31.1.12

Un río se llama Miguel




Tengo un amigo fascinado por los ríos. Le causan el estupor novel del Adán primero al ver el primer río. Le procuran el asombro con el que se funda la inteligencia y se alumbra la sensibilidad. Perplejo, asombrado, inteligente (un poco por lo leído y un mucho por lo vivido) y sensible (estallan las metáforas a ras de la epidermis, le sobrevienen súbitos accesos de endecasílabos a poco que se le cruce una manada de sílabas), da a los ríos la mayor de las trascendencias. Los arma de sabiduría y hace que en sus aguas discurra la filosofía de lo sencillo y de lo ameno y la otra, la de las cosas herméticas, la de la esencia oculta. A los ríos mi amigo los cubre de palabras y de canciones. Los pastorea al modo en que los poetas vigilan y tutelan el ritmo y las voces del verso. Los mima con el afecto de que han encontrado un vicio sublime en la observación de su cauce, en el registro de sus meandros y de sus desembocaduras. La última, sabemos, es la muerte, pero antes de que el río libre en el mar todo su bagaje de vida, las aguas invitan a una conferencia fantástica. Uno se acerca a su transcurrir y escucha a Heráclito y a Borges, oye el tintineo del tiempo y aprecia la vida como un don precioso y como un festejo invisible. Porque los ríos, incluso los pequeños y los más míseros de caudal y de fauna, enseñan a vivir si uno se apresta al convite del ruido que producen al paso y se deja crucificar por el espectáculo sublime de su tímido (pero inagotable) paso ante nosotros. Pasan los ríos, amigo. Quedan las palabras, los rituales que a veces damos a lo que nos afecta y a los que nos fascina. A ti, los ríos. Los vuelcas a diario en lo que escribes. Abrevamos, bestias lúcidas, a comprender los ritos de paso y las palabras primeras de la tribu.  Andas como loco a la búsqueda de los ríos que no conoces. Los de la vida y los de la geografía. Y algunos aprendemos de ese itinerario y bendecimos que gente como tú alardee de amor por lo que le da vida. A mí, en confidencia de martes por la tarde, me la da una canción del Jefe de modo que aúllo de gozo cuando la escucho y la entiendo, en lo que cuenta y en el pequeño país de alegrías que me regala. Esta versión, una de las mejores, va hoy por ti.




7 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

¿Qué fue primero, el río o Miguel? Está claro que aquí, ni huevo ni gallina: Antes fue el río. Y, si me apuras -o me circunscribes- , primero fue Miguel Ríos.

Lo que está claro es que un trasvase como este, sobrevenido cual riada, amenaza con desbordar el cauce ancho por el que avanzamos o miramos desde nuestras orillas. Pondremos un dique de contención a la emoción para que la gratitud no se enturbie con ninguna turbulencia.

Ahora el río es El Jefe. Disfrutémoslo y ¡al agua!.
Un fuerte abrazo, mon ami.

Anónimo dijo...

Ríos que dan a parar a la amistad.
El Gánges de las palabras es esta palabra. Sana leer, conforta. Un abrazo sincero...

Ana


posdata:
estaré ocupada en los próximos meses, labores indispensables para que las cosas buenas pasen, así que no escribiré comentarios. Imagino que al volver habrá 120 post de estupendos.

Juan Herrezuelo dijo...

La luz de tu merecido homenaje le arranca destellos a la superficie de esa lenta armónica, lenta y navegable, con ondulaciones en saxos que permanecen de este lado, el de la vida. También yo me atrevo a llamarle amigo a Miguel, también yo me inclino en sus márgenes riográficos y tomo sus limpios versos con las dos manos y bebo. Un abrazo a ambos: con vosotros al teclado, Córdoba nunca fue menos lejana y menos sola.

José Luis Martínez Clares dijo...

Un homenaje espectacular y merecido para el amigo Miguel. Además, que el jefe haya pasado por tus renglones es una forma armoniosa de continuar hacia el mar. Saludos admirados

alex dijo...

¿Sabes?, corro a diario junto a un río: el Arga. Apenas siete u ocho metros me separan de su cauce. Le veo transcurrir, a veces pausado, a veces encabritado, y sigo sin entender qué mecanismo pone en funcionamento dentro de mí para conseguir que me quede embobado mirándolo en ocasiones. En otras sigo su curso mentalmente hasta llegar al mar. La canción del Boss me acompañó cada día de mi adolescencia, ese otro mar.

Isabel Huete dijo...

Lo que más me engancha de los ríos es el murmullo de su transcurrir. El murmullo del boss también me engancha pero necesito refugiarme en otro espacio más recogido para escucharlo.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Las gracias van a todos los que se han dejado caer con un comentario, los amigos, siempre. El agradecido, lo sé, es Miguel. Por sus ríos. Por su querencia y su manera de vivirlos.