2.3.22

61/365 Peter Lorre

 






Ladislav Loewenestein nació en Hungría (otrora Imperio Astrohúngaro, aquí pensamos con admiración y chanza en Berlanga) a comienzos del siglo XX. En esta foto tenía 40 años. Su desmedida afición por el teatro le hizo dejar su país antes de cumplir los 20 y buscarse la vida en Suiza. Allí trabajó de cajista para pagar las clases y que su nombre sonara en la escena dramática de la época. Bertold Bretch lo apadrinó y Fritz Lang le hizo M, el vampiro de Dusseldorf, aunque Loewenestein no confiaba en el cine ni apreciaba la emergencia de un arte que, comparado al teatro, no dejaba de ser un entretenimiento pasajero, una moda de feriantes y comerciantes espabilados. Su ascendencia judía, no obstante, le haría razonar el error y enseguida volcó su talento en el cine. Eso era 1.934. Tres años después, huyendo del terror nazi, trabajó con Alfred Hitchcock en El hombre que sabía demasiado, versión inglesa. Después vendría el encasillamiento: decenas de películas para la posteridad. Su aspecto desvalido, esa fragilidad, la indefensión que exhibía su rostro extraño se afiliaba a dos tipos de interpretaciones: la del atormentado y la del inocente; la del hombre atribulado y solo, fatalmente ungido por la mala suerte, por la miseria moral de un tiempo siempre en zozobra, es decir, el cine negro puro, y la del hombre digno de lástima, escasamente dotado para el mal, pero empujado a él por designios irreparables. El segundón perfecto, el actor gremial y esforzado, siempre vivió encadenado a su aspecto. No recuerdo, salvo Charles Laughton, otro actor más esclavizado que éste a un perfil y a un gesto, a un rostro imposible de olvidar y a un rol perdurable, por encima de que le llamaran para hacer una comedia de altura (Arsénico por compasión) o un thriller de la mejor enjundia (La máscara de Dimitrios). Curiosamente ambas obras maestras están producidas en el mismo año, 1.944.  A su pesar, supongo, Peter Lorre será siempre el hombre enclenque, presumiblemente zarandeado por algún trauma infantil, que salía en las películas de gángsters con una pistola en una mano temblona, como poco hecha a empuñarla. El rostro delata un mal peculiar: el dolor infinito de querer salir de ese cuerpo y colarse en el de James Mason, pongo por caso. Cary Grant tampoco hubiese estado mal. A un actor con madera de actor de verdad, el cuerpo de Cary Grant es siempre un regalo. Con Grant coincidió en los desencantos matrimoniales. Tres esposas. Murió en 1.964 el mismo día en que firmaba el divorcio de su tercera.



En la parte laboral, hay pocos actores que fascinen más que éste, quién busca un inventario. Peter Lorre es cine puro, la cara que cualquier director querría y sobre la que montar una historia entera. La cara de Peter Lorre esconde un ángel y también un psicópata. O la teoría de mi amigo K.: el bien absoluto y el mal absoluto son, en realidad, la misma cosa. Eso de los extremos que terminan tocándose. Pero Lorre establece una línea subliminal de miedo que sobrepasa la posible ternura alojada en sus ojos, en su gesto de crápula sin amigos que se muere en las barras de los bares, despeñado en gin-tonics, ejerciendo el oficio de mártir anónimo que todos los que tienen una cara así ejercen alguna vez. Un miedo invisible, inargumentable: a Hitchcock le gustaban los tipos así, a mí me duele que el cine no tenga ahora ningún Lorre en cartel, ningún Laughton. Quizá la época desquiciada de un buen Christopher Walken o los años primerizos de Gary Oldman, antes de ser actor para todo y ganarse el afecto del ejército de admiradores de Harry Potter, respetables todos, por supuesto. Pero a Lorre le preocupa su lado enfermizo, que contagia ternura y miedo, que conmociona al espectador desavisado. Por eso se estiliza, se deja aconsejar, pierde unos kilos, se concentra en adquirir una pose glamurosa, y consigue que olvidemos al Lorre antiguo, al que nos asombró en M., el vampiro de Dusseldörf, el que amenaza a Humphrey Bogart en El halcón maltés, pero a mí me sigue fascinando el enfermo, el tarado, el vampiro. Seré yo todo eso y veré en el espejo al igual que respeto y admiro. En sus últimos años fue un fijo de la serie B y de la televisión. Se avenía sin mayor recelo al rol de cómico o de psicópata. Antes de eso fue un actor maravilloso (no dejó de serlo, aunque su esplendor final estuvo rebajado a productos mediocres), uno capaz de hacerse cargo del peso moral de una película. Él solo. Sólo su cara.

