23.7.08

Otro genocida a recaudo





Teseo, San Jorge o el Quijote, en los anales de la mitología o en las estanterías de la alta literatura, celan el combativo juramento de cazar monstruos o de exorcizar sus propios demonios internos, que también algo de eso hay en la aventura de hacer el bien por encima del daño propio. Algo de superhéroes tenían estos esforzados caballeros. El Minotauro, el dragón o los gigantes que pudieron ser molinos eran, a juicio de sus cazadores, males dignos de exterminio, siervos de la infamia que merecen el tajo en el cuello, el mandoble en la panza o la exposición pública de su cabeza en la plaza de turno. Los tiempos han cambiado tanto que, a falta de mitos a los que dedicar prosas vitaminadas de épica o lujuriosos pareados que glosen la materia misma del arrojo y de la firmeza, alimentamos nuestro espíritu con victorias en el deporte (España ganó a Rusia una final europea, Nadal derrotó a Federer en la hierba de Londres, Gasol casi se coloca el anillo) o con manifestaciones más pedestres, más cómplices de la fiesta, como las verbenas de pueblo, las ferias de barrio o la celebración, da igual que sea a destiempo y sin verdadera convicción, de alguna efemérides. La épica la ejerce cada hijo de vecino a su manera y precisa de pocos acicates para envalentonarse y lanzarse como un héroe moderno allá donde se requiera su concurso. Da igual que sea una fuente en donde festejar los goles de Torres o la detención de la cúpula entera de ETA. Lamentablemente, a propósito de los desalmados que descargan su locura en la nuca ajena, todavía no he visto que un puñado de ciudadanos se abracen y griten en algarada jubilosa por la encarcelación de alguno de esos mercenarios del dolor ajeno. Ahora, en la ausencia de Teseo, de San Jorge o de Quijotes varios, tenemos otros medios. De esos, tal vez, se ocupe el fondo de este escrito.
Los muy jóvenes, los que todavía no han sentido la zozobra de abrir un periódico y sentir el pánico en la yema de los dedos, a cada vuelta de página, los que todavía no han notado la conmoción del terror que el género humano es capaz de generar a poco que se le lleve la contraria, no saben quién es Radovan Karadzic. Mi edad me permite el término medio: un conocimiento lo suficientemente solvente como para sentir una alegría enorme por la noticia que ayer alumbraron los teletipos. El carnicero serbio, el tipo que aireaba su melena blanca de león resentido por los campos que acababa de abonar de cadáveres, ha sido apresado. Le bastaron tres años (1992-1995) para emular a otros monstruos de la infamia y pasar a la canalla lista de personajes absolutamente deplorables de la Historia de la Humanidad. Este doctor en psiquiatría mutado en ogro perverso de las aldeas balcánicas ha estado trece años en el limbo, pero le han encontrado y un pequeño círculo se acaba de cerrar. Se trata de eso: de que cientos de miles de ciudadanos masacrados de una u otra forma por este genocida cierren un capítulo (si verdaderamente pueden) en sus vidas y puedan abrir otro. Imagino el placer redondo de saber que el autor de las tristezas a las que han abocado sus vidas esté entre rejas, forzado a una reclusión durable, una purga de la perversión a la que entregó sus días militares. Ser un criminal de guerra no es exactamente igual que ser un marido maltratador o un especialista en saquear las arcas municipales de un municipio con playa. Contando con que todos estos actos deban ser convenientemente sancionados, lo de ser criminal en tiempos de guerra alcanza un grado de infamia de más alto rango. Lo fue Pol Pot o Hitler o Pinochet por no hacer aquí un listado sangrante. A éste recién encarcelado le acusan de genocidio, complicidad para el genocidio, crímenes contra la humanidad (exterminio, asesinato, persecuciones por razones políticas, raciales y religiosas, y actos inhumanos), violaciones de las leyes y usos de la guerra (asesinato, aterrorizar a civiles y toma de rehenes) y violación de la Convención de Ginebra (voluntad de matar). La ironía consiste en las certezas que nos han ido proporcionando los medios: que Karadzic trabajaba en un consultorio de medicina alternativa, en Belgrado o que publicaba con cierta periodicidad en una revista llamada Vida sana. Su aspecto (una infinita barba blanca, la melena ya conocida, las gafas de pasta) era tan llamativo, tan propicio a ser mirado, que el observador sufría el efecto contrario al deseable: se perdía en lo exótico, en la apariencia, sin prestar atención a lo que se ocultaba debajo. Debajo estaba el monstruo, el hombre de la limpieza étnica.
