14.6.12

La orfandad del mundo



Es muy probable que twitter o facebook hubieran fracasado de haber existido hace veinte años y es más que probable que no dejen de existir de aquí a otros veinte. No es un vaticinio desiderativo: es una manera privada de constatar la orfandad del mundo en que vivimos y la pérdida casi irreparable de algo inherente a lo más acendradamente humano: el pudor. No es solo que nos vigilen o que nos registren sino (más salvajemente expresado) el placer de que así sea. Hay en estas nuevas generaciones (y en alguna antigua recién remasterizada) una inclinación absoluta al exhibicionismo. Una gestual, corporal, de poco afecto por la cosa intelectual. No se trata de farda de Edward Hopper o de numismática sino de tener tal o cual apéndice anatómico más desarrollado que una buena parte del resto de los vecinos. Importa más rendir las conquistas amatorias que las racionales. Al intelecto se le juzga como un elemento sospechoso. Pienso en los años gastados en la construcción de un ciudadano libre, formado, creativo, integrado en la construcción de ciudadanos como él, embarcados todos en la misma empresa, y pienso en el mal, en la verdad que hay en eso de que el mal está destinado a perder porque los malvados no construyen nada juntos mientras que el bien triunfa de forma justa, legible y universal porque ansía un beneficio común, un tesoro que no vale nada si no se fragmenta y reparte. Si Belén Esteban es un personaje de interés e influencia, apaga y vámonos. Y estamos en eso, en apagar, en irnos. Hace ya unos pocos de años que empezamos a cerrar la cancela.

 Lo que está haciendo el Gran Hermano Orwelliano en estos años extraños es vender el mal. No hay que engañarse: el mal vende más. Atrae como el bien nunca lo hará. Lo dijo Mae West, aquella mujerona de promiscuidad hinchada del cine de los treinta: el camino más corto entre dos puntos es la línea recta, pero no es el más atractivo. Nada que reprocharle. Lo terrible es que en unos pocos años el camino de vuelta a la vía de lo sensible y de lo culto, de lo hermoso y de lo bueno, estará impracticable. Lo peor: no se querrá caminar. No si no hay una cámara que lo filme. No si no hay un premio a disposición de quien antes lo corone. Sé, a mi pesar, que nada de esto que escribo lo entenderán los que entretienen las tardes viendo telecinco, quienes no pisan un cine, quienes miran de mala manera un libro o quienes (ya acabo, que me estoy incendiando por dentro) sin saber de Hopper o de numismática censuran que otros sí sepan. Por eso Wert, ese ministro imposible de defender, es un sujeto de tan fácil caricatura. Porque ha vendido la cultura y se ha dejado invadir por el mantra suicida de los mercados. De haber habido algo de cabeza en todo esto que estamos sufriendo, habrían blindado las bibliotecas y las escuelas. Con ese tesoro a salvo, el mundo estaría firmemente conducido a la salvación. Ahora, con Wert y sin él, Wert en realidad es un actor de orden secundario, con ínfulas de divo de la trama, está el mundo huérfano. Nos están grabando. Están creando un fichero personal con todos nuestros vicios y todas nuestras debilidades. Por si un día hace falta sacarlo y usarlo en un programa en directo. Miedo da.Y las bibliotecas y las escuelas, vendidas.

5 comentarios:

José Manuel Blasco dijo...

No sé si Telecinco es el mal o es la Conferencia Episcopal.
Unos venden tetas y otros el paraíso. Por lo menos los primeros se agarran a algo tangible. El paraíso... Ay el paraíso. Qué trola vendieron y qué provecho le están sacando. Tú sigue escribiendo. Te noto de poco escribir, a todo esto. Es la inspiración, el cansancio, los pólenes primaverales? En todo caso, un saludo y otro más.

Juana Espinosa dijo...

Los agoreros salen a la calle y mueven sus banderas. Su slogan es el gris, el gris, el gris. No te pongas triste. Estamos en buenas manos. El hombre es bueno, en el fondo es bueno.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

José Manuel, ninguno de los dos es el mal en sí. Todo está bien o está mal según se mire. Apreciaciones. Sin entrar en emboscadas. El paraíso es un deleite para las letras, una metáfora de algo, un secreto que salva la vida de quienes lo miran de frente y se buscan en su anhelo. Los pólenes, bien este año. Los dos saludos.

Juana, hay que ser un poco agorero. Está en los genes. El gris deviene luego azul o rojo. Es lo deseable. El gris es un color de una tristeza enorme. No está en mí el gris, pero a veces conviene para la escritura la tristura, valga la rima. Hay mucho escrito sobre eso. El hombre es bueno, vamos cerrando, Juana, en efecto. siempre.

José Luis Martínez Clares dijo...

Mae West sería una magnífica ministra de cualquier cosa: resultaría imposible odiarla o arrinconarla entre esas penalidades que nos fastidian la existencia. Wert, en cambio, es un subproducto del celibato argumentativo. Sus palabras son una indudable carta de presentación. La necedad al frente de la cultura. El sexo célibe. La castidad en la belleza. ¡Pobre Mae!
Abrazos

Isabel Huete dijo...

Creo que nos dejamos intimidar demasiado por lo que nos quieren hacer ver, o padecer, sin darnos cuenta de que lo que realmente importa es lo que es. Debemos abrir los ojos a otra panorámica. Hay mucha más gente que no quiere dejarse llevar que la que, aburrida y desapegada de todo, prefiere tener un guía que le muestre el cutrerío mundial, el que no induce a pensar, sentir o desear. Tampoco soñar. Muchos consume ignorancia conpulsivamente, pero muchos más remueven en sus desvanes buscando tesoros que se guardaron antaño y que siempre acaban apareciendo en el rincón más insospechado. Lo malo es que el mal, o lo malo, siempre hace mucho más ruido que el bien, o lo bueno. Dejémonos entonces atrapar por el silencio.