8.6.22

159 / 365 Theodor / Walter White

 











Ya no sabe uno si seguir amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles, no sabe si decantarse definitivamente por la militancia en algún grupo reivindicativo o estar encapsulado, conversando con su sistema operativo, a riesgo de amarlo. Como el pobre Theodor, el protagonista de Her. El término medio es a veces tan difícil. No se sabe casi nada y lo poco que se cree saber se tambalea a diario. Quizá pase todo esto porque estamos saturados. Contra la saturación no podemos hacer mucho, salvo procurarse de vez en cuando una pequeña desconexión. Conviene, limpia, sana. Saber que existe ese abuso, el de la información, el de la plenitud en los medios, a lo sumo. Aceptarla, si no tiene uno demasiada gana de dar guerra. Caso de querer darla, está el activismo, pero no me veo en las calles, enarbolando pancartas, vociferando proclamas. No me veo, no me sitúo, no logro posicionarme del todo, aunque haya alguna manifestación muy mía, en la que se dicen cosas que comparto. En lo más íntimo, prefiero ser esa especie de Bartleby, que prefiere no hacer ciertas cosas, sin llegar al extremo de ser Theodor. Admiro a quienes salen a la calle. Es una admiración sincera. Es posible que el futuro esté en las calles, y entonces yo me lo esté perdiendo. En casa, contemplando la realidad como espectador, se pierde uno la épica. Por variados motivos, no sale, no se involucra uno. Theodor, por esos y por otros más retorcidos, tampoco sale, tampoco se pringa. Estamos los dos en un mundo espiritual, de absoluto goce estético, qué cosa más rara ésa. Ojalá pudiésemos vivir fascinados por la cultura. Que nada perturbase ese enamoriscamiento. Que los días fuesen intensos y felices al modo en que lo son ciertas novelas o tramas cinematográficos o que la música nos transportase a un paraíso completo en el que todo adquiere un sentido y el mundo gira armónicamente y la luz en el cielo brilla con un esplendor al que no estamos acostumbrados. Podríamos ser Bartleby de cuando en cuando. O Theodor. Volver después a la realidad, entendernos con los primores de lo real, como quería el poeta, pero haber estado antes en el otro lado, haber perdido el tiempo absolutamente, haber convocado el mal y haber visto cómo nos corrompe (no puedo pensar en Walter White, en mi Walter White de la maravillosa Breaking Bad) o haber dejado que el bien nos tiente, saber lo firme que acude y rechazarlo con fiereza también, como si supiésemos que la bondad absoluta, en su concepto, es un mal en sí misma. El rato en que uno es bueno coincide con el que más expuesto se está al influjo del mal, que con más ardor penetra y hace casa adentro, donde creemos estar a salvo. No se está a salvo. Nunca se está a salvo. Walter White estaba a salvo hasta que le diagnosticaron un cáncer y decidió ponerse a hacer meta y luego a colocarla en el mercado. Admiro al walter white que todos llevamos dentro. No porque espere que en momentos de flaqueza saquemos el mal puro, si es que alguno está en nuestro interior, por si sirve par algo. Es porque la supervivencia siempre me atrajo, la idea de que la adversidad nos convierte en héroes, en villanos, en emperadores de nuestra sangre. Lo que no hacemos nunca es seguir haciendo lo que hacíamos, ni siendo lo que éramos. Uno prefiere ser un Walter White (a ser posible que no delinca) antes que insistir en uno mismo, ser un chico ostra en algún momento de la semana, mientras afuera el mundo se entenebrece. El mundo se entenebrece a diario. No lo había pensado hasta ahora. El mundo se entenebrece una barbaridad. Los walterwhites (o todos los heisenbergs) del inframundo han venido y están vigilando lo sutil, lo ingrávido y lo gentil. No tienen buenas intenciones. El chico ostra vuelve a su cuarto de vicios. Esta noche me voy a poner una película japonesa en blanco y negro. Hay una decena que conozco y tengo. Es entrar en otro mundo. El cine hace que salgamos de un mundo y logremos entrar en otro. Hay billete de vuelta. 




 

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