16.6.22

167/365 Padre Brown

 



Una vez olvidé un libro de Chesterton (El candor del Padre Brown) en una tumbona de playa en Fuengirola, que es una segunda casa para muchos cordobeses. Era una edición de bolsillo de Alianza. En ocasiones se me va la cabeza y pienso que el Padre Brown está allí aún, pidiendo que alguien le haga hablar. Los personajes piden que se les dé voz. De alguna forma mágica, existen en nuestra memoria con la misma firmeza que las personas. Algunos, los más dramáticos o los más cómicos o los más épicos, están ahí en la misma consideración sentimental que personas a las que tratamos y a las que quisimos. Al Padre Brown le tengo el afecto que nunca le dispensé a párroco alguno. No porque uno los rehúya, ni porque no crea que se pueda ser una relación enriquecedora, sino porque nunca tuve ninguno en mi círculo social. Borges decía, a propósito de cómo hacía Chesterton que su personaje pensara: "Presenta un misterio, propone una aclaración sobrenatural y la reemplaza luego, sin pérdida, con otra de este mundo". No sé si los clérigos jugarían hoy en día a estos juegos de reemplazamientos racionales. La aclaración sobrenatural contrae menos compromisos intelectuales. La pesquisa detectivesca no confía en la injerencia divina. "Soy un hombre. En consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón", dice el sacerdote en El candor del Padre Brown, el libro de relatos dejado en la playa. Hasta aquí llega la teología en el carácter del detective. Puestos a crear rivalidades con Sherlock Holmes, me parece que me inclino por el personaje de Chesterton. Está menos expuesto, se le conoce menos. Da un juego narrativo más hondo. La escritura policial de Chesterton, a la que vuelvo de cuando en cuando, gana en hondura psicológica a la de Conan Doyle. Me atravesarán los acérrimos del investigador de la calle Baker, pero en literatura, en eso de los afectos y los amores, no existen argumentarios. “Verá usted, yo los he asesinado a todos ellos por mí mismo [...] He planeado cada uno de los crímenes muy cuidadosamente, he pensado exactamente cómo pudo ser hecho algo así y con qué disposición de ánimo o estado mental pudo un hombre hacerlo realmente. Y cuando estaba bastante seguro y sentía exactamente como el asesino mismo, entonces, por supuesto, sabía de quién se trataba”. Esa resolución es (además) divertida. Chesterton pone pinceladas de humor en todo lo que hace. Puede que se tarda en dar con ella, pero ah, una vez se alcanza: es duradera, hace que permanezca esa sonrisa. Este Padre Brown chestertoniano es incomparable: no hay otro detective que se le parezca. Sus pesquisas proponen verdaderos desafíos al lector. No hay en su perfil nada de sofisticación ni de extravagancia, al modo de otros. Ni es particularmente inteligente: su manera de dar con el asesino es (sobre todo) emotiva. Es un señor campechano y de carácter alegre, que lee en el alma humana como el mismo Dios leerá sus nubes. Hay una dicotomía feliz entre la razón y la fe, entre lo virtuoso y lo turbio. La vida es ese ir de un punto de luz a uno de sombra. Incesantemente. El atractivo del gordo padre Brown (un trasunto de G.K., salvo la altura) estriba en que es cualquiera de nosotros, a poco que pensemos con calma lo que se nos ofrece, todos los gestos, todas las palabras, todos los silencios que concurren alrededor nuestra y que, tomados en serio, lo comprenden todo, lo poseen todo, lo perdonan todo. A Brown, más que dar con un culpable, lo que le interesa es cartografiar el mal, no convertirlo en un ente etéreo. Hace matemáticas con la poesía. La baja al suelo, la convierte en algo tangible, aunque su puesta en escena sea (en ocasiones) sobrenatural, aliada de lo prodigioso. Y lo que más me fascina del bueno de Chesterton y del bueno de su detective cura (con su bicicleta, con su paraguas) es lo feliz que nos hace cuando el misterio se resuelve. Qué alivio da, qué conformados y reconfortados nos quedamos. No sé si alguien leyó con fervor el volumen dejado en la tumbona. Me pregunto todavía (hace de eso posiblemente quince años, tal vez más) si alguien recogería el libro.  Si ahora sabe que es de él de quien hablo. Olvidaremos libros en los parques (ojalá no) o en las mesas de interior de los bares, pero es más narrativo perderlos en la playa. De haber un muerto cerca del libro, nuestro padre Brown, no tan candoroso en el fondo, pronto sabríamos quién lo hizo. Y también por qué.

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