrencia divina de algunos azares que posibilitan que llame un amigo justo cuando más lo echábamos en falta o que la realidad no nos aturda en exceso. Suele hacerlo. Suele noquearnos a gusto con la certidumbre de que no podemos librarnos de ella. Volvemos, incautos, a la plaza de armas. A la disciplina de las horas. En esa disciplina estamos todos. Previsibles, programados. El pudor no existe, K. No voy a dejar el blog. No creo que sepa soportar su ausencia, la presencia tangible de las palabras, del traje que las viste. Un blog es un campo nudista, pero es también un vestidor en el que fuésemos abandonando todas las prendas que hemos usado durante nuestra vida. Se podría escribir una biografía a partir de ese inventario textil. Mi vida es lo que visto, pero solo soy yo cuando estoy desnudo. Al escribir, uno se desprende de lo ajeno y queda en lo más acendradamente humano. No acabamos de entender la razón por la que ofende la epidermis. El porqué del pudor. Todos los porqués de la carne. Será la educación religiosa, toda esa lista de pecados. Son los pecados los que no existen, K. En todo caso, los delitos, pero incluso esa viraje jurídico (o sentimental) puede discutirse. Ya ves, palabras. Empezamos bien el año. Salud a todos.

4 comentarios:

Alberto Casalilla dijo...

Que no falte K. Que el blog siga siendo un territorio vestido con inmejorables palabras. Que vaya bien su 2013, compañero.
Un saludo cálido.

Andrés Tozal dijo...

Me quedo con las múltiples toxinas que nos meten y las que voluntariamente nos administramos. Mis toxinas son muy parecidas a las tuyas, incluyendo la escritura, de la que no renuncio a pesar del mal que nos rodea o precisamente debido al mal, grande, en grande, que nos rodea, asfixia, mata. No es una muerte física, es la negación del placer, la eliminación premeditada del asombro y de la perplejidad. Me guta mucho, mucho tu página, a la que volveré en este año recién empezado. Un placer, Emilio.


José Luis Martínez Clares dijo...

No sé como campo nudista (los escritores nunca nos desnudamos a tientas, siempre hay una luz que guía nuestras prendas al caer), pero como vestidor es el más completo que he visto. Un abrazo

Ramón Besonías Román dijo...

Todo fin de año se cierra con declaraciones de intenciones, acompañadas casi siempre de una predecible traición a uno mismo (o no).

Lo de dejar el blog no es nuevo, amigo. Ya hubo amagos que quedaron en ficción. Supongo que después de todo -Lamarck dixit- alguna función vital alimenta tu prosa, y mientras sea así, tenemos verbo para rato, cuitas, despechos y arrullos de melancolía incluidos.

Supongo que el ser humano somos la única especie que se cansa hasta de su estampa, se aburre de ser como es, tira piedras sobre su cabeza, goza llorando y se lamenta en vano.

En fin, no dejarás el blog. Ni quieres, ni nos interesa a quienes pasamos por aquí, impenitentes perplejos después de todo.