9.8.22

Caos

 poema del caos


de repente el cansancio, 

los días persiguiéndose, 

la noche al acecho, 

la vida ha venido dispuesta a cobrar sus tasas, 

parece tarde, 

no hay un plazo, 

no podemos pedirle cuentas, 

la vida no escucha,

los años celebran su suicidio lento, 

luego nos vamos apagando, 

incluso nos apagamos sin haberse prendido 

enteramente la llama de adentro, 

hay vidas que se pierden a poco de haberse lanzado, 

vidas que nunca llegan a lanzarse del todo 

y vidas plenas, las menos, 

vidas como un fuego invisible, 

cercano, sublime por ser fuego, 

pero el cansancio lo ocupa todo, 

el cansancio absoluto, sin argumentos 

que lo justifiquen ante los demás, 

los demás nos ignoran, 

estamos solos, 

a lo sumo poseemos una cierta percepción del amor 

o del afecto o comprobamos, calle abajo, 

cómo nos saludan, 

en qué pequeña porción del vértigo del universo 

se nos concede un saludo, 

la evidencia de que existimos, 

quizá haya llegado la hora de las palabras, 

no las hemos usado lo suficiente, 

han estado desaprovechadas, 

no se las ha requerido con la suficiente convicción, 

no se han gastado en las cosas verdaderamente importantes, 

ni siquiera hemos escrito el poema, 

andamos a tientas, 

escribiendo amagos de poema, una especie de tentativa fiable, 

pero no es el poema, no está escrito, 

toda la literatura está en ciernes, 

todos los libros fundamentales no han sido escritos todavía, 

tenemos otros, 

pero no los que nos salvarán del caos, 

porque el caos acecha,

lleva acercándose desde que se fundó el mundo, 

está cada vez más cerca, 

hay quien lo huele incluso, 

quien advierte la barbarie del cuerpo, 

su escalofrío sin cordura, 

la fiereza de su fiebre, 

quien lo aplaude, quien lo jalea, 

el caos es un negocio, 

el caos es un juego, 

hemos perdido la noción de juego, 

los grandes hombres de negocios juegan con el caos, 

lo venden en los mercados de los pueblos,

lo presentan en sociedad, 

engalanado, jadeando amantes,

hay que haber vivido mucho para entenderlo,

hay que haber leído muchos libros para entenderlo, 

hay que estar muy alerta para rechazarlo, 

la literatura nos salvará del caos, 

por eso los grandes hombres de negocio, 

que son los que escriben los libros de texto de las escuelas, 

no desean que la literatura entre en el hombre, 

por eso reniegan de la filosofía, 

ningunean la música, 

todas las artes son perversas, son malignas, 

son engendros que malogran la vigencia del caos, 

que es el que hace caja, 

las monedas tintinean en el fondo del saco, 

el mundo libre está esclavizado por el saco, 

se oye a lo lejos, anda sin esmero, 

empujando, atropellando, 

sin mirar atrás, 

acercándose al lugar en el que reside el amor, 

porque el amor es el motor que mueve el mundo 

o porque el amor es el gran capitán de los poemas, 

el timonel de las estrellas, 

la luz copulando con la luz, 

la luz copulando con la sombra

8.8.22

220/365 Elías Canetti

 







Contra la muerte se puede escribir el libro más hermoso. Canetti hizo uno que no llegó a acabar nunca. Era así, debió ser así. Un libro que zanjase la locura de saber que cesamos. Lo escribiría con fervor novicio, lo puliría a salvo de la misma muerte, que cancelaría su primer afán, el volcado con más arrebatador fulgor. La vio en derredor con infame frecuencia. La de sus padres, la surgida por el loco avatar de la guerra, la leída y la más tarde inabarcable en su cabeza, royendo cualquier brizna de luz, aplicando sus dientes lentos y ciegos. Como una hormiga implacable. Como un veneno invisible. Se muere con demasiada facilidad. Morir debería ser mucho más difícil. Se expresaba con esa limpia inocencia, con ingenua voz de niño. Se imaginaba como el tigre “con su ininterrumpido ir y venir ante los barrotes de su jaula para que no se le escape el único y brevísimo instante de la salvación". Sostenía que la labor a la que debía encomendar toda su actividad intelectual era combatir a la muerte. Era una empresa baldía en la que estaría solo. No había pensador que hubiera pisado por donde él lo hacía. Ninguno pretendió derrotarla. Al constatar la imposibilidad de su proyecto, Canetti no claudicó, pero se abatió. No había lugar desde el que empezar, tampoco podía echar mano a la facultad que le arrogara la virtud de poder escribir "todo, absolutamente todo, sobre todo", anotaba en 1980. El enemigo de la muerte (tal era el título del libro no concluso, del que se tienen fragmentos) cosecharía la burla de todos los filósofos. Cualquiera de ellos haría mofa de esa voluntad absoluta de escribir sobre lo absoluto. Es mejor que nada hacer lo que se propuso que desistir o no tener la ocurrencia de esa beligerancia en el mundo de las ideas, no podría ser en otro. Observó a la muerte y no se inclinó ante ella; la nombró, la odió, la rechazó... tan solo eso, cuenta en El corazón secreto del reloj. 


