24.2.13

Amor / Morir es una inconveniencia



De Amor, la última película de Michael Haneke, nadie sale indemne. De hecho, cabe la posibilidad de que no haya posibilidad de escapatoria. Que el espectador, después de abandonar la sala de proyección o la cómoda butaca de su salón, prosiga contemplando la película, extrayendo trozos a conveniencia, fijándose en detalles que se le habían pasado por alto o que, en la primera ocasión, no concedió excesiva importancia. El de Amor es un cine incómodo, que practica una violencia doméstica, desparejada de su lastre físico, enmarcada en la rutina de una pareja de ancianos que ven convulsionada su vida cuando uno de ellos empieza a demostrar inaplazables signos de decrepitud. El discurso de Amor no es en sí mismo el amor que evidencia esa pareja, el que ha hecho que amasan una biblioteca gigantesca y vivan un retiro dorado, con un gran piano presidiendo el salón y amables conversaciones sobre la travesía de los años compartidos mientras desayunan en la cocina. Es la muerte, la inasible, la indeclinable, la que impregna toda la trama. 

El búnker de amor de Georges y de Anna se desmorona cuando lo visita la enfermedad. Se le empiezan a abrir las costuras, entra el frío. Lo que el deterioro de Anna produce es la constatación brutal de que lo peor de que la muerte te robe un ser amado es que no tenga un finiquito noble, acorde a la belleza de la vida que está sacrificando. Y Haneke desmonta el idilio amoroso, el mantenido durante decenas de años, filmando las piezas más sencillas de ese derrumbamiento. Georges lee la prensa a Anna en la cama. Georges la incorpora después de que haya usado el inodoro. Probablemente el amor consiste también en la ejecución de una serie de obras menores, irrelevantes a los ojos de la belleza, intrascendentes, que únicamente ocupan un lugar en el mecano silencioso de las horas. Ninguna de las cosas que el marido hace por la esposa le distraen del hecho fundamental: el hecho de que son testamentarias, últimas. Lo que el marido no acepta, contra lo que batalla inútilmente, es la mediocridad de la enfermedad. No admite que Anna, a la que ama, se vaya perdiendo y no sea capaz de valerse por sí misma ni sea capaz, ya al final de la vida encamada que padece, de expresar lo que siente, de articular una palabra inteligible, de rememorar con él los paseos en los parques, la crianza de la hija o la didáctica de la música a la que no renuncian. Jamás he visto, por otra parte, unos actores tan involucrados en un papel. No parecen en absoluto figurantes que recrean un guión. Te los crees como jamás has creído a nadie que te haya engañado en una pantalla de cine. Fomirdables (es poco eso de formidables) Jean-Louis Trintignam y Emmanuelle Riva.

Amor es en realidad un film sobre la honorabilidad de la muerte. Decía que no es posible salir indemne de esta obra. Cuanto esboza o cuanto fija de un modo indeleble concierne incluso al más alejado del espectador a quien se supone que va dirigida. No hay film de Haneke que, visto en esta perspectiva, no consiga conmocionar, apelar a cosas que llevamos dentro y que afloran visible y certeramente. Haneke tiene la virtud de hurgarnos como a veces no creemos que pueda hacerse. Nos violenta, nos enfrenta al extrañamiento del mundo, a su vértigo y a su fiebre, a lo que nos aguarda y a lo que tememos. Haneke es un cronista del extravío de vivir. Por eso ha fijado su mirada en la conclusión de ese extravío, en la muerte no contemplada como un arrebatamiento sino como una impertinencia. Deja claro, a poco que sintamos el dolor de Georges como nuestro, que morir es un acto infame, uno que deshace a brochazos una pintura formidable en la que hemos estado ocupados y a la que hemos dedicado la más feliz y obstinada de las convicciones. No sé si he visto alguna otra película (o leído algún libro) en el que la vejez sea registrada de una manera tan lírica. No hay un discurso abrupto. No está el Haneke áspero, de discurso hostil, que perturba (La cinta blanca, las dos Funny games) sino uno nuevo, delicadísimo, de una contención absoluta en el modo en que cuenta una historia muy, muy incómoda, que nos afecta más de lo que podríamos permitir en la limpia oscuridad de una sala de cine, que traspasa la placenta idílica de la ficción, taladrando las defensas que creamos para evitar el caos y el miedo, accediendo a un lugar al que solo en ocasiones puede llegar la sensibilidad de un extraño cuando nos cuenta al oído una historia de amor.

4 comentarios:

Isabel Huete dijo...

Tal y como lo cuentas me has traído recuerdos que siempre he intentado espantar aunque no me haya sido posible: la larga y dolorosa (año y medio) agonía de mi padre a causa de un derrame cerebral. Su deterioro mental contínuo y la resistencia de mi madre a entender lo que estaba pasando, su negación de la realidad, su esperanza vana en que las cosas volvieran a ser como antes, sus largas conversaciones con alguien que, al final, ni la escuchaba ni entendía ni una sola de sus palabras aunque ella se empecinase en que eso era imposible, que el milagro estaba por llegar. De los dos, fue quien más me dolió ver y ya nunca volvió a ser la misma aunque su amor a la vida estuviera por encima de cualquier otra cosa. Luego tuvo la suerte de sufrir la muerte más dulce y sencilla, la que yo siempre deseé para ella el día que le llegara.

Carmen dijo...

A mí me dolió mucho Amor. Tanto que incluso me ha dolido leer esta prodigiosa reseña suya, que atrapa lo esencial del film de Haneke. No puedo ver Amor con ojos limpios porque viví exactamente eso, en su mayor parte. Lo viví y lo viviré, probablemente. La vida es muy dura. Tienes un rato y escribes en un blog pero la myor parte del tiempo están pensando en todo lo doloroso que te está aguardando. No es un buen pensameinto para acabar n domingo pero es lo que pienso. Un saludo y gracias a pesar de todo.


Luc dijo...

Anoche disfruté viendo al señor Haneke subir al escenario y recoger su estatuilla. Subió el nivel de la gala. Es un hombre de cine, que no admite modas, que vive al margen de las tendencias y hace lo que le viene en gana. Pocos pueden decir eso. No he visto esta película, que espero que salga pronto en DVD. Sí que he visto otras suyas. Funny games me parecio un brillante ejercicio sobre la violencia, pero no sé por qué hizo dos versiones. No sé de cine, sé de emociones.

Mar Iglesias dijo...

la muerte no es infame,solo inevitable, cosa que no es la vida, pero lo odioso es la enfermedad, la dependencia, a veces la muerte es solo la liberación..