Uno cree que puede con casi todo, pero la realidad malogra esa fe, la convierte en deseo, en indicador de lo que anhelamos, pero hay una edad en la que es posible jugar cerca de un caballo muerto. Se integra el caballo al juego y el atrezzo es más eficiente. No hay circunstancia que no se pueda administrar lúdicamente. Lo malo es cómo manejamos después la memoria. Vas creciendo con la idea de que un caballo muerto fue compañero de tus juegos. Te haces adulto con el miedo de que aparezca.
19.10.15
16.10.15
Bailando sobre el abismo / John Wayne Redux
Al principio no fue el verbo ni tampoco la palabra izada en el cielo como un gran sombrero con un conejo dentro. Al principio, en el instante en el que la tierra bramó árboles y montañas, ríos y criaturas, en el momento en que el cielo expuso su azul más nuevo, cuando la sombra se reconoció sombra y la luz un vértigo de colores, ya estaba John Wayne. Ahí le ven, interrogándose sobre la naturaleza caótica del cosmos, contemplando el triunfo de la belleza, esgrimiendo su Colt como único discurso frente al desquicio de las horas. Un John Wayne sin la malicia que luego le ocupó el alma. Quizá uno sin alma todavía. Un John Wayne imberbe, un John Wayne sin curtir todavía, un John Wayne miope y sin montura, fantaseando con la posibilidad de que la calle Jaén, en la que nació, sea en realidad Monument Valley y esté John Ford detrás de la cámara registrando el prodigio. Yo era John Wayne en 1.972, aunque comprase en el kiosko cómics de la Marvel y soñara a Peter Parker enfundándose la malla arácnida para combatir a Kingpin y al Duende Verde. Luego vino Kafka y puso cien migrañas encima de la mesa. Vino el mundo con su barbarie sin propósito. Vino el caos con la enfermedad dentro. La literatura. Si no hubiese conocido a John Wayne probablemente no habría entrado Kafka en mi vida. Sin Kafka posiblemente Emilio Calvo de Mora Villar habría sido sustancialmente otro, pero no éste, aquí ensimismado, dejado caer sobre la limpieza fundamental de la página, colocado de palabras, embriagado de voces, como un loco. Vestido de John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, hacia 1.972, mi cabeza era una cabeza mansa y protegida de perturbaciones, convencida de estar en el mejor de todos los mundos posibles, ajena al vértigo y a la fiebre del mundo verdadero que bullía (colérico) por ahí afuera. Mi niñez fue siempre fábula de fuentes. Fui el niño miope sin hermanos que recorría el Volga con los ojos cerrados y visitaba los mares del Sur en el rutilante blanco y negro de Raoul Walsh. Fui el lector entusiasta de los tebeos que me iban prestando, el que ocasionalmente compraba alguno, mansamente. Ninguno de las cosas que me hicieron vivir después de ser John Wayne guardan relación con ser John Wayne y salir a la calle sin que Kafka te haga caer en la cuenta de que poco a poco, en silencio, inadvertida y fluidamente, el caos va ocupando tu cerebro y el miedo a no volver a ser John Wayne se instala en tu corazón y ya nunca sale. Se puede odiar a John Wayne por este sindiós recién montado. Se puede tener la propiedad de la memoria y ver que no la gobernamos enteramente. Líbranos de la rutina, oh señor inmarcesible, oh alto caudal sin brida, oh Tú, que venciste a las mismas tinieblas en su morada. Porque la rutina es el infierno entero volcado en el pecho como una lengua de horas. Porque amo la estrategia de la luz y me estallan cien sonetos en la boca apestada y fría. Buscaba ser feliz y me cobijé en un libro. A cierta edad los libros son bálsamos, soluciones farmacológicas, pócimas de una magia antiquísima. No recuerdo haber leído nada en la época en que yo era John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, en 1.972. Faltaban muchos años para que yo encontrase calor en un libro. No sentía frío o lo sentía y no advertía el daño que el frío me estaba produciendo. Cuando uno es feliz y lo es sin dobleces ni oraciones subordinadas, no hace falta engañar al reloj y buscar consuelo en las historias que forjan los otros. Eres tú el que las inventa, tú el que se aventura por el miedo y vuelve lleno de barro y con un cardenal en la rodilla, pero ufano y feliz, convicto de intriga y de asombro, esclavo felicísimo del juguete que es uno mismo. Detrás del disfraz de John Wayne, allá donde uno deja la pistola, la placa del sheriff y el sombrero clásico, ahí, en ese lugar mágico, está Dios. Un Dios al acecho, uno atento a las mareas y a las cosechas, que aturde sólo con nombrarlo y que tutela nuestro lento y ceremonioso ingreso en la sombra. En 1.970, cuando yo era John Wayne, un John Wayne bizco y manso, hijo de buenos padres, noble y generoso como casi ningún Wayne de ninguna otra infancia, yo no creía en Dios. Un Dios con la cara de Peter Parker. Un Dios con mi