8.12.12

Me gusta pensar que todo empezó en Alabama




Anoche vi Shane, Raíces profundas. Hacía un par de años que no lo hacía, y antes quizá veinte más.  La primera vez la programó  la solemne y única Televisión Española en horario de tarde y brasero. Igual hasta llovía. Así aprendí yo a ver cine: a amarlo. Recuerdo tardes enormes con Oliver Twist o Ben-Hur o David Coppefield. Nada de eso queda ya para la chiquillería y la juventud de hoy cuyos héroes son de metal o del manga japonés y se lo administran a través de descargas ilícitas o pagando en los establecimientos del ramo. Dejo caer la idea de que ya no existe una educación pública del cine. Todo lo ha emponzoñado el mercado. A todo se lo mide por la vara de la caja. En todo se establecen fieros mecanismos de ajuste. Uno veía (sigue por la misma cuerda) lo que el programador programaba (valga el bucle fonético). Mi avituallamiento de películas dependía enteramente de los demás al carecer de vídeo (vhs, beta, 2000, palabras ya en desconocidas para estas generaciones que viven del blue ray y del disco duro, del dropbox o del wifi ) o de no poder ir al cine de pantalla grande siempre que quería. Estos son otros tiempos. uno ve lo que quiere, hasta cierto punto. Se alquila o se compra o lo da un canal de cable o satélite a horarios asequibles y repetidamente. Sirva toda esta perorata sentimental para ubicar Shane en el contexto que quiero: Shane es la película de la infancia o, al menos, de la mía. Yo era el niño rubio de la granja de Alabama cuyos padres, honrados y buenos a más no poder, no pueden con la tiranía de un cacique barbudo y grasiento que quiere echarles para que sus vacas pasten más plácidamente. Yo era el niño fascinado por el lenguaje de las armas que forja su identidad con la épica del pistolero retirado y errático que busca también su identidad en la mirada inocente del niño. Juego recíproco, cómplice, bellísimo. Yo sigo siendo el niño sentado en la valla, lamentando la sospecha de que el héroe tenga que partir. Ahora que no tengo héroes (no como entonces) no sé qué lamento. O sí lo sé, y eso hace que el lamento sea más doloroso.




Entonces yo no escudriñaba el cine: no buscaba códigos y lenguajes ocultos, señas de autor y tres pies al gato de la fotografía. Nada de eso importaba: lo que primaba era la historia, que debía estar bien contada. El escudriñe actual obedece a razones que, bien miradas, detesto. La cultura también lo emponzoña todo. Hay un veneno que lo cubre todo y no te deja contemplar las cosas con la pureza de las primeras veces. No vi yo a William Manning en el personaje del pistolero de Alan Ladd. Sí, el Manning de Sin perdón que, por otra parte, todavía no existía. No reconocía la semilla infinita de John Ford porque simplemente no había visto La diligencia o Centauros del desierto, pero advertí que aquel final era, por necesidad, un final de mucha altura: ahí estaba el niño y su héroe, despidiéndose, después de que Wilson, un Jack Palance indescriptible (el mercenario contratado para que la sangre vertida espante a los voluntariosos colonos reacios a irse) hubiese sido abatido por la más rápida pistola de Shane, al que no volvería a ver nunca. Al cine lo están despojando de lo que es más acendradamente suyo: la fascinación del ritual que produce. No vamos al cine, no le damos al hecho de ver una película la fiesta de antaño. Se está perdiendo la sensación de que algo maravilloso se produce cuando la sala se oscurece o cuando en la pantalla pequeña salen los títulos de crédito y uno se arrebuja en el sofá y piensa que el mundo es perfecto durante un par de horas. Será que ya no es perfecto ni siquiera en esos trozos. Será que el perdido, el contaminado, el irremediablemente sacrificado, soy yo y solo me queda (ay) esta crónica para liberar mi desencanto un poco. En fin, qué bonito es el cine. Qué bonita es Alabama.

4/11/07

I
anochece en el azucarero
tacones pasillo abajo la tristeza
se ven tan poca cosa sus perritos
que a la luz de las linternas
parecen algas
parece tan gacela
niña mía
el tiempo en la almohada

II
Puse anoche a Scarlatti en la cena. A mi hija le sentó mal la tortilla francesa. Scarlatti suena a gaseosa ida, papá, me confesó en los postres.

