23.11.20

Una pequeña historia de amor


 Fotografía: Tony Marciante, NYC, 1968 (Vía José Garrido)

Una de las ocupaciones que con más agrado ejerce es la de concederse el placer de tener algún rato al día en el que no dar cuentas a nadie de lo que haga o deje de hacer y explayarse en mí misma con absoluto arrobo, en la creencia de que ese desempeño personal terminará por redundar en los demás. Dicen que hay que empezar por quererse a uno mismo y desde ahí aplicarse en el amor al resto. Se refugia en los bares. No evita los concurridos: esos tienen un apresto más cálido de afecto anónimo, invitan a sentir la hospitalidad invisible de quien tal vez comparta contigo la misma escondida pena o el mismo encendido júbilo. Ahí se amarra al periódico o se pierde en las angosturas de un libro que pasea en el bolso y que la consuela cuando pierde pie con la realidad y precisa de un asidero fiable. Cuando se cansa de la lectura (no es obligatoria, lo que procura felicidad no es obligatorio) levanta la mirada y observa con detalle el mundo alrededor. Ve las caras de los desconocidos y entrevé en ellas un atisbo de la suya: nadie es tan distinto a ella, podría invertirse la geometría de los presentes y ocupar ella el banco en la barra y otro (da igual cuál) su silla apartada, su mesa erigida como un altar en el que desplegar las herramientas de su fe. ¿En qué cree cuando no hay en que creer? Probablemente en sí misma: esa devoción siempre sale a cuenta. Una vez que emprende el camino de vuelta a casa piensa que está yendo a un lugar desconocido. Allí tendrá su rutina de fiebre y de vértigo: la fiebre de la soledad y el vértigo de no importarle mucho. Prefiere esa soledad a la compañía: ha probado de sobra ambas. En su confinamiento elegido urde distracciones que la anclen aún más al silencio. No un silencio tangible, suprimido el ruido, incluso el amago breve de algo parecido al ruido, sino uno dulce y confortable, afinado como la cuerda de un violín que ha empezado a dar muestras de debilidad y al que se le puede extraer una brizna de belleza aún. Mañana volverá a la misma mesa, podrá ser otra, no tiene empeño en repetir una escenografía. Hasta acepta que el bar sea otro y otros los sobrevenidos compañeros que inadvertidamente participan en esa trama hecha un poco de sosiego y otro de expectación. Tal vez algún día alguien muy parecido a ella pregunte si puede sentarse a su vera y entablen una conversación improvisada (cómo podría ser de otra forma) sobre el peso del mundo o sobre el olor de la tierra cuando comienza con parsimonia a llover. Luego saldrían juntos y esperarían a que uno concertase una cita posterior. ¿Nos vemos mañana? 

1 comentario:

eli mendez dijo...

Wowwwwww
muy bonito!!!
Un texto diferente, pero igualmente entrañable
Saludos

226/ 365 Luis Felipe Vivanco

  A veces se tarda en llegar. Se camina con un muerto. Nos interrumpe, como la mirada de un perro, como el hogar entrevisto a lo lejos con s...