18.11.12

Todas las banderas se fabrican en China




 I
Tras varios siglos de nigromancias y conjuras, invasiones e incestos, fanatismo y miserias, tenemos ya un país de una edad razonable como para saber por dónde debe andar su camino. Tenemos ya en España una heredad incombustible de moros y cristianos, de ricos y pobres, de gente de izquierda y gente de derecha, de píos y blasfemos, que viene a acentuar esa idea antigua de que la discordia, en ocasiones, une más que separa, de que de la crispación puede nacer algo relevante. La Historia de España se escribe a golpe de gresca, pero tampoco la Historia ajena se salva del lenguaje de los palos. A estas alturas del metraje, no hemos aprendido mucho, a pesar de que España se ha beneficiado del concurso de variadas civilizaciones que han ido modelando el turbio paisaje doméstico. Pues ahora la casa se desmembra, se abre: se cimbra por los costados. Terminará por derrumbrarse por el Atlántico que es ancho y proceloso y consiente declives de imperios. La reventarán a puñetazos por mor de un viejo y, en voz de muchos, legítimo derecho: que cada uno haga de su capa un sayo, que cada uno se beneficie de la prosperidad del vecino, pero sin renunciar, bajo ninguna circunstancia, a la intimidad de la casa propia. Vascos, catalanes, gallegos, pues estos son los nombres de algunas de las tribus, se arraciman en sus reivindicaciones: se congratulan de su pensamiento parecido: se postulan para ir por Europa levantando cabeza nacionalista, y se engolosinan de banderas cuando Europa les abre, ignorante, los brazos, no sabiendo que la herida puede venirles grande y ver, en tribuna, su propio desangramiento.



 II
Ahora que se estila la casa común es cuando algunos desean abrir fonda propia. No saben lo que dejó dibujado El Roto hace un tiempo en su ventana de El País: que todas las banderas las fabrican en Hong Kong o en la China interior. Olvidan (porque les conviene a veces el olvido) que aquí cabemos todos o no cabe ni Dios, como cantaba en los primeros ochenta Víctor Manuel. Todos este aire levantisco de países dentro de países, de habitaciones alquiladas que quieren hipóteca propia, viene de muchos vientos y todavía no ha habido, por más que muchos dediquen esfuerzo y talento a cerrar el boquete, nadie que dé con el inventario de compensaciones que sofoquen tanto levantamiento interno. No sé yo si esta insufrible (por insistente, por vacía de contenido para el espectador ajeno) campaña soberanista catalana va a llegar a la cima de que el Rajoy de ahora o los Rajoys siguientes les den carta blanca y aireen por el mundo la catalanidad por la que abogan. Sé que en el mientras tanto este servidor va a terminar aprendiendo catalán en los almuerzos en casa, mirando los informativos, escuchando a Mas y a los que se le oponen. Me da lo mismo (en el fondo) lo que pase, pero me está pasando factura fonética el catalán como idioma. El enturbiado país de los desahucios en el que vivimos, comido de tantas urgencias, contaminado por tantas pandemias económicas y culturales, no necesita este capítulo de la Historia, que tendrá que llegar, quién lo duda, pero quizá no sea éste el momento en que se deba abrir el debate. Hace falta algo de lo que España ahora adolece enormemente: cohesión. Que en los mercados internacionales, en los foros políticos y en las altas instancias de la Unión Europea se advierta que nadie dentro de esta barca que se hunde rema hacia atrás o coge un hacha y se dedica graciosamente a abrir boquetes en el fondo.

13.11.12

El veneno de las letras

Me ha pedido el médico que deje de escribir. Que me limite, en todo caso, si no obedezco, a postales o alguna carta de condolencia. Leer tampoco conviene a su salud. Hay novelas que te aturden, historias que incomodan el sentido común de las cosas y te impiden razonar qué está bien y qué mal. En opinión de mi sabio y responsable galeno, Kafka da migraña, Pessoa pesa como una plancha de acero en el pecho y Baudelaire fomenta el recelo hacia el género humano. Le pedí que me permitiera veinte minutos al día de Cortázar, pero desaconsejó esa inclinación libresca y me refirió cómo otro paciente suyo enfermó más gravemente que yo al perderse entre cronopios, famas y paseos con La Maga por el viejo París