III
Queda lejos Gotham City, se lo dije ayer a mi hijo, que me pide la épica de la emboscada en la trasera oscura de un chino en donde unos maleantes están arrugando el traje magnífico del héroe.

5.12.12

Lang por Wert II

  

Jailhouse rock
La cárcel es tan grande que nadie sabe que está dentro. Algunos reclusos, sensibles, sospechan que algo va mal y miran con detalle las circunstancias de la reclusión. Otros, felices en su penitencia, progresan e incluso medran de forma ostensible. Secretamente aspiran a merecer un lugar de más fuste en la instalación. En ningún momento hay motines. A una salida, aunque sea masiva, al patio, en plan queja, no se le puede llamar estrictamente motín. El mercado asume ese excedente de protesta y lo aprovecha. De hecho el mercado contempla la rebelión en su protocolo de hostilidades como una licencia legítima del pueblo, al que se le consiente la revolución con la condición de que se retransmita por cable y la patrocine una de las muchas marcas de productos dietéticos. Nada hay fuera del mercado. La mecánica cuántica examinaría la posibilidad de que en los abismos de la materia exista un plan ancestral que privilegiara al mercado por encima de todas las cosas. Como si un Dios remoto alojara en el interior del caos un orden nítidamente previsto. Como si el primer hombre dibujara en las cuevas la silueta de un cajero automático.

Crying in the chapel
A menudo me hago preguntas a sabiendas de que no obtendré respuestas. Se da el caso de que las encuentro sin que tercie ninguna pregunta que las exija. Ando así a medio confortar. Nunca pretendo llegar al final de las cosas. Me conformo en el arribo a un término medio satisfactorio, uno que me libere de cogitaciones peligrosas. Se va mejor sin metafísica, he escrito muchas veces. Atormentado, hundido en los abismos del espíritu, no aprecia uno los dones de la tierra, las efusiones de la carne y en ese plan telúrico. Soy la oveja feliz que no desea salirse del rebaño ni encuentra placer en la posibilidad de que alguien, preocupado por mis limitaciones, sensible a las dimensiones de mi cautiverio, me informe de lo que me pierdo al no salir jamás. Voy así felizmente con los míos, reconocido entre ellos, oculto entre ellos. Pero de cuando en cuando razono a mis adentros sobre la naturaleza de mi felicidad y no puedo evitar una pesadumbre de la que me cuesta después mucho salir. Tengo muy claro que en esa incertidumbre es en donde me siento más vivo. Soy la oveja feliz que busca, en ocasiones, la presencia de un lobo a quien ofrecerme, la oveja irresponsable, la que busca en el rebaño un igual con el que disentir a medias.

One for the money, two for the show...
Mi abuela lo decía más a las claras: por el dinero baila hasta el perro. Díaz Ferrán es el perro de los telediarios y baila más que bien el rock de la cárcel. Por ahí íbamos al principio del post. Por Elvis y por la Santa Cofradía del Dinero Fácil. Por todos los negocios que han sido y serán y de los que dejaron a unos timados y a otros, ay pícaros, ay tahures, montados en el dólar, que se decía antes. Ahora no hay dólar al que montarse. Dicen que para el trece empezamos a ver luz al final del túnel. Ya todo es túnel y los ojos se nos han ido convirtiendo en otra cosa, pero no ojos. La luz no importa: nos hemos acostumbrado a la oscuridad. Hemos mutado de oveja a topo sin dejar de ser lo que somos, esto es, contribuyentes.

