17.1.16

Se muere mejor en sábado




No hay nada mejor que elegir quién nos mate, dónde morir, qué arma será que la satisfaga ese deseo privado. En los juegos uno muere las veces que convenga morir. Se teatraliza la muerte, se le impone una coreografía, se escribe un guión para que explique de nosotros mismos lo que tal vez no supimos explicar en vida. En cuanto se ha resuelto la escena, el muerto se pone en pie y, por paradójico que parezca, se reincorpora al juego. No sé la de veces que habré escenificado esa defunción interesada. El mejor día para morir era el sábado. Cuanto más sucio llegaban los pantalones a casa, más había intimado con la muerte. La limpieza indicaba un sábado aburrido, uno en el que nadie me había disparado. Ni yo a nadie. Lo que todavía no he comprendido es ese amor incondicional a la muerte. No creo que sea únicamente el emular los roles trágicos de los héroes o de los villanos que veíamos en el cine o en la televisión. Yo, a esa edad, no veía mucha televisión y, por supuesto, no iba mucho al cine, y menos a películas en donde se explicitase la violencia de ese modo, en donde matar y morir fuesen una parte esencial de la trama. Quizá la rúbrica de la muerte venga de fábrica, la tengamos alojada en la memoria ancestral, la que los antropólogos más innovadores sospechan que hemos recibido como herencia y produce que tengamos, en una especie de hibernación, todos los recuerdos de todos nuestros antepasados. La violencia, el mal como rito, está escrita en el correr tumultuoso de nuestra sangre. A la educación se le encomienda la profilaxis, ese cuidar de que el mal no se pasee a capricho y no malogre todo lo bueno que se espera de nosotros. No se espera que matemos, ni siquiera en la ficción del juego, pero matamos y morimos, disfrutamos esgrimiendo el arma con la que controlamos el mundo, aceptamos que en la reyerta es posible que perdamos y caigamos al suelo, derrotados, muertos. Se muere para que el juego no se detenga. Se mata por las mismas innegociables razones. Importa el juego, su voluntad invisible de ocuparlo todo. Y qué placer ser abatido, notar el impacto de la bala, saber que nuestro mejor amigo - una vez que acaba el juego, claro - es el que nos ha apartado. Quién mejor que nuestro amigo para concedernos la posibilidad de elegir qué gestos haremos al desmoronarnos, qué últimas palabras diremos, con qué mano taparemos el boquete que nos ha producido el impacto. Hasta las niñas se prestan en ocasiones. Morir para ellas, sin embargo, no es una opción, no lo es de un modo tan apasionado. Yo he visto alguna caer como un fardo. Y mueren mejor, con más sentido de la dramaturgia, con una inspiración fúnebre más intensa. No recuerdo si he matado alguna o si alguna me mató a mí. Hay cosas que se van olvidando. Las acalla uno, las silencia para que no nos avergüencen  después. 

El numen, ah el bendito numen


Hay que cosas que se le ocurren a uno y de las que piensa si alguna vez fueron ocurrencia de otros. Escasean las ideas originales. Quizá estemos saturados y nos basten las que ya existen. A la realidad se le exige que nos asombre, se le encomienda que nos restituya la ilusión que ella misma nos esquilma, un poco a conciencia, como si de verdad se empeñase, y otro por azar, porque estábamos ahí cuando todo lo que no nos convenía cruzó delante y nos succionó. Se escribe o se pinta o se hacen fotos para que la realidad, la privada al menos, brille, ofrezca lo que se guarda y a lo que únicamente se accede escribiendo, pintando, haciendo fotos. Se lee, se admira un cuadro o una fotografía para adquirir el mismo asombro. No es jactarse de lo leído, de lo que presumía el buen Borges, sino de agradecer que otros escriban o pinten o hagan fotos o canten o se monten una cámara al hombro y filmen o esculpan o toquen el piano o la guitarra o hablen como si hubiesen sido bendecidos por el mismo cosmos, por su secreto centro inefable, por algún dios -alguno habrá, no uno al que montarle un templo, no uno figurable y exigente- que obre estos prodigios o todo es voluntad del trabajo y de la inteligencia y del numen. Ah el numen, no se ha escrito todavía nada definitivo sobre el numen. De no haberlo, de no existir, el mundo seria un caos. Lo es incluso en su divina presencia. El numen, el sagrado numen. Hoy me acuesto pensando en el numen. Mañana me despierto sin aclarar nada de lo pensado. Mejor así, mejor no indagar, mejor dejarse llevar.

