30.9.13

Sting / The last ship: Otro descenso al invierno


Sting está envejeciendo a su aire. Es quizá la mejor forma de dejar la juventud, sea eso lo que quiera que sea, o incluso la edad adulta, la que todavía echa la vista atrás en lugar de otear el horizonte. Hegel dijo que los tiempos no siempre van hacia adelante. En ocasiones no se mueven. En otras van hacia atrás. La idea primaria de la ocurrencia de Hegel es que el futuro no tiene futuro o que el pasado, a pesar de lo gris y de lo malo que pudo ser, puede volver y quedarse. A Sting se está poniendo invernal, crepuscular, nostálgico. No parece que en su día empezara a ras de punk, liderara un formidable grupo de rock mainstream (The Police) o fundara una carrera en solitario a la que no le ha quedado ni un solo palo por tocar, desde el jazz voluntarioso, The dream of the blue turtles y Bring on the night, al receptorio de madrigales y otros pequeños caprichos medievalistas o renacentistas (If on a winter's night y Songs from the labyrinth) o ese afecto suyo por el arrimo al pop, asunto que ha desquiciado a quienes pensaban que este hombre huiría del mercado fácil y no sucumbiría a toda esa cantidad de mediocridades que ha facturado su voracidad artística. Porque Sting es un artista, qué vamos a pensar. Uno que se rodea de una orquesta  (una distinta a cada ciudad en donde recala el tour) y graba un disco, Symphonicities, que luego fueron dos, de versiones sinfónicas de sus temas. Por eso no es de extrañar que se haya dejado engolosinar por el folk, por la respiración de la tierra.

El primero disco con temas propios en diez años, The last ship es una obra concebida para ser representada, un musical cimentado sobre el declive laboral de una ciudad portuaria, la suya, Wallsend, de la que ya se alimentó en The Soul Cages. El problema de los musicales, una vez que se transfieren a un disco, es que pierden parte de la inspiración que los alentó. Quizá este disco caiga en ese vicio: que las canciones precisen de un soporte teatral, que existan y tengan un sentido completo en la plasticidad de su puesta en escena. En todo lo demás, la obra es un muestrario completo de tradiciones locales, un repaso al cancionero de la Inglaterra a la que no atropelló el rock de los Beatles, de los Rolling o de los Kinks y todo lo que vino afortunadamente después. No sé si le va a Sting el papel de bardo de los astilleros. La crónica social de la reconversión naval ha tenido voces duras, voces críticas con la inoperancia de sus gobiernos o con la vorágine de los mercados, que ya no quieren barcos grandes ni necesitan la mano de obra que los construye y repara.

The last ship es una aventura que mira a Broadway, que no descuida su vocación eminentemente teatral y que, en cierta coherencia, obsequiará a Sting con el afecto y con el desafecto, apuesto que a partes iguales, de un público fiel, pero desconcertado, poco inclinado a que abunden las piezas meditabundas, pausadas, intimistas, abandonando (cada vez es más ostensible este abandono) el perfil rítmico, el lado oscuro, incluso el lado ruidoso. Eso no quita que se esmere y que brille en cortes de una textura delicadísima (August winds, Practical arrangements) y que el todo sea coherente, melódicamente correcto, sin la estridencia que quizá algunos querríamos, sin la brizna de riesgo que supone el regreso al Sting que a mí, en particular, más me agrada, el que se rodea por buenos músicos de jazz, aunque éstos sean excelentes en lo suyo, un folk de consumo rápido, lo suficientemente impregnado de tradición como para que no incomode a los antiguos y se granjee la atención de los nuevos. Todo ese tono entre lo elegíaco y lo danzable favorece la plasticidad de la cosa, la conduce a un escenario y deja que allí se explaye. Seguramente sea éste el lugar en donde este Sting brille. La edad cobra sus aranceles: a él se le ha ido el músculo de la juventud e incluso el pulso brioso de la edad adulta. A cambio, está fortaleciendo su lado sereno, inyectándole el bagaje aprendido, limando las asperezas, dejándolo limpio para que los discos vuelvan a venderse como antaño o las entradas al teatro duren un santiamén en la taquilla.