cara cuando me iba a la cama y pensaba en lo bueno y en malo del mundo, en lo que me aguardaba, en las posibilidad de que yo hiciese algo bueno en la vida. Hay momentos, incluso en la vida de un niño, en que el futuro es una instancia mesurable. Será verdad que nos diferenciamos de los animales en el hecho de que ellos no piensan en futuro. O lo hacen. No lo sé. Al poco de todo eso, conforme fui abandonando el paisaje (me lo quité sin saber el precio que habría de pagar por ese sencillo gesto) se me instaló una conciencia macabra de la divinidad. Me fue devorando por dentro, me fue iluminando por dentro, me fue creciendo hacia afuera, cuidando de que mi yo heroico, el yo épico de 1.970, no muriese del todo. Ahí anda quizá todavía. Agazapado. Sale a veces. Tímidamente sale. Se enseña. Dice: mirad, ya no soy John Wayne, soy Emilio Calvo de Mora Villar, soy Bill Evans en el Carnegie Hall, soy un tommyknocker, soy el bajista de Cream, soy Humphrey Bogart con su halcón maltés, soy torpemente Funés el memorioso, soy el niño escondido en un barril lleno de manzanas a salvo de todos los piratas de las librerías. En el fondo, he aquí la biografía de quien siempre quiso quedarse en las páginas de la Marvel, en las historias del Jabato y del Capitán Trueno, en las películas de Errol Flynn en los bosques de Sherwood y en el patio del colegio Fray Albino con el Peña, el Segu, Raúl y el Cobos. Pero me quité el disfraz de John Wayne y Dios me alistó en su nómina de perplejos y de alucinados. A Dios lo visito a diario a mi modo. Le cuento lo que me pasa y él me cuenta lo que le pasa. Flipo con Dios y Dios seguro que flipa conmigo. Del pasado tenemos siempre a mano un relato fantástico. Se tiene la impresión de que podemos merodear la responsabilidad de contar cómo pasaron verdaderamente las cosas, pero es que el tiempo hace que no poseamos ese dominio de la trama. Digamos que todo está ahí, insinuado, convertido en una especie de prontuario fiable de narraciones, pero luego el conjunto no se apresta a transcribirlo. Además tampoco sabríamos restituir esa novela sentimental sin hacer que concurse la fantasía. En un modo extremo, en el caso de que la fantasía condimente en exceso la trama, el pasado sobre el que debemos hablar no difiere de la ficción pura. A veces he pensado que no soy un ser religioso porque tengo los libros. Porque la ficción me llena al modo en que lo hacen, a decir de quienes creen, las historias de los libros sagrados. Los míos son sagrados también. De una sacralidad completamente personal. I've got my own personal Jesus. La fotografía no enseña nada del Emilio que viene después. El que se perdió en las letras y se encontró en las letras. El que enfermó de metáforas y sanó en las metáforas. El que se aprendió la historia del mundo debajo de las barbas del león de la Metro. El que se prendó de la música del idioma de Milton y de la voz de Sinatra en sus discos de la Capitol. El que miraba con arrobo el abismo y se preguntaba cómo sería no salir nunca de él. Ninguno de esos que luego se presentaron estaba en ése apunta al fotógrafo (mi padre, supongo) sin interés alguno en dañarlo. Como diciendo: te puedo matar, pero la pistola es de juguete. Como aligerando la gravedad del gesto con un mohín parvulario, con una evidencia de lo frágil que en ese edad puede llegar a ser uno. Más tarde la edad hace sus estragos, se cobra sus peajes, nos cuenta: te puedo matar, pero las palabras con las que te amenazo son de juguete. Como aligerando también la gravedad del texto con una posdata frívola, con una de esas golosinas que con frecuencia nos pone en los labios para que, al mordisquearla, al sentir cómo se funde con la saliva y explota en la garganta, apreciemos el gozo de las pequeñas cosas. Las grandes, las relevantes, las que siempre aparecen en los libros de Bucay, en esos prontuarios de dietética moral, nunca aparecen en las fotografías. Se registra lo pequeño. Se guardan las cosas que apenas molestaron. Más tarde es cuando las entendemos. Hoy es cuando me he sentido John Wayne y he disfrutado la mentira. Vuelvo a la idea primaria: al yo de un año perdido en un álbum de fotos. Al final los años son indicios de una evidencia a la que accedemos de forma frágil, sin la entereza de lo aprehensible, carentes del fulgor de lo real. Lo real esplende. La memoria es un cocktail de mentiras a las que aligeramos de tragedia. Solo es nuestro lo que perdimos, dejó escrito Borges. No sé la razón por la que caigo en Borges en textos como éste. Supongo que llegó el primero. Como los primeros amores. Me voy a refugiar en un verso de Bukowski. En Philip Roth contando las bondades de beber mucho, en la feliz eucaristía del alcohol. Hoy me hace falta esa rudeza absoluta. Me vacío y me lleno. Bailo sobre el abismo.
