9.7.24

Copia, pega

  



Al arbitrio de otros, apremiados por la ocurrencia ajena, se hacen cosas que luego uno cree voluntad propia. Se eligen azuzado por motivos extraños que, con más o menos afán, con reticencia unos, urgentes otros, van acomodándose a las propias y hasta se confunde su raíz y su causa y de ninguna hay propiedad legítima. La apropiación no es tal, no se discute un plagio. Hay hasta quien las sostiene y defiende con el arrojo y la pericia de la que carece el que genuinamente obró su factura. Quizá no debamos pensar tanto en la autoría y confiar en la bondad de la idea para que ella urda sus alcances. Esto mismo que ahora escribo no será mío enteramente, alguien se habrá ocupado en rendirlo, algún lector estará al cabo de lo leído y lo creerá también suyo. Decimos las palabras de otros, argumentamos con las ideas de otros. A veces, movidos por algo parecido a la inteligencia o a la sensibilidad, discurrimos con autonomía, pensamos con la soberana majestad de nuestra voluntad, pero cualquiera podría sancionar esa aseveración generosa que necesito para no sentirme eco de una voz que no he pronunciado. Copiamos y pegamos. Y, sin embargo, no todo ha sido dicho, estamos empezando a manejarnos con las palabras. 

8.7.24

Festejos de la imaginación


Ilustración: Alberto Mott


La mosca en el cuerno del buey se cree arando. Al libar la flor, la abeja industriosa se pretende jinete. La ola, blonda del agua, cuando trisca la soledad del aire, se figura pájaro. Así el enamorado al dar su primer beso cree conocer el amor o el que factura un apreciable soneto un príncipe de la luz, un Góngora. La realidad, tan poética ella a veces, sabe truncar esos improvisados oficios de la imaginación. Da las puntadas con su severo hilo, pone a cada cual en su cabal sitio.


Ilustración: Alberto Montt

7.7.24



 Sigue la investigación en los papeles perdidos. Qué frágil la memoria y qué feliz uno al recobrarla. Esto fue en abril de 1987. Los poetas con los que compartí cartel son admiradables: Pablo García Baena, Juan Bernier, Juana Castro, Carlos Clementson, Manuel Gahete, Mario López, Vicente Núñez, Antonio Rodríguez Jiménez, Carmelo Cuello, Julio Aumente… Lamine Yamal es más precoz, debo decir.

6.7.24

Buster Keaton, rey de Las Vegas






 Son doscientos catorce poemas. La fecha de su acabado es febrero del 96. Lo llamé Buster Keaton, rey de Las Vegas. El libro está primorosamente encuadernado. Ese afecto a que perdurara me ha conmovido. Lo encontré esta mañana al poner orden en el cuarto de los libros. Declaro mi ignorancia de su existencia. El olvido es el mejor censor. Igual mañana doy con una biografía apócrifa de Wittgenstein o con una novelita sobre amores adolescentes.

5.7.24

Camino hacia los platillos volantes de la mano de mi madre

 