28.9.13

No soy capaz de mandar a la mierda los cuartetos de cuerda de Shostakovich



Poseo la suficiente información como para no desear recibir ninguna más. Entra en mis cálculos que una brizna más de datos colapse mis entendederas y se venga abajo todo el sistema sensible. Estoy por decir que incluso no sabría si la información que almaceno me es enteramente útil, si puedo prescindir de una parte y habilitar el espacio recién desalojado para que ingrese información nueva. Eludiré todo tipo de información irrelevante, me esmeraré en seleccionar solo la que de verdad aprecie, la que me haga sentirme más feliz o más infeliz, pero comprometiéndome, involucrando la parte de mí que suele no involucrarse nunca. En adelante, suprimiré toda la información bursátil. Apartaré igualmente la que concierna a la política. Liberado de esas dos cargas, es posible que considere la posibilidad de renunciar al suplemento cultural. Después de haber tenido la valentía de dar la espalda a todas esas cosas que antes me parecían interesantes o que incluso me producían un reconforte espiritual maravilloso, no me costará trabajo pasar por alto toda la información deportiva. Viviré un tiempo a salvo de cualquier noticia. Rehuiré a quien se sienta autorizado a facilitarme todos esos datos que ya no contribuyen al sostenimiento de mi ocio. Creo que lo fortaleceré paseando. Me acoplaré mis cascos y escucharé música clásica. Imagino que incluso podría pasar de la música clásica. A la mierda Shostakovich. Fatigaré las calles sin que nada me distraiga. Llegado el punto de que la realidad me confunda, puestos a que me incomode el ruido de los coches o toda esa turbamulta de adolescentes que consideran suyas las aceras y las recorren atropelladamente, sin miramientos, prescindiré de los paseos. Nada como una vida de retiro doméstico. Me refugiaré en casa. Volveré a degustar aquellos viejos placeres de antaño. Dormiré largas siestas. Me asomaré al balcón y miraré cómo el cielo, a lo lejos, brama o grita o se rompe en pedazos para que la luz lo inunde todo y mis ojos estallen de júbilo. No sé cuánto tiempo podré soportar esta ocurrencia minimalista mía. Si en una semana estaré para que me encierren o si serán dos. Porque creo que nada de lo que acabo de decir es una buena idea. No lo es en absoluto. Creo que voy a darme un chute de noticias. Un poco de prensa digital, unos blogs de gente interesante, una sesión de facebook para ver qué dicen todos mis amigos. Me demoraré en todas esas fotos de sus viajes, en la enumeración morosa de lo que han hecho desde que se han levantado y cómo han resuleto los viejos problemas irresolubles de los cuales todavía yo no he podido desembarazarme. Escucharé, extasiado, en sinfónico arrobo, cualquier cosa de Shostakovich, los cuartetos de cuerda siempre me emocionaron, o un poco de jazz de la Verve o uno de esos discos estupendos en directo de Emerson, Lake and Palmer con los que, hace años, probaba la contundencia sonora de mis altavoces, su punch decibélico.

26.9.13

La vida secreta de las plantas

Tengo una pareja de amigos que tienen un libro de César Vidal al que le han encomendado una función que no encomienda a ningún otro de los suyos. El libro tiene como cometido elevar diez centímetros críticos una maceta reposada en la altura de un mueble de salon y tapada parcialmente. El grosor de la obra permite que la maceta, una pequeña con unas ramas lánguidas que se dejan caer armoniosamente y enseñorean unas hojas de muy agradable aspecto, se exhiba con más porte y no se malogre su oficio decorativo. El hecho de que fuese César Vidal el elegido me produjo una sensación extraña. Les quise preguntar las razones de esa elección, pero las entendí a poco de revisar el resto de los libros que ocupaban muchas de las habitaciones de su casa. Era una de esas maravillosas ocasiones en las que el libro vale únicamente por su grosor, por el hecho de que ocupe en el espacio un volumen determinado, uno cómplice con nuestros propósitos. Yo hubiese izado el poto con algo de Coelho o de Bucay, pero tendría que comprarlos. En este caso, sale más barato poner un ladrillo o una caja de zapatos pequeña, como de bebé. 