12.1.16

Todos los bowies que conocí




Un andrógino, un libertino, un histriónico, un bufón, un camaleón, un diablo, un dios transformado a conciencia. Bowie fue un criatura inabarcable. Se le ama o se le detesta sin que exista mesura en esas dos medidas. Era fácil endiosarlo. Ejercía una fascinación primitiva, provocaba con la facilidad natural que otros no tuvieron jamás. Sólo Iggy Pop anda ahí, en su estela, pero no hay nada que los iguale. El maestro fue vencido por el alumno. Luego vinieron los personajes que diseñó. A ninguno le tomó mucho afecto. Los usaba, los tiraba. Creía en ellos como el perro sin dueño cree en la mano que le echa un hueso. Importa el hueso, la creencia de que siempre habrá alguien que le descubra, aunque sea el viejo fan, el que compró el vinilo de las aventuras de Ziggy Stardust, las aventuras lisérgicas del Berlín oscuro en el que se declaró fascista, el transgresor que antepuso la imagen a la misma música y paseó, orgulloso, su abrumadora personalidad, insoportable a veces, su megalomanía, su extremismo gestual, su teatralidad absoluta, su fetichismo insultante. Quiso deshacerse de todos ellos antes de que le calaran. En realidad no le dolían, no eran suyos, eran más de los que los adoraban. A él le incumbía la intimidad insobornable, de la que sabemos poco o nada. En Bowie todo es juego. Incluso el Bowie malo, tantas veces malo, el que se exponía a caer bajo y terminaba cayendo, era bueno a ojos de sus fieles. Supo como pocos crear un ídolo. Tal vez la sacrificada fue la música. Prefirió el cine, las turbulencias del negocio del cine, más bien. Se codeó con los grandes o dejó que los grandes se codearan con él. Sólo precisaba un modelo al que replicar. Como Borges en literatura, Bowie sublimaba todo lo mediocre.

En 25 discos (Blackstar, la última joya, hace cuatro días, en su sesenta y nueva onomástica) no dejó género sin experimentar. Abrazó el rock (el glam rock, el punk rock, el rock sideral, el gran rock salvaje de los primeros setenta) con Hunky Dory (donde estaba Life on Mars y estaba Changes, premonitoria) y con The rise and fall of Ziggy Stardust and his spiders from Mars (mesiánico, cosmológico: magistral, ambiguo y magistral) Después llegó el soul, el funk, el aire fresco de Detroit y de Philadelphia (Young americans). Hasta aquí era un Bowie voluble, sin un asiento fiable, dejándose influir e influyendo, ejerciendo de líder espiritual del rock que estaba por venir (U2, The Stranglers, toda la new wave oscura de Siouxsie and The Banshees, Echo and The Bunnymen o los primeros The Jam) Antes de caer en las manos del sonido disco, Bowie echó el ojo a Brian Eno. Si alguien tenía era una capacidad fascinante para encontrar a quienes sacaran su yo mejor. La trilogía berlinesa (Low, Heroes y Lodger, no sé si en ese orden) le hizo comprender que había llegado muy arriba. Vivió en el caos, se alimentó de leche y cocaína, frecuentó los bares oscuros y se camufló en ellos. Puede que ahí desapareciera el Bowie suicida (el que pregonaba que el rock and roll había muerto, sentencia que creyó férreamente y que sobrevuela el espíritu de Blackstar, el disco recién alumbrado, el póstumo. Se hizo un filonazi, un rey enloquecido que buscaba con ansia el país al que reinar. Y lo encontró en ese vaciamiento que dan las drogas, el sexo, borrando de la terna el rock, ya saben. Fripp, el de King Crimson, el hermano Eno y una enorme lista de éxitos inmortales. Este cronista triste compró Heroes en el ochenta. Llevaba tres años en el mercado. En esa entrega descubrí al Bowie que no me ha abandonado, al que se le perdona los discos sin compromiso (Never let me down es malo, irrita de malo que es; Earthling y Outside no tienen nada que haga pensar en un músico orgulloso con lo que hace) y al que uno regresa de vez en cuando, permitiendo que se le muevan los pies (Let's dance, el llenapistas que le produjo Neil Rodgers, el alma del sonido disco desde que Chic copiaran las lentejuelas de Ziggy) o que se le erice el vello (Tonight contiene un himno, Loving the alien, una pieza descomunal, una declaración de principios) Dejo en el editor del blog la reseña que anoche hice de Blackstar. No es el día, no lo va a ser en algún tiempo. Sonaría a falsa, estaría de más. 

