24.2.22

55/365 Charles Bukowski

 


Muy breve bio


Heredó cuartuchos baratos, cucarachas tristes. Siempre le dolieron los años, las horas, los minutos. Hay gente que nace para ser feliz y no admite una pequeña brizna de fatalidad. Cuando les ocupa la desgracia, no le plantan cara, no la miran de frente, sino que hacen amistad con ella y se la llevan de parranda. Luego están los libros. Fueron ellos los que no le hicieron más desgraciado. Leerlos. Escribirlos. Creo que no hay más en este punto. 


Poética


Dios se paseaba por el cuerpo de Charles Bukowski y le tatuaba frases hermosas con forma de corazón. Dios y Charles compartían cosas verdaderamente hermosas. A Dios el mundo le salió mal y a Charles (Hank en adelante) le parecía formidable esa imperfección. Esperó la muerte como todo el mundo, y tal vez la mereció antes. Sus poemas no eran exquisitos ni engolosinaban a las críticos trajeados de los suplementos culturales de los domingos. La verdad absoluta no existe. Ni la poesía absoluta. Están la cerveza, el bourbon y el sexo. El vino peleón cuenta. Como en un blues de John Lee Hooker. 


Cine negro


Noches infestadas de ratas: el infierno junto a una máquina de escribir. El whisky en la guantera del Buick. Hipódromos reventados de sonrisas de tahúr. Putas con pezones como dedales. Mujeres de edad contando el dinero en la trasera de una timba. A la resaca no le salen bien las conjugaciones y la prosa desbarra. Alguien se descerraja un tiro en la boca delante de la madre de Hank. Ha pedido que retiren al muerto. Ha escrito un poema. 


El realismo sucio


¿Cómo va a ser la realidad salvo sucia? En el fondo, no inventó nada Hank. Nadie que acuñara esa expresión reveló nada que no se tuviese ya sabido. La vida es sucia. La interviene en ocasiones un abrazo de luz, un desquicio de colores, una epifanía absoluta de los sentidos cuando el pecho se agita ahí adentro y comprendemos durante un instante que todo ha cobrado un súbito sentido. En ese milagro está la belleza. Por eso el realismo sucio no requiere el concurso de lo hermoso. Caso de que no lo acoja, perderá su apresto más inmediato: el de de la derrota, el de la cosa canalla que prospera como veneno en la sangre. Rudo, incómodo, grosero, Hank descubrió que las palabras podían hacer que zumbara su mente. Incluso eran ésas, las narrativamente más ásperas, las que producían un zumbido más intenso. He aquí al hombre comprometido con el fango, con el hambre. 


Bukowski habla con Shostakovich


Salvo el vals número dos, el que extrajo Kubrick del olvido y lo colocó en el centro del cosmos en Wide shut eyes, Shostakovich hace una música muy triste, muy hermosa, muy de celebrar el arrimo de la luz también, Hank se acerca a Shostakovich con respeto, pero termina tuteándolo. Todos tenemos una canción en el corazón, pero la tuya es muy larga, le suelta. Mis novelas son erecciones imposibles, no creas. En algunas hay valses, valses largos en los que alguien, en el giro de los cuerpos, da un traspiés porque ha bebido más de la cuenta. Hank amaba la música casi por encima de todas las cosas, salvo tal vez un plató de televisión en el que hablar de sí mismo y cobrar por ello. 


Poemas como churros



Nombra a todos sus poetas favoritos y no hay ninguno que no sufriera. Ni un solo se salva de la quema. Uno se cortó las venas (Séneca), a otro lo fusilaron (Lorca). A Céline lo acusaron de nazi. Pound fue considerado un nazi. Uno muy querido, Hemingway, se pegó un tiro. En la lista abundan los locos, los borrachos, los tristes, toda esa gente que ha encontrado en el tabaco y en el alcohol un modo de evadirse. Dios no le prestó mucha ayuda, cuenta en un poema. Creó las montañas y el mar y el fuego y cometió algunos errores: estaba colocado. Los muertos no necesitan pastillas, los pìrados no necesitan una biblia. El mundo es de los soñadores y de los grandes parias de las avenidas que cruzan las ciudades. 


El amor es un perro del infierno


En Titane, la película que vi anoche, hay un mensaje descorazonador. La protagonista es una loca de atar que lleva tatuado en el pecho Love is a dog from hell (El amor es un perro del infierno). Hay títulos de libros de Bukowski que evitan que los abras: ya sabes qué hay adentro. Una antología que anda por alguna balda ahí atrás se llama "Arder en el agua, ahogarse en el fuego". Hank tiene a veces ocurrencias de una lírica que anonada. Las lees y sientes que es posible que no salgas ileso. Hay una sensación muy primaria de desconcierto. Como un miedo. Los días son caballos salvajes por las montañas. Un diario es un cuaderno manchado de vino. Es la emoción de un mundo que no nos pertenece la que aflora con inusitada fluidez. 


