Es la disciplina la que nos salvará, aunque la ciencia contribuya a que se aminore la espera. Disciplina y sacrificio, respeto y paciencia. Sin embargo, se constata que en nuestra voluntad, la adquirida por la educación que hayamos recibido, no abunda esa disciplina, ese obediencia a un bien mayor conducida con premiosidad, pero eficaz, a poco que se piense. La censuramos porque no es grata o porque implica renuncias que no estamos dispuestos a tener. No sabremos con certeza si esa medicina dará resultado, pero su ausencia sólo acentúa la enfermedad o retrasa su cese. El escrutinio de esa impaciencia ofrece, mientras tanto, bajas irrecuperables y cunde la idea de nuestro fracaso como sociedad, ahora que se la ha puesto a prueba y debe responder com entereza y con esperanza. A la fe no se le puede arrogar la facultad de la cura: ahí carece de eficacia, no es ése su campo de trabajo.
26.11.20
Pandemia y disciplina
Nueva reseña sobre las mujeres pembote
“Una mujer pembote micciona erguida para emular a su hombre, al hijo, al abuelo. El orín caliente resbalado muslo abajo las protege de algunas enfermedades tropicales. Una mujer pembote que no miccione erguida para emular a sus varones termina atacada por una caterva asombrosa de males que minan su salud con furia incontenida. Se le descuelgan los pechos a temprana edad y la lozanía del rostro se muda en un caos de sombras y arrugas. Las mujeres pembote, al desposarse, juran que no traerán mujeres al mundo. Si caen en el error de alumbrarlas, juran que las educarán conforme las educaron a ellas y con arreglo a los designios de su dios, que es un árbol milenario que preside la montaña. El árbol divinizado no consiente que las féminas de la tribu miccionen, como sucede en otros poblados, en cuclillas. Las virtudes del orín caliente derramado muslo abajo hasta el mismo pie ha producido una rica literatura de transmisión oral (los pembote son ágrafos) que se recita en plenilunios para conciliar más gratamente el sueño en una suerte de nana tribal y ruidosa que también posee la facultad de espantar demonios, despertar en los adultos el apetito carnal y ahuyentar fieras de la jungla. El hecho incontrovertible de que ganan en número los hombres hace que las escasas mujeres pembote, ligeras en sus costumbres amatorias, sean adoradas en algunos poblados como si fuesen diosas y se las proteja para que se encinten cuando los astros así lo concedan. En materia religiosa, el pueblo pembote no consiente dioses permanentes y los intercambia según el ánimo con el que afrontan el nuevo día o el sueño que hayan tenido durante la noche.
25.11.20
Maradona
En los panegíricos se alude invariablemente a la épica, que es un género venido a menos por imperativos de la narrativa vertiginosa de la actualidad. En el día en que ha muerto Diego Armando Maradona a uno se le vienen a la cabeza hazañas increíbles en un campo de fútbol. Fuera de él, sin vestir la indumentaria de los equipos en los que jugó, Maradona fue un ser excesivo que no despertó mayores afectos, salvo que uno sea un hincha encendido. Algunos de esos ya andan diciendo que es el fútbol el que ha muerto: no han sucedido tal cosa. Lo que sí ha hecho este triste acontecimiento de hoy es hacernos volver a su genio y repensar (darán cientos de imágenes de sus endiabladas jugadas) lo sublime de su oficio. En una época en que hacían faltan héroes (cuándo no ) él se arrogó la facultad de ser el más grande de ellos, más en su Argentina, país del que no