1.5.21

Mirar


                                                      Ilustración: Ramón Besonías


Mirar constata un vicio: no se mira sin propósito, ni cunde la flaqueza. sino que prospera y convierte lo mirado en algo sustancial, extraído del arrimo de todo lo que le circunde y convertido en pieza única, en punto sobre el que giran o en el que convergen todas las demás circunstancias de la realidad. La facultad de mirar se arroga otra facultad: la de escuchar. Pero también se mira con desinterés, se descuida el fin, cunde (esta vez invariablemente) la desidia. O hay arrobo y delectación o hay pereza y abandono. Lo menos aceptable, pero considerablemente lo más repetido en estos tiempos, es que no se prestigia ni se desprestigie el mirar: todo se fía al ojo supletorio, a la memoria improvisada de la cámara, que evita postularse (o hay una inclinación breve, que sólo fija un motivo) y prefiere acumular registros (fotos) a los que luego poder acercarse y estimular el recuerdo. No hay cosa más absurda que aplazar lo que se puede disfrutar en el instante, dar al frágil futuro (quién sabe qué pasará) la constatación brutal o agónica o lírica o testimonial del presente. De ahí que el fusilero (el mercenario mameluco) reemplace la bayoneta por un móvil y el ajusticiado mude a souvenir, no a caído, ni a héroe de la revuelta. Se ha movido un objeto (arma por móvil) y ha surgido un cuadro nuevo. Mirar es también hacer que sean plurales las causas: se elige una, se prorroga otra, se alienta cierta licencia poética en la que el paisaje no es la autoridad, que se deposita en la intención del observador. No sabremos nunca qué mueve a que decidamos convenir una o no darles cobijo a ninguna. En la vida de ahora (tan acelerada) vemos y no miramos, hablamos y no escuchamos, acumulamos objetos a los que no les damos vida: únicamente valen para engordar un inventario. 

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