Lo bueno es que no haya un Bowie que me guste más que otro. Dejó muchas máscaras para que cada uno abriera la que se le antojara, pero tampoco encontramos a nadie dentro. El genio se escondía debajo de todas las pieles que se puso. Enumerarlas, registrar aquí los disfraces, las apariencias interpuestas para regocijo o espanto de la clientela, es imposible. No porque no pueda indagar, tirar de memoria o de corazón, pues ahí, en la memoria y en el corazón, andan todos los bowies que amé. No se pueden exponer hoy. Habrá otros que lo hagan, seguro que el amable lector puede descifrar la ecuación en otros textos. Éste no se resuelve, no da las respuestas, ni siquiera ofrece todas las preguntas. Se limitará a transcribir la pena. Lo que deja son una barbaridad de canciones espléndidas. Deja un modo de vivir también. No uno imitable. No se puede acceder a emular a Bowie. No hay copia que resiste un examen detenido. El mérito, uno de ellos, es que él no pretendió regresar jamás a lo que ya había hecho. Cambió de letra a cada anotación manuscrita en su diario. Por eso hay páginas menos brillantes. Importan las otras, las grandes, todas las que hoy se mencionan. Ahora escribo con un pequeño recopilatorio que he montado. He tardado poco. Suena The man who sold the world en este momento. Nirvana hizo una versión soberbia. Detrás viene Starman. Creo que no acabaré la selección. Ha sido un lunes difícil. Es tarde. Tengo sueño. Mañana las estrellas serán distintas. Temo, como la escribí a María Fernanda, no haber encontrado el tono del escrito. Me he dejado llevar. Se me ha venido a la cabeza un Bowie panteísta, un poco dios y un poco demonio, una especie de viento que sopla y no deja lugar sin recorrer. Ha sido un lunes negro, Jesús. Llevabas razón. David Robert Jones, el arcángel oscuro, el duque blanco, el rey promiscuo, el amanerado, el viril, el sensible y el hipnótico, ha muerto de un cáncer. No lo aireó, no al menos como otros. Esa parte de su vida privada, la única vida posiblemente, no aportaba nada a ninguna de las máscaras que desplegó para embaucarnos o para reclutarnos. Somos un ejército. Álex me ha dicho que está roto. Yo lo entiendo, cómo no hacerlo. Dice que sólo la muerte de Freddie Mercury le afectó así. Se tiene con estos muertos ilustres un agradecimiento absoluto. Nos hicieron la vida feliz. Siguen en ese oficio. Les encomendamos que nos salven. De un modo que ahora no sé explicar, dudo que sepa, hacen que el pecho se hinche, que el aire lo recorra y sintamos en la cabeza una felicidad sencilla, inargumentable, como la del amor cuando nos convida a mirarlo. Esta noche todo estará bien. Planet Earth is blue and there's nothing I can do...





