9.5.24

Los inicios infalibles

 

Tal vez lo más difícil de escribir una novela sea dar con el inicio prometedor, con las palabras bendecidas por el numen de las que brotarán más tarde en alegre comandita las demás, como si de una promiscua floración se tratase. Una vez que se han fijado, ocupadas un par de líneas o, más felizmente, un párrafo completo, podemos asegurar que lo peor ha pasado. El resto (las cien, doscientas, quinientas páginas) devendrá con el fulgor entusiasta de la inspiración bautismal: ella la irá haciendo avanzar, ella se las compondrá para que el desarrollo y el cierre no desentonen con ese comienzo deslumbrante. Quizá esa sea la causa por la que gente no se aventura en la escritura de novelas y prefiere aplicarse en el género poético (hay más poetas que lectores de poesía) o en la manufactura de alguna artesanía de aliento breve como el aforismo, el cuento o, con más reconocida enjundia desde alguno de dinosaurios, el microrrelato. Yo mismo he comenzado más novelas de las que puedo recordar. Entra en lo razonable que cada relato que mi discutible talento literario haya acometido alguna a la que se le redujo progresivamente el tamaño y quedó en la fortuna o en la desgracia de un cuento. El verbo que mejor explica este proceso creativo es "jibarizar". Se puede argumentar sin temor a que se nos repruebe que hay historias que no cuajarían si se extendiesen. En todas las criaturas sensibles hay un teólogo y un novelista. Saber esas tentativas de novela es más complicado de lo que parece. Hay quien no da con las herramientas de poda; quien, más que escardar, aplaude la broza y, con absurda frecuencia, cree que todo es luz y providencia divina y no se percata de la comparecencia de la sombra. Se agradece que el escritor se convide de concisión, no se jalee ni explaye con algarabía. Hasta la construcción de las grandes catedrales deben ser gobernadas por la mesura. Borra, pule, corrige: esas son las advertencias. El desaliento puede cundir al trasegar las páginas. No sé la de novelas que he leído cuyo esplendor se ha ido desvaneciendo progresiva o bruscamente. También las hubo que cobraron vigor en el tramo medio y hasta cuando se acaban. Lo que no ha alcanzado esa manifestación narrativa, esa especie de género en sí mismo, es el fin. El comienzo siempre ha sido muy prestigiado. Se puede decir que los inclinados a conocer el origen ganan a quienes desean conocer el destino o el futuro o el porvenir. Queremos saber qué hubo antes, el lugar de donde proceden las narraciones. El final, la conclusión, interesa de un modo accesorio. Siempre se puede urdir una propia, pero es el arranque el que entusiasma, el que atrapa y fideliza. En literatura, en la rendición de la novela, la clásica, la actual, hay una inclinación a que todo fluya y nada desentone, a que el comienzo, el nudo y el desenlace vayan bien hilados, convertidos en un todo limpio.


Todos recordamos grandes principios novelísticos. Sabemos cómo empieza el Moby Dick de Melville, esa pesquisa metafísica vestida de novela de aventuras: “Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo”. 
En El nombre de la rosa de Umberto Eco hay un tono bíblico: En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel debería repetir cada día con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible".  García Márquez pone al coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento para que recuerde "aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo" en Cien años de soledad. Miguel de Cervantes juega a las falsas pesquisas detectivescas para hacernos conocer a Alonso Quijano, el Quijote de la Mancha, al que la fiebre de los libros ha borrado la cordura. "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda". Nabokov en su Lolita hace que el narrador Humbert Humbert codicie el fuego del alma y susurre: "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita". Charles Dickens, en Historia de dos ciudades, se decanta por las frases cortas, cosidas unas a otras impecablemente: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”.  Kafka, en La metamorfosis, invoca al asombro puro: “Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Se nos escapa (no hemos querido poner la suficiente atención) el final de todas esas narrativas. La manera en que acaba es secundaria, aunque parezca que reclama un lugar de privilegio y todo conduzca a ella. Los finales, por necesarios que sean, no tienen el peso metafísico de sus progenitores, los inicios rotundos, esas frases que se te impregnan y de las que ya no sales. Del fin, el fin considerado como un cierre absoluto, interesa la posibilidad de que contenga alguna vía por la que penetre el aire e insufle de vida al cuerpo recién fallecido y resucite. Queremos continuar, darle un cuerpo nuevo  la carne recién sacrificada, hacer que el juego distópico irrumpa y la trama sea otra trama, no la aprendida, la asumida. Queremos que Lolita no acepte a Humbert Humbert, pero tampoco nos satisface que viva esa vida mediocre, atado a un hombre sin sustancia que sólo ha sabido dejarla embarazada. Cuando Nabokov cierra su novela lo que el lector desea es que no acabe. He ahí la permanencia de la novela, de todas las que nos calan, añado. Yo he inventado finales que me agradaban más que el estipulado por el autor. El final es una trampa, el fin es un pacto que no ha sido consensuado por las dos partes, el fin es cualquier cosa menos una liberación. Las novelas tienen dos autores: el que levanta acta con las palabras y el que, leyendo, arguye caminos nuevos, vías por las que la trama puede avanzar. Los cuentos no acaban nunca. Tienen un arranque, pero no precisan un finiquito. La vida es una trama novelística más. La literatura lo acapara todo, no hay nada que no sea capaz de succionar, no existe ninguna otra consideración. La singularidad irrepetible del comienzo del cosmos (ese latido primero, ese ruido iniciático, esa explosión lírica y cruel) es lo que de verdad nos importa. Tiene también intriga entender cómo se expande o si ese ahondar en el espacio y en el tiempo tendrá un latido postrero o un ruido póstumo. Tiene morbo comprender esa inercia, indagar en el tímido arranque. Quienes siempre supieron esto son las religiones. No se preocupan del infinito pasado, sino del infinito futuro. Queremos saber si Lolita llegará a vieja. Si al final el capitán Ahab se reconcilia con la naturaleza y con el destino y entiende que la ballena blanca y él son la misma extraordinaria cosa y que uno y otro poseen idéntico hálito, que hay un pulso de vida o de muerte (qué más da) que los propulsa y guía y justifica.


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