16.7.12

Un blues



He conocido montones de historias acerca del blues. En casi ninguna falta el dolor. En la mayoría es el dolor el que hace que exista la música. En cierto modo, el blues es un lamento, una exhibición de la fractura del alma, un muestrario de astillas, una especie de inventario pedagógico de lágrimas. A mí me gusta un tipo de blues sucio, mal grabado, en ocasiones, que solo precisa de una voz y de una guitarra. Un amigo me comentó que todas las canciones son la misma canción. No hay dos días iguales, y todos los días igual, cantaba Rosendo en su buena época. Me acuerdo de él cuando escucho una canción y siento que es nueva, aunque la razón me diga las veces que la he sentido antes. Había en Radio 3, hace muchos años, un programa de blues del que no recuerdo el nombre. Era una época sin podcasts y la radio se escuchaba con una reverencia de la que ahora prescindimos. El locutor contaba historias del blues y luego dejaba que la pieza sonase entera. Me he dormido muchas veces escuchando blues del delta o blues de Chicago, descubriendo nombres que luego no me han abandonado. T-Bone Walker. John Lee Hooker. Howlin' Wolf. Blind Boy Fuller. Muddy Waters. B.B.King. Robert Johnson. Hoy, al encender la radio, mientras ordenaba el caos que reina en mis dominios domésticos, he escuchado un blues de esos muy antiguos. No he conocido al músico ni después, a su término, han contado ninguna historia ni se ha revelado nombre alguno. Sé que he sentido una punzada. Una del tipo que te hace feliz, aunque percibas el dolor de la voz que te arrulla y comprendas que se te está haciendo una confidencia. El blues, el bueno, el que me gusta a mí, es una confidencia dejada caer con un pudor enorme.

12.7.12

Sus satánicas majestades cumplen cincuenta años


De los Rolling Stones me fascina la voluntad de sobrevivir en una medida parecida, menos heroica tal vez, a la voluntad de trascender y ninguna banda ha trascendido como esta y, a la vista del infame negocio del rock y de los volubles y huidizos afectos de las estrellas que lo pueblan, dudo que haya alguna que en el futuro celebre su cincuentenario con la arrogancia, el sentido del deber y la profesionalidad de estos muchachos ingleses. Admiro la épica tóxica que exudan. Acepto que la argamasa que los mantiene compactos es la pasta. Detrás de una gran banda hay siempre un asesor financiero, un lumbreras en regatear al fisco, uno de esos cerebros en la sombra que, sin tocar ninguna instrumento, hace que quienes los tocan lo hagan de un modo mucho más entusiasta. De los Rolling, justo hoy que hace cincuenta años que subieron al escenario del Marquee en Londres, prefiero lo sucio, los vínculos pedestres con el blues de Chicago que mamaron entonces, el olor a pantano y a whisky, la áspera evidencia de que en realidad son los nobles embajadores de un mundo idílico, el del rock considerado como una de las más bellas artes. 
 
 
 
 
Importa muy escasamente, o solo importa a beneficio del morbo y de la construcción mitológica, que hayan estado arriba y estado abajo y muchas veces estado a mitad de camino entre el bien absoluto y el mal total. Que algunos (Jones, el fundador, el jefe precoz, el héroe de los primeros riffs) no hayan superado la prueba de corte del tiempo y sucumbieran al olor de la hierba y al subidón de la adrenalina mezclado con el subidón del viejo blues de Muddy Waters. Tampoco deba importunar la consolidación de la leyenda el hecho de que hayan facturado discos malos (Dirty work es uno, Emotional rescue es, en menor medida, otro) y otros monumentales, epígonos de una forma de entender el rock y de hacerlo un arte puro (Exile on Main Street, Beggar's banquet, Let it bleed, Sticky fingers). Lo verdaderamente revelador es la sustancia misma del éxito que no les ha abandonado jamás. La mil veces nombrada mejor banda de rock del mundo lo es a veces por razones históricas, ya saben, cincuenta años en la brecha, pero también por tambalear tanto sin caerse jamás, por cruzar dos siglos con incuestionable maestría, por haber escrito algunas de las mejores canciones que este escribidor fascinado ha escuchado nunca. Queda que hoy sus satánicas majestades cumplan cincuenta años de vida. A mí me faltan cuatro para esa festividad tan simbólica.