7.1.16

Azul deslumbrante

Hay matrimonios convencionales que guardan las facturas y los recibos en un archivador beige o azul o rojo que depositan en una estantería no excesivamente alta, junto a las obras completas de Tolstoi o de Pablo Neruda y los álbumes de fotos. A veces lo abren y ven dónde fueron, a qué hoteles confiaron el amor que se prometieron, comprueban en el cuadro de amortización los meses que les queda del frigorífico o ven en la cartilla del banco si podrán organizar un par de semanas en el balneario o un verano en la costa. El archivador funciona a modo de diario. En él se van consignando los datos de la vida en común. Saben, por ejemplo, cuándo compraron el piso o la fecha en la que terminaron de pagar la televisión de plasma. Cuando el archivador está lleno y no cabe ni un contrato más, ella escribe en una hojita "archivador" y prepara una salida al centro a comprar otro. Lo elige con mimo, se esmera muchísimo en elegir uno grande, que no se desarme con el peso. En sus tripas crecerá una especie de hijo aritmético, una criatura invisible, hecha de números y de fechas. La operación se repite, invariablemente, cada cierto número de años. Hay visitas de sensibilidad tan fina que advierten que la historia de la pareja no reside en los álbumes de fotos. Ni siquiera en los gestos o en la forma en que los reciben. Tampoco en cómo se cogen las manos o con qué amorosa ternura se hablan. La historia doméstica está en los archivadores. Salvo excepciones,me refiero a familias con un sótano espacioso o familias con escaso sentido de la disciplina en materia financiera, los archivadores se comen la obra entera de Tolstoi o de Benito Pérez Galdós que es, como intuye el amable lector, ingente. La literatura es la que siempre pierde en estos casos. De noche, cuando les aburre lo que programa su cadena favorita, bajan al sótano. Se plantan frente al armario metálico al que confiaron ese tesoro fabuloso y abren, un poco al azar y otro con intención, archivadores grises o verdes. Él advierte que es el rojo el que más abunda. Ella refiere que hace veinte años que fueron al hotelito de la cala. El mar era de un azul deslumbrante.

4.1.16

Sobre la posiblidad de escribir una novela


Para que yo escriba una novela, da igual que sea corta o larga, hace falta que no exista otra cosa que la novela. Por eso no la he escrito nunca. No sé cómo lo hacen los demás, los que las escriben. Si renuncian durante un año -imagino que un año está bien, pero tal vez se precisen dos o cinco - a conciliar la literatura con la vida y salen a los parques y pasean y acuden al trabajo para cumplir con lo que se les encomienda y se preocupan de la barbarie de la que alertan las noticias y buscan novia o cuidan de unos hijos o atienden a sus padres, que pueden ser muy mayores y estar francamente desvalidos. El novelista, por oficio, por respeto a la escritura y al lector, no leería otra novela mientras maquina la suya. No se dejaría perturbar por las historias de los demás, no permitiría que otra trama perturbe la que él va forjando. De ahí que la condición idónea para escribir sea la de la reclusión. El novelista es una especie de cautivo de sí mismo. El lector, hablo del lector ideal también, también se debería inclinar a respetar esa voluntad de apartamiento, y leer aplazando la vida, cuidando de que nada de ella impregne la lectura. O tal vez todo debería ser al revés y escribir una novela sea inmiscuirse en todo lo que respira, habitar la vida como no se ha hecho hasta entonces, ocuparla de un modo consciente, aplicarse con esmero al trabajo de apurar todo cuanto ofrece, pensar en que la novela está ahí afuera, no sólo en la cabeza de quien la va dejando caer, como una decantación romántica. Y entonces hay que pasear los parques y acudir al trabajo con infinito afecto (por si nos bendice el azar y nos señala un camino que no habíamos previsto para continuar la novela) y estar al día de lo que pasa en el mundo y besar a los padres y a los hijos y hacer el amor con la novela en la cabeza, viendo la trama en cada gesto de amor entregado, haciendo que el cosmos converja en ese acto privado y perfecto, en el que la armonía de la naturaleza resplandece y acoja en su seno todo lo que fue y lo que está por venir, pero también está la posibilidad de renunciar absolutamente a la novela que nos bulle, no sentirla íntima, no saber, ni tener propiedad alguna sobre su injerencia en el mundo. Hay quien vive una vida entera, una feliz y colmada de bondad, sin el dolor de ese alumbramiento. Ni siquiera con el dolor (que existe) de leer la novela de los otros, de todos los que sintieron esa punzada y la acogieron en su alma y dedicaron su entrega (cada una la suya) a imponerla al mundo. Así que continuaré siendo el lector habitual, el lector terco. Zanjaré la cuestión sin que nada se trocee dentro. Seguiré (como hasta ahora, ay) en la periferia de la novela, en la escritura previa a su creación, en el deseo de que prospere, en el confort de que ese deseo no cuaje y siga yo (nada nuevo, no obstante) en esta cansina historia mía, que extiendo, no sabiendo bien el porqué de ese hacer pública mi inoperancia. 

