23.4.14

Festejando el día de los libros



                                           
                                             dibujo: Max


Hoy se festeja el día del libro. Prefiero el festejo a la celebración. No sé, parece más hondo, de más fuste eso de festejar. Hoy debería ser el día de los libros, de los derechos de autor (ese añadido es muy actual, muy chic, muy de dow jones) y de la lengua. Todos los días son el día de la lengua. Los libros vienen después. Los libros son la consecuencia. Lo que festejamos es que tenemos un idioma maravilloso. En eso creo de verdad. 



Donde Francisco Gómez de Argote se ocupa de despedirse y encomendar su alma a quien con esmero la acoja


Mientras que en la ligera sombra prospera el frío y los árboles desalojan el rumor de los astros y convidan al paseante a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto. Y juro haber visto las cosas que al hombre le afectan y también las que no, las empresas del cielo y las entenebrecidas del averno. Yo soy el poeta, aunque esa circunstancia no me procure la riqueza con la que otros se despachan en las tabernas y en sus haciendas, bebiendo sin preocuparse de donde dormirán la cogorza. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. 


Sin entrar mucho en honduras, me preocupan más los adjetivos y la contabilidad de las sílabas que las posesiones de ultramar de mi rey, al que no le tengo mayor afecto que el que le profeso a las bestias de las cuadras o a los mercenarios de los ejércitos. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra. Embastado el seso al cuerpo exigente del soneto, carifruncido y enfermo a veces, ciego al dolor en otras, comido por las urgencias naturales de la vida y conminado a volcar en la hoja el dolor infinito de la muerte, buscando quién sabe si a Dios en este dulce instrumento que es la poesía, pero no soy hombre de santos ni tengo al cielo como el cobijo al que aspira mi alma enferma. Sé, no obstante, que algunos festejarán mi ausencia. No ha sido mi elección la del amor hacia los otros sino la puya y el desdén, obra de mi carácter, de escasa dulzura o ninguna, de poco apresto al concilio y de mucha inclinación al desplante. 

No buscando la fama, encontré cierta posición social que no desdeñó. Fui amigo de nobles, de putas y de bufones y hasta gané la enemistad de algunos reyes. La vida cortesana, tan rebajada a lo mundano, nunca me hechizó. Fui de los que paseó los pasillos palaciegos, abrió cancelas y platicó con sus dueños, pero lo hice campechanamente. No hubo en mí ninguna de las banalidades que en otros adquieren el rango de virtud. En mis adentros obró a su antojo, sin que mi voluntad lo arredrara, el milagro de lo profano y de lo sacro y de esa mixtura dulcísima, de esa coyunda feliz extraje una poco piadosa visión de las cosas. Quienes me condujeron a los cargos eclesiásticos que disfruté no cayeron en la cuenta de mis dispendios. Tampoco se interesaron en ver si en mi casa gasto libros de salmos o ocupo los muros con cuadros de ángeles. 

Si todo esto que relato contribuye a que mi figura no sea tan amada, lo aplaudo, pero no me resta sueño si en estos días últimos me visten con ropajes embusteros y de mí dicen lo que no procede. No solo me entregué a los libros y a las letras de los libros. Amé obstinadamente la vida al modo en que se ama lo que se sabe huidizo. En eso hay algo de mi sesgo crispado, de mi voracidad dialéctica, de todo eso que las habladurías, en ocasiones, cuentan de uno y que, a poco que se escuchen con atención, se advierten ciertas. Me irrito con poco, me crispo con nada, me inclino a pensar que el natural del ánimo es enarcar mucho las cejas, adoptar una postura escéptica en el discurrir de las cosas y nunca, bajo ninguna circunstancia, por recomendable que parezca, ceder a la opinión ajena si existe una propia que rivalice con ella, aunque sea con timidez y sin entusiasmo. 

Dicen los que me traten que me falla la memoria. Todavía alcanzo a escribir sin desmayo y nombro con absoluto rigor los dioses de la antigua Grecia y los héroes que en los libros me iluminaron. Muy de ordinario manejo las filigranas del verbo y hasta me acomodo con soltura en las cárceles del lenguaje, que son muchas y precisan de fineza y de ingenio como pocas. He andado camino, refugiado del invierno en posadas, conversado con el pueblo y me he arrimado, sin la ronza de algunos, a las castas de más fuste. Todas esas travesías han avituallado de milagros y de tristezas, de asombros y de penurias también, esta insobornable querencia mía a dejarlo todo por escrito. Encuentro en el oficio de escribir el placer que no hallo en el de la vida. Por eso perseguí sombras y abracé engaños. El hospedaje de los años lo estoy pagando ahora en este lecho en el que yazgo. 

