27.9.07

El asesinato de Richard Nixon: Las razones del lobo


A juicio del apesasumbrado anti-héroe de esta crónica sobre el desencanto americano, la Historia se escribe en los márgenes, en las afueras, ajena a los libros de texto y a la bibliografía política. Ésta es la historia de un americano medio, insípido y aburrido, triste y cordial, pero violento y desajustado. Samuel J. Bicke (un sobreactuado pero atractivo Sean Penn) adquiere la desesperación suficiente como para encontrar en el secuestro de un avión y su posterior aterrizaje en la Casa Blanca su única vía para vencer el anonimato, el miedo, el dolor y adquirir el respeto que su personalidad no procura por más que, tozudamente, lo empeñe.
Payne, Di Caprio y Cuarón financian este producto casi indie no perdurable, añejo, de frío documentalismo impostado. El asesinato de Richard Nixon habla del sueño americano, de la tierra prometida. El paisaje está enfermo. Lo relevante, lo que constituye el acierto más notable de este ocre film de buenas intenciones y aceptables consecuencias es la descripción de una sociedad mortecina, comprable, vendible, reducida a objeto de consumo. Bicke no es el tipo sin integrar que De Niro bordó con su inmortal Travis Bickle, pero comparte con él un desajuste parecido: ambos son perfectos amateurs, de una sentimentalidad adolescente, necesitada de afecto y constantemente bordeando el patetismo.
La cansina voz en off del omnisciente protagonista estorba en exceso: desarma la capacidad informativa de unas imágenes sobrias, filmadas con asepsia e inspiradas en cintas como la citada Taxi driver o todo el material realista de aquellos setenta tan contraculturales. Tampoco se explota el material secundario: algunos personajes muy sucintamente perfilados, Elmer Bernstein como destinatario de los diarios hablados del psicópata confeso y en las que Bicke repasa, con sorprendente profundidad los avatares de un país herido en Vietnam y desencantado en casa, épicamente instalado en una tierra de promisión pero carente de referentes heroicos. Bicke, en este sentido, a su pesar, no es un pionero, uno de esos vaqueros arrojados del western fundacional, cuando a la vera de un río, un pasto o una veta de oro se hacían crecer ciudades. América, en el tardío siglo XX, cela tarados como Bicke: parece que los mima, que los adiestra en reventar el sistema con actos infames o con imposibles terrorismos domésticos. Sólo hay que revisar el doctrinario sentimental de las armas de fuego y su geografía canalla de francotiradores con carnet universitario. Las reflexiones dichas en voz alta se empeñan en obstaculizar una trama sencilla, aburrida en demasía, pero efectiva en su diestra manifestación del cáncer que cruza, como amarga patina, todo el metraje, todo lo que se cuenta.
La cantada veracidad de los hechos descompone la frialdad con la que los contemplamos, pero fija con mayor rigor su perdurabilidad, no así la película, que es plana, poco ambiciosa y lamentablemente desaprovechada. No sabremos qué habría sido de este proyecto en un mundo sin el 11-S. Porque, en el fondo, lo que se cuentan son las razones del lobo, los argumentos del lobo asesino que ha querido estropear el estado del bienestar del rebaño.

26.9.07

Apóstatas y funcionarios

(Forges)