9.7.12

Las palabras han abandonado a Gabo




Es más sobrellevable perder la vida que perder la memoria. La amnesia senil que padece Gabriel García Márquez, puerta al Alzheimer o una variante hostil de éste, lo ha matado un poco. Se ha muerto el fabulador, aunque el cuerpo que lo albergaba pasee y mire los pájaros, coma al lado del mar o sueñe que los habitantes de Macondo vienen a visitarle y le regalan pétalos en una caja de zapatos. La crónica de la muerte anunciada era esto, probablemente. No sabemos qué pasa ahora dentro de la cabeza del maestro. Si fabula de otra forma o ha dejado de fabular del todo. Los huérfanos y los tristes somos nosotros, los lectores. No duele que alguien se muera. Se nos educa para vivir después de que la muerte abrace a los demás. En lo que no hemos recibido formación alguna es en manejar que los que amamos no sepan nombrar el mundo que les rodea. Fue el mismo Gabo, Gabo El Premonitorio, el que dejó registrado en su Cien años de soledad la posibilidad de que el mundo existiese a partir del momento en que fuese nombrado. La palabra, al hacer carnal, fecunda las cosas y las hace carnales también. Lo que necesita el bueno de Gabo es un Melquiades, un gitano inventor, uno que le ayude a fundar palabras nuevas y le guíe, con esas brújulas e imanes que trae a Macondo, por el camino hacia la muerte. Porque cuando García Márquez muera no será una noticia devastadora al modo en que lo son la de otras personas que no conocemos en persona, con la que no hemos tomado café ni hemos compartido emociones, pero que nos han marcado y con las que hemos crecido espiritualmente. El espíritu es un asunto al que no se le da la importancia que se merece, a pesar de las religiones y de la música new age. Hoy es un día un poco triste. No tengo más gana de escribir.

7.7.12

La narrativa del abismo

Al final lo único que hacemos es mirar al abismo. Contrariamente a lo que la razón dicta, no nos apartamos cuando se nos presenta. Ni siquiera lo bordeamos. Lo que nos cuadra más en ese instante es encararlo, abrazar la confusión que nos turba. La literatura entera se ocupa de registrar ese abrazo. Todo lo que nos conmociona procede de ese hueco oscuro, del vértigo estético o intelectual o espiritual que produce el abismo. Lo sagrado, que es anterior a lo religioso, elude la innecesaria narrativa del abismo. De eso se encarga la religión, que es una actividad de más hondo pulso pedestre, más contaminada de lo humano. Acabo de ver Río Bravo, la espléndida cinta de Hawks. Mi suegro ha enchufado el Canal+ Toros. Justamente ahora están apiolando a la bestia negra de una tal Dolores Aguirre. En los dos dramas, el western y la corrida, aprecio el mismo instinto vibrando desde abajo, apoderándose de todo, invadiéndolo sin sutileza alguna. Es el mal el que pugna por salir. El torero, a su manera, es el pistolero en la polvorienta calle del pueblo del Oeste, mirando el abismo, observado por el abismo. Siempre hay una pérdida al final de la representación. En la vida no hay día en el que no se pierda algo hermoso, en donde alguien no hocique la testuz hacia lo oscuro y se embriague del hermoso dolor que se iza, viril, desde lo profundo.