se podrá nunca disociar su gesta, la de un pibe de barrio que llegó a donde nadie lo hizo y se ganó el respeto y la admiración de todos cuantos adoramos el fútbol. Fue, en esencia, un prodigio, un talento absoluto que se difuminó a medida que el hombre, no el jugador, trasegaba miserablemente en una considerable colección de adicciones, pero ninguna de ellas desbancó al mito. No creo haber visto a nadie como él en el manejo del balón, una especie de extensión espiritual de su propio cuerpo. Era suyo, le pertenecía. Goikoetxea sólo pudo amarrarle con una entrada brutal y todo inglés que ame el fútbol le tendré en la memoria de los milagros de los que fue testigo, aunque aquel extraordinario ariete les humillara con la jugada más grande de todos los tiempos. Es ese episodio el que hoy debe prosperar, no el alcohol ni las drogas, las bravuconadas y esa pose de chulo que le granjeó la antipatía de cualquiera que tuviese un poco de sentido moral o estético. Le pudieron las tentaciones. Era más de carne y hueso que otros astros de cualquier deporte. Hizo del fútbol un arte mayor de lo que era y confirmó algo que hasta entonces no estaba comprobado: un solo jugador puede ganar un partido. El suyo, el privado, lo perdió hace tiempo. Estaba en tiempo de descuento desde que intimó con el lado oscuro que cada cual lleva adentro. No tuvo disciplina, ni compromiso consigo mismo. Una vez muerto el hombre, el mito adquirirá un grado eterno. Ya no habrá el desquicio de noticias habituales. Nada de lo que suceda en adelante restará un ápice de su grandiosa existencia. Porque fue grandioso. No debemos a veces ingresar en las alabanzas hacia alguien el relato de su humanidad. Miremos sólo su esplendor en lo que hizo para que nuestra vida fuese más feliz. Diego habló en la cancha. El Pelusa ha descansado. Falta le hacía. Llevaba más fuera que dentro de este mundo los años suficientes como para no caer ahora en lamentos improvisados. Estaba en tiempo de descuento, eso me ha dicho hace un rato un amigo.
23.11.20
Una pequeña historia de amor
21.11.20
Gabinete de curiosidades / El vino de las palabras
20.11.20
Otro
Me pregunté anoche (es un decir) qué podría hacer con mi vida para que fuese otra. No por menospreciar la corriente, sino por apetencia singular, por mera distracción pasajera. No tenemos oportunidad de convidarnos a ser otro y poder, a voluntad, regresar a quien fuimos, visto que se está bien ahí (siempre hay trabas, no crean) y tenemos experiencia biográfica. No sabiendo a qué nueva indumentaria acogerme, concilié el bendito sueño con esa incertidumbre alojada en el frontispicio mismo de las primeras voluntades del día entrante. Caí al despertar en la prevista cuenta de que debía cumplir con las obligaciones habituales, en esa rutina inaplazable de picar en el trabajo y ejercerlo con el entusiasmo frecuente. En el transcurso del día, conforme avanzaba y luego cuándo declinó y anunció su previsto finiquito, no vislumbré con qué reemplazarla, en qué aplicarme devotamente para saldar mi anhelo de anoche. Careceré de la intendencia requerida para sufragar ese deseo, pensé. No sucedió tal cosa. He sido otro a plena satisfacción. He avanzado en la construcción de mi novela. Claudio Acevedo, su atormentado protagonista, me ha dejado ejercer esa bilocación y he podido estar un buen par de horas arrimado a sus peripecias. Qué alivio la escritura. Sale uno de ella reconfortado, regresa al trasiego de las cosas con renovado ímpetu, permite el vuelo.