Hoy volví a ver en una librería de segunda mano volví a ver la cara de sabio a lo Einstein de Canetti y recordé sus aforismos, su escritura corta, más que la producción de aliento largo y gozoso (Masa y poder, que leí con fascinación hace muchos años). Pensé en El suplicio de las moscas, libro con el que lo conocí. Hizo algo en mí ese libro que más tarde no me ha abandonado: escribir conforme acuden las ideas. Pueden ser imágenes que mueven palabras o palabras que traen otras y se crean imágenes. Es laberíntica la semilla de lo que se dice o de lo que se escribe, todo por si la inspiración, que o no llega o te pilla sin nada con que registrar su susurro divino. Canetti escuchaba con pulcro oficio. De esa atención a los primores y a los embates de la vida nació una literatura portentosa. La comencé en años mozos con El suplicio de las moscas y me afilié a ella con Masa y poder, un impresionante volumen al que vuelvo de vez en cuando. A Dios se le trabó la lengua al crear al hombre, escribió. Fue, en sus palabras, "un moribundo que se despide de sus dioses". Todos lo somos. Toda la vida oscila entre la ignorancia sobre lo que somos y el anhelo de querer saber. En una libretita escribí una vez uno de esos aforismos suyos, que eran la parte en la que el humor irradiaba su bendito coro de sonrisas: "En otoño el sol se agradece a sí mismo". Me imagino una charla imposible entre Ramón Gómez de la Serna y Elías Canetti. Habría partes en las que se entenderían de maravilla. Las otras, las que Canetti padeció, sus raíces sefardíes, su alemán inquebrantable, su inglés aprendido y su voracidad geográfica, abrirían mucho los ojos de Don Ramón. El escritor búlgaro trabaría con el madrileño inacabables conversaciones sobre el poder imbatible de las palabras, de cómo se las componen para que al final todo pueda ser contado y lo contado sobreviva y haga que el futuro sea un lugar mejor. 

7.8.22

219/365 Emil Cioran


          

Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación seria ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.


Sin Bach, Dios quedaría disminuido. Sin Bach, Dios sería un tipo de tercer orden. Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso. Todo en él es profundo, real, sin teatro. Después de Bach, Liszt resulta insoportable. Si existe un absoluto, es Bach. No se puede tener ese sentimiento con una obra literaria, hay textos, pero no son formidables. El sonido lo es todo. Bach da un sentido a la religión. Bach compromete la idea de la nada en el otro mundo. Cuando escuchamos su llamada, no todo es ilusión, pero Bach es el único que lo hace. Fue un hombre mediocre en su vida. Sin Bach, yo sería un nihilista absoluto


¡Ojalá Dios hubiese hecho este mundo tan perfecto como Bach lo hizo divino!


Cuando escuchamos a Bach, vemos germinar a Dios. Su obra es generadora de divinidad


Tras un oratorio, una cantata o una “Pasión”, Él tiene que existir. De lo contrario toda la obra del Cantor sería una ilusión desgarradora


Emil Cioran 



Veía pasar las horas, no pretendía ocuparlas. Haber nacido fue su contrariedad mayor. No fue padre: hubiese sido, más que una temeridad, una aberración. Todo lo que supo a la vejez decía haberlo aprendido de joven y haber aceptado una vida de mera comprobación. Era un hastiado, un negacionista puro y sin pedagogía. De Cioran se extraen casi siempre enseñanzas trágicas. Su pensamiento era fragmentario, no era de su interés sistematizar. No clama por nada, le da igual que se le escuche o no. Todos mis libros son inútiles, escribió en uno. Un tipo curioso, Cioran. Un filonazi en sus inicios rumanos, un nihilista puro, un místico inverso, carente de religiosidad, pero (como Borges) lampando por tenerla, prendado del bagaje cultural de la iconografía, cínico por mero mecanismo de supervivencia, provocador por naturaleza, amante sin reservas de Bach y de Brahm y, en menor medida, Beethoven, al que consideraba menos puro. 


Cioran fue, en cierto modo, una excentricidad en el pensamiento filosófico. Ni él se consideraba filósofo o pensador. Podía haber sido uno de esos charlatanes de tertulia radiofónica, sólidamente pertrechado de argumentos, exquisito en el manejo de la sintaxis y de las palabras, consciente como Wittgenstein de que la realidad es un artefacto  eminentemente verbal. Ahí Cioran hubiese hecho sonar su más hiriente caja de truenos. Cioran contra el mundo, tal vez tan envenenado como él. Ignoró a Dios y abrazó otra deidad, la del vacío. Se miró en esa nada y encontró un amago de luz. Un punto de fuga. Se quiso a sí mismo pasajero de un silencio majestuoso, escandaloso, cegador. Ese es el gran problema de su vida y el gran hallazgo de su pensamiento.He ahí la tragedia, la enseñanza extraída. La de un escritor que hubiese deseado, según formuló muchas veces, no escribir, no dejar registrada la tragedia, el sentido de las cosas, el peso del mundo, el dolor de su alma. Dejó anotado: creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro. Era un descreído al que le molestaba que le hubiesen arrojado a este mundo sin informarle de lo mal construído que estaba. Por eso pensaba constantemente en Dios, en el Creador antojadizo, en el Constructor, en el Hacedor Cruel. Pensaba en cómo podría Dios pregonar la virtud si el vicio es la verdadera medida del hombre. “Los vicios, acomodaticios por naturaleza, se ayudan, son indulgentes unos

con otros; en cambio las virtudes, celosas, se combaten y se anulan, y muestran en todo su incompatibilidad y su intolerancia”. 