Leer, me dijo, nunca hizo bien a nadie, salvo a quienes lo hacen y creen, absurdamente, no padecer enfermedad alguna. Te juro que la padecen, Cristobal. Yo mismo he metido en cajas todos las revistas del Reader’s Digest y hasta los suplementos dominicales de prensa que tanto me gustaba hojear están en el trastero de la casa. Ahí he puesto los libros de Farmacología y los vademécums del oficio. Nada que pueda distraerme se ha quedado en casa. Y si no lo he quemado todo es porque a algunos de esos libros les guardo sincero cariño y me cuesta deshacerme de ellos. Leerlos, por supuesto, no entra en mis planes. Tampoco debería entrar en los tuyos
El problema es que no hay suficiente cantidad de cajas para embalar la biblioteca. Tampoco trastero lo bastante grande como para guardarla. Así que he mandado venir al cerrajero y ha puesto una cerradura buenísima en la biblioteca. El juego de llaves lo he guardado en un cajón y he pedido al azar, que suele ser generoso en ocasiones, que no me haga abrirlo desprevenidamente, como sin propósito, y toparme con ellas. Prefiero vivir sin libros unos años, a ver si el mal remite. En todo caso, en el futuro, cuando hayan prescrito mis dolencias y el médico haya confirmado mi mejoría, buscaré con ahinco las puñeteras llaves, abriré la esplendorosa biblioteca y me tiraré el resto de mi vida entre los libros, sin importarme el mundo ancho y ajeno de afuera, hocicando mi aburrimiento en Pavese, sin suicidarme, babeando con Borges, sintiendo la belleza inmarcesible de la poesía de Milton y, de postre, perdiéndome en un puñado de folios en blanco en los que pueda verter la angustia amasada en el destierro. Si nada de eso me complace y los años de exilio me han borrado todo amor por la literatura no dudo que buscaré en la guía el domicilio del médico y yo mismo me encargaré de reventarle el corazón con mis manos. Por inculto. Por facha. Porque me dará la gana.
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Fuengirola, Julio de 2002 / Lucena,  Noviembre de 2012

6.11.12

Compañero Kafka

            
Años entonces felices de sábados con trenka, doce canicas en el bolsillo y cromos adhesivos con la delantera del Atleti. Trajo más tarde la vida la turbia evidencia de su incierto propósito. Años de amores imposibles y el corazón siempre tan blando. Años mestizos de un rubor sucio en las palabras. Los días en su turbia versión de jaula consentida. Luego vino Kafka, tan solemne y severo, herrumbrando pétalos en el  jardín. Kafka, como un inmenso capitán de tristeza, invisible y puro, escribiendo el texto de todas mis más dulces jaquecas, Kafka, el gris, haciendo que la lluvia arreciase en los recuerdos, Kafka el de los cuentos sin sonrisa, convocando a su paso el infortunio y la melancolía, pero qué tardes adolescentes mirando a los ojos a Samsa, qué placer adulto en la secreta administración del dolor, qué dulce castigo entrar en la cabeza de Franz Kafka y comprender que está uno en casa.

