18.10.21

Botellones

 


No recuerdo qué filósofo esperaba que no tuviéramos miedo a ser los de antes, una vez que la pandemia remitiese y ocupásemos de nuevo las calles, un poco a la manera de la hermosa canción de Pablo Milanés. Retornaron los libros, las canciones y renacerá mi pueblo de su ruina, pero no habrá traidores ni culpa que pagar. El niño en la alameda hará lo de antes y, más que liberar plazas o llorar por los ausentes, así cuenta la letra, se harán botellones y se brincará con ciego escándalo en la mirada, como si de pronto se nos hubiese devuelto un mundo que se nos retiró y permitido echarlo abajo con la autoridad que da la fiesta. No sé tampoco qué diagnóstico emitir para mis adentros, ya que no he vivido la zozobra existencial de tener veinte años (mucho más arriba o mucho más abajo) en estos tiempos inéditos, cuáles no lo son. En los míos, que tendrían su escándalo en sus ojos también y brincaríamos sin resuello, imagino, teníamos sitios a los que ir, en lugar de montar la representación de la felicidad (música alta, alcohol, etc.) en jardines municipales o descampados a las afueras, cuando los jóvenes voluntariamente alejaban su teatro a la periferia, como no queriendo ser vistos. No tener coches que coger y en los que desplazarnos eliminaba de la ecuación de la fiesta la variante periferia. Los pubs estaban en el centro. Ibas de uno a otro con el mayor decoro posible y el único problema urbano residía en el ruido que el local produjera. Los decibelios del infierno, sentenciaba J.. Nada nuevo eso de que la hostelería, en ocasiones, perjudique al vecino con el que comparte acera o bloque de pisos. Luego el pudor desapareció. Lo hace cuando no ha pasado nada al mostrarte ebrio unas cuantas veces frente a los demás, que irían posiblemente igual de ebrios y razonablemente igual de ciegos. Lo de tener un lugar al que ir cuando se va de parranda parece una evidencia de poco peso, pero tiene mucho. Mi amigo J.M. decía que lo mejor era entonarse con alcohol de marca. Decía diferenciar unas de otras, aunque alguna vez le pillamos en contradicciones que él atribuía a la pérdida de sensibilidad gustativa cuando se ha ingerido más de la cuenta. Las veces en que le llevamos a casa borracho (no crean que eran muchas) pedíamos invariablemente un taxi. No nos movía la filantropía, ni la recomendable posibilidad de que nuestro amigo no se exhibiese de camino de vuelta a casa de un modo indigno. Lo que perseguíamos era despachar con prontitud el fardo ajeno y buscar de regreso al pub el propio. Si la hora era tardía, volver a casa en ese estado de pequeña embriaguez constituía el momento de mayor provecho en todas aquellas maniobras etílicas. Recordará M. nuestras contribuciones a la teología o A. podrá todavía pensar en la rotundidad con la que dábamos fin a los conflictos del mundo. Hacer constar aquí que yo era en todos esos devaneos festivos el más prudente no convendría, ni se ajustaría a la verdad, si es que todavía puedo esgrimir alguna y no me falla la memoria. Habrá alguien que lea y tenga con qué rebatir esa licencia mía. En todo caso, era uno joven y hasta parece que aquel de entonces no tenga nada que ver con el de hoy. La policía no cargó jamás contra nosotros, no destrozábamos mobiliario urbano (no se nos hubiese ni ocurrido) y no dejábamos los restos de nuestro desenfreno en el suelo del escenario que surgiera para nuestros desempeños. Ni la palabra botellón existía; menos, macrobotellón, con ese prefijo antológico y casi bélico.

Dicen que el botellón es una forma de contestación, lo cual me hace pensar que las palabras están siendo reemplazadas por el vómito o por la cinética del cristal o de un adoquín cuando vuelan y buscan hacer daño. La frustración de la juventud se canalizaba antes de otra manera. Porque frustrados estábamos. Imagino a unos adolescentes griegos en los ágoras de las polis. Oh, qué mundo más cruel, qué cavernoso y frágil, dirían. No hay edad en la que no cunda esa decepción, ese no saber o no tener con qué avanzar, un poco sobrepasados por la incertidumbre o debilitados por los fracasos, pero no era la nuestra ninguna revolución y no se armaban ejércitos en las calles. No había una militancia subversiva o, de haberla, era más de decir y de argumentar, da igual con qué fortuna ambas cosas. No se nos ocurría quemar nada. Hacer del vandalismo una consigna es de una gravedad terrible. Un político dijo ayer en una tertulia radiofónica que no se pueden meter en el calabozo a mil jóvenes cada noche. No hay calabozos para tanto gamberro, concluyó. La corrección hizo entonces acto de presencia y corrigió con entusiasmo: no todos son gamberros, algunos van a divertirse y no representan un peligro (para ellos y para los demás, añadió). La diversión siempre es impune. Sucede, se disfruta, acaba y más tarde, cuando los años empiezan a emborronarla y la memoria hace su balance de recuerdos y de olvidos, se hace alarde de ella. Yo me corrí mis juergas, dirán los melancólicos, quién no lo es o no se las corrió. Lo terrible (ahora concluyo yo) es que todas estas bacanales de hoy, las que salen en los telediarios y estercolan el suelo de botellas, condones y bolsas del McDonald's, carecen de todo protocolo. Ni tienen sacerdotisas que manejen la alquimia de los líquidos y elijan los cánticos de la disipación, con lo que vestiría eso. Tener veinte años con la mascarilla puesta debe ser una condena inimaginable, es posible. Por otro lado, voy de uno a otro, en las plazas se puede hablar mejor, no te lo impide la música atronadora de los recintos cerrados, eso es cierto. Y el poder adquisitivo. Se me había olvidado el poder adquisitivo. Nunca fuimos delicados en lo que bebíamos. Ni entonces ni ahora. Garrafón barato. Litronas calientes. Lo que importa de verdad es juntarnos. Eso decíamos, también eso dirán ahora. Mi querido A.L. pedía tercios de cerveza y pedía que se la abrieran en su presencia. Así de exigente era. Una vez juntos, ya beodos, en la pompa de la curda, vernos sin vernos del todo, ese era el lema, advertir sombras huidizas, escuchar palabras que van y que vienen, pero que no se asientan. Qué has dicho, no te oigo. Da igual, yo a ti tampoco. Vamos a pillar algo por ahí. No hay nada en las bolsas. Habrá algún garito abierto. Es temprano todavía. Lo de ponerse místico, etéreo y lírico con la priva sucederá con la misma borrosa frecuencia. Daría lo que fuera por escuchar las ocurrencias teológicas que surgían entonces a su antojadizo capricho. 

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