5.7.12

Quien no tiene nada que decir termina siempre hablando de sí mismo


Para todos los que usan los productos de nuestros competidores, feliz día del padre. A los creativos de Durex les sobró la imagen: les bastó un chiste. Uno de esos que una vez escuchada no olvidas. Vas con la frase en la memoria como quien lleva un chisme que desea contar al primero que encuentras en el camino. El mundo es de los que saben manejar el lenguaje. Incluso es de los que, en ese manejo, hacen que los que escuchan polemicen. El mérito consiste en ser conciso, en impactar dentro de esa minima rendición de ingredientes semánticos, en convertir el mensaje en una especie de estribillo de una buena canción pop. Siempre admiré a quienes se expresan con precisión. Los que, al hablar, prescinden de coletillas, eluden información prescindible y cuentan exactamente lo que desean a la manera en que un poeta criba el verso para que entre en el soneto. No se trata de medir las sílabas ni de armar un artefacto poético. Tengo yo la manía justamente contraria. La de extenderme, la de bordear la precisión, sin censurarla del todo, paseando por los alrededores. Ignoro si ese vicio mío en lo hablado se refleja también en lo escrito. Creo que hablo más que escribo y eso contando conque hay días en los que de verdad que escribo mucho. No valdría para creativo de una empresa como Durex. Sospecho que no contarían conmigo a poco de conocerme un poco. Visitado a fondo soy un tipo adorable que usa pocos adverbios en su parlamento habitual. De lo inglés me fascina cómo calzan los adverbios en cualquier frase que hacen. De cómo convierten la retórica en una impresión acústica de una plasticidad insultantemente hermosa. Un buen inglés, incluso uno no especialmente (otro adverbio) afectado, se esmera de un modo admirable en el manejo ése del que escribía al principio. Todavía me emociona la sensación de plenitud lingüística que siento cuando escucho a cualquier de esos pulcros y dignos mayordomos de las películas de Ivory o de los impecables seriales de la BBC. ¿Lo ven? He empezado escribiendo sobre la maravillosa imaginación de algunos publicistas, aunque lo que ponderen sea un vulgar (y útil) condón, y he terminado divagando como suelo. Confieso que si no fuese por esta manifiesta versión verborreica de mí mismo que vuelco en mi página no habría página, lo cual me conduce a pensar, a la vista de lo irrelevante que es y en lo canijita que la voy dejando, en la necesidad de ir desocupando el puesto de escribidor e instalándome en la columna estilita en la que, a buen recaudo, pueda leer, ver cine, pasear con mi mujer, sestear a destajo, en fin, todas esas buenas cosas que uno no podría hacer si se toma este oficio demasiado en serio. Es curioso cómo quien no tiene nada que decir termina casi siempre hablando sobre sí mismo. Esto parece sacado de una línea de un texto de cualquier personaje de los ochenta del gran Woody Allen. Mientras tanto, ah lector cómplice, ah buen amigo, pensemos en todos los que celebran el día del padre y se castigan por no haber leído el anuncio de Durex antes. Ya lo dijo Roald Dahl en boca de su amado Willy Wonka: la familia es un entorno difícil para ser creativo. Algo así. Últimamente me cuesta ser preciso. A mi modo, que solo yo a veces comprendo, me encanta el ser errático que pugna con el metódico. Hoy ha ganado por goleada el primero.