La avalancha de noticias sobre su historia abruman y dejan un extraño sentimiento en el improvisado lector: Karadzic escribe poemas. Lo hace, al parecer, todavía. En esto consiste la fragilidad humana, su natural inclinación a desastrarlo todo, a cometer los atentados más censurables contra el orden o contra la razón en nombre de cierta justicia poética, apelando a los argumentos más peregrinos que puedan exponerse, pero argumentos sustentados (casi siempre) sobre una tan sólida como esquizofrénica base teórica o literaria o política. Las palabras, las puñeteras palabras, igual sirven para declarar amor que para anunciar un linchamiento. Que el inmoral Karadzic escriba poemas dice exactamente lo que parece a propósito de la poesía. Celaya decía que la poesía era un arma cargada de futuro, pero la empuña cualquier desaprensivo íntimamente convencido de la legitimidad moral de su tropelía. Así funcionan las cosas.
Su aureola de prófugo perfecto ha muerto en un autobús de una línea ordinaria en Belgrado. Le han pillado con doméstica normalidad. No ha sido necesaria ninguna hollywoodiense fuerza de choque que perpetre un asalto a un fortín escondido en un remoto bosque. Tampoco las milicias de la OTAN han evidenciado su carácter y su hombría. Todo, al parecer, ha sido conducido por una más sensible naturalidad. Como si el criminal, de pronto, tropezara por la calle y lo levantara del suelo la madre de uno de sus ajusticiados. Algo así ha debido suponer. Ésa es otra forma de justicia poética, de compensación histórica. Leí en una novela de Paul Auster (La trilogía de Nueva York: Ciudad de cristal) que el azar posee su vasto entramado de túneles y que existe una narración fortuita de la vida de una persona que no es posible exponer sin el concurso de la locura o de la casualidad. Yo quiero pensar (me fuerzo a ello y lo hago muy a gusto) que existe, a ras de la razón, por debajo o por encima de ella, pero siempre a su vera, un asombroso mecanismo que termina por ensamblar las piezas que parecen, en principio, bajo el análisis, rigurosamente anárquicas. El monstruo convertido en naturista que vivía en Belgrado con el disfraz de abuelito hippie podía haber muerto de muy anciano, viendo un partido de baloncesto frente al televisor o en un parque mientras gorjeaban las palomas o un niño corretea entre los bancos, pero ese azar formidable ha creado un espacio mágico, un hueco entre la semántica apetecible y la realidad incontrolable en donde han pillado a este poeta, psiquiatra y arengador popular a beneficio de damnificados, personas de buena fe y reconciliación de la Historia Mala con la Buena, que son dos partes de una misma moneda de uso muy comun. Cómo vaya a partir de ahora la causa contra su persona no es asunto que este cronista de sus vicios pueda saber en este escrito apasionado (gozoso) de mañana de julio. Pasará que la noticia se diluirá en la cascada de noticias que vendrán, como siempre. Pasará que los políticos y los analistas políticos refrescarán a la gleba lectora, al atento público sensible, la retahila infame de fechorías que Karadzic entregó a sus biógrafos. Mientras eso pasa, estaremos a la espera de que el azar o los servicios de inteligencia de algún país vivamente interesado (siempre hay alguno o un par de ellos) saque del cajón de las empresas imposibles la captura de algún otro cacique del mal, aunque no esté fugado ni escriba en la clandestinidad artículos sobre vida sana y energías alternativas y, a contrario, regente alguna república aprisionada por la Historia, por el hambre o por la miseria moral. De ese tipo de naciones podemos encontrar algunas en el mapa. Y sus jerifaltes pasean, beben a morro, despachan siestas en camas victorianas o firman con absoluto desparpajo las leyes que asfixian los pulmones de su patria. Hay hasta quien bromea con el catastrófico estado de falso bienestar imperante en sus calles y cómo ningún conciliador y humanista país extranjero va a cometer la imprudencia política de meter las narices en ellas. Suele pasar. Ponga el amable lector nombre, busque, escarbe en su memoria y dará con nombres y dará con territorios. El verano, añado ahora, es época muy propicia para que noticias de este gigantesco calado social animen la pereza connatural al rigor del clima. Yo ya me ocupo de entretener el mío con mis cosas.
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A modo de posdata:
(Escrito frente a una estantería que tutela libros de Narrativa de la P a la Z en la Biblioteca Pública de Punta Umbria, Huelva, cerca de la hora de atacar alguna terraza a la sombra y mitigar los rigores habituales con los placebos de costumbre. Aquí se estila la cerveza bien tirada desde un tanque de salmuera, las habas enzapatás y el bendito choco de la costa, alimento espiritual de este cronista en estos tiempos de pereza mental y descanso absoluto de las preocupaciones)


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