5.4.22

95/365 Wim Mertens

 


 A Ana Pérez, porque también fue educada en estas delicadezas


La educación es un concepto preciso o impreciso. Se usa con alegre frecuencia, sin caer en la cuenta de que hay pocas palabras que contraigan una responsabilidad mayor que la de abrirse a ella o, dicho de otra manera, pocas tienen más frágil y delicado peso. Nos educan sin que se esté al tanto de esa tarea, un poco a la ligera, si se me permite. Hay cosas que uno ve a diario y con las que convive que se quedan adentro, no hay manera más tarde de echar afuera. Así abrimos la boca al masticar porque no ha habido nadie que nos haya advertido de esa grosería en el protocolo. Lo contrario, cerrarla cuando ingerimos comida, depende de que se nos explique a tiempo su conveniencia y, más importante aún, que uno acepte y haga suya la máxima, como si la hubiese rumiado y parido a solas, sin la intervención ajena. Todo lo que se averigua en soledad tiene más asiento. Será que lo sabemos nuestro, que hay una voluntad o un afecto y no, como tantas veces, un acto impositivo, un mandato. Somos peculiares en ese aspecto. He conocido los suficiente alumnos como para saber de qué hablo. Hay algunos que se dejan llevar y puedes ir con ellos al lugar que elijas; otros, bien al contrario, se resisten, no son dúctiles, precisan un empeño mayor. Los hay que no van a ningún lado, por acabar el recorrido, y los hay que no paran de moverse y de entusiasmarse por la jacarandosa y provechosa trayectoria. Dicho esto (parezco un político en campaña) hay algunos discos que marcan más que otros. Digamos que proceden de la educación que hemos recibido. Es en ella en donde crecen, aunque acudan sin aviso, un poco por injerencia del azar o por recomendación ajena las más de las veces. Algunos no  tienen tal vez la grandeza de los clásicos, a eso se le da escasa importancia, pero se hacen parte nuestra, aunque nos tiremos años sin sacarlos de su funda y ponerlos. 


En cierto modo fui educado con algunos de Wim Mertens. A la luz de esos discos, conformado a su esencia, andando yo por los veinte, crecí y me relacioné con los demás. Suponían un tipo de música nueva, no común entre los cercanos. También entrañaba una maravillosa dificultad. Se escuchaban como quien está extraviado y busca el camino de vuelta. No recuerdo hablar de ellos con  casi nadie, cosa que me apena, pero lo escuchaba con frecuencia. Mucha, si lo pienso con más detenimiento. Contemplado tantos años después, entiendo que así fuese. No sé qué mal alivió o cuál cura ahora. Uno de esos discos sigue en mi cabeza y acude a trozos, ocupándome en tararear una melodía de la que tengo las notas mínimas y con la que fantaseo y me extiendo, casi como me atreviera a vestirla con las hechuras del jazz. Maximizing the audience es una obra terapéutica, un bálsamo, un refugio, uno de esos discos medicinales que uno se pone en el cielo de la boca y va masticando, en la creencia de que algo hermoso subsistirá en la deglución, de que la belleza extraña que tutela invadirá la pequeña tristeza con la que se consume. Lo escribió por encargo, fue un disco que ocupaba el lugar de la periferia en una obra de teatro poco convencional (El poder de la locura teatral, no recuerdo el autor) en la que clarinetes y saxos sopranos pugnan por hacer material lo que no lo es, en mostrar lo que de otra forma siempre estaría oculto. Esa es la función de la música, por otra parte. Lo de maximizar a la audiencia queda a consideración voluntariosa del escuchante. No es un disco fácil, no desea serlo, he ahí la paradoja de Mertens en toda su obra, de ahí mi dificultad para hacer que sus canciones transcurran con la formalidad (cartesiana a veces) de otras de más sencillo acomodo en la memoria. No hay nada fiable a lo que encomendarse en él. Seduce porque de alguna forma te anula como oyente. Te anula o te compromete, te borra o te fideliza. Incluso ambas cosas juntamente, sin solución aparente de discontinuidad. Como una de esas canciones que suenan a hora de fondo antes de que empiece el viernes. Jamás una música de apariencia tan fría alcanza un rango de calidez tan alto. Es su imaginación la que declara ser la herramienta absoluta, la que no se enseña en la escuela, que es una cárcel, ha opinado alguna vez, una cárcel que envenena esa imaginación o que la aniquila sin más. 