4.7.12

My sweet baby James



Quizá lo único que queramos sea algo en lo que creer para dormir tranquilos. A veces se pone levantisca la entrevela hasta que se concilia el sueño. Una vez que hemos perdido la vigilia, uno pierde el gobierno de sí mismo. Siempre pensé que los sueños son un país aparte en donde nos vemos los que soñamos. Como un universo alternativo ocupado por quienes vivimos a este lado. Y tal vez sea esa la razón por la que se regresa del sueño en blanco. Se tienen impresiones, se registran colores, se posee una noción precaria de la realidad en la que hemos estado, pero no hay certezas. Es mejor que no las haya. Alguien me dijo el otro día que solo soñaba en la siesta. No de noche. Mi orgullosa condición de soñador no siempre se vuelca en mi orgullosa condición de atento obrero de la vigilia. No tengo como quisiera recursos para extraer de una asuntos que me interesa volcar en la otra. Del sueño a lo vivido y viceversa. Pienso en Origen, la estupenda cinta de Christopher Nolan, en la literatura que se adensa en los sueños y que se extiende después en el texto. Pienso en mujeres y en vasos de cerveza. Una canción de James Taylor escuchada hace un instante en uno de esos coches que se te cruzan y te invaden de flamenquito o de trash o de acid house o de cualquier infamia acústica. Pienso en el dulce arrullo del verano trayendo blondas de luz a mi sensible alma. A ver qué sueño esta siesta. Si con trenes descarrilando vagones de algodón dulce. La realidad es insuficiente. Hace falta ser Walter Bishop. Un Walter alternativo. Mi amado Walternativo. Ustedes ya saben.

1.7.12

El juego que ya no jugamos



Poseo una elemental consideración de los placeres. Mi espíritu se eleva a poco que lo jalean. Por eso, por la precaria forma en que me conduzco en los asuntos del alma, veo el fútbol como una noble distracción por encima de los venenos que lo asedian, de la mercenaria manera en que se administra o de la podrida mercadería con la que lo sirven. Me gusta el lienzo del fútbol, me enciende la recreación de una épica que, sin el concurso del deporte, estaría más empobrecida, de menor calado popular y de mayor consumo elitista. Prescindo de la necesidad de que la consecución de la victoria en un campo de fútbol cosa las costuras del traje maltrecho en el que últimamente nos hacen movernos. El prodigio de la pelota rodando apela a lo lúdico, al niño perdido y al hombre convertido en un peón agresivo, en un instrumento involuntario del mercado.

En lo heroico bulle también lo sagrado. En la partida del ajedrez viril y metafísico del fútbol se alinean valores, se establecen protocolos, códigos de conducta. Hay incluso un romanticismo del que carecen otras actividades quizá más noblemente humanas. Me fascina el hecho de que en el fútbol, en su discurso pedestre, el pueblo llano encuentra un ateneo en el que conversar, donde expresarse entre iguales. Es hermoso encontrar iguales. Gente a la que no conoces de nada y con la que no tienes tal vez nada en común y con la que puedes estar hablando horas alrededor de la bendita coreografía de un ariete dentro del área. De cómo Mourinho y Guardiola representan dos maneras distintas y complementarias de entender la vida. Uno puede vivir colgado de Coltrane o de Messi. Lo que importa, al cabo, es la certeza de que algo ajeno a uno mismo, externo y libre, modifica la manera en que gobernamos lo propio, lo privado, lo que hace que seamos más felices o nos sintamos más jovialmente realizados. Vuelvo a la idea de juego. Si nos falta el juego, no somos nada. A falta de que nos pongamos pantalones cortos y le demos patadas a un balón, nos entregamos a los que lo hacen por nosotros y ejecutan el juego que ya no jugamos. Luego uno debate sobre el fútbol. No conozco otro tema más universal salvo, tal vez, el sexo o la política. Por eso esta noche sea una noche grande. Porque se plasma en un escenario la representación de la vida y de la ilusión de lo que la vida debería ser.