"Mi ambición está limitada por mi pereza"


Lo primero que leí de Bukowski fue una entrevista en la que venía a decir que los poemas debían salir como el vómito tras una borrachera. De eso sabía más que muchos de los escritores de su época, de los de muchas épocas, tal vez todas las épocas. La lírica es la extensión tangible de una resaca. Por lo demás, Hank era un tío sensible, a pesar de esa apariencia hosca y esa lengua blasfema. Cuando una de sus mujeres le pidió el divorcio, le dijo que antes de tomar ninguna decisión pensara en su corazón. A los jóvenes a los que el amor atraviesa con sus insensata flecha, les conminaba a que viajaran al Tibet, que montaran en camello, que tiñeran de azul sus zapatos, que diesen la vuelta al mundo en una canoa de papel, que se dejaran crecer la barba, que se casaran con una mujer con una sola pierna, que se postularan para alcalde, que mataran a su perro, que plantaran tulipanes bajo la lluvia (me encanta esa imagen), pero no se les ocurriera, bajo ninguna circunstancia, por más que las ganas les pudiesen, escribir poesía. 


Viva Chinaski


Hay poemas de Hank que son telegramas. Son lapidarios. Casi aforismos. Burdos esos aforismos, salvajes algunos. "No era mi día. Ni mi semana. Ni mi mes. Ni mi año. Ni mi vida. Maldita sea." No creo que le preocupara más de la cuenta saber si sus escritos eran de un género o de otro. Las etiquetas no tienen nada que ver con el tumulto de la escritura, con la necesidad de contar. "Cuando ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, también bebes para que pase algo". Las botellas son los verbos cuando se conjugan. El humo del tabaco son los adjetivos. No hay ni un solo verbo que te emocione, ningún adjetivo escogido con el escrutinio del principio fundamental de la belleza o del conocimiento. Ni hermoso ni útil. Era un tipo viejo (siempre fue un anciano) en una habitación barata de un barrio tumultuoso con muchos bares muy cerca. Un solitario con una fotografía de Marilyn Monroe en la pared de la cocina. Un perro viejo era Hank. Un provocador. ¿Quién, si no, titula un libro suyo "La maquina de follar"? No es fácil ser irreverente. Hay que apuntalar el texto con vida: no se puede improvisar esa locura, no se puede contar de oídas, no es posible que no surja de la mancha que la vida deja cuando se la estruja y sale de ella la tosca materia de la que íntimamente está hecha. Impuro y feliz, imagino, procuró que su literatura no cayese en la ortodoxia: se recriminaría algún escrito blanco y presentable. Es el aura lo que le agita la voz con la que se manifiesta. Dijo haberse caído, como Obélix, en la olla: se empapó de alguna emanación diabólica que recorrió su sangre entera y lo perdió por completo. Antes de que se fuese definitivamente, Hank confesó que parte de esa vida suya tan desastrada, hecha crónica, no era del todo cierta. Bebió y fornicó como un loco, presumía, pero podría haber exagerado a título narrativo. Lo que no fue impostado, poco o casi nada lo fue, fue que su padre le zurrara con un cinturón tres veces a la semana, de los seis a los once años. Lo contaba en sus incontables comparecencias públicas. Hacía literatura de su dolor. Contaba las cosas como si le hubiesen ocurrido a otro. Y probablemente fue así. No porque no fuese él quien recibiera la tunda de palos o se emborrachara hasta caerse al suelo o follara como un conejo, sino porque el personaje cruzó la barrera orgánica de la persona y acabó fagocitándolo. 


Un melancólico, un tierno, un fracasado


Queda la vulgaridad, tal vez ella lo acabe definiendo con mayor eficacia que cualquier otra consideración estilística. Un poeta burdo y vulgar, un novelista zafio y pedestre. Sí, eso es cierto, pero en esa rendición del instinto hay más vida que en muchos poetas y novelistas cultos y presentables, de los que concitan el aplauso unánime, de los que venden muchos libros y reciben premios. Lo que hace Hank es, más que gustar, agredir. No es una agresión que se tome de primera mano, sin avisar antes, sin pedir permiso. Es uno el que se invita a su fiesta privada, quien se declara la misma chusma advenediza que él, aunque sea el rato sucinto de la lectura. Es  un hocicar en el agua que nos refleja y comprobar que está destilada. Más que la escoria de la literatura, Bukowski es su reverso agotado, el producto de una sociedad dura, la lágrima que se ha resuelto insolente y va camino arriba, de vuelta al ojo, para no evidenciar su tristeza inconsolable. Una lágrima llora, pues sí. 

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