LysergickArt / ilustración 

Escribir en vez de leer. Leer en lugar de salir a pasear. Ver cine cuando poder  tomar café en un bar. Hablar cuando debo escuchar. Leer en vez de escribir. Salir a pasear en lugar de leer. Tomar café en un bar cuando podía ver cine. Escuchar jazz de los treinta cuando se podría inclinar el apetito a los valses de Strauss. Los días son cortos. Andan persiguiéndose, se abrazan, se muerden, fornican. El tiempo no nos sacia. Es lo único que no sabemos qué es. Uno persevera en sus vicios y la realidad ejerce el virtuoso plan que un dios rudimentario y caprichoso le encomendó en algún oscuro principio de los tiempos: incomodarnos, no servirnos, agazaparse en la sombra y darnos palos cuando menos lo esperamos. Soy trascendente, una trascendencia novicia, recién adiestrado en el abismo: tengo el ánimo metafísico, tengo planes nobles para mi alma, tengo la sensación de que soy único y de que estoy malgastando miserablemente el tiempo escribiendo cuando podía leer en lugar de estar paseando o viendo cine cuando podía estar tomando café en un bar, pero soy más feliz cuando dejo la metafísica y sencillamente me dejo vivir y no disimulo la felicidad absoluta de esa certeza. No estoy casi nunca absolutamente feliz con nada de lo que hago si me paro a pensar en qué estoy haciendo. Pensar es una actividad de riesgo. Pensar es una invitación al desorden, una desobediencia moral. Escribir es ordenar el riesgo, considerar las amenazas. Vivir es siempre algo que no coincide con lo vivido. Las vidas que deseamos son las ajenas, casi nunca las nuestras. Sólo es nuestro lo que perdimos. Se vive el margen, se vive afuera. Lo ideal, lo que he concluido que puede liberar mi poco satisfecha mente, es no pensar en que hacemos algo sino hacerlo. No escribir sabiendo que estamos escribiendo y razonando los motivos de la escritura y no salir sabiendo que estoy saliendo, razonando los motivos de la salida. No leer sabiendo que leemos. No pasear sabiendo que paseamos. No se tiene conciencia de que respiramos o de que un pie avanza y el otro inapelablemente lo sigue. Vivir un poco sin metafísica, aunque en el fondo todo se deje gobernar por la metafísica. Vivir como si fuésemos incapaces de hacer otra cosa. Como si vivir sin tramas subsidiarias, escasamente interesados en llegar adentro, en conocer quién mueve los hilos de esta trama, eso del dios que detrás de dios la trama empieza que hace tiempo me sabía de memoria y ahora, quién puede decirme las causas, ya no recuerdo. La sensibilidad es una especie de tormento. La inteligencia es una especie de tormento. Escribir es una especie de tormento. En el caso de que yo sea sensible e inteligente, en ese modus operandi fácilmente desmontable, admito que alguna vez he disfrutado muchísimo la metafísica. He sentido un quebranto dulcísimo en el pecho. He hablado con algún dios sin que intermediara la iglesia  ni los evangelios de los libros de misa. He sido deliciosamente blasfemo al mirar al infinito y haberme sentido elegido para entender alguna brizna del argumento metafísico absoluto. Lo natural no es la metafísica: lo sencillo hubiese sido no escribir, no dejar constancia de nada para que luego puedan echárselo a uno en cara o para que los demás sepan cómo soy sin que yo tenga idea de cómo son ellos ni tampoco yo mismo. Es cosa de que escriban, no cuesta tanto. Me gusta ese desorden moral: el ofrecerme, el darme, aunque como el tahúr enamorado de su manga sonría hacia adentro al pensar que escribir es siempre una impostura: que estoy abriendo un pecho que no es mío, que es de otro del que se informa. Camino hacia los platillos volantes de la mano de mi madre. No habremos salido del útero todavía. Seguimos en ese limbo dulce. Estamos en la oscuridad sin dios ni fracaso. Los dinosaurios no saben que hoy es el primer día de nuevo. 

4.7.24

Nastulania

 



I

Se apresondaba mi tramulca a desmorder el zúmbulo cuando fresaba un górrido apresto de facuas. Era jundioso el calfio y el féciro tramolaba en el quiciante de la balnocada como una mustrenca trámpola de nimias. No crea el amable lector que mi corazón se desbocó en la cárcel de su pecho ni que huí, comido por la fiebre del miedo, empujado por la sangre de pronto amenazada. Lo que mi fresmor pedía a bartolda era una dárgola en mi jerima, una dárgola diligentil con la que afrumbar al monstruo que se ferraba frente a mí, despromicando, alamblando, abrumando carolos, alampimando funesta mágina con cada parpadeo de sus címbulos. He aquí a vuestro héroe accidental, al bueno de Lamulio Medro de Lora Mollar, al que jamás creísteis metido en una aventura con facuas y con himedusas, con voluntos de urgidia y con la terrible dármula de los grandes plintales. Así poder fabemar la lucadura del fresnadal en las copas de los tilios. Dejarse amansebrar por la umbría desalia de las claras rómidas. Ahí, en su estolio, en esa joconda de la pénsula, ensimismarme, desfallecer, tremamidarse con firmeza glonca. Amantar la traumaturgia con su dulce verbanza. Como quien abre una mansarda para enfrantizar un permio. Como el agua al famblar su ferosemida y adquirir la boga del cicladio. Es todo tan premaloso en la franja donde los ganzolas trenzan su mántula. En el trasinio, en su abrazo dóbrego, unos calamblos gimen al ver plañudir la falandia del aire, la soledad de las tinagros. No el fleston de la nieve, ni el roto hulgar de los berberantes. Solo un fulgor que les abra los ojos. La penduloria famalando la vigilia estúlida del aire. La virtud es ir precipitándose en el perclondo. Manfoldas ecloviando, ternéridos con su clamor de brondas hacia la mahandq pura. Es el tumuldio, es la ebria tenabria de un opagro que ocupa el treñir y lo hace candular. Los flejones desarden al brumel del aire. Tromban en su estor, pungen como lamias para que esplenda lo numinoso. 