Cioran encontró en la música, en Bach sobre todo, un bálsamo, una idea repentina y maravillosa de Dios (de un motivo primero, de una sustancia original) que prescindía del lenguaje boscoso (y en su espesura y clausura, perfecto) de los hombres, hecho de palabras falibles, y se abrazaba al inefable universo de los sonidos, de las notas que expresan un mundo en sí mismas. El pesimista Cioran encuentra en Bach la mano por la que circular por el mundo. Con Bach transita los meandros, recorre los parajes agrestes, hace la travesía más placenteramente y, en última instancia, convoca en torno a su periplo la gracia de la divinidad misma, esa lucidez de entender el mecanismo de las cosas, de imaginar arriba a Dios velando por el correcto engranaje de las piezas, ocupándose de sus desamparadas criaturas. 


La criatura llamada Cioran me ha dado esta mañana una pena hondísima. Youtube: He puesto a Bach, lasvariaciones Goldberg, tocadas por segunda vez por Gould. Suena en una lejanía que me inspira de algún modo. Pienso en Cioran (y también en Canetti, curiosamente) y en Bach y en cómo se entendieron. Dos mediocres en la vida doméstica, en el hecho de vivir y de salir a los parques y de charlar con los amigos en las calles, y dos genios absolutos en lo suyo. Qué genialidad más triste, al cabo. Bach, en su quehacer de padre numeroso, en su ghetto polifónico, fue un hombre equilibrado en todo. No sufrió los desórdenes que con frecuencia se relacionan con los grandes genios. Quizá por eso se hable en exclusiva de su obra, la magna y la imperecedera. Cioran, el descreído, el cínico, el desesperanzado, disfrutaría escuchando música sacra en las catedrales. Para ser un teólogo, como escribió Borges, a quien adoraba, no es imprescindible la fe. El honor de los hombres lo salvaron Platón y Nietzsche, escribió. Debería haber añadido a Bach, a Brahms y a Beethoven. De haber podido, los habría mirado con gratitud. Les habría estrechado con pudor la mano. Habría cerrado los ojos y se habría preguntado si durante todo ese tiempo no habría estado equivocado. Yo lo leo con entusiasmo literario y con perplejidad emocional. Recurro a sus aforismos de cuando en cuando. Me creo lo que dice. Hay coherencia en su malestar. También congoja en quien lo lee. Da un poco de pena. Hoy me ha dado Cioran una pena enorme. 


6.8.22

218/365 John Huston

  



En el estrago que el vividor lleva tatuado en el rostro se advierten, en ocasiones, las muescas del tiempo. La vida se ha ido retratando en la piel, haciendo un mapa mudable, una pintura inacabada. Como si la vida, cuando se la fuerza, confiriera al rostro un rango de dramatismo que no se expresa en ninguna otra circunstancia. Como si vivir, cuando se apura bien la vida, curtiera la piel y la hiciera una especie de texto visible, universal, al que interrogar sobre los avatares de la existencia. Hay caras exentas de dramatismo. Las ves sin que nada te haga pensar en una vida llena de avatares o de penurias. No les ha crecido la montaraz secuela de las preocupaciones continuas. También hay caras de una intensidad que conmueve. Se las adjudica a personas vivas, en un sentido casi andaluz del término; gente que ha estado en el lugar al que se te ocurra ir; del tipo que ha visto mucho y ha aprendido otro tanto. John Huston tuvo siempre una cara encendida, como si acabara de chamuscarse y recobrado el tono. Estaba curtida, esculpida con un cincel incivil, convertida en un espectáculo hipnótico. 


A John Huston le bastaba su putañería, su amor a las bebidas fuertes y al tabaco, su animalidad rocosa y valiente para que la vida siempre mereciera la pena y nada arruinase su parte divertida. Debió ser un juerguista bueno el señor Huston. En esa eclosión de vida, en su trasegar diario, están las mejores historias, debió pensar, y vivió con absoluto impudor hasta que el cuerpo le pasó factura (un enfisema), pero la cabeza va siempre por otro lado y la piel, la que exhibe en esta fotografía, va también por el suyo. Es como si la cabeza, en balde, corrigiese al corazón. Como si, ya acabo, ninguno aceptase a nadie que los gobierne. Queda la piel, ella es la que cuenta después la historia. Vivió Huston con una intensidad a la que probablemente no llegaría ningún personaje de su extensa carrera. Firmó la mejor película de un debutante (El halcón maltés) y la mejor de un cesante, su póstuma Dublineses. Se bregó en ocupaciones de riesgo (boxeador, marido en cuatro matrimonios, documentalista en la Segunda Guerra Mundial) y debió medir ese riesgo borracho o en la pompa de una resaca. Vividor, como oficio, tiene mucha narrativa, se puede consignar ahí la propia y adquirir más tarde la idea de que todas las vidas son, cada una a su antojadizo o azaroso capricho, espléndidas novelas, unas más dramáticas o enfebrecidas que otras, pero embutidas sin diferencia en el mismo equipaje. El suyo es admirable. Hacer cine es ser un novelista de la luz, que es tanto como decir un notario de sus sombras. En la memoria de cualquier cinéfilo perdura su talento en El tesoro de Sierra Madre, Moby Dick, La jungla de asfalto, El juez de la horca, La reina de África, Cayo Largo, La noche de la iguana o Reflejos de un ojo dorado. Todas inconmensurables. Bendito adjetivo, aun tan largo. Basta eso para darle las gracias. 

