22.2.18

En la muerte de Forges



Nunca hay edad para morirse. Ninguna de ellas es razonable. Se pierden siempre muchas cosas cuando uno se muere. Lo más doloroso no es que a uno le convoque la injusta parca. El finado creyente cree que seguirá una vida arcangélica y dulce a la derecha del Padre, lo cual es un chollo metafísico. El incrédulo muere y ahí acaba la historia. Al menos, antes de palmarla, así piensan unos y pensamos otros. El dolor (insoportable muchas veces) es para los que quedan vivos. De pronto pierden una parte de ellos que no volverá. No hay manera de entender (ninguna, ninguna) de que nos retiren a los que amamos. Se tarda una vida en recomponer el paso, en despachar sin pesadumbre ni duelo el tráfago de los días, en salir a las calles y en encontrar nuevamente el ánimo, que es volandero y huidizo y a la primera de cambio, a poco que se le descuadra el paisaje, nos abandona, dejándonos hechos polvo. A mí hoy me ha dejado así, un poco hecho polvo, que haya muerto Forges. No dudo que la vida sigue y que es una muerte lejana, de alguien con quien jamás tomé café o a quien nunca di un abrazo, pero ojalá hubiese hecho ambas cosas. Imagino que hubiera podido hacerlas sin problema. Se conoce a Forges después de haber leído miles de sus viñetas. Muchas están incrustadas en mi cabeza, muchos de sus textos los sé todavía de memoria, soy capaz de recitarlos y de describir en donde los alojó, qué finura se le ocurrió para hacernos ver precisamente eso, que la vida sigue. El humor es lo que hace que todo siga girando. El humor y la belleza. Luego está el amor, que mueve el cielo y las estrellas como quería Dante pensando en su dilecta Beatriz. Pero la risa es la evidencia primera de que todo funciona como es debido y la luna ocupa el arco celeste cuando el sol se esconde. Hoy estamos todos un poco más tristes, un poco huérfanos también. Es una orfandad prevista. Por la enfermedad que lo roía por dentro, por esa edad (ninguna es razonable) en la que se prevé con más fundamento que algunas personas puedan dejarnos, pero costará abrir El País (en papel, cuando se compra) o el navegador del móvil o del ordenador y buscar su viñeta. Era el buenos días de un amigo que nos pone la primera sonrisa. No se sabe si luego vendrán más. Están los tiempos un poco jodíos y cuesta reír o cuesta hacer que los demás se rían. Descansa en paz, Antonio Fraguas de Pablo, no te podrás morir nunca del todo.

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