II

El jabernicio me miró a los ojos. Soy el jabernicio, pindaro de mástula. El que te arrancará del jumpo ese corazón inoscado que turges. Frevarás, morfará tu boca espántulas de jirocidia hasta que, lustio, infidio, gritarás el fragoso nombre que jamás te concederé, oh tú, brandil sin corzal, oh tú, gran hijo del lendrómaco. Eso, oh amable lector, me dijo el jabernicio antes de que atravesara mi corazón con su lengua de clomadas y famodelios y cerrara los ojos y se me fugara, sin yo poder evitarlo, el alma al lugar en donde van las almas de los que, en vida, fueron malvados y ejercieron con esmero la blasfemia, la perfidia, la traición y la melindrad pura. 


III

Ahora soy un jabernicio de segunda generación al modo en que los vampiros convierten en vampiros a quienes jaspan porque el jabernicio es de jaspar, de destorbar a los járulos, de famidar a los morfos y chamoscar sin trenda a los blástulos. Ese soy, en eso me convertí cuando el jabernicio me miró a los ojos y recitó el poema de mi jocaramago. Ahora vago por las calles sin que los otros perciban mi monstruosidad, pero busco con precisión mis víctimas y las abordo en callejones oscuros y las miro a los ojos y les recito el salmo del jabernicio: Soy el jabernicio, pindaro de mástula. El que te arrancará del jumpo ese corazón inoscado que tienes. Frevarás, morfará tu boca espántulas de jirocidia hasta que, lustio, infidio, gritarás el ferodio que jamás te concederé, oh tú, brandil sin corzal.

Como un sueño

 


Somos los que escribimos gente de raro pronto, podemos desaparecer ante la mirada de quien nos interpela, hacer creer que estamos en lo que se nos requiere, pero residir en alguna instancia etérea, poco manejable por la evidencia cartesiana, por el tangible escrutinio de lo real. A pesar de la convicción de que la inspiración acude cuando nos sentamos a escribir, tan cierto eso cuando sucede, hay ocasiones en que irrumpe con antojadiza e incómoda vehemencia. No es que súbitamente algo nos haga sentirnos iluminados por la gracia de la inspiración, sino que es tangible su presencia. Se nos ha urgido a comparecer en la convocatoria de la escritura. Puede que incluso no se pueda hacer otra cosa que aceptar la invitación que se nos hace y abastecernos de soledad (tan hermosa ella también) para hacer unas anotaciones, unos escuetos apuntes que más tarde darán pie a la elongación de esa revelación íntima. Este mismo texto acudió en una maravillosa cena con amigos en un jardín bajo la luna de la sierra de Córdoba. Debió quedarse en la cabeza, incrustado en algún fragmento suyo al que concedo una atención mayor. Vino esta mañana, apareció también sin que yo precipitara su presencia. Y tal vez no esté todo escrito y haga falta extenderse hasta que no haya nada más que decir, pero eso no es lo deseable. Hay que convencerse de que nada de lo que se escribe finaliza cuando el texto finaliza. Todo permanece en un anhelo de fulgor o incluso en ese fulgor de lo evanescente, de lo que se puede ver un tiempo pequeño y luego no regresa jamás. Como si se soñara con nubes y el cielo amaneciese limpio al declararse el día. 