Texto remozado / Reduxing (se dice así) de la malherida (pero viva todavía) Barra Libre. Se añaden líneas, se omiten otras. Justo lo que mi amigo P. me pide siempre que hago cuando escribo. Que revise, que revise, que lo lea y me lo cuente a mí mismo de nuevo. A ver qué opino.
13.10.15
Rattle that lock, David Gilmour / El magisterio de la edad
Al genio siempre se le espera. Da lo mismo que renquee, rehuya la responsabilidad o abiertamente tropiece y se dé de bruces con el suelo. David Gilmour se ha caído las veces suficientes como para agradecer que haya izado de nuevo el vuelo y tengamos en manos este espléndido disco. Se agradece más incluso cuando no es habitual que sus obras en solitario brillen o tengan una repercusión mediática que trascienda la etiqueta de guitarrista o líder -junto con Roger Waters - de una de las mejores bandas de rock de la historia, Pink Floyd. Por eso uno aplaude una vez y aplaude las veces que hagan falta que Gilmour haya encontrado la vía o se la hayan buscado. Ahí está la producción de Phil Manzanera, el alma en la sombra de otra gran banda, los Roxy Music de Bryan Ferry. De hecho hay partes del disco que poseen ese aire dandy que eran marca de la casa en su banda en los gloriosos setenta. Lo de todos estos grandes dinosaurios del rock es admirable: siguen en la brecha, hacen que no parezca que el tiempo les afecte, demuestran (a veces, no siempre, no crean) que la música les sigue apasionando o que el negocio de la música continúa teniéndolos entretenidos, que de todo hay.
Rattle that lock es un disco complaciente, en el fondo. No arriesga, no entra en asuntos que no le conciernen, no se despeña en licencias que pudieran malograrlo. Se limita a predicar con el recetario de milagros que funcionaron con Pink Floyd. Hasta la portada tiene ese aire de grandilocuencia plástica que tenían las de la banda. El interior es espléndido: hay cortes que harían feliz al más inspirado Leonard Cohen (Faces of stone) e instrumentales que podrían incluirse en las obras maestras de Pink Floyd como el corte con que se abre (5 AM) y el que lo cierra (And then). Para que el disco se cuele en las radio-fórmulas, pensando en acceder al público que todavía no conoce de dónde viene, Gilmour factura una pieza AOR, la que da título al disco y, sin duda al respecto, la menos afortunada del mismo. Emociona (mucho) A boat lies waiting, con el ascendente de Crosby, Still and Nash o la ya citada Faces of stone, la gran canción del álbum, la que me ha acompañado estos últimos días y de la que no puedo desprenderme y hace, junto con In any tongue, en cierto modo, que escriba esta reseña.
