9.12.07

Peter Pan, el musical: Fantasía pura




Yo, en parte, entiendo a Peter Pan: su descreimiento del mundo adulto, la inocencia y la infinita capacidad de fabular y confundir besos con bellotas y creer en las hadas por encima de todas las cosas. En estos tiempos de fantasía patrocinada por marcas de chocolate y películas que atufan a negocio por encima de valores culturales y literatura fantástica sana y formativa.
Peter Pan, el musical, obra un milagro inesperado. Concita que la gente vaya al teatro y vea una representación artística sin píxeles ni dolby surrround. Imagino que debemos volver al teatro: a su magia instantánea, a la fascinación de asistir a un espectáculo de masas carente nunca frío ni ajeno a los sentimientos que produce la contemplación pura del arte. El musical, como forma del teatro, requiere idéntica rendición.

Anoche, en el Gran Teatro de Córdoba, asistí a Peter Pan, el musical, y sentí ese placer primario de recibir una monumental dosis de emoción pura, sin contaminar, macerada en un escenario convertido en vida. La obra en sí es formidable. Fiel al libro de Barrie y convenientemente impregnada de efectos muy al gusto de la chiquillada - láser, colorido, diseño de luces, acróbatas, escenarios móviles - crea una complicidad sencilla con el público, que conoce de memoria la historia de Nunca Jamás, pero que espera - a cada momento - un vuelco en el atrezzo, una confirmación de lo que sabe o un vuelco. La música ( con muchísima más calidad en lo vocal que en lo instrumental, que en ocasiones sonaba oscuro, grave a extremos insoportables) recorría todos los palos del musical: desde la esencia americana del gospel a la balada caramelizada, desde la melodía a lo Disney con voz cristalina como salida de un frasco de perfume delicadísimo al aire rock de un Capitán Garfio de voz atronadora que levantó el entusiasmo del respetable (me ha gustado esto mucho), que en ningún momento bajó la guardia del asombro. Dos horas de espectáculo limpio y sencillo, en su complejidad; de historias universales no deconstruídas ni pasadas por la batidora de la modernidad. Aquí no hay segundas lecturas. Ni tan siquiera existe la más leve intención de molestar: todo se aviene por la mansedumbre, por el camino abierto por la trama eterna de los niños perdidos y el poder de la imaginación.

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