1.3.22

60/365 El Gordo de Minnesota y Eddie el Relámpago

 




Tal vez haber sido boxeador hizo que Robert Rossen fuese un director de cine con madera de pugilista fracasado: movía la cámara como si alojase un derechazo en el aire y trataba de noquear al rival con un buen directo a la tripa. También fue comunista. Así que tenemos un ex-boxeador y un comunista que desentonaba en el Hollywood del glamour, de Cole Porter y de los trajes de fiesta en salones alfombrados de swing y de champán. Luego fue llamado por la 
HUAC, el Comité de Actividades Antiamericanas. Un director conjurado a retratar mundos subterráneos, júbilos marginales y vidas embocadas al desastre tenía que ser un tipo peligroso. Además En cuerpo y alma y El político no eran especialmente dulces: las dos vienen a contar que el mundo es, por naturaleza, trágico y que conforme uno escalafona en la toma de responsabilidades en él más va abandonando la ética y más se escora a la corrupción y al desasimiento de los nobles ideales que marcaron su idilio con el futuro y con todo lo bueno y bonito que tiene la vida. Rossen bajaba al ring o a los despachos comidos de nicotina y de mobiliario deprimente de los partidos políticos para escriturar su decepción. Los palos que nos llevamos en la vida no se escriben: se escrituran. Se llama a un notario que dé fe de nuestra desolación y se guarda el testimonio en una caja de caudales para que alguien, treinta años después, compruebe lo encabronados que estuvimos o lo poco felices que fueron nuestros días en la tierra. Rossen filmaba con mala leche para que las generaciones venideras asistieran, impávidas, entre la tristeza y la admiración, a su guignol gris, a su estampa costumbrista de la América profunda ésa de la que hablan todos los directores americanos en algún momento de su filmografía. La de Rossen es una América de boxeadores y jugadores de billar, de políticos con grandes bolsillos y ética desmontable, de perdedores que levantan la barbilla y se burlan de la adversidad cuando los echa abajo.


El compromiso político le hizo dejar los Estados Unidos, una vez que se negara a dar los nombres de los compañeros de juergas ideológicas. No habló de John Garfield, con el que le unía el calzón corto y los guantes y también la arena de las palabras, ese farragoso terreno en el que los que detentan el poder no quieren entrar por temor de perderlo. El político pierde la inocencia en su recorrido laboral: Starks, un estupendo Broderick Crawford, termina corrompido, desencantado, hospedado en el mismo cuartel de vicios y de pecados que él mismo criticaba a pie de un carromato, carente de la oratoria con la que engañará en el futuro pero investido de sinceridad y de poder de convocatoria. McCarthy le hizo las maletas. Grabó en Italia, España, México y hasta las islas Barbados. El regreso a su país (1.961) fue apoteósico. Volvió a hurgar en las mismas heridas. El buscavidas es una obra maestra absoluta. Una de las mejores películas de la Historia del Cine. Sin paliativos. ¿Qué hay dentro de esta película? Honor quizá. Vida a secas. El campo de batalla de antaño metamorfoseado en un simulacro moderno.


Los bajos fondos huelen a cerveza caliente, a humo rancio de tabaco negro y a sudor. Añada el curioso lector un mesa de billar y una potente luz que la ilumine, un nutrido grupo de hombres vocacionalmente ociosos y tal vez una música de jazz de atrezo y ya tenemos el marco perfecto para una película de cine negro. Si ponemos un vaso de cristal fino de boca ancha bien relleno de algún buen whisky de malta pues entonces la escena es sencillamente perfecta. La dama que hace tiempo que dejó de serlo, escote generoso, falda estrecha, uñas pintadas y muy largas, merodea la partida y espera que su galán le dedique una mirada, una bocanada de humo o un guiño cómplice. La vida, en ocasiones, precisa miradas, bocanadas de humo, guiños cómplices si uno ha perdido en el camino la estima y la esperanza de que algo bueno pueda sucederle. La mesa de billar, como la arena del circo, como el ring, como las barras de los bares, es la quintaesencia de esos bajos fondos.


Hay que ver a Jackie Gleason, el gordo de Minnessota, moverse alrededor de la mesa con su cuerpo asombroso, una mole, juguetear con el palo y parecer, en todo momento, que va a derrumbarse o que el corazón va a reventarle es asistir a una clase magistral de cómo mover una cámara y cómo hacer cine. Punto. Minnessota Fats no es sólo el nombre de un personaje: es también la marca de un famoso y reputado palo de billar. También hay en Madrid, me contó un amigo, un club de billar con el nombre rimbombante y mitológico de Eddie Felson.


El buscavidas no es únicamente el personaje mítico de Eddie Felson, El rápido, El Relámpago, un perdedor, un antihéroe antológico. Es la historia de la búsqueda de la pureza, de la perfección. Da igual que Rossen ponga el énfasis en el ring o en la mesa de billar: el instinto es el mismo, la voz es la misma. Se trata de hombres amorales o de una moralidad de contención, pintada del color del dinero o de la épica de la supervivencia. Pícaros, tahúres, enfermos de amor, desencantados, villanos domésticos, pardillos y buscavidas sin alma: la abigarrada fauna que Rossen emplea en ese teatro gris que es la mesa del billar, territorio mítico y metáfora soberbia de la vida. El tahúr está enamorado de su manga.


Personajes secundarios absolutamente imprescindibles: el "toro salvaje" Jack LaMotta, que hace de barman; George C. Scott, como esa especie de proxeneta del taco, un diablo seductor que conduce a Felson al agujero más oscuro, al más terrible; Piper Laurie como la autodestructiva dama enamorada del perdedor Felson...Jackie Gleason nunca estuvo mejor. Piper Laurie lo borda. Paul Newman (qué riesgo escribir esto) hace el mejor papel de su vida.  


28.2.22

59/365 Billy Wilder

 



A José Antonio Zamora, hermano norteño. 


Una de las cosas que más admiro de los buenos directores es que consigan algo que, en principio, parece poco asequible: el que creamos lo que nos cuentan como si fuese algo propio, privado y nuestro. Que la historia que nos cuentan desplace la realidad que la circunda, la propia, la conocida.  Da igual que sea de encargo o la hayan creado ellos mismos, importa escasamente que la película sea de ciencia-ficción o de romanos. Hay películas que están hechas para nosotros, sabemos que son propiedad nuestra y van a acompañarnos siempre.