26.12.15

El orden aprendió del caos

El orden aprendió del caos. El mío va a trompicones. No se me da bien el orden y tampoco me siento a gusto en el caos. Si tuviera que elegir uno, elegiría el caos, el bendito caos, pero no sería bueno para los que me rodean. Me dirían cosas que no serían bonitas. Entiendo que es el orden el que hace que el mundo funcione. Sé que la gente ordenada, la que sabe dónde están las cosas y en qué lugar encontrar lo que andan buscando, son las que salvan el mundo. Y yo agradezco que haya gente así. Tengo buenos amigos que son un prodigio en eso, en el orden, pero yo admito que soy un aprendiz mediocre. Me cuesta, me duele a veces. Moriré, pues tal cosa tendrá que llegar, sin que el orden sea una de las virtudes que salgan en las conversaciones del velatorio que se me rinda. Dirán lo que quieran, no sé ahora qué podrían decir, pero la palabra ORDEN no saldrá. Conste que me esfuerzo, mucho, en serio, pero hay algo que no me cuadra. Todo lo que me gusta proviene del caos. Es en el caos, en el bendito caos, en donde mi alma goza. Es en ese caos en donde mi creatividad, la poca o la mucha que tenga, siento que brilla. No es que brille de verdad, cómo podría decir yo eso, pero yo la siento brillar, y disfruto con la luz que emite. Cuando vuelva el trabajo, que volverá, mi cabeza se recompondrá, hará las cabriolas que precise para integrarse en la (también) gloriosa rutina, la bendita rutina. De hecho hoy, para ir entrando en calor, estoy ordenando el cuarto en el que escribo. No es cosa de que yo ahora describa ese cuarto. Es un tributo a mi persona, a mi hiperbólica fascinación por hacerme de todo lo que me gusta, y no caben ya más libros, ni más discos, ni más películas. Así que hago espacio, busco huecos, ordeno rincones, le dedico la mayor de las atenciones, le doy el mayor de mis afectos, y luego cierro la puerta, miro la obra, pienso en cómo quedó y me tumbo, contento de lúpulos y de maltas, a echar la siesta. No tengo remedio,

24.12.15

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2015




Tenemos una costumbre buena, la adoramos, festejamos su inicio y luego nos sentimos muy orgullosos de que no flaquee y los años la refuercen, hagan de ella un clásico. No hay Navidad, no la hay, sin que cuatro amigos (Marisa, Fran, José Antonio y un servidor de ustedes) escriban un cuento. No tiene que ser alegre, ni triste. Puede ser oscuro, puede ser melancólico. Incluso alguno habrá habido en el que brillara un poco la esperanza de que un mundo mejor era posible. No se si tal cosa ha pasado. Las cosas siguen a su aire, como si se obcecasen en contrariar la buena voluntad de los que nos empeñamos en que de verdad la felicidad resplandezca. Resplandecer: muy pomposo me ha quedado. No voy a corregir: resplandecer. Dejo aquí mi cuento, una parte de él, como todos los años. La empiezan a leer aquí y siguen a la página de José Antonio, mi hermano norteño. Él es el que pone en orden el caos. Y ahí, en su Antártida, que es mía también, leen la entrega de este año. Cuatro cuentos, cuentos. Y un canción de Navidad. Este año, sin que siente precedente, Wham!.