5.8.22

Marilyn lee

 



A Antonio, que me dio pie ayer; a Pedro, que me ha dado pie hoy


“Cuando fui a buscarla le pregunté qué estaba leyendo (quería saber qué hacía en su tiempo libre). Me dijo que tenía un ejemplar de Ulises guardado en el coche, y que llevaba un tiempo largo leyéndolo. Dijo que le encantaba su sonido y que  lo leía en voz alta, para tratar de darle un sentido; como que le costaba avanzar, y no era capaz de leerlo de forma seguida. Cuando nos paramos en un parque a hacer fotografías, ella se bajó con el libro y comenzó a hojearlo mientras yo ponía el carrete. Así que, por supuesto, la fotografié”.

Eva Arnold


Joyce atinó como pocos en convertir un libro en un objeto mítico. Ulises sobrevuela la Historia de la Literatura del siglo XX y concita la animadversión más cerval y las adhesiones de más encendido apresto. Joyce principia la consideración de que algunas obras no son únicamente libros, literatura, asunto traducible en términos de interés artístico, sino piezas canjeables por criterios pedagógicos o etiquetadas bajo el paraguas de la sociología. Estas obras son referentes culturales más allá de que verdaderamente las entendamos en toda su vasta extensión intelectual. Ulises es un libro-icono, un ejemplo válido de que la literatura, la buena, la llamada a discurrir por los siglos, contribuye de modo ejecutivo al acervo de un pueblo. Stephen Dedalus comparte con Alonso Quijano un status de pequeños dioses en la finca global, en el olimpo moderno. Luego está el lector in fabula, como decía o pedía Umberto Eco, el decodificador ideal del mamotreto infumable a juicio de unos o del excelente tocho, según otros. Quien haya asegurado que en su juventud, tan golosa, tan cultivada de esperanzas y de riesgos, tuvo el valor de culminar su lectura, tiene asegurado el cielo de los lectores perfectos, un paraíso comandado por cualquiera que no pueda vivir sin abrir un libro tras otro, como el que abre un día tras otro, lectores voraces, inteligentes y activos hasta el paroxismo semántico. Este es el veneno de la novela, su condición más íntima. Se entiende que el lector no dispone de paciencia o de tiempo para afrontar la tiranía de las páginas, su cárcel indeclinable. Que la dificultad a veces aparta, cuando no cancela definitivamente. 

La fotografía en la que Marilyn Monroe lee Ulises la tomó Eva Arnold en un parque infantil en Long Island, en Nueva York. Ocuparía un suplemento de la revista Squire. La actriz tiene una indumentaria que hace pensar en un posado, más que en un retrato verosímil. Si hubiese vestido una falda y una blusa también tendríamos la misma sospecha, la de que probablemente fuese un amaño, un ardid para que la imagen de tonta-rubia no cundiese más de la cuenta y se vendiera otra, más en consonancia con lo que se dice de Marilyn, esto es, que tenía un coeficiente intelectual muy alto y afición a la literatura. Cuenta la propia fotógrafa que cuando llegó a la sesión de fotos, Marilyn estaba enfrascada en el libro. No sé si todo fue premeditación: me llevo el libro, hago como que lo leo, me dejo fotografiar con él, todos ven lo preparada y lista que soy. Sé que hay otra fotografía en la que lee Hojas de hierba, el libro iniciático de la poesía moderna estadounidense, la obra capital de Walt Whitman. En junio de 1956 Marilyn Monroe se casa con uno de los mejores dramaturgos de su época, Arthur Miller. Tal vez estaban de romance cuando la sesión de fotos y todo fue una manera de engolosinar los ojos de su novio intelectual. De ella el escritor dijo: “Era como una poetisa que habría querido recitar sus poemas ante una multitud ávida de arrancarle la ropa”. Una declaración de amor. O de beligerancia. Es decir por decir. Era muy amiga de Truman Capote, lo cual da una señal de que la fotografía podría ser fiable. En el fondo, qué más nos da si leía las andanzas de Leopold Bloom o no lo hacía. Si hubiese deseado visitar Dublín entre rodaje y rodaje y pasear las calles por donde avanza la trama de la novela. Tardaría 24 horas. Como un travelling. Qué osadía la de dudar de que alguien lea. La nuestra, la traída por la fotografía de Marilyn con la obra de Joyce, podría censurarse sin discusión. Que alguien nos vea en un parque con ese mismo libro en un parque y nos registre en una imagen tendría la misma inconsistencia, pero no creo que suceda. No es libro de parques. Ni siquiera sé si lo es de cualquier otro lugar que no sea el de la valentía, aunque luego compense y vuelva uno del viaje con las alforjas felices. 