... and no religion too
A Wert, que ayer lo canjeé por Fritz Lang, le tengo todos los días reproches. Siendo criatura de mayor fondo intelectual que yo, admitiendo que es quien, en última instancia, gobierna mi trabajo docente (es el ministro, entiéndase) y decide sobre lo divino y lo humano de mi docencia, le tengo como un personaje a tener en cuenta. De hecho lo evalúo más que a Montoro, pongo por caso. Uno administra el bocado del fisco en mis ganancias y éste, ay, escribe el guión de la tiza en mi pizarra. Antes de continuar, debo consignar aquí mi profundo amor a la pizarra. No he visto yo instrumento de más lustre que éste. En ella se vuelca lo maravilloso del conocimiento humano, sobre ella se despliegan todas las telas del milagro del conocimiento, en fin, no he venido a ponderar el milagro de la vulgar, en apariencia, pizarra sino a evidenciar mi desencuentro con este jefe caprichoso signado por la voluntad del presi Rajoy.  Como jamás escalafonaré a puestos de distinción como el suyo, no me ensañaré con la persona, a la que respeto como eso, como alguien que, en el fondo, tendrá su corazón y buscará que todos sus latidos, setenta al minuto, cien en días de ruedas de prensa, aspiren al bien, busquen la eficiencia y, en útlima instancia, contenten a una gruesa mayoría. Es imposible, Wert u otro, que alguien contente a todo el mundo, pero todavía ando buscando una decisión de este hombre que me haya contentado a mí. Sí, yo soy un empleado más. No soy nada. Solo pido cuatro o cinco cosas, y ninguna se me está concendiendo. Tendrá sus razones. Que las explique.





4.12.12

Lang por Wert



No deja de sorprender el hecho de que la lluvia suscite una épica narrativa que no soporta el día luminoso. Hay una tendencia tácita a privilegiar los argumentos del gris. Incluso estoy por aceptar que el noir se hizo arte en el blanco y negro porque el color borra toda posibilidad de tragedia. Esta misma fotografía induce un rico tapiz de tramas que no acudirían si la bañara el sol y al coche no lo abatiera la pertinaz lluvia. La sombra a la derecha, el personaje del que nada sabemos, es el que espolea la épica. De él extraemos toda la fabulosa inventiva que hace de un momento mecánico e intrascendente uno absolutamente relevante, digno de encender la más tibia de las atenciones. Son estos asuntos los que nos consuelan de Wert y de Menkel. En la literatura, en ese palimpsesto de lo real, reside la belleza de las cosas. No sé por qué traigo ahora al tibio ministro de Educación (es mentira eso de la educación en Wert) y a la cristiana Menkel. Uno se refugia en la ficción cuando la realidad lo aturde. Uno se refugia en la ficción cuando la realidad lo aturde, repito. Me refugio, me proclamo patriota de mis vicios, me retiro de todas las demás banderas, reniego de todos los dioses, me planto en la plasticidad de una fotografía en blanco y negro (ay, otra vez carezco de información sobre la autoría de esta maravilla) y me pido un folio en blanco (me vale un procesador de textos) para contarme esta noche las razones de esa sombra de la que nada sabemos. De lo que no sabemos levantamos un mundo. Soy un pequeño dios rudimentario y caprichoso que desoye la admonición del augur (de Wert, qué perra la mía) y se engolosina con lo que hubiese sacado Fritz Lang de este fotograma. Esta noche cambio a Lang por Wert con los ojitos cerrados. Ya me callo.

3.12.12

El caballero de la niebla


Creo firmemente en el frío, en la niebla y en la literatura gótica. Me fascina todo lo victoriano, ese aire discretamente decadedente a lo Dickens con el que entretengo en cuanto puedo mi inevitable personalidad meridional, de escaso afecto por los tópicos del sur, que huye del calor y de los cielos limpios de nubes y de tormenta. En invierno mi paisaje se britaniza, por decirlo de alguna forma. No ya tanto la topografía como lo que se levanta por encima de ella. Imagino que si me hubiesen nacido en Londres, de haber sentido desde pequeñajo el english way of life, hoy querría ser sureño, andaluz tal vez, cordobés como soy. Descreo de la fortaleza anímica del lugar en donde uno nace. Por eso no soy amigo de nacionalismos y me aferro fieramente a la idea de que todos somos de todos sitios. Yo soy un poco inglés leyendo a Chesterton y otro poco tropical cuando tengo entre manos a Cabrera Infante. Para que nos entendamos, soy una especie de Ian Gibson inverso que no busca ningún enterramiento mitológico. 