Del libro, más allá del tesoro que tutela, extrae usos a los que la razón no concedería ningún crédito. Algunos libros han salvado vidas: la bala se alojó en sus páginas y no abrió la carne. Otros, bien al contrario, han contribuído al triunfo del mal. Son los libros los que construyen los imperios y son también los que los acaban reduciendo a escombros, los que forjan indeleblemente el alma, ennobleciéndola o enturbiándola, pero he aquí a mis amigos concibiendo un uso bastardo, un uso insólito que no debería dejarse pasar y que informa sobre los tiempos en los que vivimos. Me hubiese intrigado más, entiendo yo, que en lugar del tocho del santo Vidal hubiese escogido La montaña mágica de Mann o el Ulises de Joyce. Una buena bíblia o una colección de revistas del Reader's Digest habrían cumplido con creces la noble misión de poner a la vista el cuerpo principal de la planta, pero fue Vidal el elegido, sobre el que recayó la responsabilidad de la estética. Se valora más este gesto si pensamos que mis amigos estrenan casa (un año y unos meses es todavía poco tiempo y se puede decir que andan de estreno) y que todo está pensado de un modo riguroso, que luego mengua o desaparece en cuanto el hábito se adueña de la vivienda y reina cierto conformismo digno y nada recriminable. 

Pero qué sutilidad la de mis amigos, qué arte tienen; expresan con una sutilidad prodigiosa lo que las palabras, en ocasiones, no sabrían, y el hecho de esconder el objeto mismo de este juego maravilloso debajo de una maceta, ofreciéndole su alza libresca, confirma lo que uno piensa nada más ver algunas de las baldas que pueblan la casa que ayer visité. Allí estaban libros formidables, muchos de mi agrado, leídos, degustados, y no es posible que compartan espacio Paul Auster, Brooklyn Follies mirándome como queriendo que lo leyese de nuevo, y César Vidal o Jorge Luis Borges y César Vidal o Antonio Tabucchi y César Vidal. No es que esté uno de gresca con el pantagruélico autor, pero siempre está ahí, rondando, el sentido común, los afectos y los desafectos que el apetito lector va formando a través de los años. Si yo tuviese que buscar entre mis libros uno que cumpliese eficientemente ese papel mobiliario acudiría a alguno antiguo, no sé, a un Dan Brown, que no se qué hace en uno de mis anaqueles, pero ahí anda, granjeándose mi enemistad eterna. Lo compraría un día gris, teniendo la cabeza en otra parte, pero no en donde debía. El Vidal de mis buenos amigos sería un regalo, un descuido, un día malo en los que la cabeza esté otra parte, seguro. De todas formas, qué sutilidad, qué arte, qué uso bastardo más hermoso. Luego la amistad, el Brockmans y el cardamomo amenizaron la tarde.


25.9.13

Todos mis muertos

Poseo una idea de la muerte que me ha hecho pensar muy poco en ella. Al tiempo le incumbe mi estancia entre los vivos, aprecio esa certidumbre de que la vida es eterna mientras dura, pero me sacuden cada vez con más violencia los muertos cercanos, los que compartieron conmigo una terraza en un bar, los pasillos de una escuela o el verano cuando la vida iba en broma, ya saben, y todavía no había llegado el dolor fino de saber que se acaba. Hay gente de la que no sabemos nada y con la que no entablamos trato alguno que, cuando mueren, nos hacen daño de verdad por ahí adentro. No llora uno que se fueron. Tal cosa no es posible en absoluto. No tenemos recuerdos a los que aferrarnos y no hay ninguna posibilidad de que el afecto se cuele y nos enternezca. Lo que nos duele es descubrir que la muerte ronda cerca.

