26.2.18

Hoy es el mañana que nos dijeron ayer




Siempre asombra constatar que hoy es el mañana que nos dijeron ayer. Del tiempo se tiene siempre una impresión confusa, no hay criterio fiable con el que manejarlo, se sale siempre con la suya, nos zarandea, nos conforta, nos enferma o nos salva. Posee la virtud de curar y la contraria. Confiamos ciegamente en él cuando nos abaten los problemas y sentenciamos con convicción que será él quien nos rescate. De hecho suelo hacerlo. El tiempo es lo que somos, pero no tenemos propiedad sobre él, no se le confiere rango de cosa poseída, se escabulle o nos abraza. Es su antojadizo capricho (cómo me gusta casar esas dos palabras) el que gobierna nuestros días y nuestras noches. Siendo el bien más preciado, no habiendo otro que rivalice con él, le hacemos poco aprecio, no le damos el asiento debido en nuestras prioridades, no se le concede la autoridad que merece. Miramos otras cosas, pensamos en otras cosas, pero no en el tiempo. Se hace uno de objetos que ocupan un lugar distinguido, preeminente. Cuando el objeto anhelado se gasta, sin que tarde mucho la mudanza, elegimos otro con el que satisfacer el hueco que dejó el sacrificado. Está el hoy tan lento y está el ayer tan breve. Del mañana no tenemos consideraciones prácticas, del futuro nada se sabe. El pasado es un historia que cada uno cuenta como le place o como conviene. 

K. me dijo que la literatura entera es una reflexión sobre el tiempo. Que no hay autor que no lo haya incrustado, con mayor o menor vehemencia, en su obra. Discrepé sin entusiasmo. Uno escribe de lo que le rodea o de sí mismo. En ambas posibilidades todo está impregnado de tiempo. Si releo todo lo que he escrito es el tiempo quien acapara mis atenciones más intensas. La certeza de su paso lo ocupa todo. También otras certezas: la de su severidad, la de su supremacía. Tampoco sabemos nada de lo que aguarda cuando el tiempo concluye. Asombra la fugacidad. Siempre es fugaz su paso. Hay días que pasan en un soplo. Días que parecen rebajarse en tamaño, días que hacen creer que contravienen (a su capricho) las leyes de la naturaleza. Días que son uno y parecen muchos y también el reverso: jornadas repetidas que son siempre la misma tediosa y conocida jornada. Luego están los días que no acaban. Días que duran más de lo soportable. Días que se hacen eternos y que parecen contener varias vidas. Nunca se extrae una lección útil de estas evidencias. 

Anoche, como una costumbre antigua, leyendo nuevamente hojas sueltas de Pessoa, en un rato entre la cena y la serie que vemos en casa, ahora una meramente de distracción, pensé en lo dura que fue la vida de este hombre. Por extensión, pensé en lo dura que es la vida en general, en los versos de Miguel Hernández y eso de que se pena mucho para acabar muriéndose uno, pensé en las escasas instrucciones con las que se nos instruye para que la recorramos y también  en la fe y en su ausencia, en la felicidad de los que creen y en la felicidad de quienes no lo hacemos. Cada uno avanza según su voluntad. A todos nos une la misma oscura filiación: la del tiempo, la de esa incógnita de la que sabemos tan poco o de la que no sabemos nada y con la que batallamos y de la que nos valemos. Al final será verdad que en el fondo todos somos teólogos. Hacemos conversación sobre Dios y tenemos algo que decir y algo que rebatir de quien nos escucha y cuela, en nuestras aseveraciones, las ajustadas o desastradas suyas. Ejercemos el oficio sin obligaciones, un poco lúdicamente, como si hablar de las grandes preguntas (las de la filosofía, sí, ésa que desean apartar de los planes de estudio los lumbreras del ministerio) nos liberara de tener que sufrirlas por dentro. Cada uno avanza según su voluntad, pero el guión es el mismo, el autor de la trama es el mismo.


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