17.8.20

Dos ríos


Hay libros que suponen un reto y hay retos imposibles. Leídos cuando no procede, pueden arruinarlos. Por la inconveniencia de entrar en ellos antes de tiempo. Por una osadía inútil. Por no tener con qué abrirlos y desmenuzarlos. Por perder la oportunidad de amarlos una vez que uno tiene instrumentos y alcances o incluso por rechazarlos, si no han calado ni nos han llevado a donde pretendíamos. Leí Ulises de Joyce en esa edad donde todo es permeable y se ve la realidad con falso entusiasmo. Leer, lo que se dice leer, no entonces fue un acto festivo: me enmarañaba, por abrupto, por inhóspito. Creía avanzar y, en realidad, reculaba, daba palos de afanoso ciego con la intención de acabarlo, no sé en verdad con qué intención. Porque argumento no hay, lo cual desbarata el requisito mágico, no el único, con el que se lee una novela. No será novela pues, será otra cosa el artefacto de Joyce. Bondades literarias hay: recuerdo haber tomado el libro (lo tengo en 2 volúmenes) y caer en uno de sus episodios. Entonces hay un personaje desgajado de otros que habitan Dublín en una sola jornada y recuerdo la fascinación del texto, su fluir loco y críptico, recordándome un libro fundamental en mi aprendizaje literario, el Juan sin Tierra de Juan Goytisolo, que leí vorazmente la primera vez, como embriagado, y con anotaciones más tarde, años después, cuando me hice con él como quien adquiere un tesoro, pero Goytisolo fue asequible: Joyce es un maldito embaucador. Un autor en estado de gracia consigo mismo. Qué más da que alguien comprenda algo: es mi interior, quién comprende el suyo. La maravillosa palabra interna. El monólogo ensimismado. La jaula semántica. No creo que vuelva a leerlo jamás. Hay poca vida y hay mucho que leer, si es que es de literatura de lo que hablamos. Nunca me influenció Joyce a la hora de escribir, salvo (tal vez) Dublineses. En todo caso, uno quisiera dejar un monólogo a lo Molly Bloom, la esposa de Leopold, el heroico y absurdo protagonista. Sí, hay un argumento, tal vez: no tenemos trama, pero hay quien la atraviesa. Quisiera (insisto) un largo viaje adentro, una maniobra onírica, de la que salga algo en claro, aunque sea la rotunda incertidumbre, la levedad de estar y, al tiempo, de poder salir y ver qué hay afuera, pero que exista la posibilidad del regreso, que no sea el viaje demasiado caro. Como esta voluntad mía, tan literaria o tan idílica, no es posible, me quedo en la tarde irreversible, con su cielo hoy gris de agosto, con el café a medio tomar, abandonado en un aparte accesible de la mesa, firmemente comprometido con la realidad de la que descreo. No lean Ulises o léanlo con el dispositivo de la conciencia completamente abierto. Fluyan con ella a la vez que el mismo libro fluye a su manera. Dos ríos. El libro es uno y el lector, a su antojadiza manera, otro. Cambia lo leído y cambia quien lo lee. 

1 comentario:

eli mendez dijo...

Tanto la lectura como la escritura están relacionadas (o deberían) con el placer... El gusto por la lectura se cultiva, pero muchas veces y sobre todo en educación sistemática se incurre en lo que considero un error en cuanto a gustos futuros ya que se obliga y evalúa a los alumnos en la interpretación de textos( como por ejemplo clásicos de la literatura) cuando no están preparados para disfrutar de los mismos..Todo tiene un proceso, en donde los profesores y padres cumplen un rol determinante en esto de "hacer gustar de un libro...considerarlo mágico"..Que lindo cuando se leen libros en casa desde "siempre" .Esos niños/jóvenes/ adultos seguramente leerán y fluirán con cada una de sus lecturas...Dejo mis saludos...como siempre...un gusto pasar por este espacio

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