No poseo otra riqueza que mi nombre puesto que desconfío de lo que todavía me aguarda y no dudo de que me cubrirán ya sin remedio las aplazadas verdades del mundo. De mentiras viví mientras que las mentiras me colmaron. Y bien colmado que estuve. Gocé e hice tal vez gozar, aunque no es esto de lo que hablo asunto de lubricidades sino materia del espíritu. En la palabra, en su dormida ribera, fluye el río de la vida, en la que yo me he afanado y de la que ya, aquejado de quebrantos que no gobierno, me despido. Quiera el céfiro y quieran los astros en la callada bóveda de la infinita noche que sean mis letrillas alimento del que las busque. No hay otro fin en este viaje que concluye que el de legar algo que de algún modo alivie el dolor que padezco. Esplendor mucho, ceniza poca, he dejado escrito. Que el recinto que guarde mi cuerpo no se abruma de visitas y no se sepa a ciencia cierta en dónde me hallo y a qué inclemencias de las estaciones me expongo. 

En la comisión de mi cabildo, me obstiné en el imposible de conceder prebendas a los míos. Conforme he ido avanzando en años y en dolores, pues la vida es un dolor minuciosamente administrado, he confirmado la idea de que la belleza salvará al mundo del caos y de la barbarie. Los ejércitos librarán sus batallas en las extranjerías, los reyes recibirán las reverencias de la grey, pero los poetas conduciremos al alma al parnaso y la dejaremos allí, prendida a un endecasílabo, encendida de los abundantes júbilos de las letras. Las mías las dejo al antojadizo dictamen de mis críticos. Sé que fui odiado como sé que odié. No fui hombre de armas y no me escondí en las sombras, a la espera de amandoblar a mi enemigo, que tuve en número grande. A mi funeral acudirán todos. Ninguno que se tropezara con mi ceño fruncido o con mi oratoria cainita perderá la ocasión de verme hundido, afincado en la tierra, convertido en huésped de la eternidad ilusoria del barro. Lo harán para comprobar que me meten bien hondo y que me echan encima una buena cantidad de tierra. A cada paletada sobre la madera, mayor será su alegría. Los que me amaron, quienes tuvieron a bien dispensarme su afecto, nada les pido salvo eso que los que escribimos siempre llevamos bien a gala y que consiste en no dejarnos morir del todo. Que leyéndonos, vivimos. Que en el ejercicio de la lectura, nuestra voz se iza y perdura, ayuntada con las otras que también trabajaron en esta dura empresa de contar los sucedidos. 

Me queda, al cabo, la duda habitual, la tosca e imprudente, imagino. Si todo fue razonable, si me enamoré poco o incluso no llegué a enamorarme siquiera porque no me fío de los otros al imaginar que pudieran ser, en lo suyo, parecidos a mí. A los mentecatos les tuve aprecio. Uno ve en los tontos alcances que no advierte en los iluminados. Le dan materia sobre la que explayarse. A mí me la dieron a mansalva. Encontré distracciones en ellos que me salvaron del aburrimiento, que es una de las inclinaciones del alma de las que más huí. Creo que, a pesar de todo, con mis defectos, muchos, no solo éstos que aquí ofrezco, no me aburrí jamás. Los demonios del tedio no se lucraron con mi apatía. Ignoro si en el sitio al que parto dispondré de papel y de pluma. Puestos a no saber, tampoco poseo certezas sobre si partiré, en efecto, a alguna parte que, en algo, en lo de más fundamento, me haga sentir como en casa. No habrá cortes distinguidas en el cielo, al que no iré, ni burdos arrabales en el infierno, donde no me querrán. Fuera de esto, prefiero la sutileza a la ordinariez. En esto gana el cielo, ya presumo. Solo hay que leer las escrituras, solo hay que sentarse en un banco en la misa y dejarse arropar por las palabras de los apóstoles o por los hechos de sus hijos en la fe. Ya me voy despidiendo. Para quien lea esto, le ruego que acepte, en lo que valga, mi disculpa. Una sola disculpa, una que se descomponga en otras y ocupe la extensión entera de todas. Os dejo, parto, me siento débil y no gobierno ya ni lo que escribo. Seré tierra, humo, polvo, sombra, nada. 



Texto corregido sobre el que publiqué en Barra Libre. El maestro Gómez de Argote merecía un lifting, un detenerse, que dice mi amigo K. 


3 comentarios:

Eduardo Llopis dijo...

Todos los genios son unos hijos de puta. Todos se lo tienen muy creído. Todos merecen el cielo, porque a ellos les encantaría caer en el infierno y cepillarse a todas las pecadores con quienes no tuvieron pimpampúm en la tierra.

Eres un crack.
Eres un martillo.

Carmen Roldán dijo...

Me gustan los clásicos, que leo poco, sin embargo.
No sé si me echa hacia atrás el lenguaje tan cargado o es que va una a lo fácil, a lo sencillo, y prefiere evasión, cosas ligeritas, sin las honduras de las que hablas en otros escritos tuyos.

Quevedo: no lo he leído, lo confieso. Ni a Góngora, el otro en la lista.

No voy a remediarlo, pero esto que has escrito me ha gustado mucho, como todo lo que escribes.

Buen findesemana...

Germán Moreno dijo...

Quedo a su letra, le rindo mi afecto eterno por este texto.