28.2.13

La nieve de las palabras

En principio creo que hablo más que escribo, pero hay ocasiones en las que pienso en que debería escribir más de lo que hablo. En otras, a lo visto, más valdría no excederme ni en escribir ni en hablar y esmerarme en leer o en escuchar. Pasa que cuanto más leo, por lo general, más ganas me dan de escribir y que, en la misma trama de afinidades, cuanto más escucho, más me animo a hablar. Puedo controlar tres de esas formas de entablar un diálogo con el mundo. Con la que no hay manera de rebelarme es la de escuchar. No sé cómo librarme de esa influencia. No vale el recluírme. Dentro de casa hay vías por las que se adquiere una noción bastante exacta (a veces atropellada y brutal) de lo que pasa afuera. No tengo ninguna convicción firme sobre lo que hacer. Si adiestrarme a tiempo completo en el oficio relatado (leer, escribir, hablar, escuchar) o declararme incompetente durante unos días y ver después en qué he ganado o qué he perdido durante la convalecencia mediática. A lo que me cuesta renunciar es a pensar. Juro que lo he intentado con ahínco. He probado a dejarme llevar. A no ahondar en las cosas. A verlas venir y a no interponer contra ellas ninguna declaración amistosa u hostil. Dejarse ir tiene su pequeña cuenta de daños. Todo a lo que uno renuncia regresa más tarde más fieramente. He comprobado que el azar no es azaroso completamente. Que te guarda las cosas. Las buenas y las malas. Quizá más de unas que de otras. No sé este quebranto mío de jueves nevado en mi pueblo a qué conduce. Puede que no sea su cometido el llevarme a ningún sitio. Se está bien aquí, a pie de teclado, mientras afuera el día está norteño y la nieve ameniza la mañana, escuchando a Keith Jarrett en Colonia a un volumen muy discreto, esperando salir después a tomar una cerveza con los amigos. Es posible que en la barra del bar, pensando en todo esto, recule y me escandalice mi promiscuidad verbal. De verdad que no lo hago por molestar. Es que hay veces en que me duele la realidad y no sé cómo atajar el dolor. No tengo otra cosa a mano. La palabra. El vértigo de las palabras. Toda esa fiebre de las palabras. Y ahora me disculparán. Voy a quitarme el forro polar rojo incandescente, el pantalón gordo de estar en casa y las zapatillas de paño y me voy a vestir para la ocasión. Me calaré la gorra. Pasearé Lucena como si no la conociese. Casi nunca pasa eso. Ver las cosas como si fuesen nuevas. No pensarlas. Sentirlas. No someterlas a la inteligencia ni a la experiencia. Simplemente acunarlas dentro como una música.


La fotografía la ha volcado en su muro de Facebook Guadalupe Doblas.

6 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

La nieve -insólita en un pueblo del sur- te ha deslumbrado. Has creído ver la página en blanco de un nuevo cuaderno vital a estrenar. Sin embargo, ya ves, se perciben en la fotografía las primeras huellas; pisadas que son palabras en la nieve.
Y como dice Serrat:

Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto.
Del derecho y del revés
uno es siempre lo que es
y anda siempre con lo puesto.
Nunca es triste la verdad,
lo que no tiene es remedio.

Antonio Ramos dijo...

Un muy bello palimpsesto, foto y texto.

Merche Cruz dijo...

No es bueno someter todo a la inteligencia o a la experiencia. Es bueno ese dejarse ir que dices, pero no es posible. Salvo que seas el Papa Santo de Roma y decidas irte a una finca la hostia de grande, a rezar, vamos, hombre.

oleole dijo...

Hermoso texto, Emilio, del que me quedo con un imposible: no hablar, no escuchar, no leer, no escribir. A dónde vas, oh descerebrado?
En todas maneras, es una buenainiciativa, pero te vas a quedar solo y no eres tú de mucha vida introspectiva, de contemplación y de rezo, me equivoco, señor?

Ramón Besonías Román dijo...

¿Mudando de piel, Emilio? Después de hibernar, pide cuerpo y alma pelaje nuevo. Pero Emilio sigue siendo Emilio,... por ventura.

Alberto Granados dijo...

Los inseguros somos de hablar, de escribir, de leer, de reflexionar o escuchar según el momento y el estado de ánimo.
Ahora no leo apenas (salvo a Muñoz Molina y su análisis del desastre, digo de la situación y a Rafael Guillén): no abro blogs, apenas escribo de trámite y estoy en un momento de reflexiones y proyectos que ya veremos si encuentro el momento (y su estado de ánimo) para ponerme a hablarlos, escribirlos, y leerlos para la revisión.
No somos, Emilio: solemos estar. El viejo maestro Aute nos lo cantaba: el pensamiento es estar siempre de paso.

Un abrazo,

AG