5.10.21

Dietario 202

Fracasar es la única forma de ser decente

Miguel D´Ors

I
No se pide perdón, no se disculpa nadie. Quizá se desprenda que desear ser perdonado implique una disminución de nuestro prestigio, si es que alguno tenemos. A los niños, en los que veo a diario, también les cuesta admitir que han errado. Será el signo de los tiempos, que es una expresión que siempre me ha encantado. Debemos ser los mejores en todo momento, no debemos dar muestras de flaqueza. Ese es el discurso reinante. La belleza de la disculpa tendría que ensayarse en cuanto surja la ocasión. Hacer ver que no hay nada malo en expresar lo equivocados que estábamos o lo que lamentamos haber hecho mal algo. No todo puede ser conducido a la escuela, tan frecuente ese recurso; no debe la escuela acoger la pedagogía de  todas estas desviaciones de la corrección, pero seguro que hay un lugar en el marasmo de las programaciones y de las competencias y de la burocracia tóxica que nos inunda a los maestros para enseñar la belleza de la derrota. No sé qué dirían los padres. Si reprobarían esa licencia poética, la de prestigiar el reconocimiento de nuestros errores y no callarlos. Enmendarlos sí, hacer en lo posible que los más graves no ocurran sí, pero incluso la repetición en la equivocación cuenta (si no sucede adrede, si no se ha buscado con intención). No siempre puede salirse uno con la suya. No siempre podemos ser sublimes. Lo dijo un poeta y a mí me gusta repetirlo de vez en cuando. Incluso está bien que sea así. Perder es un asidero fiable, uno poco tóxico. El triunfo lastra la emoción pura de ganar, la hace vértice y no poso. La corrompe. Produce una sustancia enfermiza que se apresta con rapidez a perpetuarse y a no sucumbir al gris de la derrota. Tan hermoso es errar que deberíamos considerar seriamente incluir el fracaso en la posible lista de habilidades emocionales y sociales. A veces conviene perder, aunque sólo sea por trasegar en el camino que va hacia la victoria. El hecho mismo de ganar implica un cese abrupto, una especie de relajación de la épica del éxito. 

II
Uno cae a veces porque quiere, por levantarse, por ver el cielo desde más abajo, por perder una dimensión, por hacer que nos miren desde arriba y les de por mirar a otros cuando se cansen de ver que hemos caído, cuando ya no tengan nada más que ver porque ya lo han visto todo. Hay quien cree que caer es lo peor que puede sucederte o que detrás de haber caído no hay nada más. Como si fuese un abismo, una tarjeta black que de pronto ha aparecido en tu bolsillo. A la gente le gusta verte caer. No porque ellos no hayan caído, sino precisamente por eso, por ver que no son los únicos y hay otros que hincan la rodilla igual o en peor postura que ellos. Uno se cae porque cansa estar de pie. Cansa hacer lo que se espera que hagamos. Se cae porque de vez en cuando es bueno retirarse, no proseguir, dar por terminado el camino, aunque sea por empezar otra vez o por andar algún camino nuevo. En poesía, en la construcción de un poema, todo es caer, todo es ir acercándose y retirándose, buscando y errando, hasta que das con el adjetivo perfecto. Has estado la mañana entera buscando un adjetivo y no hay nada mejor en el mundo que dar con él y verlo en tus manos, como una criatura desamparada a la que das cobijo y con la que entablas una especie de idilio semántico. Los desórdenes más difíciles de corregir son los de índole semántica. Hay días en los que buscas una palabra y te acuestas sin que haya aparecido. También los días en los que sobrevienen las palabras, las que buscas y las que se precipitan sobre ti, sin que las haya llamado. Son las palabras las que nos salvan. Cuando caes son las palabras las que te hacen izarte. La idea de que puedas equivocarte en algo en lo que tengas un empeño especial hace que lo hagas con más oficio. Es bueno salir a la calle intrigado por lo que pasa. No saber nada de la trama que está por venir. No poseer ninguna propiedad fiable de la realidad cerniente. Cuanto más sabes, más aburrida es la vida. Hay días en los que lo sabes todo y te acuestas sin nada que contarte a ti mismo antes de conciliar el bendito sueño. En cambio, hay días formidables, viajes que van de un error a otro hasta que ves que nadie mira en qué has marrado y te permites equivocarte con más entereza. Como si fuese parte de ti y te hubieses esmerado en hacerlo mejor cada vez. Cada fracaso anticipa un fracaso menos estrepitoso, tal vez. Después se ha despedido. Ha dicho adiós. Hay veces en que hace estas visitas. Como queriendo hacerse ver. A mí me da también por convidarme a verlo.

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