217/365 Vicente Núñez

 



Dejó dicho que para amar se empieza por no saber y se acaba olvidando. De ahí que, más que amor, él hiciera pugnar en su alma cierta idolatría, una pasión que deja al amor en poca cosa. Como si de verdad el tiempo lo hiciera flaquear, desmembrarse, adquirir la consistencia de la niebla, pujar y perderse después en una fuga de aire que nadie ve, pero de la que todos hablan. Fue Vicente Núñez poeta de corazón hondo, turbio también. Lo torvo, lo desangelado o lo gris, le hacían asquearse de la realidad y refugiarse en la prenda de las palabras, que son siempre fieles y cuajan en el cielo al que se las encomiende la más alta residencia y el más benigno destino. Era de la poesía de la que hablaba continuamente, aunque en ella citara a la muerte y a la agonía de esperarla y que no acuda. El amor que se tienen los que aman los salva de la tragedia, pero el mismo amor es tragedia mientras avanza y late en el pecho de quienes lo esgrimen. Un puñal ardiendo, un beso de una hondura que hace pensar en sedas a las que el fuego hace gemir o en arcanos donde la ceniza es una máscara o donde la luz, al reconocerse, torna sombra y se gusta en esa celebración del olvido. Vicente Núñez fue un ángel prendado de sí mismo, aunque no lo animara vanidad alguna y, puestos a que algo favorable sobre sí mismo vertiera, quedaría en ocurrencia, en clarividencia de viejo que sabe qué va a pasar después porque ya lo ha visto muchas veces con anterioridad. Soledad la suya que no es un infierno irreparable, como hizo constar en unos versos de su deslumbrante Ocaso en Poley, Premio Nacional de la Crítica, sino soledad abierta y robusta, necesitada de que se la abrace y luego (por barruntos del corazón) se la aparte. Esos esponsales de la luz y de la sombra ocuparon su cabeza de poeta cautivo de un propósito: el de hacer no ver la arcilla con la que se construye el mundo, aunque se tenga delante y hasta se huela su argamasa sucia. Donde se vive bien es en el error, cinceló. Quería mentir con la verdad en la mano o quería que la vida le dejase vivir. Amaba sin sintaxis, moría sin presagios. Amaba cuanto nombraba, decía. Tenía, en su enorme rendición de sofismas, el don de la concisión, esa virtud de hacer que lo pequeño brotase con un caudal inaplazable de vida, de pensamiento, de belleza. Le debía fascinar ser ese dios de andar por casa que concebía el saber y el pensar como raras gemas de notable estorbo. Jugaba a despreciar la herencia de la cultura y conseguía que toda ella, la suya era enorme, floreciera como una promesa o como un simulacro de verdad. Porque la sabiduría es inculta, proclamó. Se puede aprender tanto leyendo a Vicente Núñez que uno cree estar asistiendo a una especie de bautismo continuamente. Erraba adrede para cometer después la osadía de atinar sin proponérselo. Formulaba (sigo conjugando) pesquisas académicas en un mundo para él adorablemente pagano. Citaba con promiscua verdad la provinciana universalidad de los cuerpos y la tragicomedia insobornable del alma, que contendría versos, palabras ungidas de luz en un tiempo oscuro y maledicente. Qué vida más completa la suya, tan comprometida con la belleza, tan ocupada de metáforas y de imágenes eternas como las teselas de un 

A veces cuando escribo en un bar en el que esté solo (cosa frecuente y buscada) me acuerdo de Vicente Núñez. Sucede con frecuencia que yo haga eso: dejarme llevar por el tumulto de la gente, por el ruido de la vida que se congrega ahí. No es El Tuta nunca, el bar de la Plaza Octogonal de su Aguilar de la Frontera natal a donde el poeta acudía a diario y en donde pasaba parte del día, en donde le visitaban los amigos como quien lo busca en casa, pero hace la misma festiva función. No cuento con nada más que nos iguale a los dos. No recibo visitas, no hago residencia en la mesa de terraza o de interior. Apuro el café, fumo un cigarrito, interrumpo la escritura cuando alguien conocido me saluda o se acerca y se da a que charlemos o se sienta e interrumpe su quehacer para tomar un café conmigo. Mi vida no es excéntrica ni extravagante. No soy histriónico en el decir como lo era Vicente, según lo leído. Tenía una genuina manera de expresarse a la que hacía concurrir balbuceos, precipitaciones, pausas. El lugar idóneo era su bar, era El Tuta, al que acudía nada más abrir, tras haber desayunado en casa y escuchado la radio (música clásica, que amaba). Allí era donde "enhebraba la cháchara" hasta que a mediodía regresaba a casa, almorzaba, daba una cabezada. A media tarde volvía al bar y permanecía invariablemente en él hasta que cerraba. A su mesa, siempre la misma, la llamaba colmena, observatorio o cuadrilátero de bohemia. Como el que va a despachar una ópera en Paris, Vicente Núñez vestía con pulcritud, se interesaba mucho en la ropa, en el aseo (manos, uñas y afeitado perfecto). No todo era un camino de elegancia sin fractura. Su condición declarada de homosexual le granjeó en su pequeña localidad algunos contrariedades, pues se hacía mofa suya y se imitaban sus modales afeminados. Eran tiempos difíciles, cuándo no lo son. Ninguna ofensa le movió a marcharse del pueblo. Se afincó en él como una parte reconocible, casi como un detalle mobiliario de sus calles o de sus plazas. Un hijo predilecto, eso fue. Literalmente. Qué vida tan comprometida con la belleza, qué ocupada de ella. Con qué hermosas teselas decoró el mosaico de su días en la tierra. Extraviado en una epifanía perfecta, de la que probablemente no deseó salir, se puede invocar la gracia de la serenidad, ese anhelo de permanencia en la que el hombre baila la música que únicamente él escucha y se sumerge en el trenzado de los pies y en las volutas de las manos, como un danzante loco o como un sabio súbitamente compenetrado con su cuerpo. Ninguna mano humana, de arcilla roja, como a él le gustaba, lo forzaría a que interrumpiese su dulce embriaguez. Tenía en su memoria la palabra de todos los poetas. Con ella, con su fluir lento y sutil, salvaje y precipitado otras veces, había compuesto una obra para la posteridad. Su vasta cultura lo preservó del caos, pero tal vez quiso (como Luis Cernuda, como García Lorca, como tantos) evitar la deriva sabiendo de primera mano cómo manejarse en ella. No hará falta entender a Vicente Núñez como no se precisa arrimar un significado al sortilegio de la belleza que exquisitamente ofrecía su poética. "Si estamos condenados al incendio /será con el divino rayo de lo eterno". La lírica es una bandera: la engalana con el léxico de su terruño y hace cercana la eclosión de lo erudito. Esa virtud es la que matrimonia lo culto con lo popular, si es que una no va con la otra. Que ser feliz consista en saber engañarse uno es ocurrencia suya. No sabemos si la aplicó a conciencia o la mantuvo a distancia, como el que acaba de descubrir algo maravilloso y teme que sea verdad. 