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24.9.13

Una novela

Creo que no he encontrado mejor lugar para leer que un parque o una parada de autobús o una terraza en un bar. En casa, en cambio, a poco que me pongo a leer, si alguna distracción interviene, pierdo un poco el hilo de las cosas y se violenta el acto íntimo de la lectura. En todos esos sitios, por paradójico que parezca, adquiero un blindaje absoluto, una especie de malla contra el ruido, que consigue que incluso lea con más ahínco y me integre con mayor eficacia en lo leído. Cuando estudiaba sucedía justamente lo mismo. Cualquier sitio era mejor que el adoptado en casa, cualquier novedad era bien tratada. A veces he pensado que uno lee impelido por circunstancias que se escapan al criterio de la razón. Ese acto, el salir de esta realidad e ingresar en la que formula el libro, siendo mágico como es, no obedece a las normas tradicionales, desoye cualquier evidencia de taxonomía y se deja querer, y cómo, por el instinto, por la pasión. Lee uno como si afuera de lo leído nada lo circundara. Como si hubiese un yo que lee al que nada le podemos decir del otro yo, del que hace el resto de las cosas y va a sus asuntos, pasea las calles o trabaja de lunes a viernes. Me fascina la idea de que haya un desdoble, por decirlo de alguna manera. Que idílicamente una de las partes resultantes no sepa que la otra existe. Habría por ahí un emilio obtenido de todos los libros que ha leído. Estaría el emilio de Julio Verne y el de Augusto Monterroso, el emilio que supervisó los muertos de Patricia Highsmith y el que se embelesó con el Padre Brown del bueno de Chesterton. Que de algún modo, secreto y sublime, por supuesto, todavía persiste esa realidad impostada, libresca, en la que discurro sin que ninguna otra circunstancia me revele de ese oficio maravilloso. Que cada trama de cada novela que cae en mis manos va construyendo ese cosmos y lo va puliendo hasta que adquiere justamente la prestancia y el volumen que yo deseo. No sabe uno cómo es el cosmos que los libros le han ido regalando. Si es una obra enteramente propia o si ni siquiera se posee una parte pequeña en su autoría. Tengo cientos de muertos en mi memoria. Alojo amores platóncos, amores delincuetes y amores teologicos. Todo lo que he visto permanece ahí adentro, contándome el mundo que lo que veo no ha sabido contarme, mostrando los fragmentos para que yo los recomponga, dejándose contaminar un poco por lo que yo le digo y por lo que no entiendo.

20.9.13

Un asombro dulce


Se trata de saber qué miran o se trata de entender los porqués (habrá más de uno) que hace que miren como lo están haciendo. Si en lugar de observar únicamente la imagen recaemos el interés en el autor que la registra, las preguntas ganan terreno a las respuestas. Quizá la función del arte sea únicamente ofrecer interrogantes. Las respuestas las da la ortodoxia de la ciencia. Yo prefiero que las preguntas me aturdan. Las de este trozo de vida, de vida inmóvil, enfriada y paciente, son formidables. No sé si cuando ahora salga a la calle y cruce los pasos de peatones y me encamine morosamente al trabajo seré zarandeado como lo he sido esta mañana, al pillar en una búsqueda esta fotografía asombrosa, de la que ignoro todo, salvo el asombro dulce con el que me ha besado.