Consiste la apostásía, muy cortamente escrito, en negar la fe católica y luego conducir esa negación al amparo administrativo de modo que la sacrosanta institución eclesiástica pierda al numerario recién cesado y, en su fuga, los ingresos derivados de su membresía. El Estado, con cifras en la mesa, ahora que los presupuestos están calientes, reconsidera entonces los beneplácitos y cuadra las cuentas. Ahí duele, imagino: en esa reducción en la plata y en la estadística. Tanto duele que los responsables de la Iglesia no dan las facilidades previsibles y se obcecan en no agilizar los trámites o en sencillamente negar al individuo que reclama su reclamación. La Agencia de Protección de Datos, sita en la zapatera León, ha opinado ya: al ciudadano le asiste el derecho a cancelar su vinculación a una institución y el Estado provee los instrumentos administrativos para ejercer ese sentimiento dimisionario.
Acuerdos firmados entre la Santa Sede y el Estado español en los años 70 son los argumentos esgrimidos por la Diócesis de Valencia para negar el 100% de las alegaciones recientes. La Agencia de Protección de Datos ya ha pedido a la Iglesia que haga anotaciones al margen del individuo solicitante en las que sea visible su actitud, no así las razones aducidas. La Agencia no se inmiscuye en el argumentario personal, pero tampoco ahí cede la Iglesia, que desoye el mandato gubernamental. Los registros de bautismo son datos exclusivos de cada ciudadano, arguyen, de forma que sin son borrados desaparece información fundamental sobre el censo. No es así. En todo caso, lo fue. Ahora el Registro Civil hace su exigente inventario con total independencia de la filiación religiosa de sus miembros: lo proclama la Constitución, que maneja el sentido común y cierta idea de progreso que no existía en el siglo XIX, pongo por caso, o en algunos tramos del XX. Entre enero de 2006 y junio de 2007, hay 132 reclamaciones. Su contribución a las arcas eclesiales debe ser exigua, pero de lo que aquí se trata es del simbolo. La Iglesia sabe de símbolos más que nadie: lleva dos siglos codificando y decodificando sus símbolos. Perdemos la fe y ganamos en banda ancha.
El apóstata, azote de ortodoxos, procede de la izquierda agreste, republicana o no, de las lecturas de Nietzsche o de un BUP contracultural, enredado en la madeja de las tertulias políticas en los bares de barrio y las pandillas resacosas de libertad y de misas mal digeridas. No todos los obispados, no obstante, optan por la hostilidad: la mayoría abre sus archivos y elimina al disidente sin mayor historia, aunque tal vez les empuje la mirada atenta de la Agencia y la certeza de que la Audiencia Nacional dictará sentencia, en último momento, caso de que no haya acuerdo entre las partes. Y ahí no hay desobediencia posible so pena de multa.


"Aunque no existe un perfil de apóstata, el responsable de Estadística y
Sociología del Arzobispado de Santiago, Juanjo Cebrián, sostiene que muchos de
los que conforman «este fenómeno minoritario y escasísimo» son
homosexuales."

20 minutos



25.9.07

Guardianes del día: Desde Rusia con aburrimiento



Con una traca apocalíptica de vampiros y gente de mal vivir y unos cuantos productores con fajos gordos de billetes en los maletines y ganas de emular la pericia tecnológica y el éxito comercial de los hijos de Hollywood se fragua Guardianes del día, segunda - parece - parte de otra historia entre lo mágico y lo bochornoso que hace un par de años retumbó el dolby surround de los cines del mundo y luego se alojó en las estanterías de los videoclubs a mayor gloria del público adolescente ametrallado de emociones fuertes y escenas de muy alto y caro voltaje. Hay (amenazan) un tercero: algo así como Guardianes del crepúsculo. No vi el primer ataque y me he perdido en el segundo, que viene a contarnos el asunto de la luz y de las tinieblas. Nada que Bram Stoker no supiera, por no ir más atrás. Se tiene la certeza casi inmediata que el costoso y demoledor aparato visual va a cortar - cercenar es un verbo más útil - todo interés narrativo. De hecho, la película se deja de ver con interés cuando estamos ya lo suficientemente cegados por la maquinaria devastadora de los efectos especiales: ese Ferrari - ¿ era un Ferrari ? - escalando a todo gas un edificio que, más que asombrarnos, nos produce un efecto hilarante porque (sencillamente) no viene a cuento. A mí me hizo pensar en aquellos desnudos innecesarios que encabritaban al personal en la muy kitsch nómina de cintas casposas de nuestra gloriosa transición, pero no nos alejemos del tema, que da para más.
Las batallas antológicas entre buenos y malos han dado al cine páginas gloriosas. Si el aliento que las inflama de épica proviene de la literatura el resultado suele ser, salvo impericia de director o pobreza de presupuesto, digno, cuanto menos. Aquí nada perturba: todo se deja ver con un interés neutro. El Moscú habitado por criaturas sobrenaturales, ese Moscú contemporáneo que podría haber constituido un aliciente para el espectador occidental, provoca tedio: todo es superficial, carente de ningún rasgo memorable. Los malos son tan planos como los buenos, y en ese maniqueísmo impostado de cine ruso con ínfulas yankis la exhibición portentosa de software (estamos hablando de eso desde que empecé esta reseña) no aporta nada nuevo. El amigo americano sigue siendo el amigo listo: el ruso es un tipo adulador, que ha crecido a la vera de un cine que programaba demasiada violencia y demasiada frivolidad alrededor de la violencia. Ni su nombre he podido recordar para escribir esta reseña.
Guardianes del día satura, eso es, satura como pocas películas de este género tan grato para las grandes majors y para el público de exigencias escasas y dinero para quemar en experiencias fuertes. Más o menos fuertes. Con el tiempo, este cronista de sus vicios está haciendo mayor. Lo nota con mayor evidencia en estas fantasmadas vampíricas, en estos arrebatos videocliperos de formidable factura pero inexistente interés. Es ahora cuando piensa uno en los inescrutables caminos del azar: tal vez -digo tal vez - el destino haya querido que yo pierda (es un decir) dos hora y algo de mi tiempo en este medio-bodrio para que pueda resarcirme esta noche con alguna joya del cine. No sé: estoy pensando en Nosferatu, de Murnau, que hace tiempo que no paso miedo (de verdad) viendo una película. Informaré sobre el resultado.

