6.12.20

Las monjitas


                                                                Fotografía:  Evan Pucci


Recuerdo haber quedado fascinado (una mezcla entre fascinación e incredulidad, a decir verdad) al ver en alguna ocasión a un grupo de monjas. No una sola, yendo o viniendo como cualquiera, sin hacer aprecio a que vista como lo hace y se infiera de esa vestimenta a qué se dedica y con qué se gana (eso hacen los uniformes) el jornal cada día. Las masas me han aturdido siempre. No he sabido entenderlas, aunque a veces se comprendan cosas a las que no se accede en el detalle de contemplar a sus miembros de manera individual, sin estar congregados en la multitud, sin mezclarse en esa multitud y desaparecer en ella. No me llama la atención un soldado, pero sí un ejército de ellos. Hay amigos que están absolutamente hechizados por la imagen de las monjas en tumulto. Como si fuesen un lubricante mental o intelectual, qué sé yo. Seguro que estas beatas señoras no están al tanto de las pequeñas o grandes perturbaciones de quienes las observan. Uno va a lo suyo, incluso siendo monja. A mi abuela le parecían adorables. Siempre usaba el diminutivo. Las monjitas. Lo que te deja fuera de juego en esta fotografía que me acaba de mandar un amigo, a modo de provocación, supongo, es el entusiasmo que se advierte, esa especie de euforia colectiva, tan cercana al desquicio en el que entran algunas adolescentes (no todas, demos gracias al Señor) cuando ven a su ídolo en el escenario o en un video promocional en YouTube. Que estas animadas servidoras del Señor aplaudan a Trump y se alborocen ante su presencia (eso se colige con ese "Make America great again" de fondo) me produce un peculiar estado de zozobra. No porque estas buenas damas hayan leído mal el Evangelio y se hayan equivocado en el sesgo electoral y marren en su escrutinio político: cada uno puede votar a quien quiera, faltaría más. Es otra cosa. Algo mucho más desasosegante: creo que el desalmado Trump (quiere del adjetivo decir que no tiene alma, por si se pierde la etimología) es la antípoda al gremio seglar, si es que seguimos pensando que estas bondadosas (en apariencia) mujeres siguen el dictado de las Escrituras y sólo buscan el Bien (así con mayúsculas) y la armonía en el ancho y venturoso mundo. Trump fue (qué alegría usar el pasado) cualquier cosa menos un alma bondadosa, uno de esos ejemplos a los que acudir cuando necesitamos ejemplos en los que mirarnos, ustedes ya me entienden. Tal vez ven en él lo que los descreídos no vemos. Será un atributo de la fe: el de ver más allá de lo tangible. Lo que sí sabemos (ateos y cristianos) es que el todavía inquilino del Despacho Oval acumula más pecados que el acumulado por todo su electorado. Ha hecho el mal y lo ha hecho adrede. Ha sido un descerebrado y no se ha retraído en mostrar esa anomalía en un Jefe de Estado, aunque todos la tengan en mayor o menor medida. Aquí las monjitas no son tan descaradas, a lo poco que uno ha visto o de lo que se ha enterado. Van más a lo suyo, que no es cosa de todos, a Dios gracias. No tienen particular devoción pública por ningún político. Tendrán sus adhesiones, querrán que unos triunfen y otros fracasen. No se les puede exigir que en esos asuntos íntimos también se contengan. Es posible (ya concluyo) que yo sea el equivocado y que la monja rigurosa y vocacional, la que de verdad ejerce con estricta pulcritud su abnegada entrega al Señor, carezca de preocupaciones terrenales. Así que me alegra que las monjitas de los USA se explayen a sus anchas. Humanas, a pesar de todo. Con la contagiosa virtud de creer en la redención del ser humano o en la de ver sus virtudes, aun cuando se sepa (aquí con declarada rotundidad) que Trump, al menos él, no tiene ninguna reseñable. 

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