5.11.12

Lo imposible / El telefilm más caro del mundo


Poseo la suficiente sensibilidad como para sentirme conmovido ante lo que ofrece Lo imposible. Entiendo que el dolor, plasmado en imágenes, es una mercancía grosera si no se cuida el formato y la textura en que van a ser ofrecidos. Creo con firmeza en la idoneidad del cine como vehículo para transmitir emociones, pero Bayona ha llevado ese estado idílico de las cosas a un extremo deplorable y ha facturado un espectáculo de un acabado fascinante sacrificando, sin el más mínimo pudor, la construcción honesta de los sentimientos. Filmar el dolor es más difícil que registrar en fotogramas una ola de veinte metros de altura comiéndose un centener de edificios. Bayona escribe un guión mínimo al que le presta una atención técnica máxima. Para rellenar los cien minutos de metraje nos vende unos personajes a los que no se puede conceder otra cosa que compasión y ternura, sobre los que uno se ve obligado a entablar una empatía forzada, inducida por la infamia narrativa de un autor que se regodea en la sentimentalidad fácil, en un amaño discursivo que toma por tontos a los espectadores y los entretiene con un soberbio tour de force recreativo, impecablemente orquestado por un equipo técnico sobresaliente
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Otro asunto, y no precisamente menor, es el que apela al alma de las cosas, al sustrato íntimo de la materia sensible a la que a veces encomendamos el bendito acto de sentarnos en una butaca de un cine y dejar que nos cuenten una historia. Yo pido que me la cuenten bien. Puedo omitir la parafernalia infográfica, pero me sigue fascinando que haya una hondura  a la que debo acceder a tientas, un poco temeroso de perderme, otro tanto de llegar demasiado aprisa. A Bayona se le va la mano en la manipulación afectiva: comete el error de hacer una especie de pornografía moral que hurga en la condescendencia, en el barrido de toda posiblidad de investigación sensorial y a la que solo podemos halagar el hecho de que escamotee el lado gore de la historia y no se recree, como otras grandes superproducciones, en la rendición de las vísceras, en la exhibición impúdica de los cuerpos devastados por el rigor de la catástrofe. A su contra, se le puede imputar al director, que haga que su film prevalezca como un monumento maravilloso al cine como industria. Que haya decidido que domine lo puramente visual y que acepte sin chistar cierto rebaje cinéfilo a beneficio de caja. Nada que reprochar, en todo caso, en estos tiempos de zozobra financiera: vale que el público responda en masa como está haciendo, vale que Lo imposible sea, para bien o para mal, comidilla de tertulias, diana sobre la que verter (como yo ahora) reflexiones irrelevantes quizá. El cine subsiste precisamente por el cine malo. El bueno es otra cosa. El bueno no está en esta película.


30.10.12

Mi blog es la extensión blasfema de una intriga teológica





Vuelvo a Chesterton: en su Ortodoxia reconocía una emoción que brotaba subconscientemente y reconocía el hecho de que este mundo nuestro debía tener algún objeto verdadero. Que la vida era un cuento y que, en tanto cuento, debía tener un narrador. ¿Quién me narra a mí? ¿A qué género pertenece la trama en la que estoy? ¿Será un subgénero? Me agrada el thriller, pero no tengo alma de Sam Spade ni mi perfil se arrima a la épica sucia de un callejón a oscuras en el que dos policías de paisano custodian el cuerpo obscenamente acuchillado de una stripper. Bien pensado no tengo ni idea de en qué cuento estoy metido. Me lo pregunto en ocasiones. Sin abusar. Fantaseo con la posibilidad de revelarme contra el autor invisible que me guía. Sólo que no lo tengo a mano. Ni siquiera tengo la certeza de encontrarlo. Tampoco de que exista. Ahí andamos. Enredados en metafísicas. Siempre estamos enredados en metafísicas. Este blog entero es la extensión blasfema de esa intriga teológica. Dentro de cada uno de nosotros hay un teólogo. Lo escribió también Chesterton. Borges remató que para serlo no es imprescindible la fe. Dos pájaros buenos. Llevo un par de días en ese bucle. Emboscado en la divinidad, entregado a esa pesquisa falible, pertrechado de libros, obsequiado de luz, perdido en mi habitación, sin saber qué hacer, se me pasa el tiempo entre un montón de discos revueltos...