18.9.13

El alma, ah el alma


Uno. Al alma la emborrona la ficción de que verdaderamente existe. El alma es un paraíso alquilado. Cuando el cuerpo desciende al desorden absoluto y decide morir, el alma no gime ni se expresa en altos sonetos petrarquianos. No hay constancia de nada que suceda después de que todo haya dejado de suceder, expresado machacona y despreocupadamente. El alma no es otra cosa que un tumor benigno. El alma se descarga en su versión laica y entonces el poeta, manumitido del corsé de los clásicos que la sublimaron, estrangula el verso y forja la épica, el lugar exacto en donde las palabras manifiestan su distorsión metafísica. Todo lo demás es interfaz, escaparate, voluta que excita la neblina del ojo. Cuando el cuerpo se declara insolvente, el alma se convierte en un hipervínculo. El alma es un objeto de consumo al modo en que lo son las zapatillas Nike de cien euros o el último libro de Paulo Coelho. El alma es uno de los mejores negocios que existen. Se han edificado catedrales en su nombre. Se han levantado imperios y se han inventado mapas. Por el alma, por ese asunto fragilísimo, la población ha sido humillada, violentada y en muchos casos incluso diezmada. Este acto de humillación, violencia y aniquilación continúa a día de hoy, mientras escribo esto. El alma es un acontecimiento enteramente poético. Uno de esos lugares a los que se acude para contar la desgracia o la fortuna de ir viviendo. Metafísica en tarros vendibles. El alma, ah el alma, toda esa conferencia de pájaros buscando nubes en una habitación oscura. 

Dos. Me parece que este tiempo no es el mío, pero no creo pertenecer a ningún otro en el que me sienta más a gusto que en éste.




15.9.13

Tenderly


De todos los posibles Borges me quedo con el Borges anciano. Mirando más de cara a la muerte, a la que nunca temió, el Borges postrimero indaga con más serenidad sobre lo que siempre le causó la conmoción desde donde escribía. Leer es un oficio aparte. El lector de edad, el que acumula un bagaje libresco mayor, me produce una admiración enorme. No sé qué leeré yo cuando frise los ochenta, si es que alcanzo esa edad robusta, si es que leo. Hoy le he contado a Auxy que leo más que nunca, sin entender en razón de qué. Hemos estado divagando, sin honduras pero con firmeza, sobre lo que hacemos con más énfasis, a qué se inclina más el corazón cuando no late desbocado, como antaño, y desea gobernarlo todo y todo le suscita algún tipo de interés. A mí me sigue fascinando el jazz. Creo que no hay ninguna disciplina artística que me abastezca de más placer que el jazz. Escucho ahora a Barney Kessel  (The Master Takes, Legends Noir. 2013) como si jamás lo hubiese escuchado. Encuentro en Tenderly matices que nunca había apreciado. Como si fuese ahora la primera vez que el tema despliega su melodía ante mí. La cualidad más sostenible y durable del arte es su capacidad de sorprender. Uno suspende la credulidad, se permite cierta pérdida del raciocinio y penetra en un territorio cuya virtud esencial consiste en su inaprehensibilidad. Borges no se agota. Kessel no se agota. Los libros, los buenos, no pierden fuste a pesar de que los conozcamos y recordemos dónde estuvo el júbilo, en qué pasaje advertimos un roto dentro, una fractura maravillosa, la inargumetable sensación de que el mundo fluye armónicamente y los dioses en los que no creo tutelan su travesía. K. descree de todo esto. Dice que ando repitiendo tozudamente la misma cosa. Que escribo en un bucle. Como somos amigos y le mueve el infinito afecto, me dice que le gusta lo que lee, pero que peco de monotonía. Tomo nota, K. Como no voy a dejar de escribir, tomo nota.


