20.11.12

Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta

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I
Ayer entero fue un día farragoso. Los lunes suelen perdonar poco nuestras flaquezas. Ayer fui de Waits. Llevé la coz de su garganta en el corazón como un tatuaje. Me monté un recopilatorio personal en el iPod y lo usé a discreción durante los ratos desocupados del día. Por la noche busqué el sueño mecido por una tonelada de bisagras que abren puertas oscuras que acceden a un mundo turbio, pero lleno de afectos. Tom Waits es un tipo que gana conforme uno va conociendo el patrón de su música. Gana porque es honrado como pocos. Sí, es cierto, que últimamente ha bajado el listón canalla, pero se le perdona, aunque solo sea por todo lo que nos ha regalado durante los últimos cuarenta años. Es un perro viejo, Waits. Lo es por fuera y sobre todo por dentro. Los perros viejos ladran hacia adentro. Por eso el amigo Tom tiene la voz que tiene. Porque ha estado toda la vida ladrando hacia adentro y se le ha torcido la inflexión a medio camino entre el corazón y sus asuntos, como decía Machado. Los suyos son los evidentes. Furcias, ginebra, nicotina, mesas de billar, pianos al fondo del bar, asuntos de la mayor trascendencia para quien respira a bocados.

II
Hace poco más de un año escribí a la Waits, es decir, sacando de mí el Waits que llevo dentro. en Barra Libre, un espacio de encuentro bloguero momentáneamente cerrado. No hay nadie que no lleve uno si ha comulgado con la trampa sonora de este mercader lúcido, si ha sentido la punzada en el pecho, el roto en el alma. De Waits uno extrae punzadas, rotos, fracturas, quebrantos. Sale uno feliz, pero malparado; no existe limpieza en la exposición. Es de los pocos músicos que cambian a quien lo escucha. No de un modo armónico, no acudiendo a lo melódico, sino en lo biográfico, en el sustrato anímico de cada uno. Repongo ahora el texto de entonces, releído, reformulado, borrando cosas, añadiendo otras. Los textos no acaban nunca: están siempre disponibles para reconsiderar qué dijeron a la luz del ahora.




Hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills 

 

Arde mi alma, se pudre mi boca
Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. Pregunten otra cosa. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. Por el colegio al que van mis hijos. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Obama es negro, de acuerdo. A mí me ha dado vida la oscuridad que toda la luz de los cielos. B.B. King sigue de gira a sus 85 tacos, pero John Holmes se fue al infierno con la polla ardiendo y sin un céntimo debajo del colchón. Yo no quiero terminar como John Holmes. Por eso mi mujer me ha contado un cuento para las noches de invierno en el que Tom Waits sale del pozo y pasea las calles de la ciudad como un ciudadano corriente. Un cuento lindo para las frías noches de invierno. Haría lo que sea por redimirme. De hecho ensayo salmos cada noche. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exhima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran el estado putrefacto de mi alma. Me empujaron: me dijeron que yo era el diablo y me lo creí. Solo era un hijo de puta, pero ya no lo soy. Ahora pago los impuestos con una sonrisa y leo el horóscopo con un café mientras en televisión Johnny Cash canta una pieza de cuando era otro hijo de puta. Lo miro de reojo, me pregunto cómo sería la vida sin todos los discos de Cash. Cómo se puede vivir sin ser Tom Waits, y me gusta la cara de animal que me enseña el espejo. Creo que necesito un tiempo para encontrar mi sendero.

Un tren descarrila en mi cabeza
Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniels. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un te aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Dejé los de Johnny Cash, el viejo Cash, para los días oscuros. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi manager me pide sangre, pero yo sólo sé darle algodón. Sólo me sale un canto de bonanza. No soy capaz de entonar las melodías de perro de antaño. No ladro como sé ladrar. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, alimentados con hamburguesas del McDonald's. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. El hombre domesticado. El marido a la mesa camilla, pendiente del dow jones y de las huelgas en el metro.

