20.7.23

Elogio de la arquitectura

 

Goethe dejó escrito que la arquitectura era música congelada. Mi fascinación por las catedrales es, en parte, extensión de esa reflexión. Uno puede prestar oído a lo que dicen los edificios. A su manera, secreta, sagrada o blasfema, nos interrogan, nos encomiendan que los atendamos. ofrecen un discurso (un poema, una oración) para quien se acerque y escuche. Hasta las construcciones más humildes, en su sencilla pobreza, airean esa voluntad armónica. No se me ocurrió nunca tomar el oficio de la arquitectura. Hay decisiones que no se toman porque no se ofrece la oportunidad o no se es sensible o nadie cercano la tomó antes y nos animó. A la arquitectura la suple la poesía. Hay poemas que son casas en las que uno se refugia y se siente a salvo y confortado y también feliz. Creo que empecé a escribir poesía para transcribir esa música invisible. Percibo que hay un orden oculto cuando leo poesía o cuando la escribo. También sucede con la música. No hubo nada que me inclinara a aprender a tocar un instrumento en la edad en que se empieza ese adiestramiento o esa predilección. Habría escogido el piano. Hubiese sido un pianista incansable al modo en que ahora soy un escritor incansable. El hecho de que yo escriba es la opción alternativa al hecho de que no sea músico. Es la música la que anda siempre por debajo. No es relevante que no se tenga constancia de que fluye, pero lo hace: fluye sin motivo, avanza sin propósito. Con sólo tener la predisposición idónea, la música se hace corpórea, tangible. Puedes ir paseando y sentirla o cerrar los ojos en casa, en tu sillón favorito, y sentirla. El silencio no existe. Que se lo digan a John Cage. El corazón, cuando late, en ese silencio idílico y perfecto, ejecuta la melodía primordial. Parece que es posible escuchar la sangre yendo y viniendo por nuestro cuerpo. El universo es ruido, ruido puro en libertad. Si sigo en este plan temo que Coehlo crea que lo plagio. Son tiempos de plagio.

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