El arte de Billy Wilder produce eso precisamente: nos susurra una historia, nos la confía en la creencia de que puede gustarnos más o menos, pero vamos a entenderla, se va a producir ese raro prodigio que, en ocasiones, produce el cine y que consiste en que hacernos amar la vida. Durante la suya, Wilder escribió, dirigió y produjo películas, pero sobre todo fue un contador de historias. Antes de ser Billy Wilder, antes (mucho antes) de que Fernando Trueba dijese que Wilder era Dios en la ceremonia de entrega del Oscar de mejor película extranjera a Belle Epoque, Wilder quiso ser Douglas Fairbanks, el hombre que quiso comprar Austria entera, con sus valses en el pack, su héroe absoluto hasta que descubrió el periodismo y dejó su Viena natal (este verano estuve en la puerta de una de las casas en las que vivió) y se hizo periodista en Berlín.


Él prefería la palabra reportero a la de periodista. Decía que eran una mezcla de detectives y de poetas. Que los buenos reporteros mejoraban las historias. También fue negro, escribió para otros, no se veía su nombre en los créditos. Tú escribe y mantén la boca cerrada, le decían, pero Billy quería ver su nombre en la pantalla. Se hizo director porque sus guiones casi nunca se respetaban. Quizá provenga de ahí su respeto al espectador. No le escamoteaba nada, no dejaba nunca de pensar que el público es inteligente y no hay que jugar con él, ni rebajar una brizna la exigencia que convierte el producto mediocre o hasta el abiertamente malo con la obra digna y, en casos, la brillante, la obra maestra. Él tuvo muchas.


Antes de que llegaran, mucho antes de que Trueba dijese que él era Dios, Wilder compartió una habitación con Peter Lorre. Hubo noches en que sólo comían una magra lata de sopa. Lo contó muchas veces, en muchas entrevistas. Con Charles Brackett, el mejor guionista de entonces, discutió en cierta ocasión cómo burlar a la censura. No iban a escribir una escena en la que alguien llamase hijo de perra o cabrón a otro. "Si tuvieras madre, ladraría". Tuvieron que afinarse mucho para burlarla. Entre los dos escribieron Ninotchka. Luego cada uno fue por un lado y ninguno quiso saber nada del otro.


Wilder admiraba a Lubitsch. No había mejor director que Lubitsch. Ninguno que con más fineza mostrase cosas que no se habían visto en la pantalla de un modo más eficiente que si hubieran aparecido. No veías a un hombre en la cama con una mujer, no era algo posible en el cine de aquella época. Sin embargo, Lubitsch dejaba una horquilla en la almohada de la cama del galán o mostraba a los dos amantes, a la mañana siguiente, en el desayuno del hotel desayunando juntos. Ah cómo sorben el café, cómo devoran las tostadas (escribe el propio Wilder). El toque Lubitsch fue el patrón sobre el que el joven Wilder construyó el toque Wilder. Lo podemos ver en muchas películas. En todas (decía) intentó pensar cómo las hubiese rodado Lubitsch.


Tenía claro que los personajes, los suyos eran carne propia, debían hablar como si estuviesen al lado nuestra y no fuese cine, sino la rutina de la vida lo que acontece alrededor de esos personajes. Nadie habla como en las películas, se quejaba con frecuencia. Por eso era tan puntilloso con las historias. Porque eran lo único verdaderamente importante, que fuesen buenas y no dependiesen de otra cosa que de las palabras. Temía más al folio en blanco que al set de rodaje.


Se adora a los directores, pero se debería adorar a los guionistas. Es imposible hacer una buena película con un mal guión, solía repetir; es imposible que un director mediocre destroce completamente uno bueno, escribo de memoria, pero esas fueron más o menos sus palabras. Wilder no permitía que un actor tuviese ideas propias y cambiase una línea del texto. Su actor favorito, Jack Lemmon, podía hacer los gestos que quisiera, andar como le vinese en gana o carraspear o darle más o menos velocidad al recitado del texto en la escena, pero no debía birlarle una palabra. Eran personajes cómicos o serios, tocados por la fiebre de la tragedia o del humor, pero lúcidos, capaces de elegir, dotados de un sentido de la moralidad.


Se trataba (imagino) de no hacer nada de lo que pudiera avergonzarse en el futuro o que pudiera desentonar. En todas sus películas los actores (con las actrices, no se me pongan tan correctos) se constata esa dialéctica entre el autor y sus criaturas, que parecen contravenir la ruta del guion y escorarse aquí o allá, como si deseasen salir del destino que está más o menos marcado y por donde discurren sus vidas y contra el que batallan. En El crepúsculo de los dioses Joe Gillis o C.C. Baxter en El apartamento o Harry Hinkle en En bandeja de plata. Oscilan todos entre el bien y el mal, entre la obediencia y la disensión, un poco como cualquiera, fuera de la pantalla, en el ir y en el correr de los días, que se ocupan con películas de Billy Wilder para entenderlos mejor o para entretener el camino. Las mías son Perdición, El crepúsculo de los dioses, Días sin huella, La vida privada de Sherlock Holmes, El apartamento, Irma la Dulce, Con faldas y a lo loco, Uno, dos tres, La tentación vive arriba, Testigo de cargo, En bandeja de plata. Creo que únicamente Alfred Hitchcock, Fritz Lang, John Ford, Howard Hawks o John Huston pueden exhibir una nómina que rivalice con ésta. Se admiten discrepancias, pero a Dios lo entiende cada uno a su antojadizo capricho.