12.10.15
Regresión, Alejandro Amenábar / La ilusión del mal
En Regresión, la última película de Amenábar, sucede con la vida misma. Incluso el peor día tiene algo que hace que haya merecido la pena vivirlo. Da igual que sea una puesta de sol o un paseo por el parque o un abrazo de un amigo. Cuando el día concluye y haces una especie de balance de lo que te ha ocurrido, no puedes evitar pensar en esas briznas de felicidad. El resto, lo mediocre o lo abiertamente malo, ocupa un lugar menor, uno al que no se le concede la voluntad de tenerlo en consideración. Anoche, viendo Regresión en una sala completamente abarrotada, me reconcilié con el cine. No porque la cinta fuese buena, que lo es a ratos y no lo es en su mayor parte, sino por el privilegio de que otros cuenten historias y las escuches y se esmeren en contarlas con afecto, con respeto a tu inteligencia y con infinito amor a la idea misma de narrar. Amenábar narra muy bien, posee los mecanismos de la narración sólidamente anclados en su oficio de director, pero Regresión no posee una buena historia. Es una trama previsible, limpia en su apariencia, en la que el director sortea con muy notable habilidad la truculencia, las señas de identidad de la serie B con la que en un principio podríamos asociarla. El estilismo con el que la plasma es de una factura sobresaliente: la mano artesana suple lo que no alcanza el argumento. Aplicando un criterio estrictamente literario, Regresión es una historia de una sencillez disuasoria, en la que la sordidez de lo narrado engancha, pero donde no hay empatía alguna con nada de lo que se ve. La deja uno fluir sin que nada se incruste dentro, esperando en vano que la narración de verdad, la que se espera de un autor como Amenábar, ambicioso, de un talento no puesto en duda en absoluto, pero no la hay. Y a pesar de todo lo dicho, habiendo sorteado lo elemental de su trama, Regresión atrapa al espectador, hace que se pregunte continuamente dónde se producirá el golpe de efecto, el giro necesario para que la obra sea admirable y salga uno de la sala satisfecho, convencido de que el cine hace que la vida resplandezca al menos durante un par de buenas horas.
Lo que Regresión borda es el engaño, esa batalla no resuelta entre la fe y la razón, entre el corazón y la cabeza. Al final, Amenábar cede al patrón mainstream, fusila con un pelotón de profesionales al imaginario fantástico y deja en el paladar un regusto a policiaco eficiente, a thriller competente, solo eso, nada más. Como hay tanto bodrio por ahí suelto que usa estos mismos ingredientes, Regresión gana conforme se va uno alejando de la sala, pero nada más poner el pie fuera, en cuanto piensas qué has visto, en qué has dejado la tarde del domingo, Ha visto uno tanto cine que sabe a qué criterio atenerse. El error de Amenábar proviene de lo que se espera de él, de lo que sabemos de lo que es capaz. Puesta en manos de un director desconocido, la aplaudiríamos, diríamos que es el comienzo de una carretera prometedora. Pasa que la de el director español está ya afianzado, incrustada incluso en la maquinaria del cine español. Bastaba echar la vista alrededor y comprobar que no había casi ninguna butaca libre. Hay cineastas a los que exigimos que nos fascinen. Si no lo hacen, en caso de que flaqueen y facturen una obra menor, los fustigamos, los apremiamos a que espabilen y nos vuelvan a encandilar. Sé que es un vicio cinéfilo. Amenábar es una joya, un visionario, un genio en lo suyo, pero no somos capaces de actuar con benevolencia y vamos al cuello, a ver en dónde podemos aplicar la mordedura para que el caño de sangre sea mayor.
Luego está el olor de Regresión. No hay nada más que dejarse llevar por la memoria para encontrar innumerables referencias, nobles todas ellas, enmarcadas en la historia misma del cine, de la que Amenábar es un más que correcto lector. La cinta huele a los clásicos de los setenta. El ambiente entero, esa fotografía tenebrista, ese gris potente, nos hace pensar en La semilla del diablo de Polanski, en muchas serie B setentera de mucho fuste, en Pakula, en Siegel, en Lumet, incluso en Corman. Lo bueno es que no se abusa del satanismo, de las escenas que pudieran propiciar una iconografía más efectista, de ceremonias sangrientas que engolosinen al voyeur de la Hammer, al espectador crecido en el giallo italiano, auspiciado por el mejor Darío Argento o por Nicholas Roeg. Sobra tal vez cierta concesión a lo psiquiátrico. Se manejan grandes palabras. Se habla de Dios y del Diablo, del mal como un cáncer, de la imposible redención de la humanidad, tentada desde tiempos ancestrales por lo perverso, pero no se ahonda, no hay una lectura humana del mal hasta que el detective, un concentrado Ethan Hawke, encuentra las pistas que limpian el farragoso terreno que ha ido pensando desde que Angela (Emma Watson) denuncia la violacion de la que ha sido objeto y a la que pone la cara de su padre, una especie de satanista palurdo, de granja perdida en mitad de la nada. Con todo, a pesar de las lecturas, las políticas, las narrativas, las emocionales, Regresión no convence. Se despeña en lo obvio, en la narración misma, en el cuento que nos vende. Y estamos muy de vuelta de muchos cuentos y hemos comprado ya demasiadas cosas.
