1.10.09

Escarbando...



Cuando un pintor inicia un cuadro, y sobre la imprimación todavía fresca empieza a definir las primeras manchas y zonas de luz, parece que está... escarbando. Todo está allí, en la tabla. No hay más que sacarlo.




Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si a la forma o al fondo. Se queda en esa tierra de nadie en la que las cosas suceden sin que podamos controlar el efecto que nos causan. Porque tal vez no causan efecto alguno o porque el efecto es tan enorme que no sabemos administrarlo y se acaban despeñando. Piensa que ha perdido miserablemente el tiempo o que lo ha ganado a costa de un esfuerzo gigantesco que ha consistido en mirar un cuadro y buscarle la luz en donde únicamente se exhiben sombras. Hay quien mira cuadros como quien busca a Dios en la oscuridad de un sueño. Quien entra en trance. Quien abre mucho los ojos y luego le cuesta aceptar que la realidad es infinitamente menos rica en detalles y hermosa que el cuadro al que se ha entregado. Uno entra en un museo con esa reverencia ante lo mágico con la que nos postramos ante una divinidad. Todos estos años de vigilia teológica han hecho que el lenguaje esté así de contaminado de sacralidad, qué quieren que les diga. Queremos describir las profundidades del alma y nos sale un arrebato místico, una retahíla de verbos nobles que han tenido roce sintáctico con adjetivos más nobles todavía. Y al igual que los tiranos del mundo siempre han buscado que sus mercenarios quemen los libros y conviertan la cultura en una utopía, también han procurado cerrar los museos, privar al público del arte, que es una extensión (la más hermosa sin duda) de la libertad. Por eso cuando a principios de septiembre pisé el Museo Reina Sofía, en Madrid, respiré hondo y pensé (sin confiar mi extravagancias a nadie) que un museo es como un templo y sólo necesitas fe para encontrar alguna divinidad en las formas y en el fondo, pero uno nunca sabe recorrer los pasillos, llevar un orden, estar el tiempo justo frente a cada cuadro, recuperarse de la visión de una obra para ingresar en la contemplación de otra.
El Reina Sofía no es un museo normal, aunque yo no entiendo de museos. Por eso quizá no me ha parecido normal. La idea que tengo de un museo no es el Reina Sofía. Es el Prado tal vez. Un museo, el que yo considero que quintaesencia las virtudes de lo que debe ser un museo, es un edificio invisible. Cuanto menos se advierte su presencia más explotarán los cuadros a los ojos. El museo perfecto es el que no interfiere con la obra que expone. Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si al museo o si a las galerías que tutela. Si quedarse en Bacon o mirar al público que contempla el cuadro de Bacon. Reconocer el asombro. Descubrir que hay gestos universales ante la belleza o ante la decepción de la belleza. Sigo ignorando si el arte puede prescindir de la vida o, expresado de una forma más feliz, si la belleza es una categoría ajena a la consideraciones de quienes la observan. Sé, en mi muy escasa experiencia en grandes pinacotecas, que podemos encontrar a Dios en un cuadro de Francis Bacon igual que podemos perderlo en otro. Y sé que el placer conduce a la confusión. Una vez uno está instalado en ella, la travesía es más hermosa. Aturdido, se aprecia más. En volandas. Como izado. Sobrevenido de luz. Abierto. Cómplice. Todo allí. Sólo hay que buscarlo...



5 comentarios:

MI REVISTA dijo...

QUE BUEN ESPACIO ES ESTE.

Isabel Huete dijo...

Cada vez que subo en ese ascensor acristalado me creo que estoy subiendo al cielo, y es que quizá el cielo esté en el arte. Quizá.
Creo que la belleza está en nuestros ojos, o mejor, en nuestra mirada, y que no es algo que exista al margen de ella. De hecho ninguno vemos lo mismo cuando miramos un cuadro, un paisaje o un coche; la percepción de la belleza es subjetiva y la intensidad de la misma depende de nuestro grado de sensibilidad y de nuestra capacidad de emocionarnos. Al menos así lo veo yo, o lo miro.
Me ha encantado este post (y todos)
:)
Besazos.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Gracias, "Mi revista"...

El ascensor es una invitación sugerente. La belleza está dentro, aunque tú ya ves con los ojos bien abierto, cómplices.
El arte es la cosa más extraña del mundo. Más que el amor o que la fe, que son otros dos asuntos que nos aturdan de una u otra manera, Isabel. El arte, es decir, la belleza. Somos sensibles o no somos. La belleza será convulsa o no será, escribió Bretón. Gracias siempre por entrar en esta paginita nuestra.
Besos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me alegra haber dado pie a esta hermosa reflexión, Emilio. Mi idea de museo se corresponde también más con el Prado que con el Reina Sofía. Quizá esa necesidad de "respirar hondo" que sentiste al entrar en este último museo se deba a que el arte contemporáneo, en general, asfixia un poco, frente a la bendita ligereza de lo clásico. Un abrazo.

Alex dijo...

El Reina Sofía es un desperdicio. Aunque admito que no soy lo bastante perspicaz para adentrarme en el arte conceptual, porque la etiqueta diferenciadora de arte contemporáneo siempre me pareció una estupidez.