27.2.22

El tiempo ganado


Diane Arbus, Los campeones junior de baile de salón, New York, 1963

Para Francisco Machuca, que hoy me ha mandado una carta  

Hay una edad en que no se piensa en edad alguna, no se tiene conciencia de que el tiempo acabará cobrando un peaje. Se vive con la secreta ilusión de que todo serán caminos allanados de tragedia y que, más que felicidad, lo que se arrimará a nuestra existencia será la alegría, ese clamor de alas en el estómago, esa lujuria de amor al amor mismo, que es como una declaración de fe en la vida. 

58/365 Paul y Jeanne



Hay que llenar los pisos vacíos, le dice el que regresa a la que está llegando. Un piso vacío es un poema al que todavía no le han puesto ningún adjetivo. Luego los pisos se van ocupando con butacas y mesas, pero la verdadera medida de lo que de hogar hay en ellos procede de lo que pensamos cuando deseamos llenarlos. El hombre ha querido retirarse, pero no tiene el valor de matarse. Ha estado en muchos sitios y no piensa que haya ninguno al que le apetezca ir. El piso es un refugio en el que dejarse consumir, pero ella se ha cruzado. Desea que no le nombre, le pide que no desee saber nada de lo que hizo antes de conocerla. Reina la voluntad de no tener una historia. Como si fuesen personajes de una novela que uno lee y disfruta, pero que acaba olvidando, sin saber cómo se llamaba el protagonista, si tenía una madre a la que echaba de menos o una mujer a la que amó y que acabó detestando. El amor está en el aire y no nos han enseñado a respirarlo. No sabemos cómo apresarlo, con qué empeño aspirarlo y mantenerlo adentro. Se acaba escapando, terminamos por dejarlo ir y abrimos la boca para que entre otra bocanada y los pulmones reciban, en trance, el aire nuevo. Por eso el hombre la mira sin que le afecte, entra en su cuerpo sin que un clamor de alada armonía lo arrope y calme, la enjabona y la seca sin que piense en que pueda hacerlo mañana y el otro, hasta que el hábito de verse se arruine o el tiempo los fulmine. En el piso que han fundado no existe el tiempo. Está la mantequilla, el suelo duro y las ganas de encontrar alguna respuesta a todas las grandes preguntas que se han ido los dos formulando. Ella tiene el pubis hirsuto, las tetas novicias y rotundas y la cara bonita. Él es un viudo nihilista, él es un perdedor al que no le falta nunca una buena historia que contar. Historias de otros. Episodios ajenos. Se van queriendo a su manera, pero eso no lo apreciamos, podemos pensar que es una obra de teatro lo que representan. El escenario. Los distintos decorados. Las palabras yendo y viniendo. El sexo hueco y sublime, triste y metafísico. El sexo es amargo. Sabe a amargo. No es verdad todo lo que dicen sobre cómo sabe. Da igual que hayas probado cien y todos tengan un sabor distinguible. El sexo es de un amargor enorme. Las palabras también huelen a sexo. Paul le cuenta a Jeanne una novela aplazada, una trama muy dispersa, una triste y sublime también. Una historia con Dios y otra sin Dios. Paul le grita, la insulta. No suena a insulto. No se le ve blasfemo. Es un salmo obsceno. Hay rezos en los que te crispa que no se te escuche. No sé muy bien todo esto. Tengo que pulir la mística. Creo que no me acuerdo de la última vez que recé, dice Paul. De todas maneras, quizá rece a diario y no tenga conciencia de que lo haga. Días de palabras elevadas a Dios. Puto Dios, le grita bajo un puente. Paul es un feligrés desencantado, un amargado que tiene miedo a serlo de verdad a tiempo completo, sin pequeños armisticios. Jeanne no sabe lo que es y anda buscando a quien la guíe. Paul es bueno en eso, en hacer que el mundo deje de tener sentido completamente. Porque nadie le ha contado a Jeanne ninguna historia que le explique el mundo y él la ha instruido en confundirla. La muerte no está a la vista. Está el dolor, está el vacío, está la pérdida, pero la muerte no es una consideración remarcable. Siéndolo todo, es nada, es un susurro, es una clausura limpia.  Es de la pureza de lo que hablan. Son puros. No sabemos cómo, pero desprenden pureza. Jeanne tiene la vida por delante. Paul no cuenta. Nunca lo hizo.

25.2.22

17 aforismos


Con qué artero oficio la fatalidad escribe su epitafio en la sangre.

*

La fe es la imaginación de la ciencia. 

*

En el vuelo el pájaro se desdice. Así tantea la tierra, así se precave de acrobacias temerarias. Tal que el hombre, que es un pájaro inverso. 

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La vida es no contar con entenderla. 

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Nada es más hermoso que el anhelo de la belleza.

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La bondad es la sintaxis del alma pura.

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Quien acude cuando se le llama a veces se aleja nada más llegar. 

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Los sueños son la vida que viven los demás. La nuestra protagoniza los suyos. 

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Se ama de verdad cuando no se tiene ninguna esperanza de que amar perdure.