Wim Mertens es un genio tímido. No matrimonia la prudencia y la ampulosidad, pero sigue siendo reservado (su música lo es) y sigue siendo deliciosamente fértil. No importa que saque un disco al año desde hace 40, por lo menos. A veces hace cosas grandiosas; otras, por más que uno anhele que se explaye, recogidas, como una especie de caricia en la arteria aorta. Es puro regocijo o abierto rechazo: hay un momento ajeno a la razón en la que abruma o aturde la música, se ofrece como una letanía dulcísima o desconcierta como un palabra que no conocemos. Mertens sería Mozart si le hubieran nacido hace unos siglos. A los catorce años ya tenía compuesta una misa y el armonio de la capilla de su barrio era su mejor amigo. Luego todo fue un deseo absoluto de saber qué hay debajo de las partituras, de las que descree y a las que, sin embargo, domina con apabullante magisterio. Su ansia por llevar su música a todos sitios (es estajanovista no sólo en la producción discográfica sino también en las giras) le ha hecho amar la comunión entre la música y las personas y, al tiempo, tal vez por esa causa, entender que la música no es nada en sí misma. Tiene su fundamento en el hecho de que se escuche. Como el escritor que no entiende su obra si no hay un lector que la recorra. Ese ansia por crear no es relevante, comenta el propio Mertens, si pensamos en que Johann Sebastian Bach componía una obra por semana. Como el maestro alemán, Mertens es una especie de embajador de la música en la tierra. Como un ser alado o misterioso que únicamente compone y toca lo que compone, que pareciera no tener otra vida afuera de esa actividad de su cuerpo y de su mente. A Bach le dio tiempo de traer una ingente prole de criaturas al mundo, pero Mertens es un músico del siglo XX y se le imagina más cauteloso en esos asuntos demográficos. 




Pienso ahora en el imborrable Ramón Trecet, que puso en órbita a este caballero en España. Pienso en mi amigo Safo, Rafael Torres en todos los demás aspectos, en cómo circulaban los discos de Mertens de su casa a la mía, en cómo adorábamos la irreprimible sensación de lujuria sonora de esas melodías atípicas. Pienso en todo lo que sucedió entonces y en lo que está sucediendo ahora. Pienso en el concierto suyo que vi en el Gran Teatro de Córdoba, en que fui solo. No convencí a los íntimos. Creo que me esperaron a la salida y les dije que había sido emocionante. No les canté nada. Fuimos directamente al pub cercano (La Buhardilla pudo ser) y escuchamos a los habituales. La vida transcurre después a su antojadizo capricho: Mertens sigue publicando a tutiplén, no veo al Safo, Trecet no sé dónde anda. Estará mayor, ojalá continúe con su lucidez, con su sensible inteligencia, con su voz convincente. Menos mal que tengo el disco del amigo Wim en tres -cada uno a su modo- amados formatos. La primigenia cinta de cassette, el vinilo y el CD escoltan el minimalismo, maximizado: lo conservan a refugio de mí mismo incluso. Piensa uno en todos esos libros y en esos discos a salvo del tiempo, ambarizados, alojados en un limbo precioso de objetos perfectos. Todos tenemos alguno, algunos tenemos cientos. Los míos son invariablemente libros, películas, discos o fotografías. Todos exhiben la rara perfección de mis vicios. A todos les encomiendo la posibilidad de que mi alma se salve del horror que la circunda. Hay que tener la conciencia tranquila para paladear esta ofrenda un poco religiosa y un poco blasfema también. Se tiene que tener el corazón muy puro para meterse dentro de la música. Y a veces se da ese placer, entra uno, penetra bien adentro, empuja y acaba colmado y colmando. Si tan sólo hubiese compuesto Struggle for pleasure, ya merecería capítulo en la historia de la música. 

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