El libro rojo de la moda, la fe, la educación ciudadana y la banda ancha


Mao Zedong no confiaba en los intelectuales. Para prevenir quebrantos en el futuro, disidencias y desajustes del estricto programa ideológico comunista que él diseñó, confinaba a sus hijos en campos de trabajo. Allí eran reeducados y devueltos, en la mayoría de los casos, ya que en otros no regresaban, años después, uniformados a conveniencia, "lejos del peligro intelectual" al que podían inducirles los revolucionarios padres. Esos años de abusos tienen, en grandes letras infames, la plaza de Tianamenn como icono de la barbarie.
La naturaleza de la política contiene siempre un germen de cambio. China labra ahora a golpe de visa y MTV su ingreso en el mercado internacional. Su candidatura está avalada por la mayor población del planeta, un estajanovista sistema de producción y un hambre de productos comerciales occidentales sin igual en el cada día más ufano y globalizado mundo. Ha habido tanta noticia de China afiliada a la vulenración de los elementales derechos humanos que toda novedad que fomente su respeto y arraigo suena a gloria. Más vale que el muchas veces llamado gigante dormido despierte al soniquete del pop de Michael Jackson o Britney Spears que al agitado por la letanía aburrida de las botas militares. Por eso todo el mundo mira a China. Hasta el Papa santo de Roma ha razonado la conveniencia de colocar un peón en el tablero de la temible República, no vaya a ser que el gigante bostece y el mundo sienta, como dice el chascarrillo, la sacudida. El Vaticano, como Estado, propicia así un movimiento de alcance mundial que puede beneficiar o perjudicar al resto de los contendientes en esta incierta partida. Así son las cosas. La fe y la administración del Estado van aquí de la mano, hermanadas bajo el interés común de la salvación de las almas y el bienestar de la carne.
A vueltas con Educación para la Ciudadanía y las reticencias de la Conferencia Episcopal, leo en prensa que el papa Benedicto XVI abraza sin ambages a la comunidad católica china y accede al nombramiento de Joseph Li Shan como nuevo obispo de la Iglesia Patriótica de Pekín. Los prelados adscritos al nuevo obispo han jurado la Constitución china. Las tambaleantes relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y el gobierno chino se ven parcialmente suavizadas tras esta concesión del Papa. Los diez millones de chinos que profesan el cristianismo ven así cumplidas sus sinceras aspiraciones y celebran la anuencia papal.
La pregunta:
¿No tendrá la Constitución china obstáculos más insalvables y de más dura digestión que el entramado teórico de la nueva asignatura regalada por nuestro progresista Zapatero?
Tenga el amable lector en cuenta que la Constitución de la República Popular China, que privilegia al Partido y escalafona, a un nivel inmediatamente inferior, al Gobierno y, bajo su tutela, el brazo armado y amenazante del numeroso Ejército, no crea la figura democrática de un Poder Judicial independiente. Tampoco hay una alternativa de partidos al Partido Comunista. Los existentes, que los hay, son meramente consultivos y jamás poseen cartas de actuación electoral o ejecutiva en materia política. La autoridad - digamos alguna autoridad - no permite la libertad de expresión de modo que toda opinión es tamizada o sencillamente censurada si no se aviene al discurso de la ortodoxia comunista. Esta censura llega a Internet, por supuesto. Los motores de búsqueda están rigurosamente vigilados de modo que los términos incrustados en sus algoritmos son casi siempre frívolos o baladíes, cuando no insulsos o irrelevantes. No hay política. No hay conato de disidencia. No hay libertad, eso que se busca tanto y que luego no sabemos en qué emplear.
La fascinación por el modo de vida occidental está modernizando el país. Proliferan ambientes y modas propias del capitalismo más agreste. Los Juegos Olímpicos de 2.008 marcan un hito en esta historia de apasionamiento por el mercantilismo puro y duro. En ellos - o a su cese - veremos si China, el imperio emergente, se abastece de una más eficaz aplicación de los avances democráticos en los países occidentales. Mientras, aquí, lejos de Pekín, nos batimos en duelo por una asignatura. Uno de los duelistas, no es nada nuevo, parece no escandalizarse por las atrocidades ajenas. Hasta jura la Constitución irregular que los acoge. Tal vez se precise un poso de cordura y sea bueno templar los ánimos, reconducir los discursos y aceptar que el relativismo, a pesar de la traca papal, no deja de ser un signo de los tiempos, una evidencia del peso del progreso. O es que a estas alturas de películas me he perdido y no llevo como debiera el argumento. Será eso. Mientras, sin excepción, Harry Potter arrasa en los cines.