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Cuanto más me conozco, más me desdigo. En un extremo, el silencio es la expresión más exacta de lo mío. Uno construye así lo que no es y tutela lo ya sido. 

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Dice mi ausencia de mí lo que los demás ni imaginan. 

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Qué dulce el veneno de la ignorancia, cómo nos acaricia, con qué secreto pudor nos agasaja y conduce. 

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Viajar es desentenderse de uno mismo.

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No hay mapa que observe la elocuencia de la luz o brújula que dispense de la alegría de perdernos.

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Lo evidente es a veces lo más oscuro. Lo entenebrecido se entiende sin esfuerzo. La prolijidad de lo real. 

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Dijo no haber leído jamás un poema, pero un enjambre de metáforas le ocupó la boca y las palabras le urgieron a registrar el milagro.

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Lo insólito hecho cosa cotidiana. Lo rutinario vestido con lo extraordinario.

56/365 G.K. Chesterton

 




Aristóteles, en su poética, dejó escrito que el principio de la Filosofía es la admiración. No es cosa de contradecir o enmendar la exposición del griego, pero yo añadiría que esa admiración es la que debe estar presente en nuestra existencia, en el decurso de una vida, en el trasiego de las horas, en fin, no hay que extenderse más. Se admira uno de la eclosión de la luz y de la limpia clausura de la sombra, del azul ocupando la bóveda del cielo o de la providencia de las palabras, que nos facultan para vislumbrar lo oscuro y nos hacen pacientes y minuciosos escudriñadores de la realidad. De toda la literatura posible, la de nuestra lengua y la vertida en otra,  a veces pienso que la inglesa es, en peso y en trascendencia, una debilidad mía que se acrecienta con el tiempo y me predispone a mirar todo lo británico con ojos bondadosos, con esa admiración de la que hablaba Aristóteles en su poética, con gratitud también. Porque hay que ser agradecidos a los que escribieron para que uno, las más de las veces de noche, cuando todo se apacienta y no hay ruidos ni distracciones, abra un libro y viaje en el tiempo y en la geografía y de pronto esté con el Padre Brown en una calle de Bradford, Yorkshire, que es donde G.K. Chesterton quiso hacer que anduviera, igual que Cervantes puso a su Alonso Quijano en la Mancha o García Márquez eligió Macondo (Cien años de soledad, La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, que recuerde ahora)  y allí hizo de demiurgo de sus criaturas y las dejó campar a sus anchas. Se me ocurre esto porque a mi buen Chesterton le debo una porción de toda posible felicidad que la mecánica de las palabras, al crear literatura, me arrima. Soy de Chesterton con absoluta conciencia de lo que significa declararse voraz lector suyo. No habría llegado a su obra de no haber intermediado mi buen Borges, que es, en materia de libros, un padre. 


Con Chesterton tiene uno lo que en clases de Filosofía (volvemos a ella, nunca acaba de irse, ni falta que hace) llamaban la duda apofántica, ese discurso del que no se extrae si es válido o no, si exhibe una verdad cartesiana o, caso contrario, puede refutarse sin discusión, acudiendo a la lógica más pedestre. Algunas líneas suyas valen por libros enteros de otros. Esa declaración puede aplicarse a Montaigne o a Canetti, apofánticos también, capaces de extenderse en un asunto baladí hasta alcanzar que exprese una idea trascendente, una aventura del pensamiento noble y perdurable, de la que cada uno adquiere a su antojo y alcance la suya, aunque no coincidan y hasta diverjan y logren un encontrado y festivo lugar de lícita liza. Porque Chesterton no sólo fue el literato que pergeñó historias de ficción (la ficción es una necesidad; la literatura, un lujo, eso dijo) sino que escribió incansablemente ensayos que no han dejado de tener actualidad, aunque fuesen escritos hace poco menos de un siglo. Amaba a Grecia, por lo que su discurrir tenía una honda preocupación didáctica, de filosofía llana con la que llenarlo todo. Más periodista que novelista, fue coherente hasta en los signos de puntuación, si se me permite: su prosa es de una claridad que anonada. Incluso se entrevé esa claridad cuando se entusiasma y cae en el defecto de alargarse en demasía y ofrecer, entre los pétalos de la flor más delicada, hierba impura, pequeños y casi siempre perdonables tropiezos con el mismo lenguaje, del que no era un estilista: su empresa era contar, daba más privilegios a la idea que al modo en que debía ofrecerse, con el peligro que tiene descuidar una cosa por aupar la otra, pero Chesterton salía airoso, encontraba ese punto de clarividencia tan asombrosa que, releídos párrafos suyos, no cree uno que eso pudiera haber sido rendido de ninguna otra manera. Es una literatura de la verdad, de consagrar todo el bagaje de experiencias al orgullo de la verdad. El hombre que retrata Chesterton es un héroe de la proclamación pública de esa verdad incuestionable. La literatura inglesa es una especie de deliberada construcción del alma humana de la que Gilbert Keith bebió en sus lecturas de Shakespeare o de Dickens, de Donne o de Stevenson. El campo de trabajo en el que actuaba era la completa geografía de ese alma ancestral, no la restrictiva y moralista de su tiempo, victoriano, provinciano, encorsetado, libre. Mi instinto, escribió, es el de la justicia, el de la libertad, el de la igualdad y mi empresa es defender esos altos edificios de lo humano con un empeño fiero, que no decaiga ni se ciegue por las veleidosas convenciones de la moda, que es un invento para que todo cambie, sin que cambie mucho nada. De ahí que inventara al Padre Brown: un poco por separarse del entronizado Sherlock Holmes y otro poco, no menos importante, por encarnar un arquetipo católico, exento de las trabas de los vicios que conocemos del inquilino de la calle Baker. Brown, ese cura metido en detective, hecho a separar la maravilla del raciocinio del esplendor de los milagros. 