14.11.20
La casa de las historias son las librerías
13.11.20
Desahogo
Es cosa corriente que a la escuela se la ignore o se la ningunee o se la desatienda y también que esos atropellos surjan de adentro suya y la propia autoridad que la rige caiga en ignorarla, en ningunearla o en desatenderla, ponga usted el orden o agite la masa resultante con brío, a ver qué sale. Afuera viene a suceder más o menos lo mismo: hay quien la aprecia sinceramente y quien la menosprecia (o ignora o ningunea o desatiende), eso a pesar de que incluso ese menosprecio, me refiero a la facultad de esgrimir argumentos, provenga de la misma escuela, que es al cabo la que arrima el conocimiento hasta para los que se la enfrentan. Nada hay cuyo germen no esté en los rudimentos anclados desde la escuela, luego afinados y desarrollados, como un buen instrumento que el músico cuida con embeleso y mimo. Hay una zona de penumbra de la que no nos zafamos los obreros escolares. Por más tiempo que pase, no cuaja la luz, cierto esplendor legítimo que se le hurta con obstinada frecuencia. Y es nuestro, nos pertenece. Se manifiesta ese frivolidad o dejadez con la que se habla de ella sin hurgar mucho. Semeja una niebla espesa que malogra su avance óptimo y traba su más elemental consideración: el prestigio. No abunda, no lo percibo yo al menos. Se constata esto porque llama la atención si se la cita favorablemente, cuando se la aplaude y se le conceden los galardones que merece. Al buen maestro se le reconoce por la vocación, por el optimismo y por el compromiso. También al buen médico o al buen agente inmobiliario, pero el maestro tiene en sus espaldas un peso mucho más delicado. De cuanto haga vendrá todo lo demás. Es insobornable ese argumento. Lo que sea de nosotros en el futuro se extrae de lo que produzca la escuela en el presente. Es así de sencillo. Es de la opinión ajena de lo que hablo, no de su funcionamiento, a pesar de las trabas que se le colocan y de la escasez con la que se maneja. Que hoy haya vuelto a escuchar despotricar contra la escuela en una conversación pillada casualmente no es nuevo, pero cansa. Ya no se altera uno en demasía. Se guarda su opinión, prefiere no rebajarse a entrar en una discusión de la que no saldrá feliz, aunque tal vez sí desahogado. A lo que no se resigna el oficio de maestro es a la desconsideración, eso viene de antiguo. Tal vez suceda que ahora todo se difunde más y llega más lejos y con más eco, son los signos de los tiempos, pero las dos señoras dándole caña a la institución escolar no necesita el concurso de las redes sociales. Creo que di clase de inglés al hijo de una de ellas, pero seguro que no sabría de mí, ni le importaría que escuchase su retahíla. O no, es posible que el destinatario sobrevenido fuese yo y me quisiera al tanto de su parecer. He aquí el desahogo. Me voy a mi escuela, a ver si hago algo de provecho por mí mismo (ese es el aliento primero) y, de camino, por los demás.
7.11.20
Viva Nadal
Algunas cosas nos conciernen más que otras. Crean la sensación de que nos impelen a tutelar su presencia en nosotros y no descuidarlas. Uno puede libre y gozosamente sentir que son parte primordial de nuestro proyecto de vida, sea eso lo que sea. Así que de pronto se hace fuerte la imperiosa necesidad de participar en empresas que no se nos atribuyen. De ahí que uno se haga súbito interesado en quién ocupe el sillón del Despacho Oval o qué pasará finalmente y concuerdan en género y número pandemia y vacuna o si el emérito monarca acaba en los pasillos de un juzgado de instrucción o si la ministra Celaá pierde repentinamente el interés en la política (qué ilusión) y aplica su talento a llevar la representación legal de una firma de longanizas catalana o si Messi levanta cabeza y vuelve a ser el astro rey del planeta fútbol y así febrilmente y sin interrupción, proclamando nuestra sincera adhesión a las más razonables o peregrinas empresas: no es alocado pensar que todas ellas concurren a su antojadiza manera a nuestra llamada de consuelo o de auxilio o de sencillo y jovial entretenimiento. Hoy me siento particularmente feliz al saber que Nadal lleva mil partidos ganados en el circuito del tenis mundial. Ya ven. Nada extraordinario, habrá asuntos de más fuste y hondura, pero qué tío Nadal. Qué bien me cae. Más que la Celaá o que Trump e infinitamente más que el soso Messi. Se está bien teniendo modelos a los que seguir o aplaudir, pero llena más tener claro a quién no seguiríamos ni aplaudiríamos. El caso es tener un lugar en el mundo