7.10.15
Díptico
Sombras
Nos fascinan las sombras, las que están al fondo, las que inquietan más que la propia luz. De hecho todo el predicamento de la luz, su hegemonía moral, esa especie de bondad que se le atribuye cae con estrépito si miramos la historia de la literatura, la del cine o los mismos evangelios. Los pasajes con los que aprendemos a ver el mundo son los entenebrecidos, los que nos hacen recorrer el mal o el sucedáneo más a mano que pase por ahí. Es el malo el que esperamos siempre en las películas. El bueno, el pobre bueno, refuerza la idea que se nos ha inculcado sobre el triunfo del bien. Pero luego vemos la realidad y advertimos que lo que vende y a lo que nos acercamos con mayor morbo (ah qué palabra más hermosa es morbo) es lo roto, lo fracturado, todo lo que no está bien. En el infierno se está mejor, decía mi amigo M. Igual estamos ya dentro. Lo que venga después, todo lo que se nos ha contado, será una extensión, un bucle.
Calles
El otro, paseando mi pueblo, pensé que las calles me pertenecían igual que me pertenece la casa en la que vivo o los libros que me esperan en las baldas. Son posesiones de distinto rango, no se pueden considerar que responden al mismo tipo de preguntas, ni dan el mismo tipo de respuestas. La calle me pertenece de un modo elemental. No hace falta que la haya paseado o que haya vivido en ella alguna experiencia remarcable. Basta con cruzarla una vez, con ir de un lado a otro y detenerse a pensar en la relación que tenemos con ella. En este improvisado hilo argumental, la ciudad también es mía. Cualquier ciudad que haya visitado. Están hechas para que yo las pasee y las ame o las odie. Justo lo que hace uno con las cosas de las que es dueño. Hay días que las abraza y días en que las aparta. No sé qué relación exacta tengo con la ciudad en la que vivo. Sé que los años me han hecho sentirla cerca, admitir que tengo más recuerdos suyos que de ninguna otra en la que haya vivido. O casi.
27.9.15
Dos cabalgan juntos
Cada uno predica el evangelio a su manera. No se precisa creencia en divinidad alguna para divulgarlo. Se puede incluso prescindir de símbolos que lo hagan más entendible o de personas que piensen como tú y contribuyan a la labor misionera. En su etimología, evangelizar es difundir la buena nueva. En estos tiempos de zozobra y de fricciones lo que faltan son buenas nuevas que contar. No son propiedad de las religiones, de las muchas que llenan los mapas, las noticias buenas, las que hacen que el espíritu respire y se sientan feliz en convivencia con los demás y consigo mismo. Andamos hasta cortos de gente que extienda las buenas nuevas con la suficiente convicción y haga que los que las escuchan se sientan aliviados y crean que es posible un futuro mejor, una vida mejor. Estos dos son buenos en lo suyo. Cada uno a su manera hacen su trabajo con oficio. Hacen que la política y la religión sean útiles. Habrá quien disienta y sostenga que ni Obama ni el Papa Francisco son ejemplos a seguir. Parto de la idea firme de que ni soy seguidor de uno ni del otro. No son dos personas que guíen mi vida, pero admito que lo que hagan o dejen de hacer pueden terminar por influenciarla. Son poderosos y aceptan su cuota de poder, aunque uno la exteriorice más que el otro. Los dos, sin margen de duda, buscan un mundo mejor. O buscan, en todo caso, que este mundo nuestro no vaya a peor. Lo del Papa es asombroso: un hombre de verbo fácil y de fabuloso calado popular. Obama no alcanza el nivel del Santo Padre. Ambos saben que su mandato es coyuntural, ambos trabajan para que su esfuerzo no muera con el cierre de contrato. Obama se perderá en conferencias y en salones de la fama cuando los votos lo echen del Capitolio; el Papa Francisco, por edad, dejará la Silla de Pedro a otro: otro que no despertará la simpatía de éste, otro que llenará estadios (Pitbull los llena) pero que no parecerá tan humano como Francisco. Dicho esto de un descreído convencido como yo exhibe el poder convocatoria del Papa. Se atreve a pedir que el congreso norteamericano anule la pena de muerte o a pedir a los poderosos, allí donde los hay, que cuiden la Tierra y hagan que los pobres, los desfavorecidos, los parias, los que no bendijo la cuna o la visa de sus padres, lo sean menos. Siempre habrá pobres. Eso lo saben los dos. Saben también que no coinciden en todo, que les separa el respeto a la diversidad sexual o a el derecho al aborto. Son matices. Lo que importa es que anden ahí los dos casi del brazo, abriendo puertas, cerrando heridas. No es necesario que uno comulgue para ver que toda esta agitación mediática -también tiene su parte de show business, su cuota feliz de espectáculo de masas- es buena en general y hace que la alianza de los pueblos y de las creencias no sea únicamente un deseo, una línea en un texto, una esperanza en boca de quienes no poseen influencia en los que mandan. Estos, a su modo, lo hacen: mandan, influyen. Tiempo habrá, cuando encarte, de sacar los trapos sucios, todo lo que no es defendible de estos dos caballeros, los pecados familiares, las causas menos nobles, el roto que a menudo hacen a la convivencia, todas esas pequeñas cosas que no inclinan la balanza a que se les santifique en demasía.