24.9.07

En España se lee poco...

Se desprende de variados barómetros y de sólidas evidencias recogidas a título personal que ya no leemos poesía en este país de escasa devoción lectora, pero no hay que preocuparse: hay un ejército infatigable de poetas al acecho. Los hay que publican y sienten que su obra adquiere cierto renombre, los hay que publican y cuya obra se muere en los anaqueles y los que no publican y tozudamente se presentan a concursos o regalan su poemario a amigos o parientes cercanos. Podemos contar por miles la nómina de estos tres grupos. La poesía, en cualquier caso, no vende. Puede entusiasmar, pero no vende. Puede convertirse en precioso objeto de culto, en raro capricho adquirido por un lector cómplice y entregado. O se vende muy poco, poquísimo, y el adepto a su causa se convierte en un gourmet literario que, en lúbrica delectación, dejadme el exceso, celebra cada nuevo título con fanfarrias íntimas y sinfónicos cláxons del alma.
En España siempre se ha escrito mucho y se siempre se ha leído poco. Estos tiempos de alta tecnología hogareña (wifi, redes domésticas, lápices de memoria y páginas virtuales para cada hijo de vecino) no colaboran: nos engatusa la imagen, su brillo, el cromatismo irremediablemente atractivo y el escaso esfuerzo que demanda. Leer, sin embargo, es otra cosa. Al libro acudimos de otra manera. El libro atrae con distintos y más fundamentados reclamos. Permite una quietud especial que la imágen en movimiento no produce casi nunca. Si los mecanismos de creación audiovisual fuese de factura sencilla y no precisasen de una infraestructura industrial compleja y sometida a unas muy estrictas y exigentes compensaciones económicas, todo el mundo sería Spielberg o Brian de Palma. Igual que todos, en el fondo, al garabatear unas letras en un folio mágicamente en blanco, al manuscribir en una servilleta de bar unos versos de fugaz belleza sospechamos que un Lorca o un Lord Byron nos late dentro, pero leer es una actividad mucho más noble que escribir. Borges así lo entendía: él se jactaba de lo que leía, nunca de lo que escribía.
En España, volvemos al campo emocional y laboral que nos asiste, lo publican a diario: leemos poco, aunque compramos muchos libros. Libros como ornamento. Libros como gruesos floreros ilustrados. Se insiste en distintos medios (escritos, sobre todo) de la necesidad de leer porque es ahora cuando más extendidas y enraizadas están otras adictivas actividades de ocio y de conocimiento. Esas nuevas tecnologías fomentan un espejismo, apunta José Antonio Marina en su recomendable La magia de leer. "El espejismo de pensar que estar conectado a grandes fuentes de información accesible resuelve todos nuestros problemas".
La parafernalia de los media ciega toda leve inclinación a dejarse embaucar por la magia de los libros en quienes, vagos, jóvenes, poco educados en lo contrario, no superan el precipicio aterrador (no lo dudo) del texto escrito.
El manido argumento de la bondad del libro sobre la película se sostiene cada día mejor y justifica esa primacía por su indesmayable capacidad de divertirnos, entretenernos, formarnos, enternecernos, aterrarnos, enamorarnos o confundirnos, que todo es posible e incluso recomendable. Todo está en el libro, cualquier sensación, cualquier rara combinatoria emocional. Rara y hermosa. El cine también nos enternece, nos aterra, nos enamora, pero mientras que el lector va hacia el libro, es el cine el que acude al espectador. Y en esa alquimia el esfuerzo es menor. Al pensamiento le agrada la sorpresa: el efecto sorpresa nos conmociona. En el aturdimiento la atención, la retentiva y la fascinación son mayores.
El libro es un objeto mítico, un tesoro preñado de placeres, un manantial infinito de asombro continuo. La elocuencia de lo plástico no permite la sugerencia libresca: lo visual está cerrado o, al menos, no cuenta entre sus atributos el de la posibilidad de fatigar muchos significados y darles a todos entidad y vigencia. El cine, mi amado cine, todo lo desmenuza, todo lo conduce a un ejercicio más blando. Hay cine que se rebela contra estas reflexiones: cine adulto, cine inteligente, que privilegia la poesía sobre la prosa. Hay un muy interesante libro cuyo autor no recuerdo ahora sobre la prosa de Rohmer y la poesía de Passolini como formas de entender y de hacer cine.
Quizá venga por este hilo argumental la pobreza de nuestro panorama poético. Se lee menos poesía porque la poesía, la buena, precisa de un lector de complicidades. A mí Antonio Gamoneda me sigue costando mucho, pero insisto. Igual me pasa con José Ángel Valente. Con Pere Gimferrer. Con el Eliot más hermético. Sus libros, no obstante, me llenan y lo hacen como ninguno de prosa es capaz.