4.8.22

216/365 Cai Lun

 



Uno ve una tablilla sumeria violentada por su escritura cuneiforme con infinita gratitud. Antes del papel, de que los árabes lo difundieran en su forma aún precaria, se escribía en la piedra, en la tierra , en seda, en madera , en huesos o en la piel. Cai Lun fabricó una nueva superficie con corteza de los árboles, cáñamo, redes de pesca y paños deshechos. Mezclando todo esto con agua, golpeándolo con madera y filtrándolo en tela y expuesto al sol para extraer la humedad, logró el primer papel. Cai Lun es hoy venerado en Oriente como patrón de los fabricantes de papel y el mortero con el que fabricó el primer papel se conserva como una reliquia. Según los registros históricos, un siglo antes de que naciera Jesucristo, el eunuco Cai Lun le presentó una novedad a su emperador He de Han que preservaba la escritura de moho y de parásitos. Lo milagroso no es el proceso técnico sino la voluntad de que lo dicho (las palabras y la emoción de las palabras) no se confiara a herramientas mediocres, que aliviaran la responsabilidad encomendada a la memoria de los pueblos. La prosperidad del pueblo chino proviene de este hallazgo. Y la misma literatura ha sobrevivido Mercedes a él. Se ignora si el propio Lun escribía o si el hecho de inventar un amago fiable de lo que más tarde sería el papel provino del deseo de que la literatura perdurase. Se suicidó con veneno al verse comprometido en una intriga palaciega en la que él tomó pública parte. Se erigió un templo en su honor. Hoy nadie recuerda a Cai Lun. Es un nombre perdido entre otros nombres ilustres. Se le concede el olvido a veces justamente a quienes pugnaron en vida porque no todo lo ganara ese olvido. La memoria de la humanidad es de papel. Hoy se la confía a prodigios invisibles, al sofisticado mapa de la tecnología. Acabaremos volviendo al invento de Lun. Hemos perdido el soporte mágico del papel y acabaremos atrofiando o sacrificando la hermosa caligrafía, que es un arte en sí misma. Lo maravilloso es cómo la naturaleza marca una pauta, da un camino para quien tenga la sensibilidad o la pericia. Fue la avispa común la que abrió los ojos del buen Lun al ver  cómo construía su nido. La reina fija los cimientos y señala el trabajo de las obreras. El armazón es una bola de láminas finas a cuyo cobijo ella pondrá sus huevos. Cai se fijó en esos soldados que masticaban finísimas hebras de bambú que mezclaban a modo de elemental argamasa para levantar los tabiques del nido y separar las celdas. Todo para que nada del exterior afecte a su crianza.  Cai había visto el papel por primera vez. Se llamó “zhi”. Los libros son una extensión compleja de ese novicio milagro. Una parte considerable de lo que hoy llamamos cultura emana también de ese prodigio. El papel hizo de China un imperio pujante. Durante siglos comerció con él y mantuvo en secreto la técnica de Lun. Hacia el siglo XII, por la vía de la seda, por la España musulmana llegó a Europa. A finales de ese siglo, se creó en España el primer papel de Europa, desplazando al pergamino. Toda la expansión de la cultura griega y latina se debe a este eunuco, me da por pensar. Es posible que él fuese únicamente una pieza pequeña. Era un inventor, al cabo. Por especular, se me ocurre que en el primer trozo de papel que tuvo en sus manos manuscribió un poema. Su caligrafía sería hermosa. Hablaría del viento astuto pintando en las hojas de un árbol un pájaro. Luego no quedaría nada. Se esparciría la imagen al abrir y cerrar los ojos. Quedaría el destello, esa brizna de esplendor, un milagro también. Pienso que Cai Lu era un poeta, pero muy reservado. No querría dejar constancia de su talento. 