Cuando el árbitro pita el final del partido y gana tu equipo se liberan las toxinas que no liberamos con asuntos de más hondura. No llego a salir a la calle cuando mi equipo (el que sea, España, en todo caso hoy) triunfa. Omito esa exhibición a veces innecesaria. Lo celebro observando la celebración de los otros. Me da reparo y me abruma algunas de esas manifestaciones festivas. Me avergüenza la barbarie con que algunos despachan lo que, en principio, solo debería ser contento del espíritu y sano festejo de lo que consideramos más privadamente nuestro. Me duele la parte violenta, toda la enferma visión del fútbol como un negocio. Es imposible que no exista. No habría espectáculo sin el concurso de las figuras millonarias que saltan al campo y hacen su oficio con el magisterio y la honradez que les exigimos. En cualquier caso, a escasas horas de que empiece el show, que se mueva el balón, solo pido que haya suficiente cerveza fría en la nevera y que las almendras y las patatas fritas no falten en la mesa. Una buena amiga me regaló anoche una sencilla observación: ¿moveríamos las banderas, nos agitaríamos como lo hacemos si no dispusiésemos de esos ingredientes inefables? Me niego a intelectualizar las pasiones. Esta noche me excedo si la ocasión lo permite. A lo mejor me sirvo un mojito, Ana.

17.6.12

El bien, el mal y el hundimiento de Europa


Europa, la vieja Europa, la achacosa Europa
Leo que algunos terroristas de ETA andan entrevistándose con los damnificados de sus bárbaros actos. Al hijo cuyo padre mataron se le oye en televisión razonar los motivos del animal que lo dejó huérfano. Enumera (caóticamente) las veces en que el destrozador dice que no volvería a hacerlo, subrayando la culpa que siente. Lo que no hace es pronunciar una sola vez la palabra perdón. Debe ser la mano del odio que todavía se mueve y hace que la del amor no reine del todo. Siempre hay una parte de la memoria y de la conciencia que no nos pertenece, aunque esté dentro de nuestra cabeza y duerma cuando dormimos y la saquemos a la calle cuando hay que sacarla. No confío en ninguna de esas revelaciones morales que hacen de alguien un santo o un pecador. Algo de eso reflejó Bruce Springsteen en una de sus primeras canciones. Un mundo en donde la palabra pecado alarma más que la palabra delito no es un mundo que avance. Uno en donde no se fomente el perdón tampoco progresa. El nuestro es un mundo con dos manos. Una es la del bien, la que se manifiesta a través del arte y cuida de que la armonía y la dignidad entre los iguales la represente. La otra es la del mal. La de las bombas lapa y la corrupción en los parlamentos. La de los reverendos con piel de cordero que hacen el sermón de la salvación y abren el abismo del horror a cada palabra que dicen. La del recorte en cultura. La alta y la baja. Ambas salen heridas (si no de muerte, casi) en este atropello que impone el único dios posible en estos tiempos: el mercado. Tampoco sé si el mercado tiene dos manos. Una buena, una mala. Supongo que la idea de la bondad del dinero no se cuestiona. O al menos no aquí, en este vieja civilización de occidente, fuerte a pesar de todo, cargando la herencia de al menos un par de milenios de existencia.

III/ Es la economía, idiota, es la economía
He renunciado a entender los mercados. Me complace la idea de no querer saber en demasía. En todo me tengo por curioso y a todo me entrego con inquietud, con fruición a veces, pero el mercado es una sunto que me incomoda más que otra cosa. Diré como dijo otro: no hablo yo, habla mi fatiga, habla por mí la ignorancia que no he paliado. Y es eso lo que manejo a diario. La fatiga que antojo ya crónica. Se ha extendido cierta sensación de que el mercado es algo sencillo de entender que puede ser convertido en materia de entretenimiento televisivo. La televisión se ha comido el virus y lo ha hecho una criatura rentable: veo con alguna frecuencia (de refilón, zapeando, buscando) cómo algunas cadenas (alguna más que otras) están empezando a tomarle la medida a la crisis y la están deconstruyendo. Si antes ocupaba la franja alta de horario los flirteos de los famosetes, las medidas de las grandes hermanas y la naturaleza eminentemente cotilla de la especie humana, ahora está ocupándolo (no sé con qué fortuna todavía) un cierto tipo de programa que habla del desastre económico, de la prima de riesgo, del rescate y del FMI con el desparpajo con el que hace unos meses hablaban de escotes, subidones de hormonas y divorcios de la jet. Y como todo el mundo sabe de todo y en televisión no hay (que yo sepa, que yo advierta) un filtro que mida la competencia de los contertulios en los asuntos de los que hablan, pues así nos va. Enciendes la cajatonta y ves a los mismos de antes, a los de los reality,  desenvolviéndose con asombrosa fluidez en macroeconomía, en alta política financiera. Han hecho del mal algo lúdico. Quizá no sea tan descabellada la idea. El que no sabe se arrima al lenguaje de los que sí saben. El ignorante en bonos basura incorpora a su acervo léxico las palabras que le aseguran una silla entre el público. Lo que se anda buscando no es formar ciudadanos sino crear consumidores. Dice mi amigo K. que no abre un periódico, que no enciende el televisor, que ha decidido renunciar a saber cómo vamos. Va a hacer como yo en algunos partidos de fútbol que no puedo en ver en casa porque los emite un canal codificado. Abro el google y busco en la prensa la cifra que me alivie o me hunda. En la economía lo que no hay es empate. Estamos perdiendo todos. Hasta hay una cadena televisiva que se llama Intereconomía. Qué manera de llamarse uno. Qué afrenta al buen gusto todo lo que sale de ese toro hocicando impíos.