23.9.07

Público, un nuevo diario

No se sabe si un país está lo suficientemente dotado en materia periodística. Dependerá del grado de parcialidad o de la suma de intereses que suelen mover los hilos más escondidos de la prensa. Estamos abastecidos de editorialistas incendiarios, columnistas incendiarios y consejos de redacción de vocación incendiaria. El amarillismo de antaño ha bajado el listón del morbo y no se advierten sensacionalismos extremos en casi ningún periódico. Lo que ahora se privilegia es el libreto conspiratorio, la teoría del caos y la hostilidad lingüística. El próximo Miércoles día 26 sale a la calle Público, un diario que va a costar cincuenta céntimos (un euro los domingos) que va a carecer de editoriales y donde no va a haber secciones dedicadas a los toros o a la religión, salvo que la tauromaquia y los altos asuntos de la fe requieran lo contrario. Público acude a los kioskos antes de la refriega electoral y la financie Jaume Roures, el empresario de Mediapro, sí, ese conglomerado de mercaderes que han plantado cara al monopolio de Prisa por mor de los derechos del fútbol televisado y está levantando La Sexta a golpe de goles por la escuadra. Escorado al centro-izquierda, con gente fugada de El Mundo y del capítulo más exitoso de los blogs de la Red, Público nace en un contexto mediático concreto, auspiciado por un accionariado indisimuladamente afín a un tipo de ideario político, pero promete lo habitual: la neutralidad, la responsabilidad y la creación de un espacio de información separado de los ya sólidamente anclados en la sociedad. Por eso digo yo que no sabemos si es necesario este extra informativo, esta apuesta comercial. Ignacio Escolar, el director del nuevo rotativo, viene de muchos frentes laborales. En prensa escrita, La voz de Almería. En la red, Escolar.net, un página "sobre actualidad política y tecnología" con el respaldo de miles de visitas diarias y jugosos posts que prefiguran el norte informativo del diario recién alumbrado. Labordeta, Espido Freire, Rafael Reig, Javier Ortiz, El Gran Wyoming, Isaac Rosa, Martín Casariego o Juan Luis Cano son los fichajes estrella. Yo todavía busco en un diario la firma invitada, el columnista comprometido, que opina a despecho incluso de los jerifaltes que le pagan, y será ése el reclamo más relevante para que acoquine los escasos céntimos de su lanzamiento editorial, habida cuenta de que todo lector de prensa tiene ya un diario de cabecera y no es fácil la mudanza cuando el panorama informativo flaquea tan ostentosamente. También es posible que todo quede en una extensión de El País porque ambos comparten un similar doctrinario progresista, pero la evidencia es tan manifiesta que se habrán cuidado de exhibir hermanamiento alguno.
Hay prensa comida por la bilis homicida de las revanchas políticas: prensa estajanovista si de lo que se trata es de medrar en difusión, valoración y venta y prensa sectaria, abalconada al despacho del director, que suele ser vocero de alguna peculiar forma de gobierno y uno de sus cometidos es jalear el discurso de su facción y deslegitimar, hiriendo a ser posible, el discurso ajeno. He leído que Publico viene al mundo con las bendiciones de Moncloa. Viendo estos tiros, habrá que ver con detenimiento el alcance de su munición.