Drugos, Billy Joel y libros de pedagogía
A Antonio, Auxy, María del Mar y Rafa, por los buenos años compartidos
Noches que se pasan sin dormir. No porque algo te acucie o te soliviante. Quizá sólo porque no hay mejor ocasión para hacer lo que no se podría hacer en ningún otro momento del día. Se trata, en el fondo, de ir a contramano. Me esmeré en ocupar esa vigilia feliz de las noches en vela con libros y con cine y con música. Siempre hay trabajos que hacer, novelas que acabar, poemas que traer al mundo, discos que volver a escuchar. Anoche fue una de esas gloriosas noches. Vi La naranja mecánica, la obra maestra de Kubrick. No sé cuántas veces la he visto. Recuerdo la primera con absoluta nitidez. Las primeras veces, en casi todos los órdenes de las vida, se guardan con un mimo con el que no se registran las demás. La de anoche fue una sesión nuevamente especial. Creí no haberla visto antes. La fascinación que ejerce en mí me hizo aceptar que algunos pasajes eran familiares e incluso era capaz de improvisar diálogos y recordar cuándo sonaba Beethoven o cuando nuestro muchacho hiperviolento era sometido a severas sesiones de limpieza mental. No me imagino viendo ciertas películas o leyendo ciertos libros si no es a esas horas de la noche. Que mi caótico modo de estudiar de antaño obtuviera premio y sacara notablemente mi carrera universitaria se debe al mágico concurso de las adorables e infinitas noches de desvelo en las que algunos amigos devorábamos los temarios temerariamente. No es ninguna estrategia que pueda venderse como idónea. De hecho no considero que sea la mejor de los posibles, pero funcionó conmigo y también con ellos. Éramos lo que quisimos ser cuando podíamos haber sido cualquier otra cosa. Lo de llevar un horario ortodoxo quedaba para los demás. En esa edad, en otras también, uno desea señalarse, hacer que lo suyo no se parezca en nada a lo ajeno. Escuchar a Billy Joel a las tres de la madrugada con una mesa llena de libros de pedagogía era un placer absoluto. Luego, una vez acabados los años de facultad y disuelto ese celestial grupo de estudio, proseguí trasnochando en casa a mi manera. Ahora, si rememoramos aquellos excesos, comprendemos que no hubiera habido otro modo de hacerlo. De vez en cuando, caigo en la cuenta de que el tiempo, cuando los demás duermen, discurre de otra manera. Es elástico, es dinámico, es hondo y es también enteramente tuyo. No hay propiedad de las horas más firme que las nocturnas. Nos pertenecen más que las diurnas. Sobre el día no hago ahora ninguna consideración. Saldría perdiendo, de hacerla en serio. Hay días que pesan terriblemente si nacen después de una noche de vigilia. Días largos de verdad. Días que amenazan con no concluir nunca. Lo malo es que cuando lo hacen, en cuanto la noche hace presencia y nos mira fijamente a los ojos, deseamos invitarla otra vez, tenerla a nuestro antojo, cortejarla como sabemos, meternos dentro de ella como si fuese la mujer que amamos y fecundarla o que nos fecunde. Es todo quizá un glorioso acto de amor. Anoche, ya digo, al acabar la historia de los drugos, la historia del anarquista, insubordinado e iconoclasta Alex, agradecí no haber perdido del todo estas buenas costumbres. Me pasarán factura, me dirán aquí estoy, has ido demasiado lejos, cuando les venga en gana, pero yo soy feliz con estos abusos. Feliz es poco.