La fotografía que ilustra este post me la creo del todo. Parece que he sido yo el que la hecho (más quisiera) o que yo soy uno de esos viandantes eventuales a los que el fotógrafo ha pillado en uno de esos momentos mecánicos en los que vamos o venimos sin meditar mucho el sentido de la travesía. De hecho hasta se me da un aire, es un decir lo del aire, el caballero del bombín, con gafas de pasta o similar, que lleva el gesto contrariado y la flema británica a la vista. Soy ese señor a medio ir o a medio venir, que circula a contramano, arriesgándose a que los demás lo miren. Por raro. Soy de una britanidad cuestionable en casi todo lo demás, aunque adore su idioma, su literatura (de Shakespeare a McEwan, de Eliot a Hornsby), la Ealing (ya saben, Pimlico y compañía) y su imparable maquinaria pop o rock (de los Beatles al infinito y posiblemente más alla). Soy un inglés de mentira, un español a medias, una de esas volubles criaturas que son felices donde les acogen bien y le hacen sentir como en la propia casa. La mía, ahora misma, huele a cena recién preparada y no hay ni rastro de frío por ninguna de sus habitaciones. Ya ven, eso de que amo el frío, la niebla y la literatura gótica es una frase que viene bien para empezar un artículo. O no. 

addenda:
solo falta que alguien venga y diga que la foto (cuya autoría desconozco) fue tomada en Berlín o en Madrid. Antigua, no obstante, es.

29.11.12

El demonio de las palabras


Monseñor Angelo Scola, arzobispo de Milán y uno de los más firmes candidatos a sustituir a Benedicto XVI como Jefe del Estado Vaticano, Papa y todo eso, ha abierto una centralita para atender al enorme número de casos de endemoniados que se producen en su diócesis. El teléfono de atención a los poseídos funciona de 14.30 a 17.00 horas. A Gila le hubiese encantado esta historia. Le hubiese sacado punta como nadie. Oiga ,¿es el Vaticano?, sí, que tengo un poseído en casa. O la versión más hardcore: oiga, sí, ¿es el Vaticano?, que tengo al diablo en el cuerpo y le pido hora a ver si me lo pueden sacar. Lo que me deja en un estado de absoluta zozobra es precisamente el hecho de que la Curia, sensible a las penalidades del alma humana, atenta a consolar al desconsolado, proclive a conducir de vuelta al camino a quien se descarría, ofrezca un horario tan de compromiso, de poco ajuste a las maquinaciones del Diablo, del que tengo las mismas dudas de que exista como de que exista su anverso benévolo, el Dios bíblico, el Creador. El Diablo, bien a mi pesar, observo que tiene más predicamento entre la casta humana a la vista de lo cabrones que podemos llegar a ser con nosotros mismos. No nos damos tregua. Nos portamos como lobos. A dentelladas, si es posible, nos servimos las piezas que se nos cruzan. Importa escasamente que sean de nuestra propia sangre. Da exactamente igual si se trata de la sangre del vecino, al que no conoceremos en el momento en que algo que haga importune algo que queremos hacer nosotros, no sé si me explico. Ese es el diablo que tenemos en el cuerpo. Ese es al que Scola debe enfrentarse. Quizá, en el fondo, sea ése y yo, ah ignorante, ah trémulo párvulo en asuntos de la fe, piense con inocencia que se trataba de un animal mitológico, de una bestia políglota, de un ser extraído de lo más profundo de las cavernas del mal puro, sacado de las provincias del abismo para sembrar el odio y ganar fieles en la tierra. Y en cada ocasión en que los medios de comunicación sueltan una historia como la que ahora traigo, tan vaticana ella, tan apocalíptica, me alegra enormemente ser un descreído y me afianzo en mi descreimiento y me alegra no sentirme implicado en estas metáforas de un poema cuyo sentido no me alcanza. Me quedo con el Diablo de la Literatura, con el de Stevenson, metido en la botella; con todos los diablos cojuelos de nuestra fabulosa picaresca; con la cruz de Becquer; con Milton y su paraíso perdido; con el Fausto de Goethe, incluso con el diablo pelando un huevo cocido en El corazón del ángel, la mejor película de Alan Parker, con las uñas largas y los ojos inyectados en rabia de Robert de Niro. Llegando más lejos, llevado por mi amor al cine, me quedo con Max Von Sydow intentando que Linda Blair vuelva a su ser y la bestia que la ha invadido la abandone y se pierda en las calles con las campanitas de Mike Oldfield de fondo. Todo serán, al cabo, palabras. El demonio las carga. Ustedes me entienden.

