25.12.07

The nanny diaries: Diario de una niñera: Tribus urbanas


Sátira de inspiración antropológica, cuento de hadas en Manhattan, blanda y meliflua composición de tópicos, Diario de una niñera es un agradable esfuerzo por contentar a un muy amplio sector de público y no disgustar, en exceso, a ninguno. Menos ácido que lo que uno querría, el desarrollo de la cinta va de más a menos, pero incluso así contiene trazos de comedia de altura, apuntes de sociología de campo y, por último, en su más pedestre encanto, ingredientes de género adolescente con la jerga argumental de costumbre y un muy exagerado sentido de su propio carácter bisagra entre el cine de la Disney (manso conducto para deleite de la chiquillada pagada por los próceres) y la iniciativa gamberra, de denuncia inteligente, de declaración de principios estrictamente urbanitas. En este sentido, estos diarios de niñera basculan entre lo maravilloso y lo enclenque.
Pareciera una moderna reformulación de alguna Caperucita snob, perdida en la ciudad, atribulada por las circunstancias, conforme con que el lobo le hinque el morro en el culo, pero severa en sus consideraciones sobre la naturaleza caprichosa del ser humano y sus frívolas maquinaciones. De hecho, todo se embadurna de una especie de proyecto de fin de carrera en donde esta Mary Poppins formidable (Scarlett Johansson hace una recreación magnífica de la babysitter full-time de clase C que sacrifica el alma en aras del propósito de su estudio) nos deleita con sus andanzas inocentes, francamente divertidas (en ocasiones) y escritas con primor y un sobresaliente sentido de la trama, que avanza sinuosamente, con gracia y desparpajo, sin que en ningún momento canse o abrume o despierte sospechas de que, en el fondo, nos están colando algún subrepticio y venenoso mensaje populista, marcadamente centrifugado por los tópicos de las cientos de comedias tan parecidas a ésta con que la oferta (navideña o no) nos empuja a acudir al cine y ofrecernos a la ceremonia prodigiosa del engaño.
Con todo, las albricias no lo son tanto y uno admite que el resultado final adolece de un alcance mayor: todo se aviene a la simplicidad, sobre todo en su previsible desenlace. La salva y le regala un rinconcito en la memoria de las pequeñas películas que logran ser grandes el sorprendente arranque - esos diadoramas reveladores, verdadero índice del film y inteligente modo de contarnos qué vamos a ver y cómo va a estar contado - y las muy convincentes interpretaciones de sus intérpretes (Laura Linney es una actriz enorme; Paul Giamatti está desaprovechado, pero ofrece un recital; y hasta el niño Nicholas Reese Art da el contrapunto infante deseado, por llevar la contraria a Hitchcock).
Tampoco la sinfonía de bendiciones resta que seamos lo canallas que solemos y decidamos, por gusto de buscarle tres pies al mejor de los gatos, deshacer cualquier atisbo de loa excesiva y manifestar que la antropología de la que quiere ser deudora deviene más tarde boba prosa de clichés muy estilizados, eso sí, que sin caer en lo romántico o en lo chic tampoco se deshace -como debiera - de esa hipoteca argumental, que no le conviene y que hubiese, caso de adquirirla, desastrado por completo el esfuerzo.
Robert Pulcini y Shari Springer Berman, directores de la aclamada American Esplendor, que no he visto, firman una buena propuesta, una cinta blanca, divertida, despreocupada, original, a pesar de todo lo dicho.

1 comentario:

Alex dijo...

A mí me gustó la primera hora. Me sorprendió su propuesta tan diferente de lo que imaginaba en un principio. Después va perdiendo gas hasta confirmarse como lo que es: una película más para consumo del tennager medio. No funciona nada bien esa hora final. El convencionalismo campa a sus anchas y hasta le cuelgan un novio guapo a la Johansson que maldita falta le hace. La Linney se sale y Giamatti está más que bien, teniendo en cuenta los pocos minutos que se le conceden. La Johansson, imperial. Perfecta en su papel de niñera antropóloga que pretende diseccionar a las clases altas. Luego la fiebre atacó (quiero creer que no fue cosa de la película) y me pasé los dos días siguientes envuelto en mantas. Creo que la odiaré siempre.