3.8.22

215/365 Robert Walser

 



"Con frecuencia me paso los mediodías sentado en un banco, ocioso. Los árboles del parque están totalmente descoloridos. Sus hojas cuelgan artificiosamente, como si fueran de plomo. A ratos todo parece aquí de hierro endeble y hojalata. Luego cae otro aguacero y lo empapa todo. Se abren los paraguas, los coches ruedan sobre el asfalto, la gente se apresura, las muchachas alzan el borde de sus faldas. […] Y luego están los jardines, tan silenciosos y perdidos tras las elegantes verjas, como esos rincones secretos que hay en los parques ingleses. Muy cerca de ellos truena y resuena el tráfago del comercio, como si nunca en la vida hubieran existido los paisajes o los ensueños. Los trenes retumban sobre los puentes, que tiemblan a su paso. Por la noche refulgen los escaparates, ricos y elegantes como en los cuentos de hadas, y ríos y oleadas serpenteantes de seres humanos se agitan ante las tentaciones de la riqueza industrial allí expuesta”.


Robert Walser, Jakov von Gunten


Hoy leí algo que decía un buen amigo mío al que cada vez veo menos. Sostenía que la novela es el único lugar del mundo donde cabe todo. Hay novelas en las que está el mundo, es cierto. Tras leerlas, se tiene la idea de que  se alambican y no tienen fin dentro de la cabeza. Leí hace mucho tiempo El ayudante, que me entusiasmó, y hace unos días he terminado Jakob Von Gunten y siento que la historia está creciendo en mi memoria, se está apoderando de una parte de la realidad o está consiguiendo que esa realidad, sin que yo medie en el tránsito, se deje abrazar por la voz del esforzado Gunten, aprendiz de tanto, modesto y sencillo ser humano que sólo aspira a servir y a elevar su servidumbre a las más altas cotas de anonimato, a no brillar más allá del bien que su aplicación produzca en los demás, a pasar desapercibido y ser casi, en su determinación, invisible. En los tejemanejes que el alumno registra en su diario está el mundo en sí mismo. No falta nada, ninguna voz. Hablan los seres bajos y los humildes, a decir de uno de los dos, Jakob o el mismo Robert Walser. Pensar en él (en Walser) retirado del mundo, en la clínica psiquiátrica donde estuvo recluido treinta años y donde murió, me hace pensar en que de algún modo esa idea estaba planteada en la novela. Cabía, cabía y estaba. Sólo hace falta leer, cuidar de que no se escape nada. No sé si no conocer esa circunstancia, la de saber sobre la vida del autor, incide o influye o modifica la lectura que se haga de su obra. No debiera y, sin embargo, sucede, la manchamos, la contaminamos con esa periferia innecesaria. No saber que Walser cayó sobre la nieve el día de Navidad de 1956. Había sido hasta criado en un castillo de Silesia y antes de eso, sin que ninguna ocupación le fijara a un sitio o a un patrón de vida, había sido empleado de banca y archivero. No saber que Walser, no el escritor, sino la persona, fue ingresado en el sanatorio para que se le tratara una esquizonfrenia severa que le hacía, a decir de su hermana, peligroso para los demás y para sí mismo o para que la ansie. No saber que se le dio el alta y prefirió quedarse en la clínica. Que contra su voluntad, fue a una institución más severa donde se negó a escribir más. No tenía libertad para hacerlo (el único suelo que puede pisar un poeta) por lo que rechazó que se le proporcionara papel y pluma. El hecho de que un escritor decida abandonar su oficio es tristísimo: es como si una parte de uno mismo, la que escribe, se desentendiera de la otra, la que vive. Porque ambas cosas, en ocasiones, están reñidas. Una es un parásito de la otra. Quien vive mucho, escribe poco. También puede ser leído a la reversa. Walser escribía para que una de las dos ganase. Canetti dijo de él que era "el más oculto de todos los escritores". También que temía seguir leyéndolo. "A su lado, Kafka palidece". En el perfil de quien escribe, si es que se espera que tras la escritura concurra la lectura de otros, no puede existir la ocultación. Se escribe para que se nos lea, salvo que no nos importe en absoluto la aprobación ajena y tan sólo deseemos invitar a la aquiescencia propia. Kafka leía a sus amigos pasajes de la obra de Walser. Kafka era un escritor oculto también. Ganó la escritura, a beneficio nuestro, paradójicamente. Porque creo que ninguno de los dos tenía en mente, al trenzar y destrenzar las frases, que alguien tuviera voluntad de leerlas. Ni siquiera que algo de lo que contaban esas frases contuviera algo que de verdad tuviera interés como para que alguien le prestara un poco de su tiempo. Hay vidas que las cubre el silencio. Se llenan de él y suceden sin estrépito. De la suya, qué sabré yo de la suya, entreveo que sería una continuación de su actividad literaria. Un poco triste y un poco indiferente a la tristeza también. “Tengo que marcharme. No puedo aguantar el amor. Estoy destinado a una vida más asilvestrada y fría. No me seduce saberme amado”. Rechazó la realidad. También en su literatura. Los días se persiguen, nosotros observamos. Un día es como una novela. Cabe de todo. Se le puede pedir cualquier cosa. Es más tarde cuando la memoria hace de los días pasados pura invención, memoria que no se deja cartografiar y hace que cualquier acontecimiento pueda ser convertido en otro, sin que se resienta la conciencia de quien lo ha reformado. ¿Qué es escribir, al cabo? Ahora me da por pensar en Walser en su cárcel para desquiciados, en ese retiro del que ya no salió, en sus paseos, en la negativa a volver a contar nada. Lo imagino en silencio. Un escritor en silencio es algo de lo más respetable. O ya lo ha contado todo o no desea contar nada más. El hecho de contar es en sí un milagro.