23.11.12

Belenismo, fe y buenas costumbres




Para alguien de escaso o nulo afecto por la logística del portal del Belén, las declaraciones del Santo Padre de Roma acerca de la inclusión de animales en la iconografía del nacimiento del Niño Jesús entretienen más que otra cosa, pero tengo a mano quienes, siendo creyentes, se lo toman también como una manifestación irrelevante. Imagino que el propio Papa, pensando a fondo en lo que acaba de revelar a las hordas de fieles y de infieles, razona también que esta variación en el cásting no mermará el interés por la trama. A lo que no se le puede restar importancia es al hecho mismo de que el custodio de la silla de Pedro haya movido las piezas justas para que la maquinaria de esa trama siga ejerciendo su influjo y mueva, entre desahucios y goles de Messi, la tinta de los rotativos y los links de la web. A la Iglesia le conviene este zarandeo eventual de dogmas. Hablen de mí, aunque sea mal, ya me entienden. A Ratzinger, un zorro viejo, más de lo uno incluso que de lo otro, se le encomienda también la propaganda. Martínez Camino, el portavoz de la Conferencia Epìscopal, se ha cuidado de animar al pueblo a que concilie las palabras del Papa con su propia vivencia belenística. No queriendo yo meterme en honduras de fe, entiendo las honduras del comercio. No solo el hecho de que se discuta la naturaleza humana de lo más acendradamente divino sino también la habilísima estrategia mediática que consiste en extraer los trozos controvertidos y airearlos a modo de reclamo. En el cine se acude al tráiler. Algunos son tan horrorosos que disuaden al espectador. Otros lo engolosinan. Todos evitan de modo u otro revelar algo precioso que, sabido, desbarataría el argumento. No sé yo si a estas alturas queda algo por saber o por desmentir o por explicar a la luz de estos tiempos. Hace bien poco fue el mismo Ratzinger el que dijo que el purgatorio no existe como espacio físico. En esa línea de pensamiento, borremos también el cielo. Como espacio físico, digo. En ese plan deconstructivo, no hay entonces problema en negarle casa al infierno. Todo este corpus teórico ancestral se está redefiniendo con este pontífice. No sabemos a qué tesoro de la teología acudirá en el próximo libro que publique. Ninguna de esas revelaciones corromperá la fe del buen creyente. Los que no poseemos inclinación religiosa alguno no se nos puede corromper nada. Tal vez eso sea una pérdida. Tener las ideas claras, en un sentido o en otro, en la creencia de unos preceptos o en su ausencia absoluta, no debe ser bueno del todo. Por eso de vez en cuando es bueno hacer mudanza de costumbres: un buey de menos, una Supernova allá en lo alto, un limbo espiritual... Sí ya a lo dice con sabiduría doméstica Rafael Roldán, hombre de creencias hondas donde los haya, no os quepa duda: Racionalizar las creencias y las tradiciones llevan a plantearse la totalidad del supuesto. Es un error hacer un estudio historiográfico de la tradición cristiana y quedarse al margen de lo puramente biológico para defender un dogma

Qué manera más divertida de empezar las Navidades. Prefiero esta suculenta puesta en escena a la rendición municipal de alumbrado y la invasión insoportable de anuncios de colonias y de turrón. Soy de los que disfrutan de la Navidad a su modo. Lo que pierdo en sentido cristiano lo gana mi espíritu por otras vías. Y en esta mixtura de civlizaciones, en este big bang financiero, resurge el chino, el comercio todo a cien o todo a euro, no sé. Uno que me pilla cerca, grande como el Bernabéu, tiene unos cuantos pasillos abarrotaditos de figuras, árboles, estrellas, perdón, supernovas, y todo la infraestructura que ustedes pueden entender.  A mi buen amigo Rafael Padillo le ha importado muy poco esta desanimalización del portal. Él, belenista activo, sabio en lo suyo, va a continuar en el esmero de su representación del Nacimiento de Jesús. Y hasta entra en lo posible que celebre lo bien que le va a salir el montaje con una copita de Altamirano con un rosco de vino de Rute...

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...