A mí me encanta eso que dice Felipe Benítez Reyes: "A Chesterton habría que leerlo siempre con un lápiz en la mano para subrayar fulguraciones y deslumbramientos". Gilbert Keith Chesterton es, ante todo, un caudal de palabras, un escritor torrencial, una fuerza de la naturaleza (corporal y espiritualmente) de la que caben esperar tormentas y arcoíris. La razón es artículo de fe, sentención. Pues G.K.C. (abreviaré ahora) era un creyente abrumadoramente consciente de su ambas. Razón y fe le asistieron de un modo tan inquebrantable que toda su obra es una emanación de esas dos palabras: se confabulan para que ninguna triunfe del todo, las dos avanzan a tientas, un poco a ciegas a veces, hasta que se instaura el imperio de la sabiduría o el de la verdad. Lo del lápiz en la mano es recomendable siempre. Hay que estropear los libros, no dejar que parezcan desasidos de afecto, como si nadie hubiera reparado en ellos y siguieran con su cuerpo perfecto de cosa no tocada. Chesterton es de esos autores que invitan a releer, a llevar en el bolsillo del abrigo uno de sus libros y abrirlos casi por cualquier hoja y tener la seguridad de que podremos avanzar en la lectura. Como si supiéramos qué pasó antes y no hubiese costado apenas trabajo hilar la trama de ese ensayo. Lo que hace G.K.C. es susurrarnos una manera de ver el mundo. Parece que lo hace a gritos, pero es un susurro, una invitación a pensar, otra a creer. 

24.2.22

55/365 Charles Bukowski

 


Muy breve bio


Heredó cuartuchos baratos, cucarachas tristes. Siempre le dolieron los años, las horas, los minutos. Hay gente que nace para ser feliz y no admite una pequeña brizna de fatalidad. Cuando les ocupa la desgracia, no le plantan cara, no la miran de frente, sino que hacen amistad con ella y se la llevan de parranda. Luego están los libros. Fueron ellos los que no le hicieron más desgraciado. Leerlos. Escribirlos. Creo que no hay más en este punto. 


Poética


Dios se paseaba por el cuerpo de Charles Bukowski y le tatuaba frases hermosas con forma de corazón. Dios y Charles compartían cosas verdaderamente hermosas. A Dios el mundo le salió mal y a Charles (Hank en adelante) le parecía formidable esa imperfección. Esperó la muerte como todo el mundo, y tal vez la mereció antes. Sus poemas no eran exquisitos ni engolosinaban a las críticos trajeados de los suplementos culturales de los domingos. La verdad absoluta no existe. Ni la poesía absoluta. Están la cerveza, el bourbon y el sexo. El vino peleón cuenta. Como en un blues de John Lee Hooker. 


Cine negro


Noches infestadas de ratas: el infierno junto a una máquina de escribir. El whisky en la guantera del Buick. Hipódromos reventados de sonrisas de tahúr. Putas con pezones como dedales. Mujeres de edad contando el dinero en la trasera de una timba. A la resaca no le salen bien las conjugaciones y la prosa desbarra. Alguien se descerraja un tiro en la boca delante de la madre de Hank. Ha pedido que retiren al muerto. Ha escrito un poema. 


El realismo sucio


¿Cómo va a ser la realidad salvo sucia? En el fondo, no inventó nada Hank. Nadie que acuñara esa expresión reveló nada que no se tuviese ya sabido. La vida es sucia. La interviene en ocasiones un abrazo de luz, un desquicio de colores, una epifanía absoluta de los sentidos cuando el pecho se agita ahí adentro y comprendemos durante un instante que todo ha cobrado un súbito sentido. En ese milagro está la belleza. Por eso el realismo sucio no requiere el concurso de lo hermoso. Caso de que no lo acoja, perderá su apresto más inmediato: el de de la derrota, el de la cosa canalla que prospera como veneno en la sangre. Rudo, incómodo, grosero, Hank descubrió que las palabras podían hacer que zumbara su mente. Incluso eran ésas, las narrativamente más ásperas, las que producían un zumbido más intenso. He aquí al hombre comprometido con el fango, con el hambre. 


Bukowski habla con Shostakovich


Salvo el vals número dos, el que extrajo Kubrick del olvido y lo colocó en el centro del cosmos en Wide shut eyes, Shostakovich hace una música muy triste, muy hermosa, muy de celebrar el arrimo de la luz también, Hank se acerca a Shostakovich con respeto, pero termina tuteándolo. Todos tenemos una canción en el corazón, pero la tuya es muy larga, le suelta. Mis novelas son erecciones imposibles, no creas. En algunas hay valses, valses largos en los que alguien, en el giro de los cuerpos, da un traspiés porque ha bebido más de la cuenta. Hank amaba la música casi por encima de todas las cosas, salvo tal vez un plató de televisión en el que hablar de sí mismo y cobrar por ello. 