Dice Escolar en su propio blog que el diario no se parapeta bajo la figura del editorialista porque eso es un vestigio de la prensa decimonónica, alojada en el anonimato y visiblemente dañina bajo el refugio de ese púlpito invisible. Es posible. Yo lo que creo es que también se puede ver el plumero si la dirección de los columnistas tercia a un puerto o a otro y evita navegar entre varias aguas, que es la verdadera dificultad de un grupo editorial en mundo como el nuestro y, sobre todo, en un país como éste, sometido todavía a montaraces ataques personales, periodistas juzgados por los propios compañeros y un lector que parroquianamente compra y engulle la prensa que va a fortalecer la opinión ya aprendida. No es así en todos los casos, evidentemente. No se puede generalizar, pero sé que es escaso el personal que compra varios periódicos al día. O que escucha varias emisoras de radio. Tal vez por eso hay una prensa digital formidable, no matrimoniada con el cuchillo permanente de las ventas y el damocles del empresario arruinado. La Red está bien abastecida de páginas de acceso libre. En todo caso, no es jamás una mala noticia el nacimiento de un diario. El Miércoles se lo pido a Juan, que es mi kioskero favorito. A ver si la cosa sale bien y todos terminamos más informados. O mejor informados.

21.9.07

El ultimátum de Bourne: Biografías borradas



Lo valioso de este blockbuster es que no engaña al espectador y plantea una intriga directa, refugiada en una serie de códigos que facilitan la comprensión de la serie completa. Bourne no es el héroe del western tradicional emboscado en una realidad que le supera: no es Shane ni William Munny, los vulnerables y sensibles pistoleros adultos que todavía guardan los recursos de matón que les hicieron temibles. El argumento de la trilogía conduce la historia al revés. Bourne no huye del pasado: lo que quiere es entenderlo. La trama es más compleja de lo habitual en estos casos, pero tampoco hace falta un curso acelerado de semiótica ni un armario lleno de Cahiers du Cinema en idioma nativo. Bourne, un correcto Matt Damon, es el James Bond de este siglo XXI, el héroe de acción que oo7 podría haber sido caso de que sus guionistas hubiesen cubierto las historias de una más cuidada factura. Aquí hay malos y hay buenos: la diferencia con respecto al cine de hechuras similares consiste en que éste se garantiza la fidelidad del espectador (al estilo de 24, la excepcional serie televisiva o incluso Collateral, el último gran thriller) gracias a una urdimbre finísima de causas y de azares, de piezas bien organizadas cuyo único propósito es dilatar el desenlace y entretener, y cómo, durante el trayecto propuesto.
La pormenorizada reconstrucción biográfica del asesino Bourne ofrece un itinerario goloso: el viaje casi por medio mundo para completar el puzzle. Nada nuevo, pero lo que fascina en esta entrega (y en menor medida en las dos anteriores) es la tozuda búsqueda de la verdad, el aliento
épico que insufla el argumento de connotaciones heroicas y nos amista con un personaje ambiguo, de pasado reprobable, pero sinceramente impelido a encontrar su nombre, su historia, las razones por las cuales mata y es buscado para que le maten.
Sin respiro, el tropel de escenas de acción cumple con creces la ración acostumbrada de imágenes vistosas, técnicamente perfectas a las que nos acostumbra el nuevo cine americano, necesitado de una clientela fiel que pague la entrada y compre, de camino, el aluvión ingente de merchandising al uso.
En estos tiempos de alertas terroristas y de alambicadas historias cibernéticas de virus y de troyanos imperiales (La jungla 4.0) conmueve la cercanía doméstica de la serie, su indisimulada vocación melodramática.
El ultimátum de Bourne es un film recomendable que ve lastrada su primacía en esos ránkings de mejores películas del año por estar inscrito en un género a menudo ninguneado, al que se recurre confiadamente para hacer taquilla y hacer sonar la caja. Yo he contribuído con gusto.