20.9.15
Leonard Cohen no existe
No sé qué tiene de especial que Leonard Cohen entre en un supermercado y compre una bolsa de patatas fritas. Quizá tan sólo sea la evidencia de que hay otro Leonard Cohen. Incluso se admite la idea de que exista un tercer leonard cohen: el que llega a casa, se tira en el sofá, enciende la televisión y se bebe tres latas de cerveza. No hay nada sancionable en esa imagen exenta de lirismo. No se puede estar a tiempo completo siendo Leonard Cohen, el trovador, el melancólico, el profundo. Lo que no sabemos es cuál es el verdadero o si todos lo son. También podrían ser todos falsos. Que Leonard Cohen sea una impostura. Que cuando en un escenario esté cantando Suzanne y sintamos cómo Suzanne nos ofrece té y naranjas que vienen de China y deseemos viajar a ciegas con ella y ver a Jesús caminar sobre las aguas, Leonard Cohen esté pensando en la lista de la compra y recuerde si faltan leche semidesnatada o cerveza belga en el frigorífico. No sabemos nunca nada de esto. Al artista se le desea artista. No deseamos conocer quién hay detrás. De forma ideal, Leonard Cohen no debería salir a la calle y comprar patatas fritas en un supermercado. No sabríamos qué decirle. Todo lo que se nos ocurriera sería irrelevante. Porque Leonard Cohen no está en el supermercado. No es él en absoluto. Es el cohen dos o el tres o el nueve. Habrá uno para cada circunstancia. Gente como él tendrá cientos de egos disponibles. Yo también tengo emilios alternativos. Tú, ah lector dominical, también tendrás una buena docena por ahí. Nunca me he parado a contar de cuántos dispongo. Está el emilio que va a los bares y departe animosamente sobre fútbol con los amigos o el que escribe en el blog o el que enseña inglés en el colegio o el que echa la siesta en el sofá o el que escucha a Bill Evans o a Leonard Cohen o el emilio padre o hijo o esposo o amante. Me manejo bien con todos. Los voy usando a capricho. Ninguno es falso, pero igual ninguno es verdadero. Podríamos preguntarnos qué es verdadero y seguro que no llegamos a ninguna conclusión fiable. Se acoge a la verdad que yo ame a mis hijos o que cuide de mi salud o que desee vivir muchos años. Quizá ahí dentro esté esa esencia mía que no se deja embaucar por las circunstancias ni se malogra por injerencia del azar o de la voluntad ajena. A ver si avanza el domingo y me aclaro.
18.9.15
Completarse uno / Leer II
Leer es una actividad de riesgo. Se te puede venir abajo el mundo al descubrir que todo lo que habías pensado no es válido. Para quien lee, un mundo venido abajo es una posición de ventaja. La incertidumbre es una actitud favorable. Todo lo bueno que no conoces proviene de la incertidumbre. Leer es acercarse a lo incierto, merodear lo que no tiene asiento, adentrarse (una vez que eres un buen lector) en uno mismo. Hay quien se conoce por lo que ha vivido, pero leer hace que ese conocimiento sea más fiable; incluso hace que sea más certero. En eso de conocerse uno mismo interesa dar bandazos. Ahora caigo a esta lado, luego me inclino al otro. Hay cosas inamovibles, principios sólidos, puntos innegociables, pero sólo quien ha cambiado de opinión en un asunto sabe lo disfrutable que es esa mudanza. Tengo amigos con ideas fijas, con un norte en la vida: les he hecho ver en alguna ocasión mi admiración por esa rotundidad de ánimo, por toda esa contundencia. Yo me quedo un poco afuera. Prefiero escuchar. Hablar es bueno, pero escuchar es mucho mejor. No es algo que haya aprendido hace tiempo. De hecho, es una de esas cosas que uno constata cuando rebasa cierta edad. De joven, no se escucha. No está en la juventud la cualidad de estar en un plano secundario, se desea cobrar el protagonismo, Para quien lee, todo lo que escucha tiene un parte literaria. Tengo amigos de charla novelesca. Cuentan historias sorprendentes y las cuentan de un modo sorprendente también. Serían buenos cuentacuentos. Alguno de esos que narran con tanta eficacia no han leído nunca. No saben lo que es perderse en una novela. Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee, dijo Unamuno. No hay nada que objetar a la frase. Es de una limpieza intelectual absoluta. Lo bueno de la lectura es que te hace más consciente la vida. En un grado extremo, leer hace que no se tenga una vida sino varias, muchas. Cuanto más se lee, más se entiende cómo funciona el mundo. Leer proporciona el instrumental con el que franqueamos los obstáculos que el mundo opone a nuestra felicidad. Se lee para ser feliz. La felicidad que no proviene de la lectura la complementa. O es al revés. Por otra parte, cuanto más se lee, más lejos se está de entender nada. Solo leyendo se adquiere esa certeza: la de lo infinito, la de lo pobres y lo frágiles que somos. La religión es una disciplina de la literatura fantástica. Lo dejó escrito Borges. Cuanto más lee uno, más crédulo es. Leer es una forma de acercarse a la divinidad, al éter pluscuamperfecto. Bacon dijo algo parecido a esto. Cuanto más lee uno. ya acabo, más se desea vivir. Quisiera uno poseer otra vida, una ocupable en lecturas, en Lovecraft, en Cortázar, en Amis, en Cernuda, en poemas de amor,. en tragedias muy griegas, en historias de una negritud absoluta. Anoche terminé de leer una de serie negra. Black o Banville, da lo mismo. Creo que estoy más completo a cada novela que leo. En eso de completarse uno se tarda una vida entera a veces. Leer hace que cambiar de opinión sea un placer. No hay ninguno que nos haga mejores ciudadanos que el de ser capaces de entender al otro e incluso acercarnos a él y abrazar su credo. O que ellos, a los que persuadimos, abracen el nuestro. De credos va todo esto, de pensamientos que fluyen y se posan en otros y los colonizan, no solo de libros, no únicamente lecturas. La vida, ése es el libro.