Poemas como churros



Nombra a todos sus poetas favoritos y no hay ninguno que no sufriera. Ni un solo se salva de la quema. Uno se cortó las venas (Séneca), a otro lo fusilaron (Lorca). A Céline lo acusaron de nazi. Pound fue considerado un nazi. Uno muy querido, Hemingway, se pegó un tiro. En la lista abundan los locos, los borrachos, los tristes, toda esa gente que ha encontrado en el tabaco y en el alcohol un modo de evadirse. Dios no le prestó mucha ayuda, cuenta en un poema. Creó las montañas y el mar y el fuego y cometió algunos errores: estaba colocado. Los muertos no necesitan pastillas, los pìrados no necesitan una biblia. El mundo es de los soñadores y de los grandes parias de las avenidas que cruzan las ciudades. 


El amor es un perro del infierno


En Titane, la película que vi anoche, hay un mensaje descorazonador. La protagonista es una loca de atar que lleva tatuado en el pecho Love is a dog from hell (El amor es un perro del infierno). Hay títulos de libros de Bukowski que evitan que los abras: ya sabes qué hay adentro. Una antología que anda por alguna balda ahí atrás se llama "Arder en el agua, ahogarse en el fuego". Hank tiene a veces ocurrencias de una lírica que anonada. Las lees y sientes que es posible que no salgas ileso. Hay una sensación muy primaria de desconcierto. Como un miedo. Los días son caballos salvajes por las montañas. Un diario es un cuaderno manchado de vino. Es la emoción de un mundo que no nos pertenece la que aflora con inusitada fluidez. 


"Mi ambición está limitada por mi pereza"


Lo primero que leí de Bukowski fue una entrevista en la que venía a decir que los poemas debían salir como el vómito tras una borrachera. De eso sabía más que muchos de los escritores de su época, de los de muchas épocas, tal vez todas las épocas. La lírica es la extensión tangible de una resaca. Por lo demás, Hank era un tío sensible, a pesar de esa apariencia hosca y esa lengua blasfema. Cuando una de sus mujeres le pidió el divorcio, le dijo que antes de tomar ninguna decisión pensara en su corazón. A los jóvenes a los que el amor atraviesa con sus insensata flecha, les conminaba a que viajaran al Tibet, que montaran en camello, que tiñeran de azul sus zapatos, que diesen la vuelta al mundo en una canoa de papel, que se dejaran crecer la barba, que se casaran con una mujer con una sola pierna, que se postularan para alcalde, que mataran a su perro, que plantaran tulipanes bajo la lluvia (me encanta esa imagen), pero no se les ocurriera, bajo ninguna circunstancia, por más que las ganas les pudiesen, escribir poesía. 


Viva Chinaski


Hay poemas de Hank que son telegramas. Son lapidarios. Casi aforismos. Burdos esos aforismos, salvajes algunos. "No era mi día. Ni mi semana. Ni mi mes. Ni mi año. Ni mi vida. Maldita sea." No creo que le preocupara más de la cuenta saber si sus escritos eran de un género o de otro. Las etiquetas no tienen nada que ver con el tumulto de la escritura, con la necesidad de contar. "Cuando ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, también bebes para que pase algo". Las botellas son los verbos cuando se conjugan. El humo del tabaco son los adjetivos. No hay ni un solo verbo que te emocione, ningún adjetivo escogido con el escrutinio del principio fundamental de la belleza o del conocimiento. Ni hermoso ni útil. Era un tipo viejo (siempre fue un anciano) en una habitación barata de un barrio tumultuoso con muchos bares muy cerca. Un solitario con una fotografía de Marilyn Monroe en la pared de la cocina. Un perro viejo era Hank. Un provocador. ¿Quién, si no, titula un libro suyo "La maquina de follar"? No es fácil ser irreverente. Hay que apuntalar el texto con vida: no se puede improvisar esa locura, no se puede contar de oídas, no es posible que no surja de la mancha que la vida deja cuando se la estruja y sale de ella la tosca materia de la que íntimamente está hecha. Impuro y feliz, imagino, procuró que su literatura no cayese en la ortodoxia: se recriminaría algún escrito blanco y presentable. Es el aura lo que le agita la voz con la que se manifiesta. Dijo haberse caído, como Obélix, en la olla: se empapó de alguna emanación diabólica que recorrió su sangre entera y lo perdió por completo. Antes de que se fuese definitivamente, Hank confesó que parte de esa vida suya tan desastrada, hecha crónica, no era del todo cierta. Bebió y fornicó como un loco, presumía, pero podría haber exagerado a título narrativo. Lo que no fue impostado, poco o casi nada lo fue, fue que su padre le zurrara con un cinturón tres veces a la semana, de los seis a los once años. Lo contaba en sus incontables comparecencias públicas. Hacía literatura de su dolor. Contaba las cosas como si le hubiesen ocurrido a otro. Y probablemente fue así. No porque no fuese él quien recibiera la tunda de palos o se emborrachara hasta caerse al suelo o follara como un conejo, sino porque el personaje cruzó la barrera orgánica de la persona y acabó fagocitándolo. 


Un melancólico, un tierno, un fracasado


Queda la vulgaridad, tal vez ella lo acabe definiendo con mayor eficacia que cualquier otra consideración estilística. Un poeta burdo y vulgar, un novelista zafio y pedestre. Sí, eso es cierto, pero en esa rendición del instinto hay más vida que en muchos poetas y novelistas cultos y presentables, de los que concitan el aplauso unánime, de los que venden muchos libros y reciben premios. Lo que hace Hank es, más que gustar, agredir. No es una agresión que se tome de primera mano, sin avisar antes, sin pedir permiso. Es uno el que se invita a su fiesta privada, quien se declara la misma chusma advenediza que él, aunque sea el rato sucinto de la lectura. Es  un hocicar en el agua que nos refleja y comprobar que está destilada. Más que la escoria de la literatura, Bukowski es su reverso agotado, el producto de una sociedad dura, la lágrima que se ha resuelto insolente y va camino arriba, de vuelta al ojo, para no evidenciar su tristeza inconsolable. Una lágrima llora, pues sí. 

