6.12.07

Luz de domingo: El bucle decimonónico





José Luis Garci es un personaje entrañable. Entrañable al modo en que lo es la Navidad o un paseo otoñal a la caída de la tarde. Garci es uno de esos hombres a los que puedes confesar tu cinefilia sin que se escandalice ni te corone friki del día. Le puedes soltar que Douglas Sirk te ha dado noches estupendas frente al televisor (el cine comercial hace cuarenta años que dejó de programar al maestro alemán) o que el cine indie, ese invento de las majors para demostrar a los incautos que son modernas, te da grima, sarpullido y accesos limitados de cólera. Garci te escucha como un padre bueno y hasta es posible que te cree el vicio del neorrealismo italiano (del que no tenías ni puñetera idea) o de la nouvelle vague (que te sonaba a Marlon Brando metiéndole mantequilla por el culo a su novia regordeta). Garci (sigo el hilo) te puede hacer entender ya para siempre la magia del cine por encima del cine como industria. Y esto no lo habías pensado nunca y te conformabas con ir al cine, echar el rato y salir con una sonrisa bobalicona en la cara y cinco euros menos en la cartera. Su Qué grande es el cine iluminó el escuálido paisaje de la información cinematográfica en la caja tonta, pero la moral y el uso de las buenas costumbres le prohibió fumar como un gángster de la RKO y plantó a RTVE y se llevó su cine, su amor al cine y sus siempre ocurrentes (y a veces plasta invitados, véase el ínclito De Prada) a su casa, para amenizar las tardes del domingo alrededor de una chimenea y un fondo suave de jazz del bueno. Garci (ya concluyo este introito apologético) cae bien siempre. Su cine cae bien también. Se aprecia su clasicismo, su genuina visión del hecho estético y hasta hay un sello (una autoría reconocible) que impregna diálogos, fotografía y banda sonora.
Así que el cineasta José Luis Garci está claro que posee un lenguaje (una gramática, leí a propósito del estreno de El abuelo hace unos años) y un universo detectable. Azorín, Galdós, Baroja, Clarín, Pérez de Ayala, Delibes y similares prestan su prosa de campanillas a las elucubraciones de este hombre, que saca películas con cierta periodicidad. Películas que inevitablemente huelen a Hollywood, a alfombra roja y a Goyas canijos, cuando no invisibles.
El cine de Garci, en palabras de un amigo, es rancio y perfecto, lánguido y pefecto, aburrido y perfecto. El perfecto es mío. El problema (mío, al menos) no es Garci: soy yo.
Luz de domingo, su última cinta, es una obra purísima, una recreación riquísima en detalle del caciquismo de principios del siglo XX en la España profunda, una historia de amores imposibles, violencia rústica - a la manera de Peckinpah en Perros de paja o más frontalmente Deliverance de Boorman, no hay excesiva diferencia - ejercida por señoritos de pueblo. Es una obra pura, sin dobleces lingüísticos, pero yo no sé si la pureza conviene al arte o, bien al contrario, estos tiempos modernos, aupados al vértigo, enfebrecidos por el amor al dinero y al lamentablemente insensible al talento si talento no apareja pirotecnica visual, guiones con truco en la última línea o asesinos en serie con conocimientos de mecánica cuántica y soltura en Kant y en poesía renacentista, no precisan películas de Garci. Es posible. Hasta el propio Garci (leí en algún periódico) quiere ver la cinta como una especie de western rural, castizo, hispano y masticado a la luz de una gaita.
El error está en mí, curioso lector: en el público hecho extensión de mis fobias y no en lo proyectado en pantalla. Garci hace de Garci como James Bond lleva toda la vida con chicas Bond y permiso para matar y fornicar en lejanas islas del estraperlo financiero. Su brecha es analógica, ya lo hemos dicho, el camino abierto es decimonónico lo cual viene a decir que en realidad no está abriendo caminos sino que está ingresando - película a película - en un admirable y hasta cierto punto legítimo túnel del tiempo, que le llevo a lo que hemos dicho: a Sirk, a Preminger, a Cukor, a todo el formidable cine hecho para que las generaciones futuras lo disfruten, admiren y consideren que éste - pixelado, digital, impecable en lo técnico, pero huérfano de alma- no le llega ni al primer rollo de bobinado.
Pensé al ver El abuelo en todo esto y de alguna forma lo cuento aquí ahora. Esta reseña - salvo el detalle estrictamente coyuntural del film - podría ser para la estupenda película de un estupendo Fernando Fernán-Gómez, fugado ya no sabía ni él a dónde.
El folletín ha vuelto: hoy, al menos, ha vuelto. Personajes abismados en sus penas y escasamente salvables, mundos de una rusticidad a prueba de movimiento, actores en estado de gracia (Carlos Larrañaga, al que no recordaba salvo por escenas sueltas de zapping rosa, está de Goya, que no sé si es mucho o poco). Luz de domingo (precioso título) no engaña a ninguno de sus dos potenciales públicos: el que sabe a lo que va y el que no tiene ni idea de quién es Garci y hasta qué punto es capaz de asombrarnos o de asfixiarnos a base de mesa camilla, estampas de época y diálogos impostados. El film, un larguísimo flashback, es - en el fondo, tal vez muy en el fondo - un soplo de aire fresco dentro. Curiosa paradoja: lo antiguo ilumiando lo nuevo, el arrebato clásico imponiendo su patrón al feeling moderno. Quizá por eso Luz de domingo merezca más de lo que (estoy seguro) va a recibir. La gente, esos dos públicos hipotéticos, está ya cansada del folletín abigarrado de la televisión ordinaria, nunca mejor escrito. Gente que no va a percatarse del alcance de esta propuesta, de su clima rupturista dentro de su estancamiento, y eso (a la luz de estos tiempos ya descritos) no está a la orden del día. El ritmo es el adecuado, la textura de las imágenes empalaga, pero conviene al decurso de esos acontecimientos que narra.





A pesar de todo, me imagino que el cuento continuará: que andará Garci ya a la búsqueda de otro folletín de época y buscando paisajes, localizaciones urbanas del siglo XIX en el XXI y caras que expresen lo que Galdós pensaba. No tiene que ir lejos: sólo tirar de filmografía, enchufar el DVD y ver su obra. La Historia del Cine está reventona de gente que no ha hecho otra cosa que la misma película. Abro turno de palabra. Garci es el candidato patrio para el galardón.

1 comentario:

nonasushi dijo...

Tomo nota, aunque ahora parece que Landa le odia mucho y ha habido movida. como dice un amigo mio: Los guiones de Garci pesan como plomo.
Saludos