24.6.25

Elogio de la iridiscencia del alma


El alma, a pesar de no ser algo tangible, posee una iridiscencia, un fulgor, formas donde la luz hace sus juegos y el resplandor (con su majestad, con su nobleza) irrumpe y luce. Al alma no se le da el predicamento debido, se la toma con ligereza, se tiene de ella esa percepción entre lo metafísico y lo pedestre en la que siempre sale perdiendo la certeza. No es de verdades el alma, ni de consenso. Trnscurre sin manual del que se extraiga un proceder para su manejo, que será siempre voladizo, enteramente entregado a la intemperie del azar o la voluble intendencia de la razón. Hay  quien la niega y sostiene que todo es una especie de ecuación interior en la que los términos en liza litigan su comparecencia con argumentos cartesianos. Que todo es pura comparecencia de la química, intervención de la danza de las moléculas, salto sináptico. Yo prefiero pensar que no somos una incógnita despejada tras pesquisas científicas, sino una metáfora, una tentativa de infinito o un libro de arena o de agua al que no se le asigna un cese y se expande y transcurre mágicamente en quien lo abre y lee. También somos una respuesta a una pregunta que no conocemos, una afirmación hermosa, un canto de luz, un verso de un poema universal.

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