27.1.12

Togas de serie B, almas de serie A



 I
Lo malo de no saber leer entre líneas es que te puedes perder el meollo de las cosas, la sustancia del texto, la trama invisible escondida en la trama que se ve. En lo de Camps, en su absolución judicial, leemos a tientas, un poco perplejos y otro poco azorados, el fallo público, el que se iza a lomos de la realidad como un sol cabalgando un horizonte, lo que le exime de rendir cuentas a la sociedad y lo aúpa otra vez (ya lo ha dicho él mismo) a la cosa política, al gobierno de sus asuntos. Lo de los juicios es una materia más novelística que otra cosa. Los airean fascicularmente. Los venden arropados por una campaña de márketing que ya quisieran algunas producciones de la industria del entretenimiento. Al público no le importa en demasía la naturaleza del delito que se juzga. Lo que le pone es disponer de un material narrativo de primer orden, con sus inflexiones argumentales, con su vértigo literario y con su ración decimonónica de suspense. Una trama con ribetes trágicos o una confiada a la riqueza metafórica de lo corrupto. Un desgraciado episodio criminal o uno más venial del tipo vaciamiento de las arcas municipales o la invención de una sociedad fantasma que bombea euros a un paraíso fiscal en las islas Caimán. Lo venial nos decían que no era mortal. Ahora sabemos que los pecados mortales solo suceden en las misas de los domingos. Una buena misa de domingo es en realidad un juicio velado. El pecado sustituye al delito. Si a la religión le extirpamos su naturaleza estrictamente literaria pierde todo su poder de fascinación. Si a los juicios ordinarios le extraemos su condición novelística la pierden también. No me atrevo a pensar (o sí) qué sucedería si eliminamos de la Historia del Cine el género judicial. Tampoco si a la literatura evangélica le substraemos de cuajo todo lo que ataña al Juicio Final. Vengan a mí sus trompetas, el apocalipsis me ciegue si miento.

II
En estos tiempos, un juicio es, más que un conflicto librado entre dos partes que se dirime al amparo de la ley, un espectáculo mediático de primer orden., una especie de thriller en el que el suspense guía toda la trama. Dicho todo esto de otro modo: la realidad es un negocio, la creación entera es un fantástico artefacto industrial en donde Camps o Urdangarín o Garzón son en el fondo piezas intercambiables, actores patrocinados. Los trajes del expresidente valenciano o los cheques del yerno del rey son, en realidad, los mcguffins necesarios para que ruede la trama. Incluso se engrandece al personaje cuando lo azota el peso de la ley y se sientan en el banquillo de los acusados. Hoy nadie omite de la biografía de Oscar Wilde, de su grandeza literaria, el juicio en el que se le acusó de indecencia grave. Nadie excluye la indecencia de los ingredientes del arte. En el ángulo bastardo de esta reflexión caigo en la cuenta de un programa, no sé si ya difunto, en el que se recreaban juicios alternativos a los aparentemente legítimos. Novelas de serie B. Pulp fiction pura. Pecadillos de la masa proletaria.


4 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Es cierto que los trajes son un mcguffins. En el caso de Camps, lo peor no es la indecencia de trapichear con unos trajes sino que ha dejado a su Comunidad en la ruina más absoluta. Eso debería ser un delito castigado con severidad. Saludos

Olga Bernad dijo...

No habrá ningún castigo para él, puesto que se le considera no culpable (¿es inocente?).La peremne sonrisa de este hombre forma parte ya de nuestros castigos.

Manolo Delgado dijo...

Permíteme, Emilio, copiar y pegar como comentario a esta entrada en tu blog lo que, pensando en la justicia, subí ayer al facebook:

"¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados...! ... No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen." (Don Quijote de la Mancha, primera parte, capítulo XI. Miguel de Cervantes).

Isabel Huete dijo...

Quizá predomine lo novelesco, la trama inquietante, los personajes engañosos... Cierto morbo en los espectadores... No lo sé, pero a mí todo esto me da mucho asco y no puedo permanecer impasible.