18.7.23

Elogio de los dones invisibles

 


Nada sabemos del genio antes de serlo verdaderamente. Mi después quizá, una vez se aprecia y aplica. Ignoramos si daba severas trazas de talento en la forma de andar, en cómo saludaba a los amigos o en el modo en que cortejaba o se dejaba cortejar. Si leía clásicos rotundos o perdía el tiempo (es un decir) jugando a canicas o si hablaba retórica y pedantemente o, bien al contrario, adoptaba unas maneras lingüísticas naturales, de escasa evidencia de que adentro bullía el genio que luego explosionó. Hay evidencias que principian un atisbo de genialidad o de genialidad ya enteramente instalada, pero en ocasiones lo sublime se esconde, no se manifiesta en exceso e incluso no se manifiesta nada. Está el genio larvado, gozando en esa intimidad sin alardes, consciente de lo que alcanza y del escaso deseo que tiene de alcanzarlo. He visto talentos enormes (y no solo en libros o en películas, en las paredes de un museo o en la ejecución de un instrumento musical) que se han decantado, bien al contrario, por censurar su don. Piensa uno entonces en lo que no se ve, en la claridad oculta, en todo esa riqueza intelectual o artística desaprovechada, encerrada en un búnker de onanismo, de apatía o de sencillo infortunio. Se habla mucho de los que hicieron una gran obra y al poco les sorprendió la muerte. Se relata qué podrían haber hecho o hasta dónde pudo dar de sí ese talento cercenado, pero también están los invisibles, los talentos a los que nadie dio una oportunidad (siempre hay un mecenas, un sponsor o un golpe antológico de suerte) o a los que nadie prestó un mínimo de atención. Gente de la que prescindimos sin que ese vacío altere una brizna el completo estado de las cosas en el que vivimos. Abundan los escritores, los actores, los músicos, los pintores, los escultores, los que hacen que vivir sea más hermoso de lo que ya es de por sí. También los tapados, cualesquiera que privadamente despliegue un don. Quizá está bien que todo siga como está. Que se queden en la sombra los genios inadvertidos. Que se basten en sí mismos. Soy de los que piensan que vivimos en una continua sobredosis de información. Que hay más de lo que se puede abarcar. Que nos aturden con este exceso para que no afinemos. Y pienso en todo esto y recuerdo al músico de la calle, en Fuengirola, hace mucho tiempo, haciendo una pirueta circense con su guitarra, un virtuoso arabesco seguido de diez más, uno de esos prodigios únicamente permitidos a esos virtuosos que llenan teatros y salen en las páginas de Cultura de los diarios cuando sacan un disco nuevo o empiezan una gira. Nada sé de este músico callejero. Si de pequeño leía vorazmente o es un feliz iletrado. Si tuvo un amor que marcó su vida o no precisa amor que la complete más de lo que está. Sé, en todo caso, el tamaño del chispazo de asombro que me ocupó el cerebro durante los muy escasos minutos en los que le escuché tocar una pieza un poco swing y un poco zingara (una cosa entre Django Reinhardt y los Gypsy Kings) que acompañaba con suavísimos movimientos de cabeza, entornando delicadamente los ojos. Nunca leerá esta nota brevísima, pero si lo hace sabrá que estoy hablando de él. 

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