2.7.24

mahleriana


buenos días, bendito gustav malher, hoy todos los pájaros pronuncian tu nombre, los más inspirados tremolan sus alas y piden al dios secreto de los árboles frondosos y del cielo más azul que los manumita de la muerte y les permita escuchar tu sinfonía, un corazón de pájaro es un celebración de la música del cosmos, el amor es siempre bossa nova, el amor es la lujuria de la eternidad, en las grandes avenidas del tiempo alguien manuscribe la gloriosa balada de los poetas quemados, arden sin fatiga para que la noche no sea un sueño desvanecido al irrumpir la aurora y mahler es un arrebatado pulso de luz en el aire

La cena está lista

Supper's ready es la pieza definitiva de Foxtrot, uno de los mejores discos del populoso (y hoy desvanecido) rock progresivo. La épica de sus casi veinticuatro minutos es un ardoroso tributo a la mitología griega, a los textos apocalípticos y a la coyuntura política de la época en que Peter Gabriel se creía un epígono de algún dios rudimentario y vengativo o un mercader de espejismos sonoros. Dividida en siete secciones ensambladas primorosamente, la canción relata la vieja lucha entre el bien y el mal, una especie de Armagedón en la cabeza de un poeta de pronto conmovido por la decadencia del mundo. Ahí están todos las mesnadas celestiales: se les oye gemir, implorar, rogar por el advenimiento de la belleza, por la eclosión de todos los ángeles desde sus moradas en la Jerusalén del cielo. No sé las veces que he sido lastimado, reconfortado, derribado y vuelto a poner en pie al entrar en esta catedral de surrealismo gótico y naïf. Hay ranas que son príncipe, príncipes que son ladrillos, ladrillos que son huevos hasta que surge el ave. Puedes escuchar al flautista de Hamelin conducir a los niños bajo tierra, ver a los dragones salir del mar o el caer el fuego del mismo cielo. Sigo aventurándome en su espesura de sus sombras. No se precisa entender lo que cuenta, podría uno dejarse conmover por la lírica retorcida de la voz de Gabriel recorriendo las estancias del caos hasta que alcanza los santuarios de la luz. El maestro de ceremonias oficia el desempeño de las artes oscuras. La teatralidad extrema de Gabriel proviene del vodevil, de la ópera bufa, del carnaval de las grandes epopeyas de la literatura. En el fondo, Supper's ready es una canción de amor. Tal vez todas las canciones lo sean. Se va entenebreciendo después poco a poco. Observaremos con reverencia a Narciso convertirse en una flor. ¿Una flor?




Video: Nathaniel Barlam

1.7.24

Un camión se llama Kafka


 Hay quien lleva la señal de la adversidad cosida a la sangre, quien no podrá eludir lo que el azar le tiene reservado, aunque se zafe a veces y crea haber evitado el roto. Hay desgracias que aguardan con desprendida paciencia. Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos, se suele cantar. Todo obedece a un designio invisible, pero inexorable. Todo acude con solemne puntualidad. También la dicha acudirá, ella con más reticencia, dirá el ocupado en penas, el que se cree maldecido y ya ni se preocupa por lo que el infortunio le reserve. Será entonces posible que no veamos en la carretera un camión con la palabra Kafka en su chapa o que ni siquiera el quejumbroso Kafka nos abata y duela al aventurarnos en su oleaje de penumbra y caos. Buscaremos (no será preciso buscarlo) un camión que nos sostenga en la alegría y haga que hasta el aire ría y nos haga reír. Un camión que no nos abata ni duela. A ese infortunio hay que sobrepasarlo, no contar con que algo nuestro lo haya conjurado a perseguirnos. Cuenta el ánimo con la indiferencia, con la desobediencia incluso, con no hacer aprecio a su reclamo y llegar a casa y sentir que nos esperaba. 

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...