ASTRID Y EL BUEY TOSCO Y PANZUDO
por Emilio Calvo de Mora
Los días felices
A Astrid la queríamos porque era resuelta en las fiestas, no se cohibía, le daba palique a los nuevos y bebía como si le faltara el aire. En algunas ocasiones, en muy pocas, sumaba a esas virtudes la de encamarse con alguien. Dejaba la puerta abierta y miraba por encima del hombro del que la montaba, por ver quién pasaba por el pasillo, por hacer ver qué mayor era y qué desenvuelta. En todo lo demás, mostraba la misma resolución. Apenas callaba, aunque dejaba hablar. En los bares, cuando los ocupábamos en manada, iba de aquí para allá, sin detenerse más de la cuenta con nadie, sin dejar a nadie sin saludar o a quien contar o que le contaran. El pelo corto y rubio, cortado a lo tazón, los ojos azules, de los que era imposible no prendarse, le conferían un ascendente nórdico. Alta, de una altura imprudente para una mujer extraordinariamente guapa. Y un poco hombruna también en el andar, en algunos gestos, hasta en el modo en que se sentaba o en cómo cogía el cigarrillo, Siempre pensamos que no era Astrid, ni Ingrid, como a veces le decía; no se preocupaba de aclarar nada, incluso fomentaba toda esta bendita imprecisión. De Astrid o de Ingrid disfrutamos aquellos años de facultad. La amábamos todos. Unos más que otros, pero de los que la tuvimos cerca, todos hubiésemos hecho algún pacto con el diablo por ganarla y saber que ella correspondía a ese amor pactado. En el bar en el que ponía copas, uno de mucho tirón entre la casta universitaria, la apreciaban mucho. El dueño, un tipo gordo y sobón, de poco o ningún encanto personal, pero ladino como pocos en el negocio, la tenia bien mirada. Él sabía que íbamos a verla y que dejaríamos de ir si ella no estaba. Recién separado, por el modo en que la miraba, sospechábamos que él también se hubiese arrimado al demonio y le hubiese dado la mitad del negocio por hacerla dueña de la otra mitad que quedaba.

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22.12.15

Loterías

Es más que posible que sólo sea el dinero lo que nos iguale a todos, el afán por tenerlo, el vicio a veces de gastarlo. Todo lo demás pasa a un irrelevante segundo puesto en esa lista de adhesiones. Lo que fascina en este día, el día en que la suerte te abraza o te da de lado, es la sensación de que no importa nada de lo bueno o lo malo que has hecho, si has trabajado duro para labrarte un porvenir (eso que decían las abuelas) o si no te han dejado ni catar un trabajo y ver qué se siente. Importa el azar, la dulce certeza de que el destino ha estado a tu lado siempre, pero es ahora cuando te lo ha hecho ver. Viendo en televisión el carrusel de números, las impostadas y cantarinas voces de los niños y las niñas de San Ildefonso en el Teatro Real, se me ocurre que yo nunca seré uno de esos agraciados. Lo pienso cada año. No me quiere la suerte. Tendrá de mí la opinión que me perjudica. Justamente ésa. Porque la suerte tiene opinión. Es la que mueve los números. Caen como lo hacen porque ella los gobierna. La fe que no tengo en asuntos religiosos la cubro con creces en estas nimiedades del pensamiento ocioso. Qué se le va a hacer. Llevo tres días de una ociosidad que me está alarmando. Hasta he escrito un relato de los largos. No parece ni mío. Y estoy poniendo en orden lo que andaba desordenado. Luego me ocuparé de mí. Lo haré, ya que la suerte no me mira siquiera. Menos mal que estamos moderadamente bien de salud y el amor, eso si, me tiene entre sus soldados. De todas maneras, ojalá cambien las tornas este día soleado de números y de bombos. Ojalá a vosotros también.

5.12.15

Bola de amor



Uno no sabe a veces las causas, ignora los porqués. Cuando se precisan, en el momento en que hay razones, todo empieza a desfilar más rutinariamente. No tengo nada contra la rutina, En ocasiones, la abrazo y me conforta. Otras, huyo de ella, la desprecio, me perturba, me hace sentirme mal conmigo mismo, que es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien. El amor que le profeso al cine proviene de películas como Bola de fuego. La vi una noche, no sé qué edad tenía, pero no más de diez o doce años. No era la primera película que me gustaba, pero fue la primera a la que le concedí esa atención especial que no había dispensado a ninguna. Algo parecido a lo que sucede con el amor, cuando llega. Hace mucho tiempo que no la veo. Lo que guardo de ella dudo que se contamine con lo que ahora me cuente. La tengo en la bandeja del DVD. Me la voy a despachar en cuanto cierre este post. Creo que volveré a entonces, cuando había visto algunas películas, aunque ninguna había prendido. Las cosas, al prender, adquieren un rango distinto, ocupan una dimensión distinta, se hacen íntimas. Esas son las verdaderas propiedades. Y todavía no alcanzo a entender qué hubo, qué se produjo para que Bola de fuego, del inmortal Howard Hawks, esté en mi cabeza casi plano a plano y recuerde con absoluta nitidez las voces del doblaje y los gestos e incluso, si me apuran, restos del diálogo. Es el amor. No puede ser otra cosa.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...