14.6.12

La orfandad del mundo



Es muy probable que twitter o facebook hubieran fracasado de haber existido hace veinte años y es más que probable que no dejen de existir de aquí a otros veinte. No es un vaticinio desiderativo: es una manera privada de constatar la orfandad del mundo en que vivimos y la pérdida casi irreparable de algo inherente a lo más acendradamente humano: el pudor. No es solo que nos vigilen o que nos registren sino (más salvajemente expresado) el placer de que así sea. Hay en estas nuevas generaciones (y en alguna antigua recién remasterizada) una inclinación absoluta al exhibicionismo. Una gestual, corporal, de poco afecto por la cosa intelectual. No se trata de farda de Edward Hopper o de numismática sino de tener tal o cual apéndice anatómico más desarrollado que una buena parte del resto de los vecinos. Importa más rendir las conquistas amatorias que las racionales. Al intelecto se le juzga como un elemento sospechoso. Pienso en los años gastados en la construcción de un ciudadano libre, formado, creativo, integrado en la construcción de ciudadanos como él, embarcados todos en la misma empresa, y pienso en el mal, en la verdad que hay en eso de que el mal está destinado a perder porque los malvados no construyen nada juntos mientras que el bien triunfa de forma justa, legible y universal porque ansía un beneficio común, un tesoro que no vale nada si no se fragmenta y reparte. Si Belén Esteban es un personaje de interés e influencia, apaga y vámonos. Y estamos en eso, en apagar, en irnos. Hace ya unos pocos de años que empezamos a cerrar la cancela.

 Lo que está haciendo el Gran Hermano Orwelliano en estos años extraños es vender el mal. No hay que engañarse: el mal vende más. Atrae como el bien nunca lo hará. Lo dijo Mae West, aquella mujerona de promiscuidad hinchada del cine de los treinta: el camino más corto entre dos puntos es la línea recta, pero no es el más atractivo. Nada que reprocharle. Lo terrible es que en unos pocos años el camino de vuelta a la vía de lo sensible y de lo culto, de lo hermoso y de lo bueno, estará impracticable. Lo peor: no se querrá caminar. No si no hay una cámara que lo filme. No si no hay un premio a disposición de quien antes lo corone. Sé, a mi pesar, que nada de esto que escribo lo entenderán los que entretienen las tardes viendo telecinco, quienes no pisan un cine, quienes miran de mala manera un libro o quienes (ya acabo, que me estoy incendiando por dentro) sin saber de Hopper o de numismática censuran que otros sí sepan. Por eso Wert, ese ministro imposible de defender, es un sujeto de tan fácil caricatura. Porque ha vendido la cultura y se ha dejado invadir por el mantra suicida de los mercados. De haber habido algo de cabeza en todo esto que estamos sufriendo, habrían blindado las bibliotecas y las escuelas. Con ese tesoro a salvo, el mundo estaría firmemente conducido a la salvación. Ahora, con Wert y sin él, Wert en realidad es un actor de orden secundario, con ínfulas de divo de la trama, está el mundo huérfano. Nos están grabando. Están creando un fichero personal con todos nuestros vicios y todas nuestras debilidades. Por si un día hace falta sacarlo y usarlo en un programa en directo. Miedo da.Y las bibliotecas y las escuelas, vendidas.