23.2.22

54/365 Tintín

 


!Defiéndenos, Tintín, que nos atacan!

(Luis Alberto de Cuenca)

Lo que fascina de Tintín es que está a salvo de la realidad, no le incumbe, no tiene nada que cuestionarse cuando ella vira al absurdo (suele pasar, está pasando) o cuando esa realidad se pone levantisca o abiertamente caótica (es el caso casi siempre). Tintín sigue a lo suyo, sin flaquear, entregado a su causa quijotesca, la de ejercer de caballero andante, si se mira bien, con su Milú a modo de Rocinante y su Haddock ejerciendo de Sancho Panza. Téngase en cuenta que el capitán era alcohólico contumaz y fumador empedernido, lo cual hace que su figura no sea precisamente ejemplar. Por apetencia moral, me apetece elegir al buen capitán, quizá por eso, por su inclinación indisimulada a ciertos apetitos que en estos tiempos están en franca reprobación, como si uno no pudiera ingerir todo lo que le viniese en gana, siempre que tenga sus tasas fiscales, claro.

Acudí tarde a la tintinofilia. Me echó un poco atrás el tipo de dibujo, esa abundancia de trazos limpios, de viñetas pequeñas y compactadas que se suceden sin que exista una distracción distinta a la de continuar avanzando, intrépidamente tal vez, como el propio Tintín, sin desfallecer hasta el logro de la meta. Tardé poco en hacerme a esas hechuras estilísticas, que ahora adoro. La tardanza no hizo mella en el entusiasmo: Tintín es algo familiar, a lo que se acude de vez en cuando (hubo una época en que revisé todos los cómics, uno tras otro, vorazmente, sin descanso)  y se rememora, de lo que uno sabe suyo, en propiedad permanente. Uno se apropia del espíritu aventurero de Tintín. En esa propiedad viajo a la luna, recorro las selvas más recónditas de América del Sur o me adentro en los pasadizos de las pirámides en Egipto. Luego están los quisquillosos, los que le buscan tres pies al gato, sin ver si el gato es hermoso o si se deja tocar y hasta se aquerencia su presencia, pidiendo que tarde en dejarnos; todos esos que sólo ven su poco afecto al comunismo o sus pequeñas referencias antisemitas. Me da igual que Hergé, el belga más famoso que conozco, se inclinara a dibujar a su personaje con esos ribetes conflictivos. Qué más da. Cuando lo leí por primera vez, en ese instante epifánico, no sentí nada más que gratitud y deslumbramiento. Quizá haya que pensar menos cuando el placer entra de un modo tan sincero, frase por la que probablemente reciba la desaprobación de los militantes de lo pulcro, gente que censura que en las películas alguien beba sin consideración, gente que quema ejemplares de Tintín o de Astérix en enormes pilas funerarias en la tosca creencia de que contienen estereotipos negativos de algunas etnias o porque la mujer no tiene el mismo peso en los diálogos que el hombre (de hecho sólo aparece como personaje fijo la cantante Bianca Castafiore, muy cómica ella) o porque la inclusividad no está garantizada en ninguna de ellas, argumentos peregrinos y desajustados a la creación pura y que, a la larga, harán más mal que bien y lograrán que nos enfrentemos de nuevo (ya lo estaremos haciendo) por motivos en apariencia ya ampliamente superados. Como si estuviese prohibido inventar un personaje misógino. Tintín en su Syldavia mítica vive tiempos difíciles. Las amables hazañas de este crío intrépido que Georges Remi (Hergé) creó son patrimonio de la humanidad. Bueno, tal vez no de toda ella, no podemos democratizar el talento y pensar que cualquiera con una sensibilidad mínima podrá disfrutar de un cómic en el que un muchacho serio, demasiado formal para su edad, un poco asexuado y resuelto en meter el dedo en el ojo de quien se le cruce en su camino gana a medida que pasa el tiempo. Los que hemos buscado el tesoro de Rackham el Rojo o hemos estado en la luna sabemos qué gozo tan intenso es viajar con un libro en las manos. Los de Tintín nos defienden de la mediocridad de la realidad, que se obstina en ponernos calles y horarios, escaparates y despertadores, cuando lo que de verdad queremos es recorrer el mundo, hacer como el buen Alonso Quijano y deshacer entuertos por el a veces inconfesable placer de proceder con rectitud. Tintín defiende al débil, qué otra cosa hace un héroe. Él es débil en ocasiones, todos los héroes lo son. Lo salva Milú, su inseparable fox terrier blanco. En el improbable caso de que el azar (no será otra cosa) me regale un perro, lo llamaré Milú. Nunca sería un reportero adolescente, si ese osado azar me pusiera en bandeja las aventuras y los conflictos. Rehusaría, haría que otro lo hiciese, pero qué gusto perderse en las páginas de un tomo de Tintín, qué sencilla manera de seguir siendo un niño. 



El cielo en Lucena hace once años

  La tomó mi hijo hace once años. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudi...