15.2.22

46/365 Humphrey Bogart




 En ocasiones, conviene cierta contención en el rostro, prevenir que alguien confíe en que esa aparente naturalidad de los gestos vaya a facilitarle ningún tipo de acceso. Por eso la dureza, por eso la apariencia granítica. De ahí procede después el ánimo, la conducción de los humores, puesto que la cara es espejo de lo que no está a la vista y uno afecta indisolublemente a lo otro, aunque haya quien sostenga lo contrario y lo asiente con la ciencia y lo confirme con sí mismo. No hay día en que no encuentre gestos en los otros que después, estudiados en firme, dan crédito a lo que uno sospechaba. Las caras tristes, a poco que las estudias, informan de almas tristes. Las alegres, sin ese gasto psicológico, almas alegres. También hay excepciones, siempre las hay, hacen que vivir sea un asombro continuo. Es en el término medio en donde probablemente podemos encontrar las más entusiastas adhesiones al siempre alentador género humano, pero yo prefiero los extremos. Los prefiero, al menos, en la ficción, en la restitución de una literatura o de una buena historia contada en una pantalla de cine. 

De Humphrey Bogart, aquí tan a punto de darte una hostia o de echarse a llorar, quién sabe, en el fondo, me quedo con sus personajes atormentados. Los otros, los más dulces, los rehúyo. Hay quien nace para estragarse, permítanme. Tienen esa reciedumbre corporal que no se deja convidar por la dulzura, la que no concebimos con entera simpatía. Un rostro puede marcar un carácter. También unas manos o un corpachón desmedido y voraz o uno enjuto y aquietado. Me aportan una cantidad irrelevante de placer, me llenan menos de lo que mis vicios querrían. Al vicio hay que abastecerlo sin pudor, darle esa punzada de lirismo violento, involucrarle en el relato del mal y acostumbrarlo a pensar que siempre hay tiempo de la templanza. En el rostro de Humphrey Bogart está el periplo de la raza humana. Ahí están los bárbaros invadiendo Roma y el bardo escribiendo el último verso antes de abrirse las venas y la luz precipitando su belleza en las cavernas absolutas del sueño. No vengan a otra cosa. Aquí, en su más elemental disposición, está el hombre. Con su miseria. Con la altura de su corazón. Con toda la evidencia del caos que lo carcome  por dentro. Con la ternura de los ojos. Vean, por favor, toda la cándida bondad que atesoran, la punzada del amor, el destello que produce.


La suya, la de Bogey, es la historia de un hombre pequeño con una astilla en el labio. También el hombre (iba a decir el galán) que llevaba con más naturalidad una gabardina o que dejaba el cigarrillo en los labios con mayor sabiduría, si es que esas dos cosas valen para algo o importan a alguien. Hablaba como si masticara algo. Lo quemaron medio millón de whiskies. Lo leí el otro día y no se me ha ido de la cabeza. De la cabeza a veces no se van las cosas irrelevantes. Que medio millón de whiskies y un severo cáncer de esófago se llevara a este tío enclenque, cabezón, y arrastrado en el habla (hay que poner sus películas en versión original, tirar de subtítulos y disfrutar con su deje un poco gangoso y reptil, por lo de la astilla, presumo) entra en mis planes. Quizá porque habrá cientos de miles de tíos como él que se perdieron en el alcohol y dejaron este mundo temprano. Un amigo mío se mató a base de gintonics y de blues a media tarde. No es una frase bien montada ni estoy en plan poético: así sucedió. Era un poco como Humphrey, pero sin su aureola de misterio. Hoy he pensado en Bogart y en el suicidio asistido que supone ponerse ciego de alcohol desde que abre el día hasta que se despeña su luz en el horizonte. Incomoda el fondo del vaso, perturba. Como si desde allí Bogey mirara y recriminara o pidiera, qué sabe uno, un vaso para él, para recordar viejos tiempos. 


Caso de que Bogart hubiese vivido algunos años más, habría tenido que mantener a su esposa (Lauren Bacall, que ya tenía medios para subsistir ella sola) y a su barman. El chiste no es mío, claro. Bogart tuvo ese aire canalla de chico de barrio que escalafona y se come el mundo desde su estatura pequeñita y su cara de estibador o de camionero o de abogado del tres al cuarto en una oficina de mala muerte: era de esos hombres en los que no reparamos si nos los cruzamos, pero a los que les basta una mirada, sin demasiado empeño también, para que se nos incruste algo y permanezca ahí, inconcebiblemente. Bogart murió de una afección hepática o de un cáncer de pulmón o comido por alguna dolencia enorme y necesariamente mortal: no se veía salida distinta a una vida excesivamente escorada al exceso. "El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría", escribió William Blake. Muere uno joven y sabio: tampoco la acuñación es mía del todo: es el lema del rock, del pop, del capitalismo consumista. 


Rodando La reina de África fue, junto con John Huston, el único que no se vio aquejado por unas fiebres palúdicas adquiridas por la ingesta del agua contaminada de la zona. Ni Huston ni Bogey bebieron una sola gota: se atizaban tragos de bourbon como sustituto de la no confiable agua. Y así vivió, entre la chulería y la modestia, porque parece que era un hombre sencillo, nada ostentoso con su fama, frecuentemente tímido y, en absoluto, embebecido de sí, como otros divos de la época, mucho peores actores, encima. Sus besos fueron considerados siempre buenos o de los mejores, y nunca fue un galán. Su labio partido, con una astilla dentro, le daba una voz como perdida en un vértigo de dolores, pero venía que ni inventada a posta para darle a sus mafiosos y gente de mal vivir  un aire de fracaso solemne, como de Shakespeare de serie B, como de héroe pobre que nunca llegará a casarse con la niña rica. Humphrey murió en decenas de ocasiones: no le importaba. ¿Qué era morir en un film ? "De las 34 películas que he hecho, me han matado a tiros en 12, fui electrocutado o ahorcado en ocho y estuve en chirona en nueve". Vendrían otras películas. En Sabrina, pongo por caso, no murió, pero no se le recuerda especialmente por ella. Su perfil era otro. Hasta Audrey Hepburn salió malparada, que ya es difícil. . No estaba, en absoluto, pagado de sí, únicamente por su diálogo con Sam junto al piano en el Ricky's de la inmortal Casablanca o por su cháchara con Claude Rains en la niebla de aeropuerto al final de la cinta tendría un hueco, uno grande, en la Historia del Séptimo Arte, pero Bogey hizo más. Su ruda melancolía ha ocupado cientos de films memorables, cientos de posters: era como el Brad Pitt, en feo, de los años cuarenta o cincuenta, aunque ninguna chavala quisiera presentárselo a sus padres. Su masculinidad ha alimentado una mitología inigualable: ningún otro actor ha cubierto como él ese sector, ese umbral finísimo entre el tipo corriente y el mito inalcanzable: él fue todo eso y lo fue en grado sumo. "Tras ocho vasos de whisky estoy en plena posesión de mis facultades", decía. Bogey, otras veces Bogie, en palabras de algunos que intimaron lo suficiente, era un tipo encantador hasta las once y media, pero de esa hora en adelante no le aguantaba ni Dios. 


Nadie sabe cómo se forja una leyenda. Simplemente se habla de ella, suceden los hechos a la vez que se narran, como si el que los escucha adquiriera la facultad de contemplarlos sin que nada rebajase su intensidad, la épica con la que transcurrieron. Humphrey Bogart es casi sin discusión el actor más legendario de la Historia del Cine, un mito que perdura más allá de las interpretaciones que hizo. Todas esas soberbias actuaciones llegaron tarde. Fue el que convirtió el defecto (el ceceo en el habla) en pura virtud (el ceceo en el habla). Lo hermoso de Humphrey Bogart es que nos miramos en él y comprendemos que no difiere mucho de uno mismo. Podemos echarle el brazo por lo alto y pedirle que nos escuche o hacerle ver que puede confiar en nosotros y echar a rodar su vida, aunque la jalonen desgracias y tragedias. Tú cuenta, Humphrey, que tenemos toda la noche. Hizo tanto cine que no es posible hacer recuento fiable. Uno da con diez títulos, con veinte, pero habrá ochenta. Era un trabajador, no alguien al que la inspiración dotó de un misticismo o de un esplendor ajeno al resto. Era alguien con talento, dijo su amigo John Huston en su entierro. No habló de las solemnes borracheras que cogieron juntos, las públicas y las privadas. Tampoco de su carácter bronco cuando el alcohol empapaba su metro setenta, ni de su facilidad para sacar de quicio al amigo más íntimo. Probablemente Huston decidió deshacerse de esos recuerdos poco halagüeños y sacar a la luz sólo los bonitos. Tendrían muchos. Una de las frases que Huston repetía era de su amigo Bogart: "Con el sexo se puede alcanzar el mayor grado de diversión posible, sin tener que reírse". Lo maravilloso de ese cine clásico es que hablaba todo el rato de sexo sin que lo nombrara ni una sola vez. No porque se retrajera, ni porque considerara que era burdo su concurso, sino por una razón mucho más hermosa: decía más lo insinuado que lo mostrado, era más provocadora la invitación que el festejo mismo. Contar algo de Humphrey Bogart y eludir Casablanca o el Rat Pack o su historia de amor con Lauren Bacall es imperdonable, pero esas tres historias merecen un aparte. 




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