24.6.22

175/365 Douglas Sirk

 



No sé si la gente joven de ahora sabe quién es Douglas Sirk. La edad de oro de la televisión era la que programaba ciclos de cine negro o de la Hammer o de Alfred Hitchcock. Lo de ahora es negocio cainita, todo se cifra en la venta, no se considera al espectador como un destinatorio inteligente; es más, se rehúye ese perfil noble, el de la inteligencia, y se embadurna todo de mediocridad, de zafiedad, de burdas representaciones de la realidad. La televisión es, más que nunca, entretenimiento, sí, pero rebajado hasta lo inadmisible, considerado como una borrachera a la que luego hay que cuidar, de la que después se hace balance y se busca una sublimación de la resaca. Se nos quiere ebrios e insensibles, se nos educa para que no pensemos en demasía, porque el pensamiento está reñido con la televisión. La maquinaria del dinero no matrimonia bien con Douglas Sirk o con Merle Oberon o con Charles Laughton. Ninguna de esas referencias podrían distraer (he aquí el cancerígeno verbo causante de este sopor) como lo hacen los programas que aseguran una audiencia alta y unos ingresos pingües.


Quizá todo empezó cuando unos cuanto lumbreras de las cadenas descubrieron que cuenta más la realidad que la ficción. Así que trajeron a los platós a la clase baja y a la media y a la alta y les dejaron airear sus miserias y sus alegrías. Fascinaba esa sencillez democrática, esa exhibición impúdica del alma humana. Fuimos todos grandes hermanos y grandes gilipollas también. El ideal era aturdir, hacer que la mente se eclipsara con ese vértigo irresistible de asistir en primera fila al obsceno desfile de las vidas ajenas. En el fondo nada distinto a lo que hacía Douglas Sirk, un genio en el melodrama, un iluminado en la restitución elegante de las pasiones del género humano. La sobriedad, la distinción y la elegancia del director alemán exigían la preparación de la que adolecían las nuevas generaciones. No se aprende a disfrutar la cultura si no se expone uno a ella. Así de sencillo, así de contundente. Claro que cualquiera puede ver esta noche Escrito sobre el viento o Imitación a la vida. El problema, uno de muy trabajoso arreglo, es que no sabemos que esas joyas del cine existan, no tenemos el bagaje cultural que se precisa para elegir, se nos ha educado para que nos conformemos con la parrilla de contenidos que interesan a las grandes compañías y a los patrocinadores que las sufragan. De hecho no elegimos, no se produce el festivo momento en el que uno, de entre una variedad de posibilidades, escoge una sola, piensa con apasionamiento el porqué de ésa y no de otra o, mucho más sencillamente, se deja llevar por el instinto o por la voluntad de dejarse sorprender y se decide por una un poco al azar, tentado por la aventura del riesgo.


No se ve una derrota a corto plazo, se impone la idea contraria incluso: la de que esto irá a más y los perros que nos muerdan serán más fieros todavía. Está la constatación brutal de que importa más el nuevo look de Cristiano Ronaldo que la última novela de Javier Marías. Lo grave no es ese hecho en sí, la victoria de la frivolidad; quizá una nueva obra de Marías no recabe una atención masiva, pero no entra en cabeza bien amueblada que se le dé cobertura a un asunto de poco fuste, de tan liviano interés como puede ser el nuevo peinado de un astro del balón o el novio recién estrenado de cualquier cantante de verbena. Se orquesta con mimo toda esa rendición pública de nimiedades, se le da el peso informativo que no se concede a quien sí lo merece. Lo terrible es que luego, una vez se amainen los estragos, si es que tal cosa sucede, no podremos volver atrás, no se podrá regresar a los tiempos en los que la televisión programaba ciclos estupendos de gente absolutamente desconocida. Dejarán de ser desconocidos precisamente cuando se les exponga públicamente, cuando un lumbreras con talento elija a Douglas Sirk en lugar de a Steven Seagal. Que no pueda hacerlo una cadena privada es entendible: se deben a sus cuentas, viven de sus anuncios, sólo desean medrar, cotizar en bolsa, ocupar todos los trending topics del día. Y he aquì el problema: que podamos entenderlo. Que el mundo esté como está y todo esté en manos de unas cuantas grandes empresas. Ellas son las que colonizan nuestro gusto, las que nos calzan en la cabeza lo que les place calzarnos, las que nos dicen qué libros debemos leer o qué música debemos escuchar. Los raros son los de Douglas Sirk. Ya quedan pocos. En un par de décadas, si no menos, nadie sabrá quién fue, ni habrá visto sus melodramas magníficos. Nadie con la edad en que deben escucharse ciertos diálogos tendrá la oportunidad de que se le entregue uno como éste. Pertenece a Tiempo de amar, tiempo de morir, una película soberbia, llena de amor y de vida, filmada con esmero, artesana en estos tiempos en los que lo artesano es un obstáculo; en estos tiempos de HBO y de Netflix y de plataformas televisivas de pago, que son (ay) la única vía para que uno pueda meterse su ración favorita de melodrama. Yo amo Filmin. Ahí está Sirk.  Pagando, claro está.


Ernst Graeber.— ¿Dígame, profesor, existe todavía algo en lo que se pueda creer? 

Profesor Pohlmann.— Sí, existe. 

Ernst Graeber.— ¿Qué es? 

Profesor Pohlmann.— Dios. 

Ernst Graeber.— ¿Sigue usted creyendo en él? 

Profesor Pohlmann.— Más que nunca. 

Ernst Graeber.— ¿Sin el menor asomo de duda? 

Profesor Pohlmann.— Claro que las tengo. Si no hubiera dudas, no habría necesidad de la fe. 

Ernst Graeber.— ¿Cómo se puede seguir creyendo en Dios con lo que está ocurriendo aquí? 

Profesor Pohlmann.— Dios no es responsable de lo que nos pasa. Y sí nosotros ante el de nuestras torpes y mañas acciones.

Ernst Graeber.— Si eso es cierto, ¿qué responsabilidad tengo yo, profesor? Quizás nuestro pueblo está sufriendo este castigo por haberse apartado de todas sus creencias. Las que practicaban nuestros padres y que todos hemos olvidado. He de tomar una decisión, profesor. Necesito saberlo. 

Profesor Pohlmann.— Nadie puede tomar esa decisión por usted. Ni si quiera su maestro. Cada hombre tiene que decidirlo por sí mismo. Pero primero hay que enfrentarse con la verdad, por horrible que sea. Se pierde la guerra, Ernest. Y lo más terrible es que la perderemos antes de que el país haya encontrado su alma

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