26.10.12

Lo fabulado, lo vivido, lo aprendido

No coincido con Banville en eso de que la escritura es mucho más interesante que la vida, como recoge hoy El País. Coincido con Marías, en el mismo periódico, en otra frase de titular que viene a decir que cuesta más escribir cuanto más ha escrito uno. Escribir es una extensión de vivir. La escritura es un apéndice, nunca un cuerpo en sí mismo. Aprecio los excesos porque suelen dar resultados formidables en el arte, pero malogran la vida de quienes los adoptan y hacen infelices a quienes la comparten con el artista. Me quedo con la sencilla humanidad de Marías rechazando hoy el Nacional de Narrativa, con esa honesta manera de distanciar lo fabulado y lo vivido, con la manifestación del pudor y de cierto amateurismo constante. Porque escribir, a pesar del empeño y de los años, de la certidumbre de que al lenguaje se le cerca y se le termina por domeñar en cierto modo, es un oficio de tinieblas. Va uno a tientas. No sabe nunca jamás qué acudirá al texto. Si la gacela del numen o el plomo del vacío. Escribir es, además, un arte doloroso. Duele evacuar todo lo que se evacúa cuando se escribe. Incluso la mala literatura extenúa. Uno, al manuscribir de noche, oyendo jazz de fondo, sinitiendo al fondo de la casa la presencia dormida de los suyos, al teclear en el editor del blog, piensa que no merece la pena ese vaciado. No sé a qué viene este exhibicionsimo diario. Marías y Banville, los impúdicos de hoy, me llenan cuando los leo (Los enamoramientos, este verano, y El mar, hace poco más) pero me produce un extraño sentimiento de ternura y de agradecimiento intuir que se entregan y se hacen pobres, dejándome a mí rico, como dejó escrito Rilke, el poeta. No tengo yo certezas sobre si soy escritor o lo finjo. Debo serlo a la luz de la cantidad de textos que he ido dando o dándome a lo largo de muchos años. Lo soy, en todo caso, de un modo precario y feliz. Mi proceso de vaciado no es dramático. Funciona con absoluta morosidad. Terminaré hueco al final. No tendré dentro nada enteramente mío. Habrá fragmentos de Emilio Calvo de Mora en miles de pequeñas entradas en el blog y en cientos de poemas y en un par de libros (pocos, evidentemente) que se me ha concedido publicar. A veces imagino que no escribiera. Que fuese solo un lector. Que me sitúe en el extremo opuesto a Banville, en el más alejado, y batalle en lo que pueda por vivir y renuncie en lo que pueda a escribir. No me sale. No hay valor para ese acto de salvación. Todas las veces en que se me ocurre cerrar este rincón de amigos que me leen (son muchas veces, lo confieso) encuentro razones para contradecirme y me siento como hoy y dejo caer lo de siempre, ya saben, un poco de jazz, otro poco de cine y algo de poesía. Entretanto, feliz en mis vicios, leo lo que los otros me ofrecen. Ahora me divierto con la muchachita punk de Fogwill. Asunto para el post de mañana, creo.

24.10.12

Macca y Pass: un diálogo vintage



Macca ha hecho un disco con Joe Pass. Han estado un rato charlando sobre los viejos tiempos. Pass le ha confesado que disfrutó con los clásicos de los Beatles. Que hizo lo que pudo cuando arregló algunos para sus discos modernos. Que Lennon no tenía que haber muerto. Que la juventud de ahora ha perdido cierto sentido primaria de la belleza. Que los standards del jazz son inmortales como el arcoiris después de que llueva o el amor bajo un paraguas en un domingo en el campo. Que es feliz por todas esas cosas. Macca le ha confesado que jamás pensó hacer un disco de clásicos. Que los tiempos son los que son y hay veces en que el talento, aunque no se termine nunca de agotar, sí que sobreviene con menos ardor que antaño. Ah qué dos. Es mentira todo al final. El último disco de Macca es una maravilla a la que no le hace falta nada. Ni siquiera que toque el viejo Joe. El gris día de hoy me lo ha adornado el swing y la dulzura de todas esas canciones. Algunas, a pesar de haberlas escuchado cientos de veces, me han parecido nuevas. El american songbook del colega Stewart es una máquina sacaperras. Esto es otra cosa, amigos, esto es otra cosa.

Dietario del caos

1
Qué te importa el infinito futuro si perdiste el infinito pasado. Lo dejó escrito Borges. Solo está el presente. Nada hay salvo este editor del blog que avanza y me informa sobre la irrelevancia doméstica de Borges. Ah Borges, qué manipulador. Fabula cuatro tramas metafísicas y te hace suyo. No sale uno nunca de Borges. Qué importan el resto de los autores si hay Borges. Dejo ahora esto escrito, pero no es del todo cierto. Fabulo, maquino, manipulo, finjo, someto a la voluntad ajena una idea mía que no acabo de sentir enteramente propia. Al fin y al cabo los demás fabulan, maquinan, manipulan, fingen, someten bla bla bla. Me ha sentado mal la pequeña siesta del martes. No sé qué habré soñado. Está saliendo ahora. Lo que sea que ande por ahí adentro me está forzando y está venciendo.