Happy birthday




Hoy Stephen King y Antonio Sánchez Huertas cumplen años. Aunque aquí todos flotamos, estos dos flotan mejor que la mayoría. Tengo que llamarles.

Posdata: Añado a esta lista de insignes cuya efemérides celebramos hoy a Carlos Tapia Agredano. Ya está el trío completado.






Guerra, paradojas




Las guerras sobreabundan en paradojas. La más visible es la evidencia de que quien surte de armas a los contendientes luego termina acudiendo al campo de batalla para abastecer a los heridos de tiritas y antibióticos y a los muertos de compasión y biblias. Tampoco falta el miembro del gremio seglar para pronunciar unas sentidas palabras de duelo. El antropófago deviene filántropo. La muerte, en un extraño giro, da luego vida. Ignoramos dónde comienza esta suerte de enigma. Mientras damos con las respuestas vamos cayendo como moscas en un tarro de miel abonado de minas personales sin ninguna Lady Di que las deshaga con un soplido de papel couché. Algún precio ha de pagarse, aunque sea por vivir tan en precario

20.9.07

Verbo hecho carne

Ha pasado siempre: eso de que los ricos hagan turismo teológico. Van a Roma y, entre capilla y palecete, entre arquitrabe y capitel, buscan moza concupiscible, mística a ser posible, para echar un casquete histórico, aupado al ránking de casquetes monumentales. Oí anoche en la radio que las prostitutas de las calles romanas buscan ahora un perfil determinado: el señor con cara de no haber roto nunca un plato y que compra postales de estatuas de césares y estampas marianas. Abundan. La noticia alarmaba al periodista radiofónico, aunque no se rasgó ninguna vestidura y los hertzios no evidencian los rictus en el rostro ni la sangre yendo y viniendo por el cuello, fatigado por el stress emocional. Entiende uno que hay emisoras de radio para todos los sacrosantos gustos y que alguna tiene que haber que se duela cuando se frivoliza sobre teologías. No he visto yo, por otra parte, materia de más reacia disposición al análisis racional que la fe: hay una delicadísima negación de todo lo que suponga acudir al sentido común, que niega la fantasía interesada, el desvarío del cielo y del infierno y de un dios que se apunta a todos los festínes del alma. La culpa de esta zozobra mía debe venir por los libros. O por algunas compañías. Amigos que te influyen, amigos a los que influyes. Hay un momento en la vida en que te emocionan los versos de Pablo Neruda en Isla Negra o las Sagradas Escrituras: todo viene a depender del entusiasmo que nuestro anfitrión cultural disponga para reclutarnos. Yo fui afortunadamente reclutado por el blues del Delta y por los cuentos de Borges, por la filosofía de Nietzsche (eso tiene su época) o por las conversaciones políticas acodadas en la barra de un bar bien templados de bourbon. Sin caer en excesos, este catecismo sentimental ha instruido mi ingreso en la sociedad del conocimiento, del placer y de la opinión personal libre. Hoy ha dicho Savater en la radio, a propósito de una reedición de su Política para Amador y un Diccionario de términos cívicos o algo así, que el hombre es, por naturaleza, cómodo en materia de opinión. No la tiene propia en muchos casos, sino pillada de alguna otra a la que concede el beneplácito de la certeza. También el propio Savater, al que admiro sinceramente, tuvo que mirarse en alguien cuando moldeaba su pensamiento crítico: gente de dialéctica acerada y prosa finísima. Ahora él es el mirado. Los turistas sexuales que fatigan Roma no escapan de esta reflexión, pero ellos matan varios pájaros en una sola pernocta. El verbo se hace siempre carne.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...