9.10.09

Sting: If on a winter's night...


Detrás de las estrellas del rock hay siempre un corazón contradictorio, que late más aprisa si lo sacude el folk o el jazz o la música sefardí o la hindú. Hay quien se obstina en afincarse en la excentricidad, en los vicios domésticos que no ilusionan a las compañías discográficas pero que indulta a quienes lo practican de la cárcel implacable de las ventas, de la necesidad de ajustar su modelo artístico a lo que el público espera, sin acometer la novedad de adentrarse por senderos diferentes. Todas estas frivolidades enteramente prescindibles se granjean el afecto del público novato y hacen que el curtido, el que compra discos de Jordi Savall, por poner un ejemplo que me encanta, o acude a conciertos de cámara o a certámenes de música folk, de jazz o de cualquier otro brote étnico, termina por mosquearse y considerar que el esfuerzo es baldío, cuando no estéril o más sinceramente dicho hortera.
Sting no es un hortera. No al menos el tipo de hortera que se mete en estas camisas de muchas varas sin saber qué se trae entre manos. Como está forrado se hace acompañar por personal competente. Como es un intelectual y ejerce de intelectual larga una ristra convicente de razones por las que este material le es tan propio como el rock con el que fundó The Police en aquellos estupendos finales de los setenta. Como Sting es un animal mediático y copa portadas y vende lo más grande, sabe que cualquier cosa que haga va a tener una repercusión mediática enorme. Da igual que sea un inventario de villancicos galeses (por ahí van estos tiros) que un carismático, atmosférico y altamente teatral tributo al músico clásico John Dowland (Songs from the laberynth).
La última incursión en esta vía de la heterodoxia es If on a winter's night..., un ejemplar trabajo que puede provocar reacciones tan encontradas como razonables. Todo depende del ánimo con que se aborde y de las ganas que tenga uno de dejarse conducir por esos terrenos frágiles en los que un villancico inglés del siglo XV, unas notas de Purcell o de Schubert pueden transportarnos al idílico templo de la excelencia. Puestos a sincerarnos, diré que el disco todavía me tiene en la incertidumbre de quien no tiene las cosas claras. Por un lado emociona y por otro harta. El cansancio que produce proviene del prejuicio de saber que Il Divo hace cosas similares: recopila material sensible, culto, de alturas y honduras incontestables y los traduce a gusto del consumidor neófito, el que no se pringa en buscar el original y no ha oído en su vida una hora entera de ese genio que fue Purcell. En eso, a nivel didáctico, en esas líneas educativas, el trabajo de Sting es admirable. No cae tan bajo como el combo de falsos malabaristas de la voz que son Il Divo. A mí me gustaría que las canciones de The King's singers fueran de dominio público y se viese la foto de estos genios a la entrada de la zona de discos de los grandes almacenes del ramo. Se ven otras cosas. Hay otros intereses. Se buscan otros mercados. El culto, el clásico, el que está manufacturado con absoluto rigor y se consagra a no pervertir el aliento que inspiró su creación, no está de moda. Sting insiste y usa su estampa universal (después del pelotazo de sacar a escena a su banda de toda la vida y recorrer el mundo y grabar un funcionarial disco doble en directo) para ganarse adeptos. No creo que busque únicamente ingresos. Pienso que de verdad es un embajador de lo suyo y se entrega con fruición a difundir un legado musical que considera perdido en discográficas minimalistas, exquisitas, limpias de plata y ricas en oro, ustedes ya me entienden.
Después de un par de buenas y pausadas escuchas (una en cascos, en mi bendito e irreemplazable Ipod y otra en mejores condiciones acústicas en mis adorados B&W) todavía (insisto) navego en una agradable duda. Hay arremetidas más poperas (Soul Cake, la canción más reconocible, la que más tarareable) y bajadas menos soportables a territorios menos transitados (There Is No Rose of Such Virtue, una de más difícil digestión), pero aunque únicamente fuese por los buenos ratos que el bueno de Sting me ha dado (Moon over Bourbon Street es la canción favorita entre las canciones favoritas de este cronista de sus vicios, junto a Bohemian Rhapsody (Queen) y Stairway to heaven (Led Zeppelin) se le excusan estas veleidades. Se deja uno llevar por la emoción de un trabajo muy bien hecho, que rezuma amor por lo que suena y en donde la pedagogía se mezcla tal vez muy forzadamente con las sencillas ganas de hacer música.

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6 comentarios:

Federico Jiménez dijo...

Estoy en parte de acuerdo contigo. Sting es una estrella del rock que se dedica a hacer rock y no sé si se le puede perdonar como tú dices estas "veleidades". A mí me encanta la música clásica y no acepto injerencias de novatos, ávidos de pedigree. Sting será una estrella del rock, se rodeará de músicos de talento, pero no me convenció "Songs from the laberynth" ni tampoco este, que he escuchado como tú un par de veces. ¿Has oído a Purcell después de oír a Sting? Pues prueba y me cuentas.
Siento ser tan brusco. De todas maneras muy buen post. Saludos y a seguir escribiendo.

Isabel Huete dijo...

No puedo opinar porque no lo he oído pero estoy segura que Sting, que siempre me ha gustado por lo que hace musicalmente y por lo que representa, ha vuelto a hacer algo loable. Si hay algo que me atrae de él es precisamente su incursión de vez en cuando en cosas que quizá no se esperan de él.
Besotes.

Belis dijo...

Tan simpática que estaba la paginita y te tuviste que meter con Il Divo, y lo peor, ofender a su público. !Que lástima!!

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Zapatero a tus zapatos, algo así.
He oído a Purcell otra vez después de Sting. Es otra forma de oír música, Federico. No se pueden comparar. Tal vez ni debamos hacerlo.

Tienes que escucharlo, Isabel. Opinar después. Sting me gusta mucho. Ya lo he escrito. Estas cosas que hace me llenan menos, pero evidentemente puede hacerlas. Sabe. Se sabe rodear de quien sabe, también.

Belis, siento haberte molestado. Quienes oyen clàsica, y a fondo, no oyen Il Divo. Sencillamente. Quien escucha ópera no se deja engolosinar por Il Divo. No es un insulto. Y si lo ha parecido, disculpa. El público del Il Divo, conozco un par de amigos que lo oyen, no oye clásica. Y viceversa.
Saludos.

Anónimo dijo...

Me parto, qué capacidad de enrolle. Pero estoy por la labor de echarte un capote y decir en letras grandes QUE EL DIVO ES UNA MIERDA. Con todos los perdones. Niños bonitos, hombre. Niños bonitos cogidos en un casting de mil niños bonitos con florituras y gorgoritos en la voz. Si Verdi levantara la cabeza, Dios mío. Nada. A seguir bien. Luismi

Anónimo dijo...

ME agrada el album pero tengo que oirlo más. Eso si...ES EL QUIEN CANTA? Hay temas en que suena irreconocible. "The hounds of winter" me gustó muchísimo y si, el disco suena a un capricho de quien sabe puede hacer lo que le de la gana.
Saludos!
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