Kentucky como una botella
Soy Tom Waits y ya no sangro cuando canto. A mi voz le ha crecido un cáncer y soy incapaz de disimular la enfermedad en un escenario, pero sabrán disculparme si no regreso al activismo de antaño. No esperen perros en la lluvia, hagan el favor de concederme la posibilidad de perderme. Yo no me siento con fuerza para escribir mi biografía. A veces se me escapa un aullido. Cosas del lobo que no ha dejado de romperme por dentro. En todo caso queda una brizna del salvaje que fui. Si me miran en detalle, si observan el mapa de mi rostro, advertirán la erosión, el roto que los excesos han dejado en los ojos. El santo bebedor es ahora un sencillo funcionario. Gano la paga como la gana usted. Me levanto temprano. Oficio el rito preciso para aparentar la normalidad que anhelo, pero basta con prestar la suficiente atención para percibir la metástasis. Soy un zombi. El cuerpo está muerto, pero la cabeza sigue ordenando el mundo. Soy una especie de dios rudimentario y caprichoso que ha encontrado un placer sublime en corregir los errores del plan y en cuidar de que no se reproduzcan de nuevo. Kathleen, mi venerada esposa, me ha librado del veneno. Me ha dicho: o el veneno o yo. Y a esta altura de la travesía, bebida media Kentucky, libradas todas las batallas con las que el hombre se cree divino, ungido por un don, Kathleen es el sol y también las estrellas.

 La melodía es como el humo
Soy Tom Waits y la melodía es como el humo. El ritmo, ya lo saben, son las toses. Ya no importa que cante con el culo y recite a diario el evangelio de mi salvación. Fui un borracho rentable y ahora soy un crooner de mis recuerdos. Si quieren les canto My funny Valentine o Summertime como si no hubiese hecho otra cosa en la vida. Ladro lo justo, lo siento. Me sale la voz de perro, pero me duele lo que dice. Si quieren volver al ogro, saquen sus discos, inviten a los amigos, díganles que fui un dios salvaje. Fui un dios con un alambique de whisky en la mesita de noche. El dios ebrio con su don preciso. Chet Baker sin trompeta. John Holmes con menos hombría.

El bastardo
Soy Tom Waits, el bastardo, el huérfano, el loco, el limpio ejemplar de una especie en vías de extinción, el que no se vendió a Dios, pero miró a los ojos al diablo y encontró refugio en el mal, en la belleza que el mal siempre alienta. Siento que no me hayan sabido comprender. De verdad que siempre intenté ser yo mismo. Lo fui cuando me senté en un cabaret y entoné un blues fúnebre. En el fondo no he hecho otra cosa en mi puta vida. Cantar un blues. En la intimidad, a salvo de las cámaras, de la mtv y del billboard, lo repito en ocasiones a mi amada Kathleen. Le digo que se acomode y lo hace con un desperpajo que me intimida. Luego busco una canción antigua. Y le ladro. ¿Eras perro o lobo esta vez?, me dice después de la reverencia protocolaria. Y la beso como un animal y miro las estrellas en el cielo de Beverly Hills y espero que revienten.

El infierno
El infierno son los otros. Yo estoy del lado de la luz. La he visto y he visto mi cara tatuada en su reflejo. Soy como un eco de las cosas que fui y me oigo en la distancia reclamando mi lugar y mi poltrona. Sé que no hay lugar en donde pueda refugiar mi alma recién estrenada. Está al alcance de los monstruos. La devastará la fiebre, se la comerá el vértigo, la despedazará el caos. Entonces quizá me plantee volver al escenario, a los tugurios. Tengo un silla alta delante de un micrófono en un club de barrio. Está ahí a la espera de que me acomode, recule la voz, me enjuague las consonantes difíciles y entone mis canciones antiguas. Tengo una para cada estado de ánimo. Yo soy Tom Waits y de verdad que ya no quiero ser un hijo de la gran puta. Ahora me duermo nada más acostarme. Ahora leo al Gran Walt Whitman en el sofá mientras en la televisión programan Los Simpsons. Salgo de diablo. Me como a una quinceañera de caderas rumbosas. Qué tiempos. No crean que estoy vencido del todo.

6 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Veo que Tom Waits está empezando a cuidarse. Lo primero que ha hecho es ponerse en ese disparadero irrebatible que es la belleza de lo oscuro. Un texto para grabar en la memoria. Abrazos

J. María Argüelles dijo...

El monstruo liberado.
Gracias por el texto.

manipulador de alimentos dijo...

Hermoso texto!!! A guardar, mchas gracias...

Javi Toledo dijo...

Hermoso, oscuro, inquietante, cínico, cómico, me quedo con el cuadro costumbrista barriobajero que denota el placer que sientes por Tom Waits. Yo lo comparto...

Anónimo dijo...

Amor a Waits.
Luna.

Joan Gilbert dijo...

No estoy seguro si esta imagen responde al Tom Waits de ahora mismo, pero va camino de eso, Emilio. El que me gusta es el que describes "en huida". De camino me pongo esta noche Swordfishtrombones, mi favorito absoluto, el que escuché primero hace muchos años y al que vuelvo cuando necesito "dosis" de Waits. Un texto sencillamente magistral.