Tal vez no debamos tocar nada, dejar que el rigor del tiempo maniobre a su antojadizo capricho y estrague la limpieza de la madera y arruine la pulcritud de la piedra. Nada que enturbie la presencia de una puerta o una ventana en una calle. Ni siquiera un edificio entero, más ofrecido, diría uno que vivo, como si respirara y se doliese o se conmoviera o festejara su existencia, tampoco sabremos cómo. Se trata de preservar la dignidad, no creo que haya más. Hay algunas que tienen esa dignidad muy a pesar del aspecto que ofrecen. Es más: ganan en ella cuando exhiben el tráfago de los años. Se las mira con respeto. Cuanto mayor es su deterioro, más se cree en su nobleza y en la bondad de su oficio. Igual que las personas.
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