6.6.12

Yo, gran custodio de mis vicios, pienso en Charlie Parker, en Bartleby y en J.J. Abrams (entre otros) cuando va cerrando el (larguísimo) día



Admiramos a los muertos. Es más fácil pregonar una adicción absoluta a Charlie Parker que a cualquier otro músico de jazz vivo que haga giras y grabe discos. Una vez muerto, en el momento en que nuestro admirado Charlie Parker muere, tenemos a nuestra disposición un limpio muestrario de objetos míticos a los que rendir rezo y adoración. No cabe la liviandad (excusable, no crean) de que un buen día el gordo Parker saque un disco mediocre. Cuando muere desaparece la mediocridad: el catálogo de su genio queda bunkerizado en nuestra memoria, noble y puro, a salvo de la moda y del propio deterioro del artista. Muere Parker y nace otra cosa de una relevancia mayor, de una trascendencia de más empaque y rigor. Charlie Parker es la idea sublimada de artista al que la realidad le aparta y lo entroniza. La verdadera realidad está en su simulacro, podemos decir. En leer a Borges y pensar la buena literatura que hizo. Ya no nos va a defraudar Borges. No va a fallarnos en la cosa política, dejándose inclinar por gustos que no compartimos. Tiene que morirse uno para que lo miren con afecto. La muerte lima toda las asperezas. Luego está Juan Rulfo, por ejemplo. Juan Rulfo o el mismo Salinger, en las razones de ambos para no escribir más. En lo que les inspiró y en lo que los vació. Igual fue un vaciado enteramente voluntario y el genio seguía ahí, contagiado de talento, enfebrecido de belleza y de inteligencia. Pero Juan prefería no hacerlo. Salinger no quería tampoco. Como un Bartleby involuntario. Todos los Bartlebys lo son sin un oficio que los guíe. Hay que ser un poco Bartleby durante algunos tramos del día. Que llegue la noche y mire uno adentro y descubra que ha habido cosas que ha preferido no hacer con todo éxito.

Hoy he desatendido yo varios asuntos que me tenían casi media vida quitada. Cosas laborales. Algunas amistosas. Temas inaplazables que he aplazado con toda desfachatez. Los abordo con total satisfacción mañana. Ahí preferiré hacerlo. En la vida, como en la literatura, está uno siempre tomando decisiones. Senderos que se bifurcan. Jardínes de un egoísmo absoluto. Qué feliz estoy esta noche en mi blog escribiendo sobre estas frivolidades del alma concupiscible. Escribí una vez que alivia pensar lo dichoso que es uno en la ejecución mimosa de sus vicios. Los míos son de una liviandad absoluta. Nada que el amable lector no haya sentido alguna vez o en donde alguna que otra no se haya dejado caer. Somos todos muy parecidos, en el fondo. Preferimos no hacerlo, pero nos dejamos llevar. No tengo la personalidad que a veces yo mismo me exijo. O la tengo bien guardada. Por si llegan tiempos peores. Éstos, no obstante, se están poniendo bien malos. De ser esto un capítulo de Fringe (me vale la cuarta temporada, que no he visto todavía) tendría un alter Emilio completamente fiable. Uno inteligente y seguro de sí mismo. Pero esas cosas solo pasan en la cabeza de J.J. Abrams.



Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...