13.9.13

Apuntes

La novela
En cierto modo sigo buscando qué contar. Se me ocurre a veces la insostenible idea de que todas las historias están ya contadas. Como si tuviese el tono, la caligrafía de la trama, pero no apresase la trama misma, el desempeño del fondo. Porque lo que de verdad me impide escribir la novela, la aplazada de siempre, es la flaqueza de todas las historias, su poco asiento en el tiempo. Solo acuden pequeños fragmentos, incapaces de sostener una pieza ensamblada, que se alargue en el tiempo. En cuanto cojo uno de esos fragmentos y los observo de cerca y aprecio lo que esconden, pierdo el instinto, no me siento cómodo yendo a ciegas, dejando aquí y allá escenas que me agradan sobre las que no existe urdimbre alguna que las fije. Luego está la paciencia, toda la santa paciencia que concursa en la construcción de la una novela. Imagino que hasta que no la posea, no habrá novela alguna. De nada vale la lectura, las cientos de novelas degustadas. No hay ningún aprendizaje: solo la constatación de un fracaso. Quiizá esta confesión me anime a terminar las dos historias largas empezadas recientemente. De una me deshice este verano. Primero las páginas alojadas en un pequeño archivo del ordenador. Luego de los folios imprimidos, guardados en una carpeta azul, ahora azul todavía, pero vacía. Le pregunté a K. sobre esta imposibilidad mía de satisfacerme. No le inquietó. Adujo que no hace falta escribir novelas. Incluso que no hace falta escribir. Que, haciéndolo, me puedo dar por contento. Y sin embargo...




Café con Bloom
El canon, en Literatura, busca la polémica, el debate entre contrarios, la hostilidad en lo libresco. El día en que a alguien se le ocurra borrar a Kafka de una posible nómina de genios absolutos de la Literatura será un día remarcable en el calendario, el que algunos (más sensible, tocados por lo romántico) recordarán cuando no tengan nada de que hablar en la barra de un bar o cuando, releyendo a Kafka, por supuesto, expongan las consideraciones que crean oportunas para imponerlo a la lista. A mi amigo K. le sigue pareciendo una blasfemia (él tan descreído usando esa palabra) que Borges no recibiese el Nobel de Literatura. Echa espumarajos por la boca. Desde ese día suele no dar importancia alguna a ningún premio que se otorgue a un escritor. Ni siquiera cae en la cuenta de que habrá autores de la relevancia del argentino que tampoco recibieron el agasajo de esa distinción. A Bloom lo lincharon cuando cogió un puñado de genios y no cogió el otro puñado. Igual existen varios, qué sé yo. Le doy a K. toda la razón. Está considerablemente autorizado para echar espumarajos por la boca cuando le dan a Fulatino de Copas el paraíso en forma de premio. Borges no lo tuvo. Yo en ocasiones, en mitad de la noche, me despierto y balbuceo unas palabras de sonrojo. No son espumarajos en realidad, pero a mí me lo parecen. Yo, formado humanísticamente en los clásicos, no puedo pensar en que no colocasen en esa lista antológica a Góngora. Voy a mirar si está. Como falte, ay si falta. Me veo esta noche, ya entrada la madrugada, despertando a mi mujer por los gritos. Me entenderá a medias. Tengo que leer luego unos sonetos. Por si esta noche me pongo barroco. Por si mi corazón se pone levantisco y bombea mala leche. Hay cosas con las que no se juega. O yo soy muy delicado.

12.9.13

Me pastoreo con Porter


Dejar de ser oveja y pastorearse uno mismo. No sé si es un propósito viable, si hay cancha para este volunto mío de jueves todavía de verano. Es que mientras no se vaya el calor no tengo un dominio completo de mi cabeza y me salen estas cosas que no se sabe bien cómo continuarlas después. Me sale el lado obsceno, me sale el lado heterodoxo, me sale el lado irreverente. Oh cómo me gusta el envés de las palabras. Lo escribí hace veinte años, eso no es hace nada, en un poema de ésos que se llaman de amor. El amor sigue estallando en todos los poros, procurando alminares de vértigo, limando las aristas, pero está uno ya de vuelta de algunas cosas y no alcanza a comprender los porqués. Este porqué de hoy es de una inconsistencia manifiesta. Salgo a la calle, paseo las calles, miro la gente, cruzo los pasos de peatones, miro los escaparates y advierto el roto. Gregory Porter suena en el ipod y mis pasos me llevan, sin mi voluntad de por medio, a rincones de mi pueblo que he visto poco, que he pisado poco, como si visitara una ciudad nueva. Me pastoreo con Porter. Nunca he escrito: Me pastoreo con Porter. Suena nuevo.


Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...