3.11.20
Pandemia y rutina
Queda uno en contable sobrevenido, sin facultad ni titulación, de la pandemia mediática. Porque ese es el problema: estar asistiendo a una debacle sin paliativos ni instrucciones de enmienda y no atisbar asidero fiable ni autoridad competente y carecer de instrumentos que hagan asumible el roto interior y ajeno, el lenitivo que cada uno se prescribe cuando a solas (sin injerencia externa) se para a pensar en qué hicimos mal, no por ser agente de este desmadre sino por ser paciente suyo, enfermo en primera o en tercera persona, según te haya alcanzado el contagio. Hay mucho dolor que tardará en cicatrizar. Cuando esto acabe (lo hará, es cosa de tiempo) tendremos que aprender a convivir con la memoria de esta guerra cruenta e invisible. Habrá más bajas, menos tangibles, negocio para los psicólogos. Hablan de la cura a ratos, pero no se encienden aún las alarmas de la convalecencia. Bullen las calles todavía, no hay prudencia, carecemos del miedo. Se le da poca jurisprudencia al miedo. Sobrevivimos a ciegas, avanzamos a oscuras. Van cayendo las víctimas, se colapsan los hospitales y continuamos retando al mal, driblando su abrazo. Con que a mí no me toque, algo así. Todo esto es una evidencia de lo poco que hemos progresado como sociedad. Es la civilización del confort, la residencia del bienestar. En cuanto se ha venido abajo el modelo construido, se ha ofrecido la verdadera imagen de nosotros mismos: irresponsables e ignorantes, no sé en qué medida cada una de esos cabales adjetivos. No habrá salud hasta que de verdad la apreciemos. Primar la economía a la salud es un atajo peligroso. No cuadra que prospere un negocio si no hay quien lo haga prosperar. Tampoco que cierren y se ensañe con ellos la bestia de la pandemia. Anda como loca. No tenemos con qué combatirla, se nos ha rebajado al tristísimo papel de contador de las bajas, ese oficio estadístico. Se pide que nos confinen o que no lo hagan, hay quien exige contundencia y quien la censura, hemos visto manifestaciones vándalas de esa segunda opción estos días. No representan a nadie, salvo a sí mismo, qué exhibición tan bárbara, ni siquiera a los que argumentan la intromisión paternalista del Estado, comprobado ya de sobra su torpe manejo del desastre. Hoy escuché a alguien reclamar paciencia: no supe si darle o no la razón. Tal vez sea ése el camino: hacer acopio de paciencia, renunciar a los privilegios inherentes a la libertad que hemos amasado en el legítimo devenir de nuestra existencia como sociedad, pero algunos no se prestan, hacen oídos sordos o incluso se pronuncian a la contra y torpedean cualquier iniciativa que lastime sus derechos adquiridos. Desobedecen a sabiendas o sin el concurso de cualquier asomo de argumentos. Hoy he visto gente sin mascarilla por la calle. No me imagino qué se les debe cruzar por la cabeza (la escasa que tengan) para no precaverse contra el contagio o (por buscar un indicio de responsabilidad o de humanidad) evitar que otros sufran su desafección, esa militancia en la subversión, ya digo que algunos no son ni siquiera subversivos, les falta esa capacitación discursiva. Lo malo es que nos estamos acostumbrado a manejarnos en estos tiempos de penurias. Podemos seguir años así, contando muertos, escuchando el escrutinio de damnificados en los telediarios, criticando al gobierno, desoyendo las advertencias, conjugando con frívola ceremonia el verbo confinar.
Mis ojos de anime
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Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
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Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
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El Circo del Sol es adictivo. Hoy al salir del Grand Chapiteau he pronunciado esa frase. La repito mientras escribo.