2
A diferencia del eminente Walter Bishop, el mad doctor de Fringe, esa trama bipolar y huidiza, no tengo interés alguno en saber si hay otro mundo en un desquiciado borde cuántico del actual. No me interesa un doble que en la realidad paralela escriba en un blog, enseñe inglés en una escuela, pasee bares, ame el sello Verve o no soporte a Wert en televisión. Me pregunto si habrá otro Wert en otro universo. Si el caos se habrá apoderado de los pasillos de la escuela y enseñar y aprender sean verbos carentes de significado alguno. Si (como pasa aquí) el maestro se esté convirtiendo en un registrador de la propiedad didáctica y ocupe una considerable parte de su horario lectivo (y el no lectivo cuenta a veces más) en cumplimentar documentos, en rellenar formularios, en dar cumplida cuenta de las veces que se irrita en clase, tose o se pregunta (a lo callado, sin exteriorizarlo, en una admirable actitud de prudencia que nadie va a agradecerle) el porqué están convirtiendo la escuela en un lugar sin alma. No encuentro respuestas. Es que no soy el eminente Bishop y carezco de la formación adecuada. Además no me meto sustancias tóxicas (al menos las que se mete mi amigo Walter) ni tengo una vaca en mi estudio. 

3
Me dice K. de qué van a hablar los informativos cuando la economía alce el vuelo y la prima de riesgo sea una prima lejana a la que no vemos desde la primera comunión. Volverán a las guerras coloniales, le digo.Sacarán de archivo imágenes de los dictadores ajusticiados por el pueblo. Inventarán un género nuevo. Llamarán a los guionistas de Cuéntame y les pagarán una morterada indecente de pasta para que escriban una segunda parte exclusivamente financiera. Música de Vetusta Morla, Love of Lesbian, Russian Red y en ese plan. Escenas de manifas en las calles. Perroflautas  Plazas hasta la bola de antisistema. Luego está la opción Messi. K. es culé. Es curioso que la travesía triunfal del Barcelona por los estadios del mundo haya coincidido con la crisis. En cuanto Mourinho gane tres o cuatro grandes cosas volverá la luz a las sombras y el agua correrá por la acequia. 

4
Frank Capra: hace falta un Capra para sacarnos del bache, del revés, del agujero, del no sé qué me pasa que ni yo mismo me entiendo. Uno a tope, claro. No el Capra documentalista de guerra, propagandístico, subido de barras y estrellas, sino el bienintencionado, el idealista, el pequeño poeta de las pequeñas cosas. Un buen Capra en un ministerio, haciendo un comentario aquí, dando un toque de ternura allá. No sé si haría que todo funcionase, pero seguro que sería un grupo humano formidable. De esos que en navidad se regalan montones de cosas y celebran en la intimidad la armonía del mundo en un prodigioso blanco y negro.

5
Echo en falta algunas caminatas que antes daba a poco de caer la noche. No las hago porque guardo un recuerdo extraordinario de todas ellas y temo estropearlas si éstas no están a la altura. Es fácil malograr una caminata. Se te puede acabar la batería del ipod. A veces pienso que no soy nada sin los inventos del señor Jobs. Soy un hombre de mi tiempo de un modo brutal. Soy un feliz adicto de las tecnologías. De todas. No soy delicado. Teniendo botones, pudiéndose programar, si tienen puerto usb y un perfil actualizable por la red, me siento satisfecho. Por eso últimamente no ando. No tengo perdón de Jobs.

14.10.12

En casa


Salvo el sombrero, que nunca he usado, el que mira la línea del horizonte, el skycraper de Manhattan, puedo ser yo. De hecho cada vez que me asomo a esta fotografía encuentro más razones que lo confirman. No hay (que recuerde ahora) paisaje en el que me sienta más identificado. Ninguno con el que me encuentre más en casa. Nada (o casi nada) que me cause una más cómoda sensación de refugio.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...