12.9.15
Leer
La cosa es si lo que yo entiendo por ser feliz lo comparte alguien de un modo absolutamente íntegro. No digo alguien que te ame, con quien formas un hogar y traigas maravillosos hijos al mundo. No hablo del amor, que es el que hace moverse al cosmos. Lo que rumio a estas horas de la noche es si en el bendito mundo - lo es, lo es a pesar de todo - alguien coincide conmigo como si fuese una escisión de mi cerebro embutida en otro cuerpo. Puede ser un ciudadano del pueblo de al lado o de las antípodas del mapa. Lo fascinante es la posibilidad de que de verdad exista esa persona. No creo que de entre todas las criaturas que pueblan los pueblos diminutos y las grandísimas ciudades no haya nadie que sea yo mismo. De entrada podría intimar con él -no descartemos que sea una hembra, por qué no habría de serlo - y airear asuntos de los que nunca antes di carta de presencia alguna. Ni siquiera esta manía mía de escribir -con todo lo que uno que escribe larga y con todo lo que hay de charlatán en quien no para de contar el mundo o de contárselo a sí mismo - hace que sepa con nitidez cómo soy. No lo sé, no tengo ni idea. Voy que corto hacia los cincuenta y no poseo de mí más conocimiento del que tengo de algunos buenos amigos. Creo que saber el lugar al que me dirijo, creo saber qué ando buscando cuando llegue allí, pero hay distracciones en el camino que hacen frágil la misión que lo encauza. Dicho de otra manera: no hay día en que algo que yo haga no me sorprenda. Como si fuese otro, como si mutase dentro de mi persona la parte en apariencia invariable que hace que los que me aman me sigan amando y los que no me soportan sigan sin soportarme. Por eso piensa uno en la felicidad, que es un asunto de poco asiento en la vida diaria y mucho predicamento en la filosofía y en los prontuarios infames de los coelhos y los bucays del mundo. No se es feliz: se está feliz, se siente una brizna de felicidad que, luego de invadirnos, se fuga y nos deja con el mal cuerpo que todos conocemos. Con lo que yo me siento feliz es con la incertidumbre. Creo que es lo que más me apasiona. No saber, no tener nada completamente claro, no poseer las certezas que podrían acomodarme y hacer que me pierda todas las vidas que, al vivir solo la mía, estoy perdiéndome. Y hay tantas vidas perdidas si solo se practica la propia. Por eso leer es algo parecido a la felicidad. Ahí quiero llegar: leer es ser otro, otro sin dejar de ser el mismo; otro dulce u otro atroz u otro convencido de que existen los viajes en el tiempo, los amores perfectos o el crimen hermoso. Por eso leo a Wells, a Proust o a Highsmith. Ellos me acompañaron este verano. Los tres me transportaron a lugares en donde antes nunca había estado. Leer hace que tu cabeza posea todo el cosmos en su interior. Eres como un dios caprichoso y rudimentario, un ser privilegiado al que el azar o la conjunción de todas las causas y de todos los azares le ha hecho poseer la llave que abre todas las puertas. Leer hace eso: que no haya puertas. Y el mundo tiene tantas y están tan custodiadas por guardias tan terribles. Si hay por ahí alguien como yo estaría encantado de invitarlo a café y sentir que no estoy tan solo. Solo a pesar del amor y del hogar y de los hijos y de los cuentos de Borges y del piano de Bill Evans a las dos de la madrugada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Jazz / 19 / Tete Montoliú
Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
El Circo del Sol es adictivo. Hoy al salir del Grand Chapiteau he pronunciado esa frase. La repito mientras escribo.