2.8.22

214/365 Vicente Aleixandre


 Hay poetas que viven en sí mismos. Se le da a la poesía esa cualidad fronteriza de búnker, de cosa construida con todas las cautelas, de secreto que debe ser protegido de la invasión de los bárbaros. El hecho de que un poeta publique y se las componga para que se le lea no rebaja la intimidad de su poesía, que funciona como un mecanismo íntimo de preservación o como un milagro del que sería creador y único espectador. Siempre achacoso, enfermizo, Aleixandre construyó su refugio interior, que fue un esplendoroso cedro de Líbano, al que mirar desde una ventana de su Velintonia, la casa en la que residió casi toda su vida y el de la calle (Wellingtonia, en su original) en donde estaba, y una cama desde la que escribió sobre la destrucción y sobre el amor hasta que uno de los dos venció y se perdió el prodigio privado de escribir y de contarse el mundo que no entendía. Para que fuese humano el poema, el poeta debía engalanarse de todo lo humano. Así que Vicente Aleixandre se vistió de hombre y habló al hombre. He ahí el clamor primero de sus versos, que son de vida y de muerte, de amor por encima de cualquier otra consideración posible. Por sufrir por la luz, quién hace eso. Los labios azules en la madrugada y la noche dura en un eclipse de agua o de cristal hacia la misma semilla del tiempo. Todo es causa y en ella todo se sublima y se desvanece para que se reinicie la sustancia novicia del universo. Todo lo impregna la pasión de vivir. Todo es renuncia y clausura y luego luz y cántico. Amar es sacrificarse, viene a decir el poeta. Unidad en el amor y pérdida cuando se destrenza el abrazo que lo justifica. Aleixandre no toma a la amada como sujeto de su quehacer poético, sino que fija su atención en el amor puro, en su prevalencia, en su orden y en su destino. Fluye como un fuego, arde sin estrépito. Se le ve al hombre cuajado y entero, como satisfecho de sí mismo, a pesar de los embates de la realidad, que lo zarandeó y lo desarmó en salud y en afectos. Nada que la poesía no cure, si es que el malestar cunde y afecta. El Nobel que le dieron no da la talla del poeta. Hace tiempo que fue más un mecanismo de compensación geopolítica que un tributo a alguien considerado sublime en su trabajo. Le bastaba su sillón o su cama y la presencia continua de amigos, poetas la mayoría, que le ponían al día de la cosa de Madrid y de la periferia, precipitando los rumores y esperando que él tuviera alguna de sus ocurrencias, pero es la voz del poeta la que debía fascinarles. Escuchada en muchas lecturas de sus poemas, yo la veo de una fragilidad que sobrecoge. Como si estuviese a punto de venirse abajo. Cuando dijera eso del eterno nombre sin fecha o el árbol jamás duerme o lejos estás, padre mío, en tu reino de las sombras. Soy yo el que recita de memoria y no pronuncia, sino que imagina su voz y registra las palabras. Leí a Aleixandre en tromba, cuando la escritura se presentó y leer era una pasión mayor que cualquier otra. Recuerdo leer a Aleixandre a diario. Leía poemas sueltos, sin buscarles una trabazón. Luego descubrí que todos son el mismo poema. Un poema que duró varias décadas. Era la destrucción o era el amor. La madera del cedro que plantó el propio poeta tenía fama de ser resistente a la carcoma y a las polillas. Aún persiste, centenario. 

1.8.22

213/365 Ángel González


 



Se muere uno a cachos,
sin percatarse de que la cosa se acaba.
Es la historia de siempre.
La alegría iza su bandera en un costado
y la tristeza planta un agujero
en el otro para levantar la suya.
Da miedo toda esta sórdida
maquinación de las sombras.
Porque tienen que ser las sombras
las que nos acechan tanto.
Las que hacen que nos duelan las muelas
que de pronto se nos han puesto levantiscas
y andan muriéndose en nuestra boca
sin que le hayamos dado permiso.
Vosotros, mis amigos, deberíais saber que,
aunque estornude, soy un cadáver.
Se me nota en el ancho inédito de un ojo.
Lo tengo más abierto que de costumbre.
Como si hurgara la luz y buscase
un argumento con el que rebatirla.
Me muero porque el mal me va ganando.
Es el mal, oh amados míos,
el que nos derrota fatalmente.
Si la bondad existiera en el mundo,
si no hubiese tiranos,
ni ganasen las batallas los de siempre,
si los tahúres vieran cómo se pudren
todos los ases que esconden en la manga,
si Dios estuviese más al quite
y nos librase de algún quebranto,
no moriríamos nunca.
Lo he dicho bien claro:
no moriríamos nunca.
Todo sería suave y el aire sería aire de verdad
y el paisaje cometería la imprudencia de desdecirse
como un ángel inútil que lee poetas griegos
a la caída de la tarde,
cuando las novias se acicalan para los besos.
Así que morir no lo es todo.
Ni lo es Dios ni la gana que tienen todos
de que